Todas las vidas hasta ti 52
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Dúbidas: dudas.

Ero

Clavé las uñas en la madera de la puerta por la que Estela se había ido hacía ya un buen rato.

Desde que se había marchado, no había parado de dar vueltas por la habitación, como una bestia enjaulada.

No entendía nada de lo que me había dicho porque nada de lo que me había contado tenía el más mínimo sentido.

¿Cómo...? ¿Cómo se atrevía a burlarse de mí así? Y no solo de mí, también de Alma y de Clara. ¿A quién más habría intentado engañar?

¿Cómo osaba? ¡Ella! Precisamente ella.

Comencé a caminar en círculos por la sala. El dolor de mis heridas ayudaba a contrarrestar el tormento que sentía que me apretaba el pecho. ¿Qué pretendía? ¿Qué ganaba inventándose que, de alguna manera, Sabela vivía en ella? ¿Qué sentido tenía aquello?

Ninguno. En absoluto.

Ella.

La única persona que en ese momento podía hacerme daño. La única persona que podía hacerme... sentir.

La única que lo había conseguido en todo ese tiempo.

Gruñí. Porque precisamente eso era lo que hacía que me enfadara aún más.

Dejé caer mi peso sobre la mesa, apoyando las manos.

No podía creerlo. Su historia no dejaba de resonar en mi cabeza una y otra vez.

¿Clara se lo había tragado? ¿Y Alma? Era una locura.

¿Cómo alguien podría escuchar eso y pensar que la persona que lo dice está cuerda... ?

No lo pensaría. Nadie lo haría. Creerían que está demente, o peor, endemoniada.

Miré hacia la puerta, como si ella pudiese volver a atravesarla de nuevo y decirme que todo era una broma de mal gusto.

Porque no podía ser verdad, ¿no? Confiaba en el criterio de Clara y de Alma; de hecho, a ellas les confiaría mi vida entera.

Pero aquello era un disparate, no podía existir ni una mínima posibilidad de que eso fuera real, ¿verdad?

No.

Pensé en Estela y en cómo abandonó la casa. Cabizbaja, triste. Me miraba como si ella misma se creyese toda esa sarta de mentiras. Pero ¿cómo podía haberla echado de mi casa en la noche? Traté de calmarme. Estaría bien. Seguro que estaría bien.

Después de todo, ¿me preocupaba por ella?

Necesitaba pensar, entender.

Me quedé en silencio, con los ojos cerrados, dejando sin querer que todos los recuerdos se arremolinaran en mi cabeza.

Su sonrisa apareció como un relámpago. Su pelo desordenado por el viento.

Esa arruga que se le ponía en la frente cuando fingía enfadarse.

Ese brillo en sus ojos. Era tan perfecta. Su ilusión, su alegría, su bondad.

Y esa sonrisa de nuevo, que desapareció en un rostro lleno de confusión, tristeza y decepción.

Tragué saliva. Los ojos, incluso cerrados, comenzaban a arder.

Me había prometido ser el responsable de que su sonrisa no desapareciese nunca, pero era yo mismo el culpable de habérsela arrebatado.

¿Estaba realmente enfadado con ella? ¿De verdad no la creía?

Eso significaba creer que todo lo que habíamos vivido había sido una estratagema para aprovecharse de mi sufrimiento y reírse de mí.

Pero eso sí que lo dudaba. Suspiré. Quizá solo sentía el orgullo herido porque no había confiado en mí lo suficiente para contármelo antes.

¿Qué narices?

¿La creía?

Porque estaba seguro de que, si me decía que era la heredera al trono, me arrodillaría ante ella sin vacilar.

Confiaba en ella. Entonces, ¿por qué dudaba?

Mis intentos de rechazar lo que era evidente no duraron mucho más.

A cada instante que pasaba pensando en ella, me daba más cuenta de que quería estar a su lado. Algo tiraba de mí hacia ella y pronto comprendí que no tenía sentido seguir fingiendo.

Y ahí me encontraba. Perdido, confundido, tratando de entender por qué me había contado eso. ¿Qué intención escondía detrás si mentía? ¿Y qué magia o hechizo podía hacer algo así si decía la verdad?

Pero... ¿cómo iba a ser verdad algo así? La oscuridad comenzaba a dejar paso a la tenue luz del amanecer y mis dudas pasaron a ser otras.

¿Por qué la había echado? ¿Por qué la había alejado cuando realmente lo único que me importaba era que no se separase ni un instante de mí?

Solo quería abrazarla para no soltarla nunca más.

Me vi levantándome y cogiendo la ropa para vestirme y salir en su busca cuando fui consciente de que todo eso que sentía era mucho más fuerte que la duda o incertidumbre de su verdad.

Aún no sabía bien de dónde venía esa intuición, pero confiaba en ella ciegamente y estaba dispuesto a escucharla.

Aunque no pudiese comprenderlo, la creía, creía todas y cada una de las palabras que había dicho.

Ella. Su vida. Sabela.

Pasé la tela por mi espalda. Aquel simple roce me hizo encogerme, pero no presté atención al dolor, porque el tormento de perder a Estela era mucho mayor.

Me calcé y me dirigí a la puerta. Debía encontrarla.

Pero, al abrir, fue otra persona quien me encontró a mí.

—¿Qué haces aquí? —exclamé, sorprendido.