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Decatarse: darse cuenta de algo que antes pasaba desapercibido.
Ero
Llegó la hora de comer y, como todos los años, nos reunimos en pequeños círculos en las lindes del viñedo.
Cada familia llevaba algo diferente para compartir con el resto.
Como las últimas semanas había estado comiendo con Estela y no quería que ese día fuera diferente, me senté en el pequeño círculo que ella y Clara habían formado.
Los hijos de Clara no se habían separado de mí en todo el día y estaban sentados, uno a cada lado, mientras su madre repartía la comida entre quienes estábamos en el círculo.
Kael debía de estar reunido con su padre, el capitán de Biedma, con el padre Lucas y con Mendoza, pues no se habían dejado ver en toda la mañana.
Estela estaba de pie, ayudando a una anciana a sentarse en un pequeño taburete que había en el grupo a sus espaldas. Aparté la mirada cuando se volvió hacia nosotros. No quería incomodarla y que pensara que no le quitaba los ojos de encima, aunque fuera cierto.
Sin ningún reparo, Estela se acercó a nosotros y levantó a Leo del suelo. Se sentó a mi lado y sentó al pequeño en su regazo. Este no se quejó; era como un juego para él y parecía adorar a Estela.
—¿Os vais a casar pronto? —preguntó de repente.
Me quedé sin palabras. ¿Qué?
—¿A qué te refieres? —preguntó ella.
—Vas mucho a su casa. Y solo los que se casan viven en la misma casa.
—Estela solo me está ayudando mientras se recupera mi pierna. ¿Ves?
Señalo mi vendaje y el bastón de madera.
—¡Pues qué pena! —añadió Inés—. Hacéis muy buena pareja. Y así Estela no tendría que marcharse de Luarela.
Y sin más ella y su hermano se levantaron para corretear con los niños de otros grupos, dejándonos con un tema de conversación que ninguno quería continuar.
Pero mentiría si dijera que no había fantaseado con ello.
Nos habíamos besado, pero ni siquiera sabía si Estela tendría a alguien buscándola allá de donde viniera.
Había sido un egoísta y me había aprovechado de ella.
Y, aun así, por primera vez desde la muerte de Sabela, había empezado a creer que quizá podría ser capaz de volver a enamorarme.
Muchos días me había despertado arrepentido, convencido de que mi traición a Sabela era imperdonable.
Pero entonces veía a Estela llegar a mi casa con esa sonrisa que me volvía loco y, de pronto, la culpa desaparecía.
Todo se sentía... bien. Ella me devolvía la esperanza a mi vida y las ganas de volver a apostar por el futuro.
—¿Notas el efecto?
Estela rompió el silencio y me robó el cuchillo de la mano para partirse un trozo de pan, esperando mi respuesta.
—¿El efecto? —pregunté sin entender a qué se refería.
—La pierna. ¿Te duele menos? —añadió con la boca llena.
Me miró con atención y, por un momento, me quedé sin habla. Era preciosa y, aunque estábamos rodeados de tanta gente, solo podía fijarme en ella. Tenerla tan cerca me desconcentraba mucho más de lo que me habría gustado admitir.
—No he pensado en el dolor en toda la mañana, así que te tengo que dar la razón. Parece que funciona.
—La razón y las gracias, ¿no?
Sonreí.
—Gracias.
Después de la comida, todos volvieron rápidamente a sus tareas.
Me sentí culpable por no poder ayudar en las labores que requerían más fuerza, como siempre había hecho.
En su lugar, me encargaba de quitar las ramas y las hojas de los racimos para que las mujeres solo tuvieran que escoger y separar las uvas.
Al cabo de un rato, agarré el bastón y me levanté para estirar un poco las piernas. Llevaba horas sentado y no podía más. Cojeé hasta un muro de piedra y observé a mi alrededor. Gonzalo se me acercó. Cargaba una gran cesta de uva que iba directa al lagar para ser pisada.
—¿Cuándo podrás volver al trabajo? Te echamos de menos —me preguntó dejando la cesta en el suelo.
Nunca había estado tanto tiempo seguido sin cumplir con mis responsabilidades, y una parte de mí también lo echaba de menos.
—Ya lo siento. ¿Se os está haciendo pesado sin mí?
—¡Al contrario! Es decir, no. Por suerte, todo ha estado muy tranquilo, demasiado.
Pero las guardias, sobre todo las nocturnas, las tenemos que hacer de forma individual y se hacen eternas.
Por favor, vuelve ya. —Me sujetó del hombro y agachó la cabeza para hablar más bajo—.
Aunque, claro, con una mujer como ella cuidándote, yo tampoco querría recuperarme.
Lo miré enfurecido y le golpeé el hombro.
—Cuidado con lo que dices. Mucho cuidado —le advertí.
—Tranquilo, jefe. Disculpa.
Gonzalo se rio entre dientes. Él no estaba casado ni tenía ninguna mujer en quien pensar. Al menos ninguna en serio. Desde que le creció pelo en el pecho no había perdido el tiempo y yo no estaba seguro de cuándo iba a cambiar eso, pero le conocía bien y había notado que algo en él era distinto.
Me dio a beber de la bota de vino que llevaba colgada al hombro y me guiñó un ojo haciendo un gesto con la cabeza hacia Estela.
La miré. Ella estaba mirándome también, pero apartó la vista inmediatamente para devolvérmela instantes después, sin retirarla esta vez.
Clara le estaba hablando, pero algo me decía que no estaba escuchando nada de lo que le decía.
