Todas las vidas hasta ti 42
65%

42

Luar: luz de luna.

Me estaba divirtiendo.

No recordaba sentirme así de libre desde hacía mucho tiempo, tanto que ya casi se me había olvidado lo que era.

El vino me hacía sentir más ligera y liviana, como si nada fuera demasiado importante.

Oficialmente, la jornada había terminado.

Quedaban algunos hombres pisando la uva, pero ya lo hacían por diversión.

Las frutas habían dado todo su mosto y, como niños, habían empezado a lanzarse los restos entre ellos, manchándose de pies a cabeza.

No pude evitar sonreír. Me habría encantado unirme a ellos de no ser por esas estúpidas normas sobre lo que es impropio de una mujer.

Estaba dando vueltas al son de la música cuando un silencio repentino inundó la sala.

El inquisidor Mendoza, acompañado por Kael y su padre, entró en aquel lugar.

De golpe, la sensación de libertad se esfumó de mi cuerpo y el estado de alerta despertó.

Me alejé rápido a un extremo más discreto para camuflarme entre la gente.

Clara me había dicho que su hermano iba a estar todo el día fuera del pueblo por motivos de trabajo, pero qué oportuno que hubiera regresado a tiempo para la fiesta.

Pasados unos minutos, al comprobar que su llegada solo había calmado un poco el ambiente, pero no había ido más allá, me relajé. Parecía que habían venido en son de paz. Aun así, no bajé la guardia del todo.

Miré hacia donde estaba Ero. Insistía en que estaba pasándolo bien, pero yo sabía que mentía para que no me preocupara por él. Permanecía sentado, sin poder moverse, bailar ni escapar de las mujeres que se le acercaban con sus hijas y revoloteaban a su alrededor.

Clara se acercó a mí. Había estado conversando con Gonzalo más tiempo del que cualquiera consideraría protocolario, pero preferí no decir nada.

Durante ese tiempo con él, mi amiga no había parado de sonreír; veía a la joven mujer que era y no a la madre que la vida le había hecho ser, quizá antes de tiempo.

Busqué a los niños. Se habían quedado dormidos sobre unas sillas, sin inmutarse por el ruido.

Cuando los encontré, volví a mirar hacia Ero.

—Se te van a desgastar los ojos de tanto mirar —me susurró, divertida.

—No sé de qué estás hablando —me defendí.

Clara se rio.

—Deja de disimular. Ya nadie se va a fijar en lo que haces o dejas de hacer. Por aquí ya están más entregados a otros... quehaceres.

—Como tú hasta hace un momento, ¿no es cierto? —le pregunté usando el mismo tono travieso que ella había empleado.

No podía evitar hacer algún comentario. Las mejillas de Clara se sonrojaron, pero ella sonrió antes de darme un manotazo. Decidí no insistir.

—Deberíamos... ¿rescatarlo? —insinué.

—Ya es mayorcito. Puede apañárselas solo. Solo son un puñado de mujeres deseosas de casar a sus hijas que apenas habrán dejado de mojar la cama para pasar a mancharla. Igual hasta le viene bien. Ya es hora de que siente cabeza.

Tiré de su manga y la miré con fuego en los ojos.

—No me mires así. —Negó con la cabeza—. Te quiero mucho, pero a él también. Así que, aunque me duela, no quiero hacerme ilusiones con que vayas a estar aquí eternamente. Y sé que en el fondo tú también lo sabes.

Solté despacio su manga. Una cosa era pensarlo, darle mil vueltas, estar convencida y cambiar de opinión al día siguiente. Pero otra cosa muy diferente era que te lo recordasen. Que se convirtiese en una realidad tan aplastante que no admitiese dudas.

—No quiero que pienses que no te apoyo. Todo lo contrario.

Me alegra que le hayas devuelto la felicidad.

Que haya vuelto a atreverse, a arriesgarse.

Me encanta que seas su presente mientras puedas serlo.

Pero también necesitará un futuro. Y tú estás ayudándolo a recordar lo que durante cinco años había elegido olvidar —hizo una pausa—.

