45
Quitamerendas: flor silvestre, lila, que anuncia el final del verano.
Ero
La gente ni siquiera disimulaba. Los cuchicheos, las miradas y los dedos acusadores estaban por todas partes.
Nunca me había gustado llamar la atención, destacar o ser objeto de conversaciones.
Trataba de mantenerme al margen, ser discreto y, en la medida de lo posible, pasar desapercibido.
Por suerte, tenía claros mis valores y el objeto de honor que defendía era superior a cualquier mirada indiscreta, pero eso no hacía que me molestase menos o no me hiciera enfurecer por dentro.
Caminé con la cabeza erguida, sin desviar ni un instante mi mirada.
En cuanto llegué a la puerta de Clara, mi mano ya se disponía a empujar, pero un ruido que provenía del interior me hizo frenar y golpear la puerta como antaño.
Dos golpes, firmes y cortos. La espera me enervó los nervios.
Levanté el brazo para lanzar un tercer golpe, justo cuando la puerta se abrió.
Sentí culpa al ver la cara de cansancio y de sorpresa con la que me recibió Clara, pero no me arrepentía de nada. Todos los golpes fueron imprescindibles. Todos. Y me enorgullecía de cada uno de ellos. Miró a ambos lados de la calle y tiró de mi brazo con urgencia para hacerme entrar en casa.
—No pienso esconderme —le advertí.
—Pero... la gente... —comenzó a susurrar.
Le interrumpí.
—Vengo a hablar contigo.
Clara negó con la cabeza.
—No puedes estar aquí, mi padre no tardará en venir —se apresuró a decir—. La voz ha corrido. Y temo. Temo por ti.
—¿Está...? —Tosí para aclararme la garganta y seguí susurrando—. ¿Está bien?
Lo cierto es que una parte de mí habría deseado que la respuesta fuera no.
Que respondiese que las heridas y los golpes habían sido más graves de lo que parecían y que no se recuperaría.
Pero, aunque no me gustase admitirlo, me convenía que Kael estuviese bien y, con suerte, no demasiado enfadado.
Me mordí el carrillo por dentro tratando de reprimir lo mucho que me enfurecía estar a su merced de esa manera.
Clara me respondió con un asentimiento.
—Algunas de las heridas y golpes tienen mala pinta, pero nada que el tiempo y algunos de los ungüentos mágicos de Alma no puedan solucionar.
—¿Está despierto? ¿Ha dicho... algo?
—Solo para pedirme una botella de aguardiente. Casi no puede mover la boca y cuesta entenderle.
Quise ocultar la satisfacción que me produjo saber eso, pero Clara no pasó por alto la pequeña sonrisa que surcaba la comisura de mis labios.
—Espero que esa sonrisa te la guardes fuera de estas puertas.
Tiró de mi manga para acercarme un poco más. Aunque ya estaba hablando bajo, todavía bajó más la voz cuando dijo lo siguiente.
—Te dije que te creía y que estaba de tu lado...
, de vuestro lado. Por desgracia, lo que ha ocurrido no ha hecho más que confirmar unas sospechas que llevaba años arrastrando.
Habría dado cualquier cosa porque solo hubieran sido malentendidos, o el resultado de una intuición equivocada.
Estaba convencida de que... —No pudo contener un sollozo—.
Pensaba que su carácter era solo una fachada.
Que nunca sería capaz de hacer algo así.
Y, si ahora lo hemos descubierto, me asusta pensar cuántas veces habrá conseguido ocultarlo a los ojos de todos.
Se secó las lágrimas con rapidez. Siempre había intentado que mis diferencias con Kael no afectasen a nuestra amistad y me dolía saber que Clara estaba sufriendo por culpa de todo lo que había ocurrido.
—Me duele mucho decir esto, pero no puedo evitar tener el corazón dividido. Él es mi hermano. Me ha protegido y cuidado toda la vida y siento que yo también debo cuidarle ahora. No... no tiene a nadie más, Ero. Lo siento de verdad...
—Basta, por favor. No tienes que darme ninguna explicación. Lo sé. Lo entiendo. Y no pretendo que hagas lo contrario. Saber que nos crees ya es más de lo que podría pedir.
Temía cuál sería el desenlace de este altercado, pero contar con Clara hacía que algo en mí se relajase.
—Entiendes que Estela no puede volver a dormir en esta casa, ¿verdad? No bajo el mismo techo que él —añadí.
Asintió varias veces. No necesitaba darle más explicaciones y agradecí que estuviéramos los dos de acuerdo.
Apreté el puño, intentando contener la ira que me impedía hacer lo que había venido a hacer.
—Me gustaría hablar con él. Ver cómo se encuentra.
Clara me devolvió una mirada vacía y llena de dudas.
—Creo que no es el mejor momento. Está durmiendo, y creo que despertarlo no hará que sea más benevolente. Cuando despierte, le diré que has venido. Intentaré hacerle entrar en razón. Te lo prometo.
Por mi mente pasaron imágenes en las que apartaba a Clara y atravesaba el pasillo hasta su habitación para terminar lo que había empezado la noche anterior y, al menos, si tenía que sufrir algún castigo, que fuera por un motivo de peso. Agité la cabeza para apartar esa posibilidad.
—Pero... —Clara dejó la frase a medias.
No solía guardarse lo que pensaba, pero esta vez parecía que le costaba hablar.