—¿Crees que se marchará pronto? —preguntó Gonzalo, sacándome de mis pensamientos.
Tragué saliva, sentí que aquella pregunta se me clavaba en el pecho.
—¿Qué quieres decir?
Gonzalo bebió un trago de vino antes de contestar.
—Cuando recupere la memoria. Tarde o temprano descubrirá de dónde viene, e imagino que querrá volver a su hogar. ¿No crees?
Saber que cualquier día, en cualquier momento, se iría era una verdad que no quería aceptar.
Eso hacía que verla cada día fuera, al mismo tiempo, lo más bonito y lo más difícil que me había pasado en mucho tiempo.
Por primera vez desde hacía años, volvía a creer que podía ser feliz.
Y solo pensar que esa felicidad podía durar tan solo un instante me desesperaba.
—Por supuesto. Llegado el día, se... marchará —contesté.
Bajé la cabeza. Pensarlo era una cosa, pero decirlo en voz alta... Aquellas palabras dejaron un sabor desagradable en mi boca. Sentí un peso extraño en mi pecho.
—Aunque seguro que vendrá de visita. No lo dudes —dijo Gonzalo con tono optimista, dándome una palmada en la espalda.
No quería que pensara que necesitaba que me consolaran, pero tampoco lo impedí. Quizá sí necesitaba un poco de comprensión, aunque no quisiera admitirlo.
Alguien gritó, avisando que la cosecha se había terminado y que el pisado de la uva en el lagar ya estaba empezando. Aquella era la parte más divertida, el momento en el que la fiesta empezaba. Gonzalo volvió a coger la cesta del suelo para dirigirse hacia allí. Con la ayuda del bastón, le seguí.
El olor a mosto inundaba el ambiente. Habían encendido antorchas y velas para iluminar el espacio, aunque la luz del atardecer todavía entraba por las ventanas.
Algunos vecinos comenzaron a hacer sonar gaitas y panderetas, y mientras unos hombres pisaban las uvas el resto bailaba y bebía el vino de la última cosecha.
Miré a Estela en la distancia. Clara la había convencido para bailar con ella y con los niños.
Vi sus mejillas sonrosadas y me di cuenta de que ella también había estado bebiendo.
La veía moverse como si la música naciera de ella misma, como si fuera ella quien marcara el ritmo y la intensidad de los instrumentos.
Nuestras miradas se cruzaron, y cuando iba a apartarla, vi que ella comenzaba a acercarse a mí, decidida, y con una sonrisa traviesa en sus labios. No aparté la vista de ella hasta que me alcanzó.
—Ven conmigo —me pidió.
—No puedo bailar, ya sabes que si fuerzo la pierna...
—Bla, bla, bla. —Hizo un gesto con la mano—. Puedes quedarte sentado si quieres. Necesito que los convenzas. Me dicen que pisar la uva es cosa de hombres y no quieren dejarme. ¡Parece muy divertido!
Me quedé paralizado por el atrevimiento. La agarré del brazo para acercarla más a mí y que pudiera escuchar mi voz por encima de la música.
—¿Qué? ¿Has pedido entrar en la pila?
Asintió como si no entendiera la gravedad de sus intenciones.
—Las mujeres no pueden entrar ahí —le advertí.
Me miró confundida.
—¿Y eso por qué? Parece cansado, sí, pero seguro que puedo ayudar de alguna forma.
—Ya has ayudado suficiente. No necesitas hacer nada más.
Abrió mucho los ojos, expectante. Ella seguía esperando una respuesta a su pregunta.
—El primer y principal motivo es uno con el que no estoy muy de acuerdo. —Estela estaba cruzada de brazos. Parecía que dijera lo que dijera no sería suficiente—. Es una superstición que dice que, si una mujer pisa la uva, el vino se muere, se avinagra y lo vuelve inútil. Habría que desecharlo.
—¿Desecharlo? —preguntó sin entender, pero negó la cabeza, resignada—. ¿Y el segundo?
—El segundo... —Señalé el bajo de su vestido—.
Tendrías que dejar tus piernas al descubierto, desnudas.
Sería una falta de honor inmensa y —continué subiendo la mirada para encontrarme con la suya—, sobre todo, sería muy indecoroso que cualquier hombre que no fuera tu marido te viera en esas circunstancias.
«Salvo que ese hombre sea yo, y solo yo», pensé.
Su expresión se tornó triste, decepcionada.
—Lo siento —murmuré.
Sentía que no podía negarle nada y tampoco quería negarle eso, pero sabía lo que aquello podía suponer para su reputación y no quería que fuera señalada cuando Mendoza todavía andaba por el pueblo acusando a mujeres inocentes a la mínima oportunidad.
Estela se encogió de hombros y se alejó. Pensé que se había molestado conmigo, pero unos segundos después volvió a aparecer con la bota de vino de Clara.
—Aunque no me dejen pisar uva, hemos trabajado muy duro todo el día. Nos lo merecemos, ¿no crees?
—A tu salud —añadí con una sonrisa pícara.
Agarré la bota y, sin mediar palabra, bebí de un trago, sin importar que me goteara por las comisuras de la boca.
Lo hice sin apartar la vista de Estela porque, aunque no entendía bien el motivo, parecía que disfrutaba al verme beber así.
En cuanto terminé, le devolví la bota y me limpié con el dorso de la mano. Ella no apartó la mirada de mis labios.
De repente, sus mejillas se sonrojaron, consciente de que la estaba mirando, y apartó la mirada, avergonzada.