Todas las vidas hasta ti 47
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Benquerenza: desear el bien del otro.

Unos golpes fuertes en la puerta de la entrada retumbaron por toda la casa. Me desperté con un mal presentimiento, que se intensificó al ver cómo Ero se levantaba.

Negué con la cabeza y lo miré con terror.

—Ero, sabemos que estás ahí. —Una voz familiar sonó al otro lado. Era firme, pero no peligrosa. No conseguía adivinar a quién pertenecía. No podía pensar—. Te recomendamos que salgas lo antes posible.

¿Iban a ir a por él? ¿A por él ¿Él, que había sido el único en actuar y evitar una atrocidad?

Su gesto neutral me inquietó. No parecía asustado. Vi cómo se vestía con tranquilidad, como si no le importara, como si ya hubiese aceptado su destino. Entonces me di cuenta.

—¿Sabías que esto pasaría? —le increpé levantándome para mirarle de cerca—. ¿Y no me advertiste?

No me salían más palabras. Mis ojos abiertos, llenos de incredulidad, esperaban una reacción, una respuesta, un gesto, algo a lo que aferrarme.

—Tienes... tienes que esconderte, escapar —le pedí—. ¡Algo! No puedes dejar que te apresen.

No soportaba la tranquilidad que mostraba. Su gesto serio, sus hombros relajados y su cabeza bien alta.

—No te vas a resistir, ¿es eso? ¿A pesar de que tú no tengas culpa de nada? —espeté.

—Precisamente es por eso, Estela, por lo que no voy a hacer nada —respondió con convicción—. Sé que actué como todo hombre y caballero con honor actuaría. Y, si merezco recibir algún tipo de castigo por eso, lo haré de buen grado.

Se subió los pantalones y se puso las botas.

Yo le miraba sin poder creer lo que estaba viendo. La injusticia palpitaba en mi pecho; iban a arrestar a Ero y él parecía aceptar el castigo por defenderme. Algo en mí estalló de rabia.

—¡Pero no puedes permitir que te hagan esto! —respondí indignada.

Lo agarré por los hombros para mirarlo fijamente. Sentía que mis ojos ardían, pero me resistía a desmoronarme con lágrimas que no servirían para nada. Ero no apartó su mirada de mí.

—Huir, esconderme o resistirme sería muestra de cobardía —dijo con un tono de voz grave—. Y, lo peor de todo, parecería que me arrepiento de lo que hice.

Respondió con una tranquilidad que me irritaba. Se inclinó para ponerse a mi altura mientras me sujetaba ambos lados de la cara.

—Y de todas las cosas que he hecho en esta vida, pocas me hacen sentir más orgulloso —continuó con una sonrisa sincera—. Así que asumiré las consecuencias que consideren oportunas. Sabía el riesgo y, aun así, lo hice. Y lo volvería a hacer. Así que no te preocupes por mí, porque estaré bien.

No podía ponerme en su piel, pero no podía simplemente aceptar que se entregara sin más.

Que no luchase o buscase una forma de evitarlo.

Me solté de sus manos y me di la vuelta caminando en círculos, pensando qué podía hacer yo para ayudarle.

¿Acaso podía? Si él sentía que no tenía nada que hacer, yo mucho menos.

Con un movimiento rápido, me frenó y me colocó con la espalda en la pared.

Maldecí por dentro. Odiaba que supiese lo vulnerable e insensata que me volvía esa posición.

Sentirle sobre mí, con sus manos recorriéndome el cuerpo, su cuerpo empujando al mío sobre la fría piedra de la pared.

No quería, no podía sucumbir tan fácilmente.

Estaba enfadada y eso no me servía como disculpa por no haberme dicho lo que iba a ocurrirle.

Evité su mirada, pero él levantó mi barbilla con suavidad. El efecto que sus ojos siempre provocaban en mí era inexplicable e inmediato. Con un solo gesto suyo, mi mente y mi cuerpo quedaban hipnotizados, entregados a él.

Acarició mi mejilla y, casi sin darme cuenta, me incliné hacia su mano, buscando prolongar aquel contacto unos segundos más. Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos, sus labios estaban a escasos centímetros de los míos. Sentía el calor de su aliento rozándome la piel.

Ya me daba igual arrepentirme después. En aquel instante le habría perdonado cualquier cosa si hacía desaparecer la distancia que nos separaba. Cerré los ojos otra vez y me incliné hacia él, invitándolo a terminar lo que había empezado.

Seguía sintiendo su respiración acelerada y su cuerpo pegado al mío. Pero el beso no llegaba.

—Estela —susurró.

Abrí los ojos de nuevo. Su mirada brillaba de deseo, pero había algo más oscuro detrás. Un brillo de impotencia y resignación que hacía temblar esa valentía que le mantenía tan firme.

—Confía en mí. Esto es solo el principio de lo que retomaremos cuando todo haya acabado.

Me soltó y se separó lentamente de mí. De nuevo, unos golpes fuertes en la puerta de la entrada retumbaron por toda la casa.

—¡Ero! No nos lo pongas más difícil —insistió con más severidad la voz de antes.

Negué con la cabeza y le miré con terror.

—Por favor... —supliqué.

Ero me devolvió la mirada con una sonrisa que ocultaba tristeza.

—Por favor, Ero —repetí—. No abras.

Me besó en la frente. Con un gesto me pidió calma y que me quedase donde estaba mientras él se aproximaba a la puerta.

En cuanto la abrió, me moví para ver bien lo que sucedía.

Se me cayó el alma a los pies. Había tres hombres. Tres guardias, compañeros de Ero. Y uno de ellos era Gonzalo. Los tres permanecían con los hombros ligeramente hundidos y solo Gonzalo se atrevía a mantener el contacto visual con Ero; los demás aguardaban con la mirada baja, mirando a sus pies.

