Todas las vidas hasta ti 43
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Dioivo: lluvia intensa y breve.

Hui sin mirar atrás. Corrí por el camino sin saber bien a dónde escapar.

Solo quería desaparecer. Quería pedir ayuda, pero todo el pueblo estaba durmiendo o en la taberna; no había ni un alma en la calle.

Nadie a quien acudir. Sentí las lágrimas cayendo por mis mejillas y me sujeté el cuello buscando lo que me había arrebatado.

Ya casi estaba a salvo, estaba a punto de llegar a mi casa y esconderme de lo que había pasado hacía unos instantes. Pero, justo en ese momento, algo me golpeó en la cabeza y caí.

Lo siguiente que sentí fue el suelo frío y húmedo. Después, las manos de Kael que tiraban de mi ropa sin importar si rajaba la tela.

—Sabela —pronunció su nombre.

Y entonces entendí que estaba en una visión. Sentí más miedo que el que jamás había experimentado en mi vida. Estaba viendo, sufriendo, algo que vivió Sabela. Lo que intentó evitar y no pudo. Comencé a conectar los puntos y entender.

Traté de apartarlo, de golpearlo, pero era imposible.

Estaba sentado a horcajadas sobre mí y me sujetaba las dos muñecas por encima de mi cabeza.

No podía verle el rostro, pero sentía cómo sus labios y su lengua se deslizaban por mi pecho y mi vientre.

Me estremecí del asco que sentía en cada rincón de mi piel. Aquello no eran besos.

Subió hasta mi boca y puso sus labios sobre los míos.

Hice lo único que podía hacer. Con toda la fuerza que fui capaz, le mordí en un intento de herirle y poder escapar.

Noté el sabor de la sangre antes de que me cruzara la cara con la mano que tenía libre.

El impacto me giró el rostro y sentí que mi mejilla comenzaba a sangrar también.

Seguía aplastándome con todo su peso. Empezaba a notar cómo me faltaba el aire.

—¿Crees que puedes hacer lo que te dé la gana? Eres solo una necia estúpida que ha tenido todo en la vida y se cree con el derecho de rechazar las necesidades de un hombre.

Gasté las pocas fuerzas que me quedaban y le escupí en la cara. Su mano abierta volvió a impactar contra mi mejilla, pero no me dolió. Dolía más lo que estaba intentando hacerme.

No volvió a acercarse a mi cara, pero noté cómo comenzó a levantar mi falda.

Con una sola mano seguía sujetándome ambas muñecas por encima de la cabeza, dejándome a su merced.

Sentía cómo su mano libre recorría mis piernas, llegando a la cara interna de mi muslo, dejando un rastro que me helaba la sangre.

Me retorcí e intenté soltarme, golpearle de alguna manera, pero me sujetaba demasiado fuerte.

La impotencia y el pánico, el miedo más puro, comenzaban a inundarme. Las lágrimas caían sin llanto; no me quedaba aire con el que llorar.

Kael me arañaba la piel. Con un rápido movimiento, se bajó los pantalones y se lamió los dedos.

Sentí como una arcada me subía por la garganta cuando noté cómo comenzaba a tocarme bajo mi ropa interior.

Parpadeé de nuevo con fuerza, y otra vez más.

El tacto de mi entrepierna había desaparecido, aunque la sensación de lo que había vivido Sabela me recorría todo el cuerpo.

Volvía a ser Estela, por fin volvía a ser dueña de mi cuerpo. El sufrimiento había desaparecido. Solo quedaban la rabia y el miedo.

Kael me aplastaba contra una pared rugosa que me raspaba los hombros.

Lo que me había parecido una eternidad había pasado en unos instantes.

Unos segundos que habían resuelto algunas de mis incógnitas y me habían puesto en alerta.

Un sueño que no era un sueño. Sabela me había hecho una advertencia de lo que estaba a punto de hacerme si no conseguía evitarlo.

El miedo que me paralizaba se transformó en furia, en indignación y en venganza. Conseguí liberar una de mis piernas y la levanté con fuerza para golpearle en su entrepierna.

Me soltó y tuve el tiempo suficiente para alejarme de él. Se encogió sobre sí mismo. Me giré para escapar, pero sentí un tirón fuerte en el pelo que me lanzaba hacia atrás.

—Estúpida ramera. ¡Zorra! —gruñó. Me derribó con todas sus fuerzas y se sentó a horcajadas sobre mí. Los recuerdos de Sabela se entremezclaron con la realidad. Traté de apartarlo por todos los medios, pero era demasiado pesado y mucho más fuerte.

No quería, no podía resignarme. No podía hacerme eso, hacerle eso de nuevo a Sabela. Se lo debía. Lo arañé antes de que pudiera sujetarme las muñecas y alzarlas por encima de mi cabeza.

—Ya veo que te gusta resistirte. Así será más interesante.

