44
Agarimo: cariño, afecto, mimo o calidez.
Desperté cuando la luz tenue de la mañana iluminó la habitación. Noté mis ojos cansados, la misma sensación que cuando te quedas dormida llorando.
Sin saber muy bien dónde estaba, parpadeé un par de veces y me pasé los dedos por el pelo. Enredado. Siempre me lo desenredaba antes de dormir. Levanté la sábana.
Estaba vestida, pero no llevaba mi ropa.
Llevaba una camisa de Ero que me había puesto para deshacerme de mi blusa rota y calmarme con su olor.
Al acordarme de mi ropa rota, las imágenes llegaron como un rayo.
Arrugué las sábanas entre mis manos y cerré los ojos, queriendo volver a dormirme para olvidar.
Pero los abrí de nuevo al escuchar el sonido de una respiración profunda. Me giré.
Ero estaba dormido, recostado en la silla al otro lado de la habitación.
Llevaba la misma ropa de la noche anterior, con unas manchas rojizas que bien podrían ser sangre o vino.
Tragué saliva, aliviando las ganas de llorar que sentía oprimiéndome el pecho.
Recordé que la noche anterior había llegado encendida de rabia, angustia e impotencia.
Que ni me planteé entrar a la habitación de Ero, y que crucé el umbral de la pequeña habitación para meterme en la cama, escondiéndome avergonzada bajo las sábanas y llorar hasta quedarme dormida.
A pesar de todo lo malo, me reconfortó verlo descansar. Parecía tenso, como si la pesadilla de ayer también le atormentara en sueños.
Con un brinco, asustado, Ero se despertó. Le costó poco recomponerse y se levantó de la silla.
—Estela —susurró mi nombre.
Avergonzada, no sé de dónde saqué las ganas de atusarme el pelo o, al menos, intentarlo. Debía de estar horrorosa.
Él se aproximó a mí, tomó mis manos frenando mi inútil intento de peinarme. Las miró como si ni él mismo se creyera que me tenía ahí delante. Las rodeó con las suyas en posición de rezar, cerrando los ojos y posando su frente sobre sus nudillos con los ojos cerrados. Sin decir una palabra.
Noté cómo sus hombros comenzaron a agitarse en espasmos.
—Lo siento —murmuró acongojado.
Estaba llorando. No supe qué responder. Y de forma inevitable mis ojos se nublaron y se llenaron de lágrimas también. Me sorprendió que todavía me quedase alguna que derramar. No dije nada. Pensé que el silencio aderezado de sollozos bastaría para aliviar un poco ese dolor.
Me estremecí.
Aquello no venía solo de lo que Ero había logrado interrumpir, sino también de lo que le había ocurrido en el pasado a Sabela y de lo que nadie la pudo salvar.
Lo que me hizo y lo que le hizo a ella, aquello que sentí real, fue asqueroso y humillante y...
ni siquiera esos adjetivos bastaban para describirlo.
Pero aquello no podía explicárselo. Deseaba que llegara la oportunidad de poder sincerarme con él, pero no así, no de esta forma. También me dolió saber que no podría sincerarme con Clara.
—Clara lo sabe —dijo aclarándose la garganta y levantando la cabeza como si me hubiera leído la mente.
—¿Lo sabe?
Asintió.
—Tuve que contárselo. Lo que pasó, lo que vi. Lo que evité.
Tragué saliva. Sabía que Clara era muy juiciosa con su hermano, pero seguía siendo su hermano después de todo. Temí que no nos creyera y que se pusiera de su lado. Me asustaba perder su apoyo o que pudiera peligrar nuestra amistad.
—¿Y te creyó?
No sabía si Ero entendía lo importante y crucial que era para mí su respuesta.
—Sí.
Respiré aliviada.
—¿Qué va a pasar ahora?
Fuera lo que fuese, nada volvería a ser igual. Yo tampoco podría seguir comportándome como si nada hubiera pasado.
Me sentía culpable. Dios. Cuánto odiaba ser yo quien se sintiera culpable.
Ero se había enzarzado en una pelea por mí.
Clara debía estar dividida y, seguramente, preocupada por los dos.
