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Queixume: lamento, dolor. Pena tanto física como del corazón.
Busqué a Clara. Necesitaba un rostro conocido, alguien en quien apoyarme para hacer la realidad más soportable. La necesitaba a ella. Pero fue imposible encontrarla entre los presentes.
La plaza estaba llena, la voz había corrido deprisa y todo el pueblo había acudido a presenciar el castigo. Sentí odio por los vecinos que se estaban peleando por mantener la primera fila para no perderse ni un detalle.
Por suerte, la tela con la que me había cubierto la cabeza me permitía pasar desapercibida, aunque la gente estaba tan emocionada por el castigo que nadie me prestaba atención.
Quería estar allí para apoyarle de la única forma que podía, así que me abrí paso entre el corro de gente que se había formado, aprovechando los huecos y empujando a alguno de los presentes.
La picota a la que iban a atarlo era el poste de piedra que se encontraba en medio de la plaza. Jamás me había preocupado en saber para qué servía, pero por desgracia ya nunca podría olvidarlo.
Unos metros a mi izquierda, vi que entre la multitud había un pasillo que conectaba la picota del centro de la plaza con la puerta del edificio en el que Mendoza me había interrogado cuando llegó a Luarela. Supuse que era donde estaba retenido Ero. Esperando su castigo.
El golpe seco del tambor me sobresaltó y mis ojos se posaron de nuevo en el centro del corro.
Todos enmudecieron al instante. Volvió a sonar, pero esta vez de manera rítmica, y me tapé los oídos mientras cerraba los ojos.
Aquel estruendo me aterraba. De repente, recordé el castigo que, unas semanas antes, le habían infligido a aquella pobre chica, a aquella niña acusada de brujería.
El sonido despertó algo en mí que no podía controlar.
Sentí náuseas, la respiración se me aceleró y el corazón comenzó a latirme con violencia.
El sonido de los tambores cesó. Y una voz grave y firme se alzó entre los presentes.
Abrí los ojos y agarré mi collar para atreverme a mirar hacia el centro de la plaza.
Mendoza y el capitán de Biedma se encontraban junto a la picota.
La voz pertenecía al padre de Clara. El tono tan severo que usaba me apretaba el pecho.
—El respeto y el honor son dos de los valores principales que deberían regir en el buen hacer de cada hombre —comenzó su discurso—.
Un hombre digno debe cumplir con su palabra y, por encima de todo, jamás faltar a su deber.
Y cuando ese hombre desempeña un cargo destinado a proteger el bien común y hacer cumplir la justicia, esa obligación es aún mayor.
Hizo una breve pausa y miró a su alrededor. Todos en la plaza guardaban silencio, escuchando las palabras del capitán. Continuó.
—Faltar a cualquiera de esas responsabilidades no solo perjudica a los ciudadanos a los que sirve.
También daña a sus compañeros, traiciona a la corona y, por encima de todo, le falta a Dios y su Iglesia.
Por ese motivo nos acompaña aquí hoy el inquisidor Mendoza, en representación de Nuestro Señor y en nombre del Santo Oficio.
Porque el castigo que aquí va a ejecutarse no solo responde a la justicia de los hombres, sino también a la de Dios.
Noté cómo las uñas se me clavaban en las palmas. Necesitaba canalizar la rabia de alguna manera. La cadena ya no me servía y apretar los puños parecía la única forma de contenerla.
—El criminal que hoy será castigado me llena de pena, vergüenza y decepción. Es la prueba de que ni los años de confianza ni el buen trato son suficientes para conocer de verdad a una persona —escupió con soberbia.
El capitán alzó una mano y gritó:
—¡Traedlo!
El corro de gente se giró un poco hacia la izquierda y fue entonces cuando lo vi.
Ero venía escoltado por Gonzalo y uno de los otros dos guardias, que lo sujetaban por los brazos.
El otro guardia caminaba unos pasos por detrás.
Ero ya no vestía su uniforme. Le habían cambiado de ropa.
Ahora llevaba un pantalón que parecía de tela de saco, sujeto a su cintura con una cuerda tosca. Iba sin camiseta, con el torso desnudo.
Sentí un escalofrío al verlo. Sabiendo lo que le esperaba, cualquier tela habría supuesto una mínima protección. Pero no llevaba nada que aliviase esa tortura.
Tenía las manos sujetas por unos grilletes. Me pareció humillante. Estaba convencida de que él no se había resistido y que, por mucho que me pesara, habría ido obediente a cumplir su condena.
Vi cómo uno de los guardias enganchaba la cadena de la picota a los grilletes que rodeaban las muñecas de Ero, dejándolo prácticamente inmovilizado junto a la columna de piedra, de espaldas a mí.
Después, Gonzalo y sus compañeros se acercaron a la gente para formar una barrera.
Él se colocó justo delante de mí, pero no me vio.
No podía odiarles. En sus rostros vi la rabia que yo misma sentía, esa impotencia llena de tristeza. Gonzalo cargaba con la responsabilidad de haberlo arrestado.
Por eso no los culpaba. No podía.
El capitán de Biedma leyó la misma acusación que le había leído Gonzalo en el momento de apresarlo. Setenta azotes. Sentí cómo las piernas se me aflojaban al escuchar de nuevo aquel número. Estuve a punto de derrumbarme, pero alguien me sujetó de un brazo.
Era Gonzalo, había evitado que me cayera al suelo y me miraba desconcertado.