Buscando las fuerzas y el aire de donde quedaba, grité. Y grité más alto y más fuerte, esperando que alguien me oyera.

Kael rasgó la tela de mi blusa, dejando mis pechos al descubierto. Quería dejar de existir. Morir. Incluso morir sería mejor que sentir de nuevo lo que le hizo a Sabela.

Grité con todas mis fuerzas y ya no sabía distinguir si mis gritos sonaban o si solo estaban dentro de mi cabeza.

Cerré los ojos. Los apretaba con tanta fuerza, intentando desaparecer, desvanecerme otra vez, que tardé en darme cuenta de que el peso que me aplastaba había desaparecido.

Ya no tenía las manos inmovilizadas. Aquellos labios ya no recorrían mi piel.

Abrí los ojos.

La imagen que encontré hizo que se me helara la sangre.

Ero estaba encima de Kael. Apenas era capaz de distinguir dónde terminaban los puños del primero y dónde empezaba la cara del segundo. Escuchaba golpes, gruñidos y jadeos, pero tardé unos segundos en comprender lo que estaba viendo. Todo estaba ocurriendo demasiado deprisa.

—Malnacido. ¡Te vas a arrepentir de lo que le estabas haciendo! —gritó Ero entre golpes.

Si hubiera deseado que esa pelea terminase, no estaría hablando yo, sino una versión de mí que acababa de desaparecer.

La Estela de antes se habría levantado para frenar a Ero y evitar que fuera a más.

Pero en ese momento sentía tanto asco y tanta rabia que solo deseaba ver cómo la sangre brotaba de la nariz y de los labios de Kael.

Ero supo cuándo era suficiente. Se levantó tras dar un último golpe en el costado a Kael y dio unos pasos hacia atrás. Temblaba, como si el odio que sentía por aquel hombre lo controlase. Tenía los nudillos enrojecidos. No supe si por la sangre de Kael o por la suya. Su mirada estaba ida, ausente.

Llegó hasta mí, se arrodilló a mi lado y me sujetó con delicadeza por los hombros.

—¿Estás...? ¿Estás...?

No podía terminar la frase.

—Estoy bien. Gracias a ti.

—¿Te ha...? ¿Qué ha...?

Le faltaba el aire, respiraba de forma agitada y tenía la expresión rota.

Negué con la cabeza.

—No. Solo ha podido... besarme.

¿Solo? Me sobrevino un sabor desagradable al pensar en ello. Escupí al suelo deseando que aquel sabor desapareciese.

Entonces, tanto él como yo fuimos conscientes de mi ropa. Tenía toda la parte superior desgarrada y dejaba mi torso al aire. Me ayudó a taparme y me retuvo entre sus brazos. Culpable. Dolido.

Miré a Kael. Su cara...

—¿Está...?

Noté la mano caliente de Ero en mi espalda. Se separó del abrazo para que le mirara a él.

—No. Y te aseguro que no ha sido por falta de ganas. Le habría destruido, Estela. Solo de imaginar que...

Se le quebró la voz. Pasó sus manos por su pelo y se levantó dando varios pasos nerviosos, pensativo.

—Desde que nos distanciamos sabía que había dejado de ser trigo limpio. Pero nunca... jamás me habría imaginado que fuera capaz de algo así. Malnacido...

Caminó hasta Kael y se arrodilló a su lado. Le propinó un tortazo más. Escuché cómo emitía una bocanada de aire entrecortada por una tos con sangre.

—¿Ves?

Aunque una parte de mí habría deseado que no respirase, suspiré aliviada. No porque estuviera vivo, sino porque de no estarlo las consecuencias podrían ser terroríficas.

—Si no he terminado con él ha sido por un motivo.

Lo adiviné antes de que lo dijera.

—Clara.

Me rodeé con los brazos. Noté cómo la adrenalina iba abandonando mi cuerpo junto con la tensión acumulada, dejando paso a la vergüenza y a otra sensación que solo sabía describir como un vacío, una presión insoportable en el pecho. Después llegó un pitido agudo.

Cerré los ojos para intentar escapar de todo aquello, pero solo conseguí que las imágenes regresaran. Las mías. Y las de Sabela. Igual de nítidas. Igual de reales.

Comencé a arañarme los brazos, el cuello, el pecho.

Quería arrancarme aquella piel, la misma que él había tocado sin permiso.

Quería deshacerme de aquella ropa que había levantado contra mi voluntad.

Después llevé las manos a la cara, al pelo.

Permanecía sentada en el suelo, encorvada, balanceándome sin control.

«Es un sueño. Es un sueño. Vas a despertar y nada de esto será real. Despierta, Estela», repetía una y otra vez en mi cabeza.

Noté cómo alguien me tocaba y, por puro reflejo, di un manotazo apartándolo.

Ero. ¿Quién iba a ser si no? Pero no pude evitarlo.

Volvió a acercarse, susurrándome con cariño palabras tiernas.

