Todas las vidas hasta ti 53
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Lenda: leyenda.

Con el corazón lleno de tristeza, impotencia y rabia.

Fui al único sitio en el que sabía que estaría segura y donde sabía que podría pensar en cómo solucionarlo todo.

Llamé a la puerta y la empujé antes de tener respuesta.

Enseguida, Alma salió con un candelabro en la mano para poder ver quién había entrado en su casa sin permiso. Me miró con sorpresa.

—¿Estela? —Su expresión cambió por una de preocupación y vino hacia mí para mirarme de cerca—. Se lo has contado, ¿verdad?

Agaché la cabeza en señal de afirmación.

—Estás helada. Pasa, pasa. No necesitas darme ninguna explicación. Te prepararé algo caliente y, si quieres, me puedes contar lo que ha pasado y cómo estás.

¿Cómo estaba? Bien no, seguro.

Me sentía como esas veces en las que te aguantas las ganas de llorar y de derrumbarte, esas veces en las que de repente alguien te pregunta cómo estás y te abraza, y te rompes al darte cuenta de que no tenía ningún sentido aguantar nada.

Eso fue exactamente lo que ocurrió. Sin explicaciones, sin palabras, solo con el sonido de mis sollozos, y la mano cálida de Alma se deslizó por mi espalda mientras me prometía que todo estaría bien.

Cuando conseguí calmarme, nos sentamos junto a la luz de unas velas. Me tendió una infusión caliente y me pidió que le contase qué había sucedido. No me soltó las manos y parte de los nervios y del agobio que sentía se disipó.

Le conté que me había sincerado con él. Que fue algo impulsivo, que sentí que tenía que saberlo y que evidentemente me había equivocado.

Ella me miraba con atención, asintiendo, y con la sombra de una sonrisa asomando por la comisura de sus labios que me desconcertaba.

Se limitó a escucharme, apoyarme y consolarme, pero no dijo nada.

Cuando ya me había desahogado, me invitó a descansar. Alma se quedó a mi lado, sentada en una banqueta junto a la pared para estar cerca de mí por si no podía dormir.

—No justifico que te haya echado de esta forma, pero, como ya sabrás, Ero ha sufrido mucho. Y la verdad, aunque honesta y de buena voluntad, puede ser dura de tragar incluso para él.

Le devolví una mirada llena de dudas.

—Pero si algo me ha enseñado esta larga vida es a conocer las verdaderas intenciones de las personas.

Y, con el corazón en un puño, puedo asegurarte que Ero te quiere a su lado.

—Hablaba de nuevo con esa sonrisa en los labios, como si fuera consciente de algo que a mí se me escapaba—.

Pronto se arrepentirá de su error y querrá enmendarlo. Estoy segura.

Escuché sus palabras e hice un esfuerzo por creer en lo que decía.

—Ten fe —me pidió, con una sonrisa ladeada y guiñando un ojo.

No entendía cómo, después de todo lo que estaba pasando, podía llegar a tener algo de esperanza.

—¿De verdad crees que volverá?

—No importa lo que yo crea, Estela. Pero pocas veces he tenido menos dudas.

Hizo una pausa y vi cómo sus ojos se movían de un lado a otro, pensativos.

—Quizá recuerdes esta leyenda que le contaba a Sabela cuando era una niña.

Al intentar hacer memoria, me vinieron imágenes de una Alma más joven, con el pelo más oscuro, tejiendo junto a una chimenea.

Una chimenea con un fuego que no me daba miedo.

Sentía que aquel calor me abrazaba y que aquello significaba hogar.

Si me esforzaba un poco más, casi podía escuchar palabras, incluso frases, que empezaban a solaparse con las que Alma, a mi lado, pronunciaba:

—Se cuenta que, antes de nacer, todas las almas de las personas se encuentran en el cielo, donde el tiempo no transcurre, esperando su turno.

Allí adoptan la forma de estrellas. Cada una de ellas tiene a su igual, su pareja gemela.

Llegado el momento, descienden a la Tierra para dar origen a una nueva vida.

Es entonces cuando las estrellas gemelas se separan por primera vez.

Sin embargo, aunque cambien de forma, no dejan nunca de brillar.

Cada uno lo hace con un brillo diferente, una luz escondida que solo es visible para esa otra estrella gemela.

Puede que pasen vidas sin verse, pero al final siempre se encuentran.

Eso fue todo lo que dijo. Era una historia bonita. Pero ¿realmente existían ese tipo de almas gemelas?

—Mañana será otro día, ya lo verás —dijo Alma, poniéndose en pie.

Me acarició la cabeza antes de marcharse y de cerrar la puerta tras ella.