—¿Estela? ¿Qué haces aquí? —preguntó en un susurro—. Es igual. Ya veo que sois iguales.
Bufó, molesto, pero me recolocó el pañuelo para evitar que llamase la atención. En sus ojos vi unas disculpas por lo que estaba sucediendo. Agradecí el gesto. Gonzalo volvió la vista al frente, pero se mantuvo un paso hacia atrás, con la cabeza ladeada hacia mí.
—¿Estás segura de que quieres quedarte? Aún estás a tiempo de marcharte.
Nadie se daría cuenta. O, al menos, de ponerte en una de las últimas filas.
No sé si eres consciente de lo que va a suceder.
No se lo recomendaría presenciar ni a mi peor enemigo.
Ero insistió en que... —susurró sin apartar la vista del frente.
—No. No puedo irme —lo interrumpí—. No puedo dejarle. Está ahí por mi culpa. Solo por la pelea con Kael. Por defenderme. Por salvarme. Se lo debo.
—Cuando nos dijeron lo que iba a pasar, al principio nos negamos todos.
No podíamos hacerle eso. Incluso nos ofrecimos a repartirnos los azotes entre todos.
Pero el simple hecho de sugerirlo hizo que el capitán montara en cólera.
Nos amenazó, Estela. A nosotros y a nuestras familias.
Lo siento de verdad, y hablo en nombre de todos.
Lo sentimos. Ninguno quiere formar parte de esto.
Asentí con la cabeza. No habían podido evitado. El único que podría haber hecho algo al respecto se había entregado sin resistencia, sin luchar. Y ahora solo nos quedaba mirar y desear que pasase rápido.
—El hombre tiene sus formas de aplicar castigos.
La atención pasó de nuevo a los dos hombres que estaban de pie en el centro del círculo. Esta vez era la voz oscura de Mendoza la que resonaba; cada palabra suya hacía que se me encogiera el estómago.
—Son solo las manos de Dios procurando que su voluntad se cumpla.
Pero Dios es bueno. Intenta corregir la obra del hombre para que el resto de los fieles no sigan el mismo camino y puedan encauzar de nuevo su misión en la tierra.
Por eso, por el poder que me confiere la Iglesia, podrás confesarte ante su gracia.
Unas últimas palabras antes de que dé comienzo la condena.
Promete que aprenderás de tus errores y mostrarás a todos estos buenos cristianos las consecuencias de apartarse del camino que marca la fe católica.
Miré hacia Ero. La forma en que estaba sujeto le impedía girarse. Daba la espalda a la mayoría y me resultaba imposible adivinar qué estaría pensando.
—El honor... —comenzó con la voz ronca— y la justicia siempre, siempre ganan la batalla.
—¿Es eso todo, hijo?
No dijo nada más.
—Bien. Hágase, pues, la voluntad de Dios.
Trazó una cruz en el aire y se apartó hacia un lado, dejando al capitán junto a Ero. ¿Sería él quien infligiría el castigo?
Como si mi pensamiento hubiese sido escuchado, la respuesta apareció de inmediato.
—¡Apartad! —gruñó una voz atragantada.
Alguien se estaba abriendo camino entre la multitud. Al principio, la gente parecía reacia a dejarlo pasar, pero enseguida le dejaron paso.
Kael avanzaba hacia el centro con un paso pesado, como si intentase disimular que le costaba andar. Llevaba un sombrero que ocultaba parte de los moratones que cubrían su rostro.
Al verlo, el miedo que había sentido días atrás se transformó en furia.
En repulsión. En asco. Y, para mi vergüenza, también en una fugaz satisfacción al comprobar que aquel rostro que un día me había parecido hermoso mostraba ahora, por fin, la clase de persona que realmente era.
A mi lado, noté cómo Gonzalo se tensaba.
Fue un cambio sutil; su cuerpo, sin dejar de mantenerse erguido, se puso alerta, a la defensiva.
Algunos de los guardias reaccionaron igual, preparados para lo que iba a suceder.
—En señal de honor, el castigo será ejecutado por el teniente Kael de Biedma. Mi hijo y víctima de este acto de insubordinación.
Estaba totalmente aterrorizada por lo que iba a presenciar. Sin poder hacer nada al respecto. Kael agarró un objeto alargado y oscuro. Era un látigo.
El capitán se hizo a un lado, reuniéndose con Mendoza.
Kael acariciaba el cuero con la mano libre. Una sonrisa curvó sus labios, anticipando lo que estaba a punto de ocurrir.
Ero seguía en la única postura que las cadenas le permitían. De pie, con los brazos elevados, abrazando la piedra. Miraba hacia su espalda. Me di cuenta de que una lágrima le rodaba por la mejilla.
Qué estúpida me sentía al ver su piel desnuda y saber que no podía hacer nada para salvarlo. No quería que sufriera, no quería que unas marcas permanentes sobre la piel le recordasen cada día el castigo tan injusto que había recibido por protegerme.
Un silbido fugaz cortó el aire. Aquel sonido se me quedó clavado a fuego.
El primer latigazo.
Una marca roja apareció de inmediato sobre su espalda y todos sus músculos se contrajeron. A ese primer azote le siguió otro, y luego otro, y así muchos más. Traté de no perder la cuenta.
¿La llevaba alguien más? ¿O Kael seguiría golpeándolo hasta que se agotara?