Y si ahora mismo está ahí sentado, fingiendo que le interesa cualquiera de esas mozas, es por ti.

¿Qué se respondía a eso? Clara hablaba con el corazón, pero también con sensatez, y yo hacía tiempo que había dejado de pensar con esa claridad.

—Sabiendo esto, espero que puedas actuar en consecuencia. Yo no me iré a ninguna parte. —Me alcanzó una jarra llena de vino de las que iba repartiendo Ramón—. Pero, por ahora, disfruta. Y no me hagas arrepentirme de darte más vino.

Clara me dio un beso en la cabeza y se marchó a seguir hablando con Gonzalo y con los otros vecinos que estaban con él. Yo me aparté unos pasos. No dejaba de darle vueltas a lo que acababa de decirme. En el fondo ya lo sabía, pero no tenía ni idea de cómo aceptarlo ni de qué hacer con ello.

Ero seguía rodeado de mujeres y, aunque estuve a punto de ir a rescatarlo, me contuve al recordar las palabras de Clara.

Di un largo trago a la jarra y me encaminé hacia la zona de baile, cerca de donde los hombres seguían tocando. Pero, cuando apenas había dado unos pasos, algo me detuvo. Una mano se posó sobre mi hombro.

—Por fin te encuentro. Eres escurridiza. —Sus palabras me helaron la sangre—. No esperaba encontrarte aquí, pero me dijeron que te habían visto sola y he venido a buscarte.

Kael me miraba con una sonrisa amable. Me giré, sin bajar su mano de mi hombro.

Empezaba a preguntarme si había algún momento del día en el que no bebiese.

Podía intentar disimular su embriaguez, pero sus mejillas y nariz sonrosadas, y ese hedor a alcohol que desprendía, lo delataban. Era más que evidente su adicción.

—Hemos estado en la capital resolviendo unos... asuntos. Y tengo noticias.

Parecía que le costaba encadenar una palabra con la siguiente.

—Noticias sobre tu origen. Sobre tu hogar —siguió.

—¿Cómo?

Pensé en voz alta sin querer. ¿Cómo? ¿Cómo iba a haber encontrado información sobre mi mentira?

—Mejor salgamos de aquí. Con este ruido no se puede hablar en condiciones. Sígueme y te lo explicaré todo.

No tenía ni idea de qué habría descubierto ni qué podría contarme. Pero, si quería que mi coartada siguiera resultando convincente, lo más lógico era alegrarme y mostrar interés por esa información lo antes posible.

—Claro. Voy detrás de ti.

Mi respuesta no debió bastarle. Me agarró de la muñeca y tiró de mí. Atravesamos al grupo de gente y llegamos al exterior. Llevaba horas allí dentro y no me había dado cuenta de que ya era noche cerrada.

Él caminaba un paso por delante de mí, arrastrándome como si fuera un perro.

Un perro al que no quería perder de vista bajo ningún concepto.

La zona del viñedo estaba iluminada por la luz que titilaba a través de los ventanucos del lagar y por el haz de la luna de aquella noche despejada.

Definitivamente, las noches templadas del verano habían quedado atrás y el otoño empezaba a hacerse notar.

Traté de subir las mangas para cubrir un poco más mis hombros, pero fue inútil. Me sentí demasiado expuesta al frío Y también a él.

Rodeamos el edificio dejando la entrada a nuestras espaldas. El bullicio del interior seguía llegando hasta nosotros, aunque parecía amortiguado y lejano.

Redujo el paso hasta detenerse. Quedamos frente a frente. Mi espalda chocó contra la fachada trasera del edificio. Sentía la piedra áspera y fría rozándome la piel.

—Después de todo este tiempo, ya pareces una más del pueblo. ¿Me equivoco?

Me soltó la muñeca, pero no dejó de tocarme. El dorso de su mano recorrió mi brazo con suavidad, como si lo hiciera sin darse cuenta. Después acercó un poco más el rostro al mío. El olor a alcohol impregnaba cada una de sus palabras. Giré un poco la cara, asqueada por su aliento.