Me quedé sola, mirando al techo, tratando de idear un plan para poder solucionar las cosas y recuperar la confianza que Ero había perdido en mí. Todavía recordaba su rostro desencajado, la furia contenida en su voz cuando me echó de su casa.

Me sentía totalmente destrozada. Notaba dolor por todo el cuerpo y un pitido en mi cabeza. Hasta los ojos, que se habían hartado de llorar, me pesaban como losas. Estaba agotada; sin embargo, no era capaz de dormir.

O eso pensaba, hasta que un fuerte ruido me despertó.

Abrí la puerta. Todo estaba en silencio, pero aquel silencio era inquietante.

—¿Alma? —la llamé en un susurro.

Agucé el oído tratando de escuchar algo. Nada, Alma no respondía. Inquieta, di un par de pasos y miré a mi alrededor. El candelabro de Alma estaba en la mesa del comedor, como si hubiera salido a recibir a alguien, igual que salió a recibirme a mí.

Un mal presentimiento evitó que repitiese el impulso de llamarla por su nombre en voz alta.

Tratando de no hacer ruido, me dirigí a la habitación donde Clara y yo nos reuníamos con ella, donde había empezado a recordar.

Empujé la puerta con cuidado, pero, antes de que pudiera reaccionar, alguien me agarró del cuello.

Un olor a alcohol repulsivamente familiar me rodeaba.

—¡Suéltame!

Forcejeé tratando de liberarme cuando vi una silueta delante de mí. Un guardia, uno que no conocía, sujetaba a Alma y le apuntaba con un cuchillo, amenazante.

—Un movimiento más y será lo último que hagas antes de que ese cuchillo se clave en esa arrugada piel —susurró Kael en mi oído.

Dejé de moverme.

Quise gritar de rabia. No soportaba encontrarme de nuevo bajo la merced de ese hombre. Y no sabía cómo escaparía esta vez.

Me soltó el cuello y me sujetó ambos brazos a la espalda mientras me giraba para dejarme frente a él. Acercó su rostro al mío. Notaba su aliento sobre la piel, y cuando parecía que iba a besarme, se detuvo para inhalar profundamente y soltar el aire en un suspiro antes de alejarse de nuevo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa sin apartar sus ojos de los míos y asintiendo mientras se pasaba la lengua por los labios.

—No me importaría terminar lo que dejamos a medias la última vez.

—Antes muerta.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué has dicho? ¡Repítelo!

—Antes muerta. Antes muerta que acercarme a ti de nuevo. —Sentí esa frase natural en mis labios.

Kael miró a los lados, asustado, como si algo que lo aterrorizaba y que solo él podía ver hubiese aparecido de la nada. Volvió a clavar los ojos en mí y, con un movimiento brusco, me soltó, empujándome hacia atrás.

—¡Tú! —se dirigió al guardia—. Suelta a esa vieja bruja y llévate a esta.

Volvió a mirarme, esta vez con una sonrisa amenazante.

—En nombre de la justicia, se te acusa de brujería. Quedas arrestada y serás sometida a los interrogatorios necesarios para sacar la verdad a la luz bajo el único juicio de Dios, nuestro Señor.

¿Qué? Aquello era una locura. Tragué saliva y respiré profundamente. No querría que se me notara el miedo que me estaba devorando por dentro.

El guardia me sujetó antes de que me desmayara contra el suelo.

—Veremos si sigues pensando lo mismo desde el calabozo —dijo Kael acercándose a mí, en voz baja, para que solo yo lo escuchara. Se llevó un mechón de mi pelo hasta su nariz e inhaló con fuerza.

—Mientras, rezaré por ti.

Forcejeé inútilmente y el guardia me ató con una cuerda que me arañaba la piel y tiró de mí hacia la calle.

—¡Soltadla! ¡No podéis hacer esto! —gritaba Alma a mi espalda.

—Tranquila. No tenemos ningún inconveniente en que sigas su camino. Si quieres, puedes acompañarla ahora mismo.

Kael hablaba con una superioridad y altivez que hacían que quisiera matarle. Ella se mantuvo en silencio.

—¿No? ¿Segura? Eso me temía. Bien. Pues no alteres el orden o de lo contrario serás la siguiente. ¿O crees que no sabemos lo que haces bajo este techo?

—Alma, por favor, no intentes ninguna tontería —grité.

Me arrastraron hacia fuera. Las primeras luces del amanecer empezaban a teñir las calles; los vecinos se asomaban a las puertas al escuchar los gritos y forcejeos.

Nadie dijo una palabra.

No sabía qué iba a pasarme, pero, durante un momento, sentí que quizá me lo merecía.