Todas las vidas hasta ti 51
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Arela: deseo, anhelo.

Diferenciar un sueño de la realidad nunca había sido tan difícil.

Me costaba saber si lo que estaba sucediendo, eso que llevaba tanto tiempo deseando, estaba pasando de verdad.

Lo último que sabía es que estaba terminando de cenar junto a Ero, y al siguiente parpadeo me encontraba besándolo con desesperación.

Sí. Besándolo de nuevo.

La explosión de sensaciones que brotaron en mi interior era inexplicable. Mi cuerpo había respondido por sí solo, entregándose con una necesidad suplicante.

Fui consciente de que mi piel reconocía la suya, que la anhelaba como nunca había deseado nada, y, en ese instante, nada más importaba. La tensión, la pasión, el deseo y el amor alejaron de mí pensamientos indeseados. Éramos solo los dos. Él y yo.

Sentía su cuerpo sobre mí, intenso, rítmico. Me deseaba, y yo lo deseaba a él.

Veía su rostro concentrado, como si le fuera la vida en ello.

Tenía que contenerme para no poner mis manos sobre su espalda, pero me era muy difícil porque quería atraerlo más a mí.

Necesitaba tenerlo más cerca. Lo agarré por el cuello de nuevo, empujando sus labios contra los míos, y vi cómo una sonrisa se le escapaba sin dejar de moverse cada vez más rápido.

Sin previo aviso, me sujetó de la cintura y, como si no supusiera ningún esfuerzo para él, me colocó con el vientre sobre la cama.

Tiró de mis piernas, arrastrándome al borde para dejarlas colgando.

Supe al instante lo que pretendía y me pudo la impaciencia.

Me giré para mirarlo y él me sujetó del cuello con firmeza para besarme con fiereza mientras volvía a sentirlo.

Brutal, animal.

Me desconocía, nunca había sentido ese deseo. Cerré los ojos y me dejé llevar. Con cada movimiento veía estrellas, luces, colores vibrantes, figuras de todos los tamaños y formas. Me estaba volviendo loca, y cuando su mano se acercó al centro de mi placer, supe que ya estaba perdida.

Grité y jadeé. Pedía más. No quería que Ero parase. Poco a poco mi respiración comenzó a acompasarse y el temblor de mi cuerpo fue cediendo. Permanecimos inmóviles un instante, todavía aferrados el uno al otro, como si ninguno quisiera romper aquel momento.

Sentí que se separó de mí y, al girarme, estaba de espaldas a la cama. Terminando de la forma más respetuosa que imaginé que conocía. Se recostó a mi lado, bocabajo, y me dio un beso suave.

—Gracias —susurró.

Y cerró los ojos. No esperaba ninguna respuesta de mí y aun así se la quise dar.

—Ha sido perfecto.

Vi cómo sus labios se curvaban en una sonrisa. Me besó con suavidad en la frente y yo enredé mis manos en su pelo, masajeando su cabeza hasta que sentí que el sueño me reclamaba.

* * *

Me desperté alerta, con una sensación extraña que me oprimía el pecho. Miré a mi alrededor, todavía asustada, pero todo estaba bien; Ero seguía en la misma posición.

Me enternecía verlo dormido, una faceta totalmente contraria a la que había visto antes, donde no había nada tierno en él. Noté una punzada en el pecho al mirarlo.

¿Era amor? ¿Realmente sería eso? ¿Existe acaso otra forma de describir esa sensación que te nubla la mente por completo y te hace ser incapaz de discernir el bien del mal?

Quizá la locura podía definirse así también.

Pero, en ese caso, estaba igual de perdida.

Porque, si no era amor lo que sentía, si no estaba de verdad enamorada de Ero, sí podía asegurar que estaba completa y totalmente loca por él.

Y esa idea me mataba.

Porque si, como sospechaba, el sentimiento era mutuo, no podía esperar más.

No podía seguir ocultándolo. Durase lo que durase.

Me quedase el tiempo que fuera ahí, con él; merecía saberlo.

Si habíamos cruzado esa barrera, lo correcto era pasar al otro lado con todas las consecuencias.

Pensé en Clara y en lo que me había advertido.

No se me ocurría otra forma, no habría un mejor momento, tenía que ser ya.

Ero dormía a mi lado. Respiraba tranquilo, como si no existiera nada que pudiese alterarlo.

¿Cómo iba a despertarlo? Miré por la ventana.

Todavía era noche cerrada. La suave luz de la luna creciente entraba por la ventana y su haz me dejaba intuir el interior de la habitación, teñido de un tono grisáceo, casi azulado.

El silencio de la noche despertaba cualquier pensamiento que estuviera esperando a ser atendido.

Sabela había empezado a dejarme ver sus recuerdos con Ero, todos los que al principio habían estado ocultos. Además, el haber conectado con él de una forma tan íntima, tan especial, me hizo darme cuenta de que mantenerlo en secreto durante más tiempo me mataría. No era justo para ninguno de los dos.

Debía contárselo.

—¿Ero? —le llamé.

Apreté su brazo con suavidad un par de veces para despertarlo.

Vi que abría los ojos, confundido.

—Es de noche aún. ¿No puedes dormir? ¿Todo bien? —dijo con la voz ronca.

—Necesito contarte algo.

Con cuidado, se incorporó. Su gesto dormido se transformó en uno de intriga mezclado con preocupación. Ya no había marcha atrás. Sentí cómo mi boca se secaba y mis manos volvían a sudar.

—¿Qué puede ser tan importante que no pueda esperar al amanecer? —me preguntó.

Intentó sonar ligero. Se rio y se inclinó para abrazarme y dejar un beso sobre mi cabeza.