Me sujetó los brazos, se colocó a mi espalda y me rodeó por completo.

Estaba arrodillado y sentí su barbilla apoyada sobre mi hombro.

—Estás bien. Estás bien. Estoy aquí. Todo está bien. Nadie te va a hacer daño.

Pude ver sus manos enrojecidas por encima de mi pecho, sosteniéndome y protegiéndome de lo que había pasado. Me giré para confirmar que Kael seguía ahí tumbado. Lo suficientemente lejos de mí.

—No va a hacerte más daño —me prometió—. No pienso dejarle.

No sabía cómo, pero lo había conseguido.

El corazón había dejado de martillearme el pecho a toda velocidad.

Los pitidos habían disminuido y las ganas de arañarme desaparecieron.

Ya solo había espacio para las lágrimas.

Como ríos comenzaron a deslizarse por mis mejillas acompañadas de sollozos atropellados.

La música en el lagar seguía escuchándose a lo lejos, difusa.

Ero se mantenía en silencio. Notaba su respiración todavía algo acelerada junto a mi oreja, al mismo ritmo que su pecho subía y bajaba pegado a mi espalda. Sentí que aflojaba la fuerza de sus brazos poco a poco. Debió notar que mi cuerpo se relajaba. Se colocó delante de mí para mirarme a los ojos.

—¿Mejor? —me preguntó en un tono dulce.

Asentí.

—Estela. Ahora necesito que me escuches con atención. Es importante.

Asentí sorbiendo los mocos. Levanté la mano para apartarme las lágrimas de la cara, pero él se adelantó. Me acarició la mejilla con el pulgar y dejó la mano apoyada un par de segundos antes de retirarla.

Mi mirada volvió a desviarse hacia Kael. Seguía tumbado en la misma postura y respiraba de forma entrecortada.

—Vas a irte —susurró Ero—. Ahora mismo.

Volví a mirarlo. Fruncí las cejas.

—¿Irme?

—Vas a irte a mi casa. Me vas a esperar hasta que llegue. Debes ir directamente, lo más rápido que puedas. Y, sobre todo, que no te vea nadie.

—Pero...

—No es seguro y no hay tiempo que perder —me interrumpió.

Abrí la boca para añadir algo, pero no me salían las palabras.

—Por favor. Vete.

Se puso de pie con facilidad.

—Pero tu... tu pierna... —empecé a quejarme, con la voz temblorosa.

Me sujetó bajo los brazos y me puso de pie en un impulso.

—Corre —insistió.

Di un paso. Y luego otro. Despacio. Sentía que mis piernas habían perdido toda su fuerza. No aparté la mirada de Ero hasta que tuve que girarme para seguir viéndolo. Hasta que la penumbra me hizo imposible distinguir su rostro.

Entonces eché a correr.

Me adentré en el bosque para rodear el lagar y evitar que alguien me viera. Avancé a través de la maleza, ignorando los caminos principales que llevaban al pueblo.

Estaba centrada en mis pies. En dar un paso, y luego otro. Y otro más.

Las imágenes de Kael sobre mí volvían a golpearme. Las aparté de mi mente y centré mi atención en aquel momento.

Cinco cosas que podía ver.

El suelo, veía el suelo. Uno. Las siluetas de los árboles.

Dos. El cielo, veía el cielo estrellado; rara vez estaba tan despejado.

Tres. Mis manos, veía mis manos. Uñas cortas, dedos largos.

Cuatro. El camino. Lo vi a lo lejos. Ya estaba lo bastante lejos del lagar; aquel lugar ya no era peligroso. Cinco.

Cuatro cosas que podía tocar.

Mi ropa, húmeda, pegada a mi piel. Mi pelo, enredado, cayéndome sobre la cara.

La corteza de los árboles que podía rozar con los dedos, áspera.

Tres, llevaba tres. Me faltaba una. El frío, podía tocar el frío con las yemas de los dedos, me recorría todo el cuerpo como una corriente eléctrica. Cuatro.

Seguí caminando. No me quedaba mucho.

Tres cosas que podía oír.

Oía mis pensamientos. No, eso no me valía. Oía... oía el sonido de mis pies contra la tierra. Sí, eso podía servir. Oía las hojas de los árboles. Dos. Agucé el oído. No podía parar, tenía que seguir andando. ¡Tres! Estaba lejos, pero escuchaba a un búho ulular.

Dos cosas que podía oler.

¿A qué olía? Olía a otoño. Y olía a tierra húmeda, como cuando parece que va a llover. Dos.

Y una cosa que saborear. Moví mi lengua por mi paladar.

No. Aquel sabor no.

Traté de alejar el pensamiento de mi cabeza, pero ya era tarde.

Había llegado a la casa de Ero.

Ni siquiera fui capaz de abrir la puerta. Apoyé las manos contra la pared y vomité.

Kael.

Uno.