49
Abofé: con total seguridad.
El silencio me estaba matando.
El sonido del cuero golpeando y rasgando la piel resonaba en mi cabeza; sabía que ese sonido me acompañaría para siempre. Abandonamos la plaza. Clara me agarraba del brazo con fuerza, guiándome en silencio por las calles que veía vacías.
—¿Vamos a tu casa? —pregunté. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Clara tomó una calle diferente a la de su casa.
—¿Esperas que te lleve allí? Mientras pueda, te mantendré alejada de mi herm..., de él.
Habló con pausas, dudando. Dividida entre la pena y la rabia.
Sentí como algo de peso se desprendía de mis hombros. Su apoyo, después de todo, era más de lo que podía pedir. La respondí con una sonrisa sincera. Algunas lágrimas que aún me quedaban se derramaron al liberar la tensión que había acumulado.
Caminamos agarradas del brazo, evitando llamar la atención. Clara tiró de mí para desviarnos por otra calle.
—Por aquí.
En cuanto giramos, supe bien a dónde me llevaba.
Al llegar, golpeamos la puerta como habíamos hecho repetidas veces antes.
Alma nos recibió con más cariño del habitual; noté que quería cuidarme y protegerme.
Caminamos hasta la habitación donde siempre nos reuníamos y nos sentamos en las sillas.
Parecía que nadie se atrevía a decir la primera palabra.
El silencio nunca se había sentido tan pesado.
—Mi niña. Lo siento mucho. —Alma me cogió de las manos—. Clara me contó todo.
Miré a Clara, que levantó los hombros como si no le hubiera dado otra opción.
—Todo, sí —recalcó.
Asentí. No me importaba que se lo hubiese dicho; casi se lo agradecía porque así no tendría que contárselo yo.
Aunque había algo que ninguna de las dos sabía.
No había podido decírselo a Clara aún, porque no había encontrado el momento ni las fuerzas.
¿Cómo podía decirle que todo lo que intentó hacerme a mí su hermano se lo hizo antes a su amiga?
No podía romperle de nuevo el corazón a la persona que más me había ayudado.
Pero sabía que se lo debía, y se lo diría.
—Termino las elaboraciones en un santiamén y nos marchamos.
—¿Marcharnos? ¿Vienes con nosotras? —pregunté, sorprendida.
Alma me miró con cariño.
—Lo hiciste de maravilla ayudándolo con su pierna. Pero esto... son palabras mayores. Necesitará un cuidado especial y debería ver sus heridas en persona.
Alma se levantó y comenzó a mover frascos. Me alegró saber que nos ayudaría. Tenía la confianza de que su mano sería mágica.
Tras unos minutos de espera que se hicieron eternos, salimos de su casa.
Las calles parecían haber recuperado casi la normalidad; la gente hacía su vida como si nada hubiera pasado.
Como si apenas una hora antes un hombre no hubiera sido terriblemente torturado a plena luz del día y nadie hubiese hecho algo al respecto.
Pocas veces había caminado tan impaciente, deseosa de llegar cuanto antes. Iba varios pasos por delante de Clara y Alma, que iban agarradas del brazo, manteniendo el paso de la anciana.
Al llegar, vi que la puerta estaba entreabierta y pasé sin miramientos. Tres guardias que no esperaba encontrarme ahí se levantaron a la vez y me miraron incómodos.
—E... Estela —pronunció mi nombre uno de ellos, el más joven. Se levantó y se puso frente a mí, impidiéndome avanzar—. No deberías...
—Está ahí, ¿verdad? —pregunté.
No esperé a que me respondiera. Lo esquivé y entré a su habitación. Al verlo ahí tumbado, las emociones se me agolparon en la garganta.
Gonzalo se giró, asustado. Estaba curando las heridas de Ero.
—¿Qué...? —empezó a decir Gonzalo.
—¿Qué haces aquí? —terminó Ero. Su voz sonaba apagada, sin fuerza—. No deberías estar aquí. No quiero que estés aquí.
Sentí alivio al verle despierto. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, no pude contenerme más. Me acerqué hasta la cama.
Toda su espalda estaba cubierta de líneas rojas y violáceas.
La vista se me nubló durante unos segundos.
Cerré los ojos, me sequé las lágrimas y tragué saliva.
Era imposible asimilar todo lo que me oprimía el pecho.
Nunca había sentido una mezcla de rabia y pena tan intensa.
Acerqué la mano a sus heridas, sin llegar a tocarlas.
Instintivamente, seguí su recorrido en el aire, como si aquel gesto pudiera aliviar siquiera una parte del dolor.
Ero no se movió. No trató de ocultarse ni de impedir que lo mirara.
Permanecía en silencio. Apenas podía mantener los ojos abiertos.
La mirada que me devolvió era insoportable.
Había desaparecido la falsa seguridad que había mostrado aquella misma mañana.
Sabía que no se arrepentía. Pero el dolor y sufrimiento que estaba soportando era imposible de ocultar.
Me arrodillé junto al cabecero de la cama hasta que solo nos separó un suspiro. Acaricié su rostro. Me pareció ver que se esforzaba por sonreír. Sentir su piel en contacto con la mía me inundó de paz. Durante unos instantes, desapareció todo lo malo que nos había ocurrido.
Un par de golpes suaves sobre la madera de la puerta abierta nos devolvieron a la cruda realidad.
Clara y Alma esperaban en el umbral con una sonrisa tímida.
—Hermanos, dejad pasar al resto del pueblo si os parece, ¿no? —se quejó Gonzalo a sus compañeros—. Rodrigo, por favor, ¿puedes sacarlas de aquí?
