41 #2
Con suavidad, deslicé mis dedos bajo su mentón y le alcé la barbilla para poder mirarla a los ojos.
Los mismos ojos que me tenían prendado desde el primer día que se cruzaron con los míos.
Desde el instante en que respiré aliviado cuando los abrió después de sacarla del río.
Esos ojos a los que pediría permiso para respirar si hiciera falta.
Pero entonces, el ruido de unos gritos nos interrumpió. Ramón y Pedro se habían sentado a nuestro lado y hablaban entre ellos como si estuvieran a varias calles de distancia.
Estela se rio. Miró a los hermanos con cariño y me dedicó una sonrisa antes de alejarse para volver a la zona de baile, junto a los hijos de Clara.
Estaba lejos, pero aun así no se me escapaba que, cada poco, me buscaba entre la multitud.
La observé en silencio y sin poder disimular una sonrisa.
Bailaba sola, libre, ligera, como si revolotease entre la gente.
Me fijé en que Gonzalo y Clara se habían apartado y estaban hablando en un rincón. Quizá demasiado cerca. Ajenos a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. No pude evitar sentir una leve satisfacción. Dos de mis personas favoritas y, también, dos de las más bondadosas que había conocido.
Volví mi vista a Estela, que ahora bailaba dando saltos con Inés y con Leo.
—Por lo que veo, conoces bien a esa jovencita, ¿no? —La voz grave y gangosa de Ramón me sacó de mis pensamientos—. No le faltaba atrevimiento. Pobrecilla, ni eso es capaz de recordar. Si hubiera entrado a la pila cuando no miraba, habría arruinado todo el trabajo de hoy.
Me quedé callado. Aunque tenía razón, no me gustaba que hablase así de ella. Como una incauta o idiota.
Podría decirse que Ramón era el mayor responsable de que la vendimia saliera bien. Aunque las viñas eran comunales, sin él las cosechas serían la mitad de abundantes y el diezmo sería mucho más complicado de pagar.
—¿Y qué haces que no estás bebiendo nada?
Me ofreció una jarra de barro que parecía cargada hasta arriba de vino.
—Viendo cómo ha sido la jornada de hoy, con la cosecha de este año vamos a tener de sobra. ¡Necesitamos vaciar los barriles viejos para hacer espacio!
No me dio tiempo a rechazarla, se marchó. Vi cómo llevaba otra jarra en la otra mano y ya estaba buscando a su hermano para endosársela.
Aun después de toda una vida aquí, seguía sorprendiéndome la audacia de algunos para hablar y opinar de los demás, sin siquiera plantearse que la otra persona pudiera tener un punto de vista diferente.
Me volví a acomodar en el asiento y puse la jarra a mi lado.
No tenía intención de seguir bebiendo, aunque, sentado allí, tampoco tenía nada mejor que hacer.
Durante el día había estado ocupado, entretenido y sintiéndome útil.
Pero era entonces cuando comencé a sentirme fuera de lugar.
Apartado, aburrido, pero con una misión: sonreír a Estela cada vez que me buscaba con la mirada.
Ella se estaba divirtiendo y temía que, si notaba que yo no lo hacía, se preocupara sin necesidad.
No quería arruinarle la noche. Deseaba seguir viéndola disfrutar, verla brillar como solo ella podía hacer.
De repente, la puerta se abrió y todo el ruido y la música desaparecieron. Todas las miradas se dirigieron al mismo lugar.
Mendoza entró en el lagar, acompañado de Kael y del capitán de Biedma.
El inquisidor se movía como si no debiera respeto a nadie, sonriente y ajeno al sufrimiento que había causado, como si no tuviera ninguna culpa.
Apreté los puños y sentí cómo la furia volvía a invadirme, como cada vez que lo veía.
Me obligué a tranquilizarme, aunque sin dejar de estar alerta.
La gente no tardó en disimular su interés por los recién llegados y continuar como si nada, pero era evidente que el ambiente había cambiado. Las conversaciones a gritos cesaron, la música cambió el ritmo y los bailes se volvieron más relajados.
Busqué de nuevo a Estela con la mirada. Se había movido, casi con toda seguridad, para mantener la mayor distancia posible de Mendoza. Pero no había huido. No se escondía. Al menos, no del todo. Y parecía que aún era capaz de disfrutar de la fiesta.
El capitán de Biedma, el padre de Clara y Kael, se sentó junto a Mendoza en unas sillas cerca del lagar, mientras Ramón se acercaba para servirles vino.
Kael permaneció de pie a su lado, atento a cuanto ocurría a su alrededor, recorriendo la celebración con la mirada y aceptando las jarras llenas que le daba Ramón.
Nuestros ojos se encontraron durante un instante. A diferencia de otras veces, no sonreí y le sostuve su mirada hasta que él la apartó primero. Sonreí. No pude evitar sentirme satisfecho.
Su llegada se había hecho notar, pero, por suerte, no había arruinado el ambiente. La gente siguió disfrutando de la fiesta, aunque con bastante más cautela que antes.
Varias madres vinieron a presentarme a sus hijas. Eran casi unas niñas. Las había visto corretear por el pueblo desde que eran pequeñas. Me sentí muy incómodo. Parecía que solo querían conversar, pero sabía que sus intenciones reales no eran nada inocentes.
Con la pierna en ese estado, no podía desaparecer; estaba atrapado. Las muchachas permanecían un paso detrás de sus madres, que hablaban por ellas sin darles ocasión de abrir la boca. Me enumeraban sus talentos y virtudes, sin dejar de lado el patrimonio familiar.
Me limitaba a asentir con la cabeza, sonreír y fingir que escuchaba lo que me decían.
Entre las cabezas de las jóvenes traté de localizar a Estela.
Ella era lo único que de verdad me interesaba en ese momento.
La busqué con la mirada, pero no la encontraba por ningún lado.
Entre la poca luz y la gente bailando, no podía dar con ella.
Alcé la cabeza para mirar por encima de la mujer que me hablaba en ese momento.
Vi a Clara y Gonzalo hablando con más gente, pero a ella no la veía.
Me levanté de un impulso y aparté sin ningún cuidado a las mujeres que me rodeaban.
—¡Un poco de educación, hombre!
Me dio igual.
Estela no estaba, había desaparecido.
Y de pronto tuve un presentimiento.
Uno muy malo.
Porque había alguien más a quien no veía por ningún lado.