—Ero de Ulloa —comenzó. La voz le tembló al pronunciar su nombre—, se te acusa de incumplimiento del servicio sin causa que lo justifique, de desobediencia a tu cargo y, por último, de agredir a un compañero y superior de rango.

Me entristeció ver que Gonzalo había sido el encargado de leer las acusaciones. No había reconocido su voz. Sonaba mucho más seria y firme que de costumbre, y, aunque trataba de ocultarlo, estaba llena de pena. Nada que ver con el tono jovial y cercano con el que lo había conocido.

—Se te ha declarado culpable de dichos actos, por lo que se te condena a un castigo público... —Hizo una pausa.

Sentía que pronunciar aquellas palabras le costaba casi tanto como a mí escucharlas. Los otros dos guardias mantenían la vista clavada en el suelo, avergonzados, con las manos cruzadas a la espalda.

Gonzalo se aclaró la garganta y, antes de continuar, movió apenas los labios mientras sostenía la mirada de Ero. «Lo siento». Creí entender.

Ninguno de los tres guardias quería estar allí. Sabía que ellos no eran responsables de lo que estaba ocurriendo, que solo cumplían órdenes. Pero eso no hacía que la situación fuera más fácil o menos cruel.

—... para no recibir solo el dolor físico, sino el dolor de tu honra frente a todos los vecinos —continuó leyendo—, para que contemplen lo que sucede cuando se desobedecen o se incumplen las normas.

Se ha dictaminado que el castigo consista en diez azotes por la falta de incumplimiento y desobediencia y...

Se aclaró la garganta.

Parecía que sus palabras se le atragantaban al hablar, y cada una sonaba más apagada que la anterior.

—Sesenta por la agresión a un superior.

Habría jurado que el corazón dejaba de latirme durante unos segundos. Setenta azotes. En total. Las imágenes de tantas películas en las que castigaban así a los criminales acudieron a mi mente de golpe y sentí que el estómago se me revolvía.

—La condena se ejecutará de forma inmediata en la picota de la plaza de Luarela. Será mejor que no te resistas o las consecuencias podrían ser peores.

Gonzalo levantó la cabeza del pergamino, arrugándolo sin darse cuenta entre sus manos, para encontrarse de nuevo con la mirada impasible de Ero.

De brazos cruzados y apoyado en el marco de la puerta, parecía indiferente ante el terrible castigo que acababa de escuchar.

Asintió con la cabeza; no pretendía poner ni un mínimo de resistencia.

Gonzalo dio un par de pasos hacia atrás y los otros dos guardias tomaron su lugar, levantando unos grilletes para esposar a Ero.

Sin ninguna objeción, él se aproximó y alzó los brazos.

El sonido de las cadenas chocando entre sí y apresándolo despertó algo oscuro en mí.

Algo antiguo. Algo animal. Ero me había pedido que me mantuviese al margen, pero no me importó.

—¡No! No, no, no. ¡Parad!

Corrí hacia él, pero, antes de poder alcanzarlo, Gonzalo me frenó en seco sujetándome por los hombros. Ero se giró.

—Por favor. Quédate aquí y no hagas lo que sé que se te está pasando por la cabeza ahora mismo —me ordenó con firmeza, sin moverse un ápice. Ya tenía las manos esposadas a la espalda.

Quería impedírselo. Y, aunque una parte de mí sabía que no había nada que pudiera hacer, al menos quería estar allí para él. Acompañarlo. Sufrir a su lado. Era lo mínimo que podía hacer.

—Y ni se te ocurra seguirnos o ir a la plaza —me advirtió.

Si hasta entonces su expresión había sido tranquila y resignada, ahora su voz sonaba dura, casi agresiva, y en sus ojos volvía a asomar aquella oscuridad que solo le había visto la noche en que se enfrentó a Kael.

Después apartó la mirada y se dejó hacer mientras terminaban de colocarle los grilletes.

Estaba completamente desesperada. Las lágrimas pugnaban por salir, el llanto por romper el silencio, pero me sentía tan paralizada que ni siquiera era capaz de llorar. Solo podía respirar de forma entrecortada y mirar a mi alrededor, buscando desesperadamente cualquier forma de salvarlo.

Y me quedé allí, viendo cómo se alejaba. Gonzalo me soltó y la forma en que me miró hizo que me resultara imposible enfadarme con él. Ni con los otros dos guardias que sujetaban a Ero por los brazos. No eran más que marionetas haciendo lo que podían para sobrevivir.

No intenté alcanzarlo de nuevo. Me quedé ahí en la puerta sin entender por qué estaba ocurriendo todo eso y queriendo despertar de ese sueño que no dejaba de convertirse en pesadilla.

Esperé a perderlos de vista para buscar algo con lo que poder cubrirme la cabeza para evitar ser reconocida.

En uno de los cajones de la habitación pequeña, encontré una especie de pañuelo que podría servirme.

Me cubrí la cabeza, salí de casa y cerré la puerta detrás de mí sin tener muy claro qué pretendía hacer.

Ero me conocía perfectamente. Por eso me había pedido que me quedase en casa. Pero, precisamente porque me conocía, también debía saber que iba a hacer todo lo contrario. No podía quedarme sentada esperando su regreso como si no hubiera pasado nada.

Quizá no pudiera evitarlo, quizá mi presencia no aliviase su sufrimiento ni su dolor. Pero había una cosa que tenía clara. No iba a abandonarlo. No iba a dejarlo solo.

Por mucho que él no estuviera de acuerdo.

Y por mucho que a mí me doliera cada fibra de mi corazón.