Sabía que Kael era mucho ruido y pocas nueces. Que aquella apariencia intimidante era solo eso: una apariencia. Pero, aun así, no podía evitar sentir cómo mis pulsaciones se aceleraban con cada segundo que pasaba a su lado, con cada roce de su piel sobre la mía.

Había visto suficientes imágenes en los recuerdos que Sabela me había dejado contemplar para saber qué clase de persona era. Un niño travieso, un adolescente caprichoso y, ahora, había podido comprobar por mí misma en el adulto engreído en el que se había convertido.

—¿Qué crees que pensaría tu familia si te vieran ahí dentro, bailando y bebiendo sin medida? —dijo sin molestarse en ocultar el tono de desprecio. O al menos eso creí entender, porque apenas vocalizaba—. Quizá pensarían que su damisela, su joven doncella, se ha convertido en una mujer zafia.

Mientras hablaba, jugueteó con el colgante de mi cuello. Intentaba mantener la mirada fija en mí, pero falló en el intento debido al alcohol. Era sutil, pero todo su cuerpo se tambaleaba.

Levantó la mano hacia mi cara y apartó un mechón de pelo. Giré la cabeza tratando de alejarme de su tacto. Esta vez me sujetó del mentón y me obligó a mirarlo de nuevo, con más fuerza de la necesaria.

—No, no, no. —Chasqueó la lengua con condescendencia—. Es de muy mala educación apartar la cara de quien te está hablando.

—¿Vas a decirme qué noticias traías? Estoy impaciente por conocerlas —espeté.

Aunque trataba de sonar entera, no pude disimular el miedo. No quería que pensara que podía intimidarme, aunque fuera justo lo que estaba haciendo.

—Vaya, vaya. Después de todo, ¿sigues interesada en volver a tu casa? Pensaba que ya habías tomado la decisión de quedarte aquí de forma permanente.

No entendía a dónde quería ir a parar, pero empecé a sospechar que no existían esas supuestas noticias. ¿Cómo iba a haber descubierto algo? No era posible. Me había traído hasta allí con otro motivo.

Mi cuerpo empezó a temblar. No había nadie a nuestro alrededor y el ruido del interior haría imposible que alguien nos escuchara.

Miré a Kael y su mirada no me inspiró nada bueno y, como un rayo, sentí que se me cerraba la garganta.

Tenía la pared a mis espaldas; no había escapatoria.

Intenté moverle para apartarle de mí, pero él me sujetó del brazo.

El pánico me inundó. Quería salir de allí, pero mi cuerpo estaba congelado, rígido, y no pude más que quedarme a la espera.

—¿No sabes de qué te hablo? Si quieres, vamos a buscar a Ero. Quizá él sí lo sepa.

—¿Qué tiene que ver Ero con todo...? —dije, tratando de ocultar el miedo que sentía. Pero callé al ver el brillo de celos en sus ojos.

Lo sabía. Kael lo sabía.

Pero... ¿cómo?

Esta vez no hablé en voz alta, pero no hizo falta. Mi rostro debió de delatar todo lo que estaba pasando por mi mente.

Una sonrisa cruel cruzó sus labios.

—Esa estúpida yegua de Ero es muy escandalosa, ¿no crees? Uno no puede ir a preguntar qué tal está su amigo sin que lo espanten con relinchos.

Sentí la boca seca, no podía pronunciar palabra. Nos vio. Ese día, en casa de Ero. No entendía cómo no nos habíamos dado cuenta.

—Pero no te preocupes. Nadie tiene que saberlo. Además, si así lo deseas, puedo encargarme de él. Por aprovecharse de ti. Una joven desvalida, recuperándose de un accidente donde perdió la memoria...

—¡No! —exclamé.

—¿No? ¿Tanto afecto ha despertado en ti? Tal vez deberías pensar en lo que es mejor para tu futuro, lo que es más... beneficioso.

Su mirada se oscureció. Acercó su cara todavía más. Ya no era solo el olor, ahora podía sentir su aliento inundándolo todo. Mi cuerpo entero estaba paralizado.

Sentí cómo posaba los labios sobre mi cuello y, llena de pánico, me desvanecí.