49 #2
—Estás en todo tu derecho a dudar de mí o a no creerme —dije con dolor—. Pero no mentiría, no mentiría jamás sobre eso, sobre algo así...
Clara seguía en la misma posición, pero ahora me miraba fijamente.
—Es tu hermano, tu familia, sería comprensible que... —añadí.
—¡Basta! —gritó.
Apretó los puños y cerró los ojos con fuerza. Exhaló fuerte, como liberando algo que llevaba tiempo atrapado.
—Una parte de mí quiere creer que mientes, no voy a engañarte.
Pero no puedo ignorar lo que es evidente —susurró sin mirarme.
La voz salía de su garganta rota por el dolor—.
Te creo, Estela. Te creo porque en el fondo siempre lo he sabido.
Llevo demasiados años justificando sus actos.
Fingiendo que era solo una especie de máscara bajo la que ocultaba su forma de ser, pero lo único que he hecho es convertirme en su aliada.
Clara calló y cerró los ojos unos instantes para calmarse. Después se giró hacia mí.
—Y esto ha sido la peor forma que se me habría ocurrido jamás para confirmar lo que estaba delante de mis narices.
Así que... lo siento. Siento que hayas tenido que vivir bajo el mismo techo que él.
Que te haya mirado de más. Que te haya respirado demasiado cerca.
Lo siento. Porque todo esto también ha sido por mi culpa...
Con cada palabra que pronunciaba, su voz se agravaba. No debía ser nada fácil para ella aceptar aquello y escucharla era igual de doloroso.
—No es culpa tuya, Clara.
—Sí. Soy en parte responsable de que haya pasado esto.
—No —insistí.
Me puse en pie y me acerqué a ella para abrazarla. Jamás la culparía de lo que había hecho su hermano; ella jamás sería culpable de esos horribles actos y decisiones. Clara se abrazó a mí y sollozó.
Cuando se calmó, dudé si preguntar aquello sobre lo que me aterraba conocer la respuesta.
—¿Sabes qué va a pasar ahora con Ero?
Clara se limpió las lágrimas de sus ojos y negó con la cabeza.
—Nunca había pasado algo así. Y afortunadamente no lo han desterrado. Aunque...
—¿Aunque? —la animé a seguir.
—No creo que pueda seguir siendo guardia. Y, sin eso, no le quedará nada —calló—. Quizá no tendrá más remedio que seguir el camino de sus padres lejos de aquí.
—Por protegerme... —Me tapé la cara con las manos—. Por protegerme, le han arrebatado lo que más quería.
Ero vivía por y para su trabajo. Era su mayor motivación y yo era la responsable de que se lo fueran a arrebatar.
—Estela —empezó Clara con un tono firme—.
Si crees que yo no tengo la culpa, mucho menos voy a dejar que creas que esto es culpa tuya.
¿Me oyes? Lo repetiré las veces que haga falta para que te quites ese peso de encima.
Sabes que él está totalmente seguro de la decisión que tomó y no se arrepentirá jamás.
Sabrá salir de esta. El único culpable aquí es Kael.
Escuchar su nombre tuvo un efecto instantáneo en mí. Se me encogió el estómago, se me secó la boca y la respiración se me aceleró. Quizá no era el mejor momento, pero nunca lo sería. Tenía que decírselo, de lo contrario, haría que la culpabilidad y los remordimientos lo hicieran más difícil.
—Recordé algo.
Me miró confundida. Esperaba que pudiera ver en mis ojos lo difícil que era para mí decirlo que estaba a punto de confesarle.
—Creo que deberías sentarte.
Se sentó a mi lado en una de las sillas. No sabía por dónde empezar, no me salían las palabras e intentar volver a ese recuerdo me estaba costando más de lo que esperaba.
Suavizar la realidad de lo que vi no lo haría más fácil, así que empecé a hablar sin pensar. Algunas palabras se me atragantaban; otras apenas eran un murmullo, pero seguían saliendo de mi boca y Clara las escuchó en silencio, sin interrumpirme hasta que terminé.
Cuando acabé, me sentí ligera, pero no podía liberarme de la punzada de culpa. Ahora Clara me ayudaba a soportar aquel peso, pero eso implicaba que ella tenía un dolor nuevo.
Esperaba alguna reacción, alguna respuesta. Pero su mirada parecía perdida, ausente.
—Siento habértelo dicho así —me disculpé.
Me sentía mal por darle aquella noticia, pero sabía que Sabela querría que le contase lo que ella no se atrevió en su momento—.
Me encantaría que fuera mentira, que no hubiera pasado.
Pero pasó, Clara. Lo vi, lo sentí, estuve ahí.
De verdad que lo siento profundamente...
Sus brazos me rodearon, impidiendo que pudiera terminar la frase. Fue un abrazo largo y fuerte. En silencio, escuché sus suaves sollozos acompasados con el vaivén agitado de su pecho.
Se apartó poco después y no necesité que dijera nada. Su mirada contenía todas las palabras que necesitaba escuchar. Su comprensión y su apoyo eran lo más valioso que tenía. Me hacían sentir a salvo en medio del caos en el que se había convertido mi vida.
Unos golpes secos en la puerta nos pusieron en alerta.
—Abridme. Ahora. —La voz de Kael me hizo apretarme a Clara.
—Tranquila —me dijo con esa voz suya que tan bien sabía calmar los nervios.
Clara se acercó a la puerta y con cuidado abrió, colocando un pie en el suelo que marcaba el tope. Me coloqué en la pared opuesta donde no pudiera verme y aguanté la respiración, con miedo de hacer cualquier ruido.
—¿Me dejas pasar? Sé que está ahí. Solo quiero hablar con ella. —Su voz sonaba ahora suave, encantadora, convincente incluso—. Será solo un momento.
—No. Quizá a tus hombres puedas darles órdenes a tu antojo, pero a mí no. Ya has hecho suficiente por hoy. No puedes tener la desvergüenza de venir hasta aquí y esperar que te recibamos con los brazos abiertos. ¡No te dejaré pasar! Y, por cierto, ella se queda aquí.
Temblé. Escuché un fuerte golpe seguido de unas respiraciones aceleradas, como las de un animal enfadado.
—Muy bien. Perfecto. Estupendo —dijo con tono amenazante.
Otro golpe a la puerta.
—Volveré. Esto no va a quedar así.
Escuché unos pasos que se alejaban y el sonido de la puerta cerrándose. Clara echó el cerrojo.
Respiré de nuevo. Clara se quedó con la espalda apoyada en la puerta y se llevó las manos a la boca mientras se dejaba caer hasta quedar sentada en el suelo. Fui hacia ella de inmediato y la abracé con fuerza.
Acababa de posicionarse en contra de su hermano, de la persona que había sido su mayor apoyo y le había dado protección durante toda su vida.
—Siento no haberte protegido, no haber podido evitarlo. Pero, además, saber que no estuve ahí para ella... —sollozó—. Quizá no pueda evitar lo que nos une por sangre, Estela. Pero para mí esa persona ya no es de mi familia. Es solo un monstruo.
Clara se deshizo del abrazo, se puso de pie y comenzó a dar vueltas por la sala. Se mordía las uñas con nerviosismo. Jamás la había visto así.
—A Sabela no pude protegerla. Sin embargo, Estela, haré todo lo posible y lo imposible por protegerte a ti.