Todas las vidas hasta ti 50
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Arroutada: hacer algo por impulso, momento de locura transitoria en el que pierdes el control.

Ero

El dolor era insoportable. Y, sin embargo, lo viviría cada día de mi vida si eso significaba que había evitado una atrocidad. Pero, por muy satisfecho que estuviese, no era suficiente para conciliar el sueño ni encontrar una sola postura con la que no quisiera gritar.

Por eso me levanté para ir a buscar mi último recurso para parar el dolor.

Aguardiente.

Bebí con ansia. El licor actuó deprisa y pronto el dolor se volvió soportable. La casa estaba a oscuras, pero mi vista ya se había acostumbrado y no pude evitar asustarme al ver a alguien sentado en la silla y acostado sobre la mesa del centro.

Era Estela, y dormía sin que nada la molestara. Recordé cuando llegó con Clara y Alma y cómo Alma me curó las heridas. Hasta ese momento, el dolor no me había dejado sentir la tirantez en la espalda de algo pegado. Me llevé la mano para notarlo y era como un barro seco que comenzaba a desprenderse.

Solté un gruñido al tocar la herida.

—¡Para, para!

Estela se despertó y se levantó.

—Así puedes hacerte daño. ¿Qué haces despierto? —me preguntó.

—¿Qué haces tú aquí dormida y no en la cama...?

Me habría gustado terminar la frase con un «conmigo», pero pensé que quizá no procedía.

—¡No debería ser yo quien diera explicaciones! —se quejó—. Deberías estar descansando. Tumbado.

La miré. Hasta en aquella oscuridad podía ver la preocupación de sus ojos.

—Sigo pensando que no deberían verte conmigo. Puede ser peligroso.

Me rodeó, ignorando lo que le decía.

—Estela...

Mi voz quedó en un susurro cuando noté su mano tocándome la espalda. Me encogí involuntariamente del dolor. Rayos. No quería que pensara que me dolía tanto, aunque la realidad era que me dolía mucho más de lo que cualquiera podía pensar. Se llevó las manos a la boca, asustada y arrepentida.

—Estoy bien, solo no lo vi venir. No es tan grave.

Ojalá sonase tan cierto como quería que sonase.

Su mano se cerró alrededor de la mía y tiró de mí hacia la cama de nuevo. Me tumbé boca abajo.

—Espera ahí. No tardo.

Giré la cabeza buscándola. Estaba de espaldas a mí y rebuscaba entre diferentes frascos y recipientes. Después, regresó y se colocó justo a mi lado.

—Va a doler, pero, por favor, necesito que te quedes quieto.

—No me voy a ir a ninguna parte, Estela.

Esperé que pensase lo mismo que yo. Y que quizá el recuerdo le llevase a ese instante feliz que compartimos, al igual que me había llevado a mí.

Reprimí varios quejidos. Era solo agua, pero se sentía como fuego recorriéndome la espalda.

Pasaba un paño húmedo dando toques suaves en mi espalda.

Disimulé una mueca de dolor para que no se preocupase mientras notaba cómo la pasta se iba desprendiendo poco a poco de la piel, dejándola expuesta.

—Con suerte, las cicatrices solo te harán parecer más... varonil —soltó de pronto, y me gustó cómo pronunció esa última palabra.

Vi de reojo que cogió el odre lleno de aguardiente. El último que me quedaba; últimamente lo había necesitado más de lo previsto.

—¡Espera! Eso es... —Levanté el brazo para frenarla. No quería que lo confundiera con agua y bebiera por error.

—Para emborracharte —respondió.

Parecía no tener dudas al respecto.

—Para el dolor... —corregí, aunque algo de razón sí tenía.

—Para el dolor —repitió alzando las cejas—. Entonces yo también necesito un poco.

Levantó el brazo y comenzó a beber mirándome a los ojos.

Dio un trago tan largo que hasta yo mismo me sorprendí.

Al terminar, no pudo ocultar la cara de asco y la arcada que le sobrevino.

Y yo no pude evitar soltar una carcajada.

Me ofreció el odre, para imitarla. Y eso hice.

Di un trago más largo de lo que habría dado en otras circunstancias y se lo devolví.

Me sequé la boca con el dorso de la mano.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó. y noté miedo en su voz.

—¿El qué exactamente?

Escuché una carcajada, pero no tenía nada de alegre. Sonaba cargada de rabia.

—¿Por qué no escapaste? Sigo sin comprenderlo.

—Pensaba que lo había dejado claro —carraspeé—. Podrán quitarme todo, pero el honor..., eso nunca me lo arrebatarán.

No parecía muy convencida, pero no añadió nada más.

Humedeció otro paño con el licor y lo pasó con cuidado por mi espalda. Si el agua se había sentido como fuego, el alcohol rozando las heridas era el mismísimo infierno soplando toda su furia. Me llevé el puño a la boca y apreté los nudillos entre los dientes, tratando de soportar el escozor.

La forma en que confiaba ciegamente en las manos de aquella mujer me enternecía y me asustaba a partes iguales. Era una confianza absoluta. Me hacía comprender que no había nada en este mundo que yo no haría por ella.

Ya no tenía miedo. Porque ¿cómo iba a asustarse un hombre de algo después de haber conocido la mismísima muerte en vida... y a la mujer que le había devuelto las ganas de vivir?

* * *

Los siguientes días se sucedieron como espejismos. Perdí la cuenta de cuántos habían pasado. Tuve fiebre alta que me hacía dormitar, por lo que perdí la noción del tiempo.