—Pues...

Pensé cómo empezar. Cómo explicarlo. Clara lo había aceptado con facilidad. Pero nada me garantizaba que él lo entendiera con esa misma sencillez, ni mucho menos que me creyera, pero esa era mi verdad, mi realidad, y tenía que ser fiel a mis principios. Necesitaba sincerarme.

Se lo debía.

Empecé poco a poco.

Le hablé de Sara, el nombre que escuchó que gritaba cuando me encontró. Le confesé que nunca había perdido los recuerdos, pero que la verdad era mucho más difícil de creer que eso. Seguí con los sueños.

—Pensaba que eran solo sueños hasta que llegué aquí, y te conocí.

Explicar que, en realidad, eran recuerdos se me hizo más complicado de lo que había imaginado. Pero, tras contar aquello, ya solo me quedaban dos cosas fundamentales por contar.

—Puede sonar estúpido. Una completa locura, lo sé. Te prometo que... no sé explicarlo mejor, pero es así. —Solté todo el aire que había guardado—. No pertenezco a esta época.

Decirlo en voz alta sonaba todavía más ridículo.

Aunque lo que fue verdaderamente difícil de explicar fue la confusa realidad en la que Sabela, de alguna manera, vivía en mí.

En lo difícil que había sido comprenderlo y aceptarlo.

Le hablé de la impotencia que había sentido al no poder sincerarme antes y el miedo que me estaba martirizando al confesárselo por fin.

Ero no me interrumpió. Aunque parase a pensar cómo formular mi siguiente frase, él seguía atento y en silencio. Su gesto, inmutable, me generaba mucha confusión. No me di cuenta del momento exacto, pero había dejado de rodearme con su brazo.

Mantenía los puños apretados sobre el colchón. Su rostro, ligeramente ladeado, y las cejas fruncidas solo me decían que estaba atento. Me imaginaba cómo toda mi historia pasaba por su cabeza, y cómo trataba de ordenar los hechos de un puzle que ni yo misma había resuelto.

El corazón me latía muy deprisa y sentí cómo mis manos y mi cuerpo comenzaban a sudar.

Mantener contacto visual con él me era imposible al llegar al final de mi relato.

Noté que mi voz se entrecortaba, y reprimí las ganas de llorar y de seguir hablando cuando algo en él, en su expresión, me indicó que ya era suficiente.

Callé de golpe, ocultando la información que más podía dolerle.

Ero se había quedado en silencio y ya no me devolvía la mirada. La tenía fija en un punto de la pared, perdida.

—¿Ero? —le llamé.

Necesitaba una respuesta, alguna reacción. Algo. Se levantó con dificultad y caminó varios pasos alejándose de la cama. Llegó a la pared y apoyó un brazo sobre ella, dejando caer su peso hasta descansar la cabeza sobre el muro.

—¿Ero...? —repetí de nuevo con la voz suplicante y temblorosa—. Te prometo que...

Me levanté para alcanzarlo. Llevé una mano hasta su cara para poder verle, para que me mirara. Levantó un brazo y me apartó bruscamente de él.

—Necesito que te marches, por favor.

Mis mayores temores se estaban cumpliendo. Tenía que explicarme, quizá reformularlo de otra manera o entrar en más detalles para que me creyera. No me aparté, necesitaba que me escuchase.

—Si me dejas, puedo explicar... ¡Alma! Podemos hablar con ella. Sabe la verdad, la supo antes que yo, y Clara también, quizá ellas...

Le alcancé y puse una mano sobre su hombro con suavidad. Él se giró con brusquedad.

—¡Largo! —me interrumpió.

Gritó con una voz que no había escuchado antes salir por su boca y que me paralizó por completo. Quise moverme, pero las piernas no me respondían. Esto no podía estar pasando.

—Puedo darte detalles para que me creas. Necesito que confíes en mí, por favor —conseguí responder, casi gritando con una fuerza que no tenía.

Caminó deprisa hacia la cama; pensaba que se sentaría y me escucharía, pero recogió mi ropa del suelo y me la lanzó con rabia. Sus ojos eran diferentes. No eran los que tanto conocía. Ahora brillaban llenos de fuego, inyectados en sangre.

—¿Cómo has podido hacerme esto? —escupió con rabia—. Vístete y márchate. ¡Ahora!

Una parte de mí quería insistir, pelear, gritar, hacer lo posible para que me entendiese. Hacer lo necesario para convencerlo. Pero el dolor que teñía su cara me lo impedía.

—¡Vete! —volvió a gritarme.

Me frustraba la manera en la que me miraba. Como si no me conociese, como si le hubiese traicionado.

Volqué toda mi rabia e impotencia en los movimientos bruscos con los que me vestí.

No me salían las palabras. Solo las lágrimas que había estado tratando de contener recorrían mis mejillas.

Cuando conseguí ponerme toda la ropa y calzarme, salí por la puerta sin mirar atrás.

No levanté la mirada para despedirme ni tampoco la levanté hasta que no me alejé lo suficiente de allí.

Caminé sin saber bien a dónde dirigirme, pero nada me importaba. Había perdido la única oportunidad de sincerarme y de que creyera mi historia. Y no podía dejar de pensar que, después de aquello, cualquier intento, cualquier explicación, sonaría a burla, a mentira o a excusa.

Me alejé y cada paso que daba me dolía más. Quería tumbarme, abrazarme las rodillas y esperar a que alguien me sacase de esa pesadilla de la que no podía despertar. Pero no podía permitirme compadecerme. Me aferré a la cadena que nunca me abandonaba, buscando algo de paz.

Solo entonces supe a dónde dirigirme: al único lugar donde podía sentirme como en casa.