—¿Qué pasa, Clara? —le insté con impaciencia.
—Sabes... sabes que es probable que nada que hable con él sirva, ¿verdad? ¡No le viste anoche! Cuando volvió en sí estaba hecho una furia. Deberías tener cuidado —suplicó—. Alejarte. Incluso marcharte. Quizá en unos días todo se calme y se quede en un malentendido.
Su advertencia no me pilló por sorpresa. Mentiría si dijera que no había pensado en esa posibilidad cuando hice lo que hice, pero aquello no era una opción, así que cambié de tema.
—Estela quiere hablar contigo. Es importante para ella y para mí también. Ven a mi casa, por favor —le pedí.
—¿No has escuchado lo que te he dicho?
—No voy a huir. —Fui directo, quizá demasiado—. ¿Tú has escuchado lo que yo te acabo de pedir?
Clara guardó silencio unos instantes; después asintió.
—Por supuesto. Lo haré. En cuanto pueda, intentaré...
Unos golpes firmes interrumpieron lo que estaba a punto de decir. El miedo nos atrapó por unos instantes. Ambos nos quedamos en silencio y aguantamos el aire, temiendo hacer algún ruido. Clara caminó de puntillas para asomarse a la ventana y poder ver quién esperaba al otro lado.
Como si hubiera visto al mismísimo diablo, se volvió hacia mí, presa del pánico.
—Es mi padre, pero no viene solo. Viene con el padre Mendoza. —Clara se acercó a mí sin saber bien qué hacer. Miró a su alrededor—. Es mejor que no te vean aquí, no ahora. Vete. Recuerda lo que te he dicho.
Otros tres golpes resonaron en la puerta.
—Clara, abre, no tenemos todo el día. ¡No nos impacientes más! —gritó el capitán con una voz tan grave que hizo que mi piel se erizase.
—Por la puerta de atrás, la puerta. Corre —me apremió Clara hablándome al oído.
No tenía nada que objetar.
—¡Ya va! —gritó ella.
Sin tiempo para despedidas, me dirigí hacia la puerta trasera y, con cuidado de no hacer ruido, la abrí y la cerré detrás de mí. Apenas tuve tiempo de respirar antes de alejarme de la casa y, a ser posible, de cualquier persona.
No pensé a dónde iba. Solo me concentré en dar un paso tras otro.
El bosque volvió a recibirme. Bajo las copas de los árboles me sentía a salvo, protegido.
Me devolvía a otro tiempo, a una época en la que los problemas parecían menos importantes.
Cuando ella todavía estaba allí. Cuando yo... , cuando yo aún era feliz.
Algo tembló dentro de mí.
Ella.
Al pensar en ella, ya no era un único rostro el que aparecía en mi mente. Durante cinco años, ese lugar había pertenecido solo a Sabela. Ahora, junto al suyo, surgía también el de Estela. Sus ojos. Su pelo. Su olor. Su risa, resonando en mis oídos y llenándome el corazón.
Había llegado para poner mi vida patas arriba en todos los sentidos posibles. Y, sin proponérselo, había conseguido que volviera a ponerme en pie, como ya no recordaba que fuera posible.
Pensé en Sabela, tal y como había estado haciendo cada instante de mi vida los últimos años.
Pero esta vez lo hice sin la vergüenza, el arrepentimiento y la culpabilidad que últimamente sentía por no dedicarle todo el tiempo que le dedicaba antes de conocer a Estela.
Que, al igual que una estrella, había llegado a mi vida para iluminarla.
Recorrí el camino que conocía como la palma de mi mano y llegué hasta nuestro lugar. Me tomé mi tiempo y, mientras le hablaba a Sabela, me reconcilié con todo lo que sentía. Con el rencor y la rabia que habían consumido mi vida casi por completo.
Me agaché en cada rincón, buscando las flores perfectas, las más bonitas, las que pudieran hacer justicia a la persona que iba a recibirlas.
Violetas, blancas, amarillas, algunas rojas e incluso alguna de color rosa.
Algunas me señalaban que el verano había quedado atrás.
Añadí también ramas verdes, muchas, hasta conseguir que, de algún modo, todo el bosque cupiera entre mis manos.
Solo el canto de los pájaros me hacía compañía junto a mis pensamientos. A veces tenía la sensación de que me podían escuchar y me respondían con deseos, bendiciones y consejos.
El bosque hablaba si sabías escucharlo. Y yo estaba convencido de que esa era una de las formas que elegía para comunicarse.
Me senté apoyando la espalda contra el árbol, justo en ese hueco que parecía reconocer mi cuerpo y se amoldaba a él a la perfección.
Miré el ramo que sostenía entre las manos. Sonreí satisfecho. Hacía mucho que no me sentía esperanzado. Me lo acerqué a la nariz y respiré hondo para sentir una vez más los olores y sensaciones que me evocaban tanta paz.
«Creo que le gustarán», pensé.
Me puse de pie para regresar a casa. Nada me importaba más que ver su reacción cuando le diera el ramo de flores. Deseaba que, igual que había conseguido que yo hiciera, ella también olvidase lo malo por unos momentos.
«Si tengo suerte, le gustarán tanto como te gustaban a ti, Sabela».
Y, antes de iniciar el camino de vuelta, dejé el segundo ramo que había preparado junto al árbol, en aquel otro hueco que, pese al tiempo, juraría que seguía guardando la forma de su espalda.