46
Tremelucir: el brillo intermitente que emiten las estrellas o las chispitas que sueltan las hogueras.
—No quiero pensar en eso —respondió Ero lanzando una rama a lo lejos.
—En serio, ¿qué harías? ¿Llorarías? ¿Te casarías? ¿Te irías de Luarela? —insistí con esa voz que no me pertenecía, pero ya sentía como mía.
De inmediato, supe que Sabela y Ero tenían la costumbre de sentarse bajo el árbol, cada uno apoyado en un lado del tronco.
Sin llegar a darse la espalda del todo, pero lo suficientemente cerca para que sus manos pudieran tocarse.
Había sido así desde que eran pequeños, y nunca habían dejado de hacerlo, al menos hasta ese día.
Justo como estábamos sentados ahora mismo.
Después de revolcarnos un poco de más por el césped, en lugar de sentarnos cada uno en su lugar, yo había terminado tumbada sobre el regazo de Ero, mientras él seguía en su sitio de siempre. Jugueteábamos con nuestras manos, viendo cómo las primeras estrellas del cielo comenzaban a brillar.
—¿Y tú? ¿Lo tienes claro?
—Por supuesto —respondí—. Me desharía de todo mi armario, lo metería en una tinaja y lo teñiría de negro. No volvería a vestir de otro color. Quizá me encomendaría a la Iglesia. No debe ser una mala vida, al menos tendría compañía.
—Tienes que estar bromeando, ¿verdad?
Clavó su mirada en mí, muy serio.
Solté una carcajada que había estado reprimiendo.
—Solo en parte. Creo que jamás me haría monja. No me imagino vida más desdichada. Y probablemente no podría teñir toda mi ropa. Solo de pensar en lo costoso que debe ser...
—¿Entonces...? —me animó a que siguiera.
—Supongo que lloraría, no querría despertarme y saber que no estás. —Hice una mueca—. Imagino que no me quedaría más remedio que tratar de seguir viviendo, aunque no sé si podría.
No pude ocultar un rastro de tristeza en esa última frase. Pensar en perderlo era demasiado para mí.
—Claro que podrías. ¿Por qué dices eso? —me preguntó.
Se puso de lado, con el codo en el suelo, apoyando su cabeza en su mano. Buscaba mi mirada. El brillo de la luna reflejado en sus ojos lo convertía en un auténtico ser celestial.
—No sé si podría seguir viviendo sin la mitad de mi alma. Sin mi estrella —contesté con la voz a punto de quebrarse.
Se quedó callado, pensativo, midiendo qué decir a continuación.
—Prométeme que reharías tu vida —dijo—. Que estarías dispuesta a conocer a alguien y que tendrías un futuro a su lado.
Sentí una punzada en el pecho.
—¿Es eso lo que harías tú? Vaya, y yo que pensaba que no lo tenías claro...
—Te encontraría —soltó con contundencia y con una seriedad que advertía que aquello no era una broma.
Le miré sin entender qué quería decir.
—Te buscaría. Y te encontraría. Allá donde estuvieras. Haría lo posible por volver a ti. Solo tendría que seguir tu brillo. El rastro que deja es inconfundible y no lo perdería de vista por nada del mundo. Eso es lo que haría sin ti. Encontrarte de nuevo.
Sentí que el corazón se me encogía y estallaba a la vez. Si aquello no era amor, no sabía qué podía ser. Y no me cabía ninguna duda de que sería imposible volver a experimentar eso por otra persona.
Ero me tomó de la mano y la apretó con fuerza.
Con la otra mano, sostuvo mi cara con delicadeza.
Apartó un mechón de pelo detrás de mi oreja y, con las yemas de sus dedos, acarició mi frente, mi nariz y mis mejillas, hasta detenerse encima de mis labios.
Comenzó a acercar su rostro al mío. Cerré los ojos esperando que llegase ese beso.
Pero no llegó porque justo en ese momento abrí los ojos.
Ero estaba frente a mí, agachado en el suelo a escasos centímetros con una mano sobre mi mejilla. Desubicada, miré a mi alrededor.
Estaba tumbada en el suelo de la habitación. El sueño... había sido tan real, que sentía que podía seguir oliendo el aroma verde del bosque en primavera. Sin voces distorsionadas, sin imágenes difuminadas. Sabela me estaba dejando ver sus recuerdos con Ero.
Tardé unos segundos de más en entender lo que había pasado y lo que estaba pasando. Me incorporé alejándome, avergonzada. Y me aparté el pelo de la cara.
—Ey, para, cuidado —me dijo—. Te estás poniendo perdida.
Observé mis manos. Estaban completamente negras. Después miré a mi alrededor y Ero siguió la dirección de mi mirada.
Había cogido un trozo de carbón de la hoguera para intentar usarlo como carboncillo y pintar. Debí quedarme dormida mientras lo hacía, porque tenía las manos llenas de polvo negro.
Me froté las manos sobre la falda, intentando que las manchas desaparecieran. Hice el amago de tocarme la cara de nuevo, pero la mano de Ero me frenó sujetándome por la muñeca.
—Déjame a mí —pidió con una sonrisa de ternura en sus labios.
Me soltó con suavidad y, cuando comprobó que no me movía, posó su mano sobre mi mejilla y, con delicadeza, frotó en círculos.
No pude evitar mantener la mirada fija, embobada en él, en sus ojos, en sus labios.
Quería regresar al sueño, al recuerdo. A esa visión a la que Sabela me había transportado con total nitidez para retomar ese momento que se había visto interrumpido.
Casi como si una fuerza que no me pertenecía tirase de mí, levanté los brazos y los enredé alrededor de su cuello para poder besarlo.
Lo deseaba, me intrigaba y quería más.
Los labios de Ero no esperaban aquel beso.
