Todas las vidas hasta ti 50 #2
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50 #2

La besé como si mis labios la hubieran estado esperando una eternidad, y sentí que aquel beso era la mejor de las medicinas. El dolor había quedado en un segundo plano, pero no quería tentar a la suerte. Notaba cómo mi espalda volvía a tensarse.

Me giré lentamente y, con suavidad, la tumbé en la cama para poder continuar el beso. Después llegaron más caricias y más besos. Por todas partes.

El herido era yo, pero me di cuenta de que también era yo quien quería darle todo tipo de cuidados a ella. Escuchaba su respiración agitada, fruto de los nervios. Nervios que yo también compartía.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que deseé conocer a una mujer de una forma tan íntima como quería hacerlo con ella, con Estela.

Las primeras veces siempre eran vergonzosas y quería que todo fuera perfecto.

Pero no había dudas. Ella me respondía con la misma intensidad con la que yo la buscaba y, en los fugaces instantes en que nuestros labios se separaban, descubría un brillo en sus ojos que me decía todo lo que necesitaba saber para entender que estaba tomando la decisión correcta.

Su cuerpo buscaba el mío.

—¿Todo bien? —pregunté.

Me pareció que asintió con la cabeza y soltó un leve murmullo seguido de unas risas.

—Necesito que lo digas en voz alta —insistí clavando mis ojos en los suyos—. ¿Estás bien?

Tardó unos instantes en hablar; vi cómo su mirada se tornó impaciente.

—Sí..., todo bien —respondió exhalando el poco aire que parecía quedarle dentro.

Su respuesta fue como el último impulso que necesitaba para terminar de volverme totalmente loco. Ella desprendía algo que me poseía, me absorbía e hipnotizaba. Deseaba más de ella, lo deseaba todo. Y, lo más importante, necesitaba que ella me desease a mí también.

Por la forma en que su respiración se entrecortaba, por cómo su frente brillaba a la luz de las velas, por cómo sus labios se habían quedado ligeramente separados y por cómo sus ojos no se apartaban de los míos, estaba casi convencido.

Necesitaba solo una evidencia más, una más burda, una menos elegante, pero totalmente fiable si venía acompañada de todas las demás.

Sin apartar mi mirada de la suya para evaluar cualquier movimiento o gesto inapropiado, comencé a acariciar su pierna por encima de la tela, con suavidad.

Ella acariciaba mi pelo, mi cuello, mi cara, mis labios.

Besé cada uno de esos dedos con los que me acarició.

Mi mano a la vez comenzó a levantar la tela que le cubría y, de nuevo, su mirada me invitaba a continuar.

Sentir esa parte de su cuerpo, de su piel, sin ningún obstáculo de por medio era la mayor experiencia religiosa que había experimentado en mi vida, porque definitivamente su tacto era algo divino.

Crucé el límite de su rodilla y, al notar cómo sus caderas respondían con un leve impulso, seguí avanzando despacio, sin apartar la mirada de ella.

Con suavidad, deslicé su pierna hacia un lado, sosteniendo sus ojos un instante antes de volver a recorrerla.

Había algo hipnótico en la forma en que me observaba, como si intentara atravesarme y descubrir todo aquello que yo mismo era incapaz de poner en palabras.

Estaba preciosa, angelical. Aún no me creía merecedor de ella.

Notaba cómo su vello se erizaba bajo mi mano y no podía evitar sentir satisfacción al saber que era yo quien estaba provocando esa reacción.

Según me acercaba, vi que empezaba a quedarse más y más quieta.

Sus brazos habían dejado de acariciarme y estaba esperando, impaciente, suspendida en una parálisis electrizante.

Me estaba esperando a mí y yo no podía estar más impaciente.

Cuando por fin llegué hasta donde pretendía, comprendí que no hacía falta preguntar nada.

Su cuerpo ya me había respondido. La certeza de saber que me deseaba con la misma intensidad con la que yo la deseaba hizo que todo lo demás dejara de importar.

Creía haber alcanzado el límite de lo que era capaz de sentir por ella, pero en ese instante entendí que todavía podía quererla más.

Sentía que podía estallar en esa misma habitación.

—¿Estás segura? —pregunté sin necesidad, solo por pura satisfacción de escuchárselo decir.

De nuevo, ese sonido y movimiento de cabeza que no me era suficiente.

—Estela. Necesito que lo digas. En. Voz. Alta.

—¡Por favor! No me hagas suplicarte —me pidió mientras golpeaba el colchón con sus manos sonriendo y por fin noté cómo su cuerpo se destensaba.

Aunque la imagen que se formó en mi cabeza de Estela suplicando no me resultó para nada desagradable, no sería necesario.

—Está bien. Gracias —añadí.

Saqué la mano de los bajos de su falda y me deleité por unos instantes con su expresión de confusión y decepción justo antes de ver cómo le cambiaba por una de desesperación y frenesí mientras me llevaba dos dedos a la boca antes de devolverlos a su posición anterior y continuar con lo que apenas

había empezado.

Me recibía con suavidad, y su respiración, cada vez más y más acelerada, me indicaba que disfrutaba. En consecuencia, yo también.

Sentía deseo, pero también mucho más. La deseaba a ella, pero también deseaba cuidarla y hacerla feliz; deseaba que no volviese a llorar ni sufrir nunca más.

Lo ansiaba todo de y para ella. Quería ser yo el responsable de dárselo todo.

Y fuera posible o imposible, me encargaría de que fuera su realidad. Nuestra realidad.

Noté cómo se incorporaba y trataba de desatar el cordón que mantenía mi pantalón en su lugar. Definitivamente no quería ocultar sus intenciones y deseos, y yo me relamí por dentro.

—Quieta. Déjame —ordené.

Me devolvió la mirada con una mezcla de resignación y lujuria, mordiéndose el labio inferior. Si no me había vuelto loco ya, estaba cerca de estarlo. Ella disfrutaba, pero yo lo hacía el doble. Verla sentir, escucharla jadear era todo lo que podía desear en ese instante y por el resto de mis días.

Hasta que susurró mi nombre.

En ese momento perdí el poco control que me quedaba. Terminé de desatar el cordón del pantalón y, después de conseguir un último asentimiento de Estela, me dejé llevar.

Es extraño definir una primera experiencia como familiar, pero en este caso se sentía así.

Excitante, placentero, totalmente arrebatador, pero con un toque de bienvenida a casa.

Un atisbo de la felicidad que ya creía imposible recuperar o sentir de la misma forma que recordaba.

Un síntoma de esperanza por un futuro. Un futuro que no necesitaba que fuera perfecto, idílico o ejemplar.

Solo un futuro, a secas, y eso era más de lo que había deseado en mucho tiempo.

Escuchar de nuevo mi nombre a través de sus labios fue lo último que necesitaba para terminar de derretirme por completo.

Totalmente fuera de mí, perdí la noción de dónde terminaba Estela y dónde empezaba yo, pues rechazábamos cualquier movimiento que implicase separar nuestros cuerpos.

Que nuestros cuerpos seguían siendo dos, pero juraría ante cualquiera que el mío le pertenecía a ella por completo.