Y Kael... era, con diferencia, la persona por la que menos compasión sentía.
Aun así, no podía evitar preguntarme si, sin querer, le habría dado alguna señal confusa.
Alguna mirada que él hubiera malinterpretado.
Si debería haberle dejado las cosas claras mucho antes.
Pero, por mucho que mi cabeza insistiera en buscar respuestas, había una verdad que no conseguía esquivar: nada de aquello justificaba lo que había intentado hacerme.
No. No debía sentirme culpable.
—¿... entendido? —preguntó.
Ero había seguido hablando, pero mi mente se había ido lejos. Le miré sin comprender.
—Decía que no vas a volver a pisar esa casa mientras él esté allí. Y si alguna vez es necesario, yo iré contigo.
Aún no había tenido tiempo de pensar en eso, pero me alegré, dentro de lo que podría alegrarse una persona después de lo que había vivido.
—Pero ¿qué va a pasar con él?
Ero apretó la mandíbula y miró hacia la ventana antes de devolverme la mirada.
—Si por mí fuera, Kael no volvería a caminar y se arrepentiría cada instante de su vida de lo que hizo —dijo con rabia.
—¿Pero...? —insistí.
—Nada.
—¿Nada? ¿Cómo que nada? —estallé, indignada.
—Culpará al alcohol. Y... lo que pasó es mucho más habitual de lo que debería ser. Aunque la mayoría de las veces no se cuenta, no se dice, porque, aunque me repugne, la gente lo entiende como un juego y travesuras entre jóvenes.
La rabia me inundaba, y no era capaz de entender los códigos morales de la época en ese momento. Mi enfado era superior a eso.
—Las únicas consecuencias que podría haber tenido en el caso de que se hubiese propasado... del todo...
—¿Qué habría pasado?
Al lanzar la pregunta, intuí cuál sería su respuesta.
—Si se hace público el hecho de que un hombre ha robado la virtud de una mujer, la única consecuencia posible es el matrimonio. Eso es todo.
La sangre me hervía por dentro.
—Es decir que lo peor que le puede pasar a un hombre por abusar de una mujer es... ¿el matrimonio?
Lancé una risa sarcástica al aire.
—Y si el hombre tiene algo de... influencia, hará lo que esté en su mano para que su honor no quede dañado en el caso de que intenten un resultado diferente.
¿Acaso insinuaba...?
—¿Estás diciendo que además tengo que dar las gracias porque no llegó a violarme?
Pensé en Sabela y en lo que le había ocurrido a ella; mi cuerpo temblaba cada vez que recordaba aquella visión. Quise vomitar al pensar lo sola que debió de sentirse, sin poder contárselo a Clara. Sin decírselo a Ero.
Negó con la cabeza.
—Estoy diciendo que, por ahora, lo más sensato es mantener las miradas alejadas de ti. Lo último que queremos..., quieres, es que la gente hable y pueda ponerse en tu contra. Y no me refiero solo a los vecinos. Es una situación muy delicada.
Ero sabía que lo que pensaban los vecinos me era indiferente, por eso hizo esa aclaración. Sus rumores eran lo que menos me preocupaba. Lo que de verdad podía hacer daño era lo que pensara la Iglesia. Lo que pudiera hacer Mendoza si aquellas habladurías llegaban a sus oídos.
Debió notar que mi indignación no menguaba.
—Te prometo que se hará justicia.
Puse los ojos en blanco.
—Mientras, creo que Kael tardará un par de días en poder abrir los ojos por completo.
Recordé la rapidez con la que Ero había llegado, la fuerza con la que le había golpeado, y de pronto caí en algo que había ignorado.
—Ero...
Le solté las manos y lo miré preocupada de arriba abajo; seguía de rodillas junto a la cama.
—¿Estás...? ¿Tu pierna...?
Negó con la cabeza.
—Estoy bien. Apenas me duele.
—¿Apenas? —pregunté sin estar convencida.
—Muy poco —insistió.
No me convencía su respuesta. Tras él, vi el bastón apoyado en la pared, junto a la silla en la que había dormido.