Permanecieron inmóviles unos instantes hasta que terminaron por corresponderme, amoldándose a los míos.
Sus manos respondieron casi al mismo tiempo, una en mi cuello y la otra en mi cintura, estrechándome contra él.
Era justo como la última vez. Justo como lo había estado deseando.
Pero bastó un instante.
Igual fue un olor, un sonido o una simple sensación. Todo cambió de golpe.
Quien me estaba besando ya no era Ero. Los recuerdos de la noche anterior volvieron a mi cabeza.
No fui capaz de pensar más. Lo empujé con fuerza y me aparté de él. Me dejé caer hacia atrás, cubriéndome el rostro con un brazo, como si pudiera esconderme.
Desconcertado, me sujetó por el hombro y me incorporó hasta dejarme frente a él. Cara a cara. Vi la pregunta en sus ojos. Y, un segundo después, cómo la respuesta llegaba sola. Lo entendió. Más deprisa incluso de lo que yo lo había comprendido.
Entonces me derrumbé.
Pero él me rodeó por completo, acunándome.
E, inmediatamente, las imágenes de mi cabeza desaparecieron y volví a estar con Ero, solo con él.
Su abrazo era como una cura. Me sentí mejor.
Pero él no parecía notarlo. Sonreí para que no se preocupase.
Pero él giró la cabeza al verme y, preso de la rabia, lanzó un puñetazo al suelo.
Comprendí su impotencia y enfado y, de alguna manera, ese puñetazo liberó parte de la angustia que también yo había acumulado sin darme cuenta.
Me fijé en que ocultaba un brazo tras su espalda. Curiosa, me adelanté para mirar, pero él, más rápido, se giró para que no pudiera ver lo que escondía.
—Espera. —Se aclaró la garganta—. No esperaba que fuera en estas circunstancias. Pero supongo que tampoco puedo hacerlo desaparecer.
Me tendió la mano y vi que sostenía un ramo lleno de flores de muchos colores. Esta vez, por motivos diferentes, muy diferentes, mis ojos se nublaron de nuevo. Lo cogí con una mano, mientras con la otra me limpiaba los ojos con cuidado de no mancharme de carbón.
—¿Y esto? —sonreí y lloré.
—Pensé que te sacarían una sonrisa, y parece que lo he conseguido. Aunque no quería que lloraras. Lo prometo. —Besó mi frente—. Eso no estaba en mis planes.
Si supiera él todo lo que no había estado en mis planes y, sin embargo, había pasado a significarlo todo.
—Gracias —respondí a la vez que me llevaba las flores a la nariz para respirar su aroma a bosque—. Son perfectas.
Ero me miraba como hechizado, embelesado. Sentía que le devolvía la misma mirada, pero algo dentro de mí comenzó a revolverse. Aparté la cara con disimulo, clavando los ojos en el suelo. Él debió imitarme, porque un instante después vi cómo sus manos se acercaban a mí.
—¿Qué es esto? —preguntó.
A mi alrededor, desperdigados por el suelo, estaban los dibujos que me había dado tiempo a hacer antes de quedarme dormida.
No eran dibujos como los otros. Las líneas eran mucho más gruesas y toscas; no fue sencillo adaptarse a la técnica del carbón, al carbón de verdad.
Pequeños fragmentos se desprendían al deslizarlo sobre el papel, dejando un rastro de polvo negro alrededor, y muchos trazos aparecían difuminados por el paso de mi mano.
Aun así, los dibujos eran inconfundibles.
Se podía ver con claridad el claro del bosque, con el árbol en el centro. La silueta del lagar, con pequeños monigotes en su interior. Aquello podía ser algo más abstracto, pero seguía siendo reconocible.
Y, por supuesto, el dibujo que más vergüenza me daba que Ero viera. Sus ojos, su sonrisa. El retrato de su rostro.
Ese dibujo era el más personal para mí. Con la velocidad de un rayo, traté de reunir todos los papeles y esconderlos detrás de mi espalda.
—¿Qué escondes?
—No es nada.
—Para no ser nada. Lo escondes como si fuera algo. Algo bastante... importante, en mi opinión.
No hizo ningún intento de mirar detrás de mí ni de arrebatarme los dibujos.
Simplemente se quedó en silencio, mirándome fijamente con esa media sonrisa tan desesperante como irresistible.
Quizá fuera una técnica aprendida en los interrogatorios, pero su postura, su expresión y, sobre todo, su silencio fueron más que suficientes para que me rindiera.
Llevé mis brazos al frente y, apartando la mirada, como si eso pudiera aliviar la vergüenza, le entregué los dibujos. Noté que los tomaba de mis manos. Apreté los labios con el sonido del papel al pasar de una hoja a otra. Un papel, luego otro, y otro.
Y, después, silencio.
Escuché el roce de sus rodillas sobre el suelo al acercarse a mí.
Cuando giré la cara, ya estaba a mi lado, abrazándome por la espalda.
No dijo nada. Me dio un suave beso en la cabeza y se quedó ahí, quieto.
Bajé la mirada al punto que sus brazos rodeaban mi cintura.
Seguía sosteniendo los dibujos y me sorprendió descubrir que no se había detenido en su retrato, en esos trazos que conocía tan bien que podía dibujarlos sin mirar, los mismos que utilizaba para calentar en cada sesión de pintura.
No, todavía no había llegado a verlo.
El dibujo que tenía entre las manos era otro, apenas un boceto inacabado. Aparecía él, pero estaba de pie junto a Luz, sujetándola por las riendas.
Era un instante del día en el que conocí a su yegua, horas antes de lesionarse. Ese día que terminó en una tormenta, pero que había empezado despejado y radiante.
Y por eso, sobre ellos, también había dibujado un sol en el cielo.