Todas las vidas hasta ti 54
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Suíño: falso, traidor, hipócrita.

Ero

–¿Qué haces aquí, Alma? —afirmé confundido.

Alma estaba frente a mí, con la cara desencajada. Se me erizó la piel de la nuca. Nadie daría buenas noticias en medio de la madrugada. Algo malo había pasado. Sin que me dijera nada, noté cómo mi corazón se aceleraba.

—Se la han llevado, Ero.

Eso era mucho peor que todo lo que podía llegar a imaginar. Mi cabeza comenzó a dar vueltas, me aferré a la puerta para mantener el equilibrio, negándome a aceptar lo que acababa de oír.

—La intuición me traicionó. Pensaba que eras tú y abrí. Pero era Kael y sus hombres. Él dijo que... —le costaba pronunciar cada palabra—. La han acusado de brujería, Ero.

Cerré mi mano en un puño. Me arrepentí de no haber terminado con Kael cuando había tenido la oportunidad. Pero aquello era mi culpa; no la había protegido. Yo la había echado de mi casa y, prácticamente, la había lanzado a los brazos de ese despreciable. Apreté el puño con más fuerza.

—No pude detenerlos —siguió Alma—. Tienes... Tienes que hacer algo —suplicó—. Van a interrogarla. Pero sabes mejor que nadie que solo es una excusa para seguir haciendo lo que hacen con la conciencia tranquila. El resultado siempre es el mismo. Tenemos... Sí, tenemos que hacer algo.

Era real. Estaba pasando de nuevo. Pero había algo distinto.

No sabía cómo lo haría. Ni qué tendría que soportar. Pero esta vez era diferente, porque sentí cómo la confianza me devolvía la claridad a la mente. No se repetiría. Esta vez lo evitaría.

—Déjamelo a mí —sentencié. Lo último que quería era ponerla a ella también en peligro—. No me sigas.

Le di un rápido abrazo y me encaminé hacia los calabozos con paso decidido. Mis sentimientos, antes confusos, eran ahora muy claros. Necesitaba la mente despejada y la fe ciega en Estela me lo puso mucho más fácil.

Apenas estaba amaneciendo. Sabía que no me resultaría fácil verla, pero estaba dispuesto a conseguirlo.

Vigilando la entrada, había un joven guardia que se había incorporado recientemente, debía ser de un pueblo vecino, porque no conocía ni su nombre.

Normalmente, solo había guardia en el exterior cuando existía riesgo de fuga.

Me acerqué a él sin importarme su tamaño ni el arma que portaba.

Tampoco me importaba el dolor de mi espalda.

—Alto —me frenó, irguiéndose para parecer de mayor tamaño—. Ya conoces las normas, Ero de Ulloa. Márchate.

No me eché atrás. Lo miré fijamente antes de esquivarlo en un movimiento rápido y llegar hasta la verja de hierro que estaba cerrada con candado. La agité inútilmente. Daba a un pasillo oscuro y a unas escaleras que conducían a las celdas. No la vería desde ahí.

—¿Estela? ¡¿Estela?! Estoy aquí. He venido a por ti. Aguanta un poco más.

Sentí que alguien me agarraba del hombro y me giré enfadado, dispuesto a lanzar un puñetazo al joven guardia. No sé qué fue lo que vio en mí que tanto le acobardó, pero de repente parecía casi un niño. Dejé el puño en el aire unos segundos.

—Si terminas ese golpe, te dejaremos pasar al interior, pero para encerrarte tras las verjas, y no creo que quieras eso, ¿verdad?

No supe de dónde había salido. Kael hablaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados. No mostraba ningún tipo de urgencia, tenía la tranquilidad de alguien que sabe que ya ha ganado.

Bajé el brazo lentamente.

—Muy bien. ¿Y qué es este alboroto tan temprano? Quizá deberías dejar el aguardiente una temporada.

Fui directo hacia él.

—¿Qué le has hecho? ¿Quieres que termine lo que dejé a medias la última vez? Porque ganas no me faltan, te lo aseguro.

Me miró un instante y sonrió. Podía ver en su mirada cuánto disfrutaba viéndome así. Comenzó a reírse, enfureciéndome aún más.

—Déjame entrar.

Dejó de reírse. Se me quedó mirando fijamente, levantó un brazo y chasqueó los dedos.

—Abre —ordenó al guardia.

—¿Pero...? —empezó a decir en voz baja.

—Obedece.

Abrió el candado, se hizo a un lado y entré. Recorrí el pasillo de piedra y bajé las escaleras. A la tenue luz de las velas podía distinguir el interior de las oscuras celdas. Nada. Solo un par de borrachos o ladrones. O ambas cosas. Salí de nuevo y empujé a Kael contra la pared.

—¿Dónde está?

Estaba jugando conmigo y yo se lo estaba permitiendo. El guardia se acercó a mí decidido, a punto de atacarme con el arma.

—Tranquilo. No hay necesidad.

Kael se zafó de mí y yo... le dejé.

Me miraba tratando de ocultar su miedo. Sabía que me tenía atado de pies y manos, pero no tenía ninguna duda de que podía acabar con él si me lo proponía. Y esta vez terminaría lo que empecé.

—¿Estela? Lamentablemente, está ahora con el padre Mendoza respondiendo unas simples... preguntas.

Golpeé la pared y me giré sin responder. Kael se había alejado de mí y se encontraba estratégicamente colocado detrás del guardia armado.

—No sé qué pretendes, pero no dejaré que le hagas daño.

—¿No lo sabes? ¿Seguro? Te tomaba por alguien más inteligente.

No tenía motivos; no había ni un solo argumento para acusarla. Nadie la conocía lo suficiente y, si la habían apresado, era porque alguien con influencia había tenido algo que ver.

—No... No serás capaz.

—¿Yo? Las denuncias son anónimas y la decisión última la tiene Dios.

Y, como sabrás, sus caminos son inescrutables.

Quizá deberías tener más cuidado la próxima vez que quieras encapricharte de alguien.

Está visto que no te falta ni sambenito para saber que traes mala suerte a quien se te acerca un poco de más.

Me abalancé sobre él y no entendí muy bien qué me frenó, pero mi puño se quedó suspendido en el aire mientras lo sujetaba del cuello de la camisa con la otra mano.

—Hazlo —dijo sonriente—. ¡Hazlo! ¿A qué esperas? —añadió sin apartar la mirada de mí.

Lo solté y escupí a sus pies. Me giré sin decir nada y me alejé. Me provocaba para tener una excusa con la que encerrarme. Y, desde allí dentro, no podía hacer nada para salvarla.

Caminé. Pensé. Seguí caminando. Necesitaba un plan. Seguí caminando. Tenía que hacerlo. Pero no podría hacerlo solo.

Paré.

No sabía cómo convencerlos. El riesgo, el miedo, todo lo que podían perder por ayudarme.

Pero, si no lo intentaba, seguro que lo perdería todo.

Nunca pude hacer justicia, y quizá ese era el momento que había estado esperando todo ese tiempo sin saberlo: una oportunidad de hacer lo que siempre me había arrepentido de no intentar. Era hora de poner fin al miedo.

Volví a caminar. Con dudas. Pero con la misma certeza de antes, porque, aunque fuera lo último que estaba destinado a hacer, lo iba a hacer. No me importaba si moría en el intento.

Iba a salvar a Estela.

Por ella.

Por mí mismo.

Y también por Sabela.