—Podías haberte hecho daño al venir a salvarme —bajé la voz.
—Estela...
Comenzó diciendo, pero rápidamente esquivó mi mirada; noté cómo sus mejillas se enrojecían. Cogió aire para atreverse a hablar.
—Ningún dolor se acerca a lo que sentí cuando te encontré anoche.
Yo... —Carraspeó para aclararse la garganta y clavó su mirada en la mía—.
Tú has hecho que no pueda concebir un mañana sin tu sonrisa.
Ahora no imagino ni un día sin tu luz iluminando mi casa.
Jamás permitiría que él te hiciese daño.
—Ero acarició mi mejilla—. No voy a dejar que nadie apague tu magia. Mucho menos por un leve dolor.
Sus palabras hicieron latir mi corazón con fuerza. Pero una de ellas vibró en mis oídos por más tiempo.
—¿Leve? —pregunté.
Ero sonrió, travieso.
—Puede que los últimos días haya exagerado un poco el dolor para tenerte cerca porque no quiero que esto... —dijo señalándome a mí y luego a él mismo—, no quiero que esto desaparezca.
Me reí; por un instante sentí que mi corazón se aliviaba.
Como impulsada por una fuerza invisible, me levanté y me pegué a él. Le tomé las manos y las coloqué sobre mis caderas. Lo pillé por sorpresa. De pronto, todo su cuerpo pareció tensarse, aunque no apartó las manos de donde las había dejado.
Rodeé su cuello con los brazos y me perdí unos instantes en sus ojos.
Ya no me quedaba ninguna duda. Cuanto más cerca lo tenía, más segura me sentía. Necesitaba tocarlo. Era la única forma de hacerle entender lo que me estaba pasando. ¿Cómo iba a explicárselo con palabras, si ni siquiera yo era capaz de comprenderlo?
—No sé muy bien qué es esto —dije refiriéndome a lo que había dicho él—, pero sé que se ha convertido en mi cosa favorita. Y para alejarme de ti tendría que pasar algo mucho peor que el simple hecho de que te recuperes de tu lesión.
Apartó una de sus manos que descansaba en mi cadera y vi cómo se limpiaba una lágrima que le corría por la mejilla. Después volvió a rodearme y esta vez me estrechó un poco más contra él.
—Gracias por aparecer en mi vida.
Agachó la cabeza para depositar un beso suave y lento sobre mi frente.
Lo recibí como una medicina que aliviaba el dolor y el sufrimiento.
Al alejarme, lo retuve con mis brazos y, sin pedir permiso, me puse de puntillas para besarle en los labios.
Lento, suave, pausado. Subió sus manos de mis caderas a mi cintura, abrazándome con fuerza.
Acarició mi cuello, mi nuca, y enredó sus dedos entre mi pelo para evitar que ese beso terminara.
Más intenso, rápido, deseado. Un beso que los dos habíamos ansiado repetir durante demasiado tiempo.
Me empujó con suavidad, haciéndome dar pequeños pasos hacia atrás hasta que me sentó en la cama para tumbarse sobre mí. Sin palabras. Sin preguntas. Solo respiraciones aceleradas que lo decían todo.
Se separó de mis labios y descendió hasta mi cuello. Me sujetaba con firmeza. Sentía su peso, su calor, y me encantaba. Sonreía. Me sentía eufórica, conectada a él, al momento, a nosotros.
Pero solo hizo falta un instante.
Un parpadeo.
Una imagen.
Ero golpeando a Kael con una furia que nunca le había visto.
Una sensación de ahogo me atravesó el pecho y me obligó a apartarlo.
—Necesito... Necesito parar.
Apoyé mis manos sobre su pecho, que se movía agitado.
—¿He hecho algo mal...?
Su voz sonaba preocupada, asustada, incluso. Se me encogió el corazón. No quería que pensara que él había hecho algo malo.
—¿Qué significa esa mirada? —preguntó, incorporándose y quedándose sentado a mi lado sujetando mis manos.
Tomé aire antes de preguntar.
—¿A ti te pasará algo?
¿Cómo no se me había ocurrido? Temblé de miedo ante la posible respuesta.