Comía, dormía, soñaba, moría de dolor y vuelta a empezar. De vez en cuando, reconocía las suaves manos de Estela acariciándome el rostro y curando mis heridas.

Hasta que, por fin, dejé de marearme y de perder la conciencia.

Aquel mediodía, Estela me llevaba la cuchara a la boca para evitar que yo hiciera cualquier movimiento innecesario. Estaba en su banqueta sentada a mi lado, risueña; parecía feliz de estar ahí, cuidándome.

Ella había terminado su plato a toda velocidad, uno de los pucheros, especialidad de Clara, y ahora me estaba alimentando a mí. Sin embargo, yo sentía cómo el dolor me cerraba el estómago y desaparecía el poco apetito que tenía.

—No has comido ni la mitad. Venga, una cucharada más.

Negué repetidas veces. Ella me retó con la mirada.

—¿Seguro? Última oportunidad.

—Seguro.

Sus ojos se iluminaron con mi respuesta y se dispuso a terminarlo ella. Sonreí.

Entonces, un detalle me llamó la atención. Me fijé en que cogía la cuchara con la mano izquierda. No era la primera vez que la veía comer, pero no me había dado cuenta de eso hasta ese instante. Solo había conocido a una persona que también lo hacía.

Sabela.

Ella me contó que cuando comenzó a usar la mano izquierda, sus padres, reacios, la corregían para que usase la derecha.

Ella nunca entendió el motivo. Y la verdad es que, aunque había escuchado las supersticiones, a mí también me parecía absurdo. «Es de mala educación», le decían, pero, cuando estaba sola, su naturaleza se imponía y olvidaba todo lo aprendido.

Al poco de conocernos, cuando yo ya tenía claro que iba a ser el amor de mi vida, aunque todavía no entendía bien qué era eso del amor, quiso enseñarme algo.

Aprovechando la marea baja, cogió un palo y comenzó a hacer líneas sobre la arena.

Yo permanecí sentado, sin entender bien qué estaba haciendo.

Pero, cuando terminó, me hizo levantarme para enseñármelo.

Era un caballo, y a su lado había una persona.

—Eres tú, con un caballo. ¿Te gusta?

—Es genial. Me encanta —respondí, sincero.

—¿No... has visto o notado nada raro?

Sonaba preocupada. Se rascaba la cabeza con insistencia con la mano que tenía libre. Fue entonces cuando me fijé. Había usado la mano izquierda para hacer el dibujo. Parecía preocupada, pero yo no entendía por qué. No sabía cómo contestar para no molestarla.

—¿Puedes usar esa mano? —pregunté sorprendido.

Entrecerró los ojos, esperando una burla o crítica. Volví a hablar para que no me malinterpretase.

—¡Qué suerte que puedas usar ambas manos! Me parece increíble. No conozco a nadie que lo haga.

Sonrió. Esa sonrisa que desde ese día me juré que no abandonaría su rostro mientras estuviera en mi mano.

—¿Y cómo se llama el caballo? —pregunté para cambiar de tema.

Sabela sonrió, entendió que conmigo no tenía que fingir.

—Pues... —Miró a su alrededor buscando alguna idea, y se volvió hacia el sol—. ¡Luz! Se llama Luz.

Y dibujó un gran sol encima de mí y de Luz.

Sonreí.

Justo como el dibujo que hizo Estela.

—Si no me necesitas más, te dejo descansar.

Su voz me trajo de vuelta a la realidad.

Se había terminado el plato y se estaba levantando para salir de mi habitación. Aún sentía la cabeza lejos, la mente nublada. Pero quizá eso fue lo que necesité para hacer lo que deseaba hacer.

—Espera.

Se giró y, antes de que pudiera responder nada, tiré de su brazo para sentarla en mi regazo, haciendo que los cuencos cayeran y se partieran en pedazos por el suelo.

El grito ahogado de sorpresa se convirtió en una risa inocente, y aquello me pareció lo más adorable que había escuchado en toda mi vida.

—¡Oye! Mira la que has liado... —dijo señalando los pedazos que había en el suelo.

Puse una mano sobre su mejilla para que me mirase a mí.

Su expresión cambió, sus ojos se oscurecieron y entreabrió los labios, dejando escapar una respiración acelerada.

Después fue ella quien acarició mi rostro y, casi sin darme cuenta, ladeé la cabeza para sentir un poco más el roce de su piel.

Terminó por rodear mi cuello con sus brazos, enredando sus dedos en el pelo de mi nuca.

Agaché la cabeza. Sentía demasiado. Ella era demasiado.

Noté cómo depositaba un suave beso sobre mi frente y no pude evitar levantar la cara para mirarla fijamente.

La sujeté por las caderas y la pegué más a mí. Sentí cómo me iba encendiendo más y más, tanto que podía arder en cualquier momento.

No supe de dónde saqué las fuerzas, la energía o las ganas de levantarme, pero, mientras sus brazos me rodeaban el cuello, me puse de pie y la levanté, para que me rodease la cadera con sus piernas.

Me resultaba inexplicable, pero todo en torno a Estela era un misterio que no podía resolver y que me llevaba a hacer, decir y sentir cosas que creía olvidadas.

Abrió los ojos con sorpresa y preocupación, pero mi sonrisa y movimiento de cejas le hicieron entender que estaba justo donde y como quería estar. Su expresión se relajó al instante.