Todas las vidas hasta ti 48 #2
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48 #2

En la espalda apenas quedaban huecos sin marcar. Las heridas rojas comenzaban a abrirse y dejaban regueros de sangre al golpear una y otra vez sobre ellas. Cada azote me hacía temblar.

Una parte de mí quería cerrar los ojos y taparse los oídos para escapar de todo aquello, pero la otra sabía que no podía.

Se lo debía a Ero. Merecía no sufrir en soledad.

Noté cómo una mano me apretaba el brazo.

Gonzalo tampoco había apartado la mirada de Ero, pero ahora me agarraba con suavidad y firmeza.

Supuse que intentaba tranquilizarme. Y, de alguna manera, funcionó.

Agradecida, puse su mano sobre la muñeca que me sujetaba y repetí su gesto.

Le apreté con fuerza para devolverle el apoyo.

«Setenta latigazos», conté. Y el sonido paró.

En la picota, Ero apenas podía mantenerse sobre sus piernas; estaba prácticamente colgando de las cadenas que sujetaban sus brazos. No entendía cómo había soportado aquel dolor sin emitir un solo grito o gruñido de dolor. Había permanecido en silencio tras cada impacto.

Kael se apartó y dejó caer un chorro de vino en su boca antes de escupirlo al suelo. Después volvió a acercarse a Ero.

—¿Quieres un poco? Debes estar sediento.

Y, sin esperar respuesta, volcó el vino sobre su cara, su cabeza y su espalda.

Noté cómo todos sus músculos volvían a contraerse; esta vez sí gimió de dolor a pesar de sus pocas fuerzas. Yo quería gritar. Llegar hasta Kael y golpearlo, arañarlo, odiarlo. Terminar lo que Ero había dejado a medias.

El capitán volvió a situarse en el centro, unos pasos por delante de Kael, que seguía bebiendo vino como el borracho que era.

—El castigo se ha cumplido. La condena se ha completado. Que Dios sepa guiarnos siempre por el camino correcto, sin desviarnos.

—¿Cumplido? Eso lo decidiré yo. Y, por ahora..., no estoy nada satisfecho.

Kael tiró el odre al suelo y, como poseído, volvió a golpear a Ero con el látigo. Con más rabia, más fuerte y más deprisa.

Su padre miraba la escena, perplejo. Hasta él era consciente de que Kael se estaba sobrepasando. Pero, si quería frenarlo, no estaba poniendo muchos medios para ello.

Vi cómo Ero se desplomó, inconsciente, sostenido únicamente por las cadenas que lo sujetaban a la piedra, mientras los golpes seguían cayendo sobre su cuerpo inmóvil.

Sentí un impulso inconsciente de caminar hacia Ero. De inmediato, Gonzalo me frenó con una mirada alerta, pero nadie se movía, nadie decía nada. No podía seguir parada.

No sé de dónde saqué la fuerza o el valor, pero conseguí zafarme de Gonzalo y, sin ni una pizca de miedo a las consecuencias, me lancé a la picota y empujé a Kael, desestabilizándolo y haciéndolo caer de una forma bastante patética.

—Ero, Ero —pronuncié su nombre—. Estoy aquí. Ya está. Ya ha terminado.

Tenía la cabeza caída y los ojos cerrados. El pelo húmedo le tapaba la frente; podía ver gotas de sudor recorriéndole la cara. No sabía por dónde sujetarle sin hacerle daño, pero no podía soportar verlo así. Ni siquiera sabía si podía oírme en ese estado, pero me daba igual.

Noté que alguien me sujetaba por los hombros.

—¡No! —grité y me sacudí—. ¡Dejadme! ¡Dejadme con él!

Pero los brazos que tiraban de mí eran más fuertes y me arrastraron, alejándome de Ero. Me soltó en el suelo y me giré cabreada.

Gonzalo me devolvía una mirada helada mientras tenía los brazos cruzados.

—¿Por qué lo has hecho? —espeté, enfadada.

—Deberías estar agradecida de que te haya sacado de ahí. —Miró a su alrededor, asegurándose de que Kael o el capitán no nos prestaban atención—. Con suerte no tendrá mayores consecuencias. Los setenta azotes estaban dados, así que tu acto pasional no ha interferido en la condena.

Miré de nuevo hacia la picota. El pecho de Ero se movía despacio, pero respiraba jadeante.

A su lado, Kael me miraba con rabia. Ya estaba en pie, su padre le había ayudado a levantarse del suelo.

Mi primer instinto fue girar la cara, pero mi orgullo fue más grande que el miedo y le sostuve la mirada.

La mía, cargada de odio. La suya, con una promesa de venganza.

Entonces se volvió hacia su padre, que lo agarró por la camisa y se lo llevó casi a rastras entre la multitud.

En cuanto desaparecieron, solté el aire como si hubiera estado conteniendo la respiración durante demasiado tiempo. Pero el alivio nunca llegó.

Me levanté y me sacudí el polvo de la falda.

La gente empezaba a dispersarse cuando vi a alguien buscando a otra persona con la mirada.

Nuestros ojos se encontraron. Clara. Echó a correr hacia mí y, sin necesidad de palabras, me abrazó.

Un abrazo fuerte, lleno de sentimiento, de rabia y mucha tristeza.

No creía que nada pudiera calmarme en ese momento, pero eso fue un buen primer paso.

—¿Qué...? ¿Qué va a pasar ahora? —pregunté con la voz temblorosa.

Cuando la multitud desalojó la plaza, Ero seguía colgado, como un criminal. Quise ir hacia él de nuevo, pero esta vez el brazo de Gonzalo fue más rápido y me frenó.

—Nosotros nos encargamos. Lo desataremos y lo llevaremos a casa para que pueda recuperarse.

—Iré con vosotros —aseguré.

—¡No! —Clara y Gonzalo se coordinaron para responder lo mismo a la vez.

Clara se tapó la boca y Gonzalo se aclaró la garganta para seguir hablando.

—Es mejor esperar un poco. Que te vean con él ahora mismo, y en estas circunstancias, no es una buena idea.

—Estará bien con ellos —añadió Clara, tratando de sonar calmada, aunque no podía ocultar su miedo—. Iremos juntas a verlo después; no nos podrán decir nada.

Clara me rodeó los hombros con un brazo y nos alejó de la plaza, en dirección contraria.

Giré la cabeza para ver cómo Gonzalo y sus compañeros liberaban a Ero.

En cuanto lo soltaron, cayó de rodillas al suelo, sin fuerzas.

Clara tiró de mí con suavidad para que volviera a mirar al frente, y tardé unos segundos de más en obedecer.

Algo dentro de mí se había roto. Y temía no ser capaz de recomponerlo de nuevo.