Había agredido a un superior y, siendo ese superior Kael, no me sorprendería en absoluto que este buscase la forma de convertir a Ero en el malo de la historia.
Si dependía de él, no tenía ninguna duda de que intentaría lo que fuese necesario.
—No... te preocupes por eso —respondió de forma esquiva—. Hablaré con ellos. Ahora debes preocuparte por ti y solo por ti.
El enfado, el dolor y la rabia seguían allí, pero el hablarlo y disipar algunas de las dudas hicieron que pesase menos. Con él a mi lado me sentía a salvo. Y, aunque presentía que no estaba siendo del todo sincero, no quise insistir.
—Me gustaría poder ver a Clara —le pedí—. Hablar con ella, tratar de explicar...
Ero apretó mi mano.
—Lo comprendo. Voy a ir a decírselo, pero será mejor que tú esperes aquí por ahora. Intentaré que venga lo antes posible para que puedas hablar con ella de lo que necesites.
Se levantó y se quedó en la puerta mirándome en silencio.
—No tardaré —me prometió.
Sonreí y desapareció por la puerta.
Sola de nuevo en la habitación, me dejé caer sobre la cama y miré al techo.
Poco a poco volví a ser consciente de la gravedad de la situación.
No quería volver a recordar la noche anterior, pero no podía salir para distraerme.
Suspiré. Todavía sentía la piel caliente de Ero por todo mi cuerpo.
Pero enseguida esa sensación se mezclaba con las imágenes de Kael y necesitaba arrancarlo de mi cabeza.
No podía permitirle ocupar ese espacio y que me arrebatara aquello también.
Pensé qué podía hacer para dejar de darle vueltas a todo sin esconder mi rostro en la almohada para gritar. Me levanté y empecé a rebuscar en armarios, cajas, en cualquier rincón que aún no hubiera explorado. Entré en la habitación de Ero y encontré una caja bajo la cama.
«Bingo», pensé.
Había un par de libros algo rudimentarios y, lo que yo buscaba, papel. Vi varios trozos de pergamino de distintos tamaños, pero no encontré ningún carboncillo, ninguna pluma ni tinta con la que dibujar. Decepcionada, miré los libros. Quizá podía leer.
Esperaba encontrarme con escritos religiosos y me alegré al descubrir que no era el caso.
Sabía que los libros eran cosa de casas pudientes, nobles y clero, dudaba que los campesinos o el pueblo llano pudieran leerlos debido a la escasa educación de la época.
Supuse que los padres de Ero, como mercaderes, debían ser de los pocos con acceso a libros como esos.
Los hojeé por encima y, aunque enseguida reconocí que estaban escritos en español, me costaba entenderlos.
Las palabras y el uso de la lengua me resultaban extraños, casi ajenos.
Frustrada, cerré el libro y me dejé caer en el suelo, completamente derrotada. Necesitaba cualquier distracción, porque, en cuanto bajaba la guardia, mi mente volvía a ceder terreno. Los recuerdos regresaban y las mismas imágenes se superponían una y otra vez.
Cuando empecé a notar el escozor y esa sensación acuosa en los ojos, parpadeé varias veces y me puse de pie.
Salí de la habitación y fui a servirme un vaso de agua.
Estaba tan sedienta que me lo bebí de un trago y volví a llenarlo, esta vez hasta el borde.
Me senté sobre la mesa y, mientras bebía, me quedé con la mirada fija en las cenizas que quedaban en el hogar como restos del último fuego que Ero encendió para calentar la comida.
Miraba la madera carbonizada. No quedaba rastro de lo que había sido antes.
Esa madera quemada no era solo madera quemada.
Eran los restos de la madera que había calentado la comida deliciosa que Ero y yo compartimos unos días atrás.
Si la miraba con atención, casi podía sentir la tranquilidad, la calma, la felicidad, la tensión, las ganas, las dudas, la incertidumbre.
Dejé el vaso sobre la mesa y me bajé de un salto.
Me acerqué al hogar y observé los restos del fuego con atención.
Entonces, como si algo o alguien acabara de darme una respuesta, lo entendí.
Y sonreí.