—Sí —asintió el joven.
—¡De eso nada! —sentenció Alma—. Si no le haces una buena cura, podrás causarle más mal que bien. Déjame a mí, que para eso he venido.
Gonzalo miró con duda primero a Alma y luego a Ero, que asintió.
—Está... bien. Esperaremos fuera.
Clara me tomó de la mano y tiró de mí para salir de la habitación tras Gonzalo.
De pronto, la estancia parecía muy pequeña. Se instaló un silencio incómodo, enrarecido y doloroso. Tanto Rodrigo como Gonzalo y los otros dos guardias mantenían las expresiones tensas.
—Lamentamos mucho lo que ha pasado —empezó a decir Gonzalo—. Nosotros no...
—No comulgamos con la dirección que está tomando Kael... —continuó Rodrigo, pero se interrumpió al recibir un codazo del guardia que tenía a su lado—. ¡Au! ¿Qué haces, Santiago? No he dicho nada que no pensemos todos los que estamos aquí. Lo siento, Clara, pero es así.
Gonzalo dio un paso hacia mi amiga.
—Discúlpalos, por favor —intervino, avergonzado.
—No. Tenéis... tenéis razón. Lo siento más que nadie. —Clara habló con cierta resignación—. Hicisteis lo que teníais que hacer, y agradezco que estéis aquí, pero ahora nos encargamos nosotras. Podéis marcharos tranquilos, no querréis enfrentaros vosotros tampoco a mi her... a Kael.
Todos asintieron a la vez. Caminaron hacia la puerta y los despedimos. Gonzalo se quedó el último.
—Si necesitáis o necesita cualquier cosa, de verdad, cualquier cosa, gritad. Haré mi ronda por la zona y vendré corriendo para hacer todo lo que esté en mi mano.
—Gracias, Gonzalo. Gracias por todo lo que has hecho por él hoy. Tu lealtad vale oro —respondió Clara, apretando su hombro—. Si te necesitamos, te llamaremos.
Los dos se sonrieron con ternura.
—Con Dios —se despidió.
Antes de cerrar la puerta tras él, vi cómo se acariciaba el hombro donde Clara le había tocado.
Poco después, Alma salió de la habitación y la miré impaciente; ella nos indicó que podíamos pasar.
Ero respiraba muy lento, como si le costara un esfuerzo. Tenía los ojos cerrados; se le notaba totalmente derrotado. No me atreví a acercarme esta vez.
Alma me apretó el hombro.
—Ahora tenemos que marcharnos —susurró—. El descanso es una de las mejores medicinas. Tiene que recuperar energía y, cuanto menos esfuerzo haga, aunque sea solo hablar, antes volverá a ser él mismo.
Me resistí unos instantes, pero al final Clara y yo seguimos a Alma. Salimos de la habitación y cerramos tras nosotras.
Nos sentamos en silencio. Un silencio que escondía demasiadas palabras y sentimientos que eran muy difíciles de poner en voz alta.
Alma me tomó las manos y me sostuvo la mirada antes de hablar.
—Ahora tu prioridad es estar a su lado. Necesito que prestes mucha atención a lo que voy a explicarte para que luego puedas repetirlo tú. El primer día es crucial para evitar infecciones.
Sonaba firme, mucho más seria que de costumbre. Notaba por la forma en que lo decía que Ero era realmente importante para ella y que confiaba en mí una responsabilidad importante. Me explicó los pasos y me hizo repetirlos en voz alta para asegurarse de que lo había entendido.
—Bien. Y ahora tú, Estela. Puedo imaginar que ahora mismo estar en tu cabeza debe ser una auténtica pesadilla.
Sentí que, mientras hablaba, me colocaba algo en la mano. Bajé la mirada. Era un frasco pequeño de barro; me cabía en el puño.
—Si los pensamientos o recuerdos son insoportables, una gota los alejará; dos te harán sentir en paz, feliz incluso; tres harán que puedas dormir profundamente. También puedes usarlo con Ero si el dolor es insoportable, pero quiero que tú lo uses si lo necesitas.
—¿Y más de tres? —temí preguntar.
—Tomar más de tres puede tener consecuencias peligrosas e irreversibles. Deberías tener cuidado de no pasarte de la dosis.
Apreté el frasco en mi mano con fuerza y asentí.
—Me encantaría poder hacer algo más por ti ahora, pero, por mucho que me duela, necesitas recomponerte poco a poco y estar ahí para él. Ahora más que nunca.
Miré de nuevo a Clara. Como si necesitara reafirmar que todo lo que Alma decía era cierto. Pareció entender mi petición y asintió con una sonrisa ladeada.
—Me marcho ya. A mi edad no me importa lo que piensen o digan de mí. Para lo que me quede en esta vida, actuaré sin demasiados miramientos, pero tampoco quiero ponérselo en bandeja.
Me soltó las manos y dio un par de pasos hacia atrás.
—Recuerda que puedes venir a verme cuando lo necesites. Te estaré esperando.
Asentí repetidas veces intentando sonreír.
—¿Te acompaño a la puerta? —preguntó Clara.
—Tranquila, hija, sé llegar. Os dejo. Estoy segura de que queréis estar solas para hablar de vuestras cosas sin una anciana que os moleste.
Clara se rio. Algo dentro de mí se suavizó al escuchar una carcajada genuina, que además venía de ella.
Clara terminó de cerrar la puerta y se quedó ahí con la espalda apoyada. Evitó mirarme directamente, se resistía a romper el silencio, así que decidí hacerlo yo.