Todas las vidas hasta ti 40
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Enxebre: la esencia gallega, algo que es puro, típico y tradicional, castizo.

Se agarró de mi brazo y me indicó el camino, aunque casi no hizo falta. Al adentrarnos en el bosque, nos encontramos con muchos vecinos que caminaban por el sendero entre risas.

No pude evitar pensar que, más que una jornada de trabajo, aquello parecía un día de celebración.

Niños, adultos y ancianos caminaban con emoción hacia los viñedos, cargados de cestas y herramientas de trabajo.

Ero y yo nos colocamos tras un carro lleno de cestos y enormes barriles de madera tirado por un buey.

—Está cerca, ¿verdad? ¿Podrás llegar bien caminando?

—A mi paso llegaremos cuando el sol esté alto. Pero está bien, podré con ello.

—¿Tanto tiempo? —Me sentí culpable, no podía obligarle a andar tanto con su tobillo herido—. Disculpa. No era mi intención hacerte esto. Te acompañaré de nuevo a casa. Ha sido una tontería.

—Está a un tiro de piedra, Estela. —Se rio.

—¿Qué?

—Estaba mintiendo. Está muy cerca. Me extraña que no lo hayas visto en alguno de tus... paseos.

Suspiré de indignación. Me creía todo y siempre caía en sus bromas, una detrás de otra. Poco después comencé a ver cómo el bosque se abría y daba paso a un viñedo espectacular.

Los vecinos estaban coordinados, sabían qué hacer en cada momento y lugar.

Unos arrancaban las vides, otros transportaban cestos llenos de racimos y otros, principalmente mujeres, comenzaban a clasificar las uvas por tamaño y echaban a un lado todo aquello que no servía.

Pensé que al ir allí ayudaría, pero con la gente tan organizada, temí convertirme más bien en un estorbo.

—Toma. ¿Qué te parece?

Clara había aparecido de la nada y me había puesto una uva en la boca tan deprisa que no tuve tiempo de rechazarla. Sabía dulce. Un sabor mucho más intenso que al que estaba acostumbrada.

—Mmm —respondí agitando la cabeza—. Muy buena.

Clara sonrió y se giró hacia Ero.

—Me alegra que hayas aceptado venir. Ya era hora de que te diera un poco el aire.

—Una vez más, Clara estaba comportándose como una madre o hermana mayor, cuando el mayor era él—.

Y que te viéramos, ya de paso. Porque no es justo que solo Estela tenga ese privilegio —añadió guiñando el ojo de manera que solo él y yo la viéramos.

Abrí la boca con indignación y sorpresa, y sentí que mis mejillas comenzaron a arder.

Si Ero pensaba que no le había contado a nadie lo que había pasado entre nosotros...

ya no. Era cierto que no habíamos vuelto a hablar de nada desde ese día.

Ni siquiera sé si debíamos mantenerlo en secreto, aunque quizá fuera obvio que así debía ser.

Pero Clara era una excepción. Ero no podía esperar que le ocultase algo así a la única persona de confianza que conocía allí.

—Me la llevo. Hay mucho que hacer. —Clara tiró de mi brazo apartándome de él antes de que alguno de los dos pudiera decirle algo—. Y tú —dijo a Ero ya caminando en otra dirección—, ya te vale querer venir con la pierna así. Cuidado que no se ponga peor.

—¿Qué haces? —pregunté indignada.

Me giré para mirarlo y él me hizo un gesto que indicaba que no me preocupase por él, pero su rostro parecía decirme que teníamos una conversación pendiente.

—Me dijiste que desde aquel día no habíais vuelto a hablar de ello, ¿no es así?

Asentí.

—Pues te he hecho un favor. Si después de hoy no vuelve a mencionarlo..., mala señal. O buena, según lo pienses.

Quería matarla, pero posiblemente tuviera razón.

Clara me mantuvo a su lado toda la mañana, y no descansamos ni un minuto.

Si esa hubiese sido mi vida, habría desfallecido al tercer día.

Durante horas estuve tan ocupada, que no tuve tiempo ni de aburrirme.

La mayoría de las mujeres trabajaban sentadas, pero era evidente que Clara no haría lo mismo que la mayoría y, en consecuencia, yo tampoco.

Repasamos decenas de hileras del viñedo revisando que no quedasen uvas por recoger.

Quizá fueron menos, pero sentí que había recorrido kilómetros.

—Esta es tu primera vez, ¿verdad? —me preguntó Clara al cabo de un rato—. No es que lo hagas mal, pero no se te ve muy suelta. ¿En tu época ya no hay viñedos?

Me reí. Esta era una de las muchas preguntas que me había ido soltando mientras trabajábamos.

—Sí, sí que existen, incluso mucho más grandes que este. Solo que hay gente que se dedica exclusivamente a esto y, además, utilizan máquinas que les facilitan la labor. Es un negocio muy rentable.

Adoraba la forma en la que me miraba cuando le contaba datos cotidianos. Debía verlo como algo fantástico o imposible. A veces se sorprendía y otras me cuestionaba, como cuando hablamos sobre mi estado... sentimental.

—¿Veintitrés años y no te has casado ni tienes hijos? ¿Y dices que eso es normal allí?

—La mayoría de la gente no se casa ni tiene hijos hasta los treinta. Hay excepciones, claro, pero lo normal es eso.

—¡Qué barbaridad!

Esa era su respuesta a muchas de las explicaciones que le daba. Yo también aprovechaba para hacer preguntas de temas que, hasta entonces, tampoco me había atrevido a plantear.

—¿Y crees...? ¿No es raro que Kael no se haya casado?

Sonrió, y en su mirada noté un brillo de resignación.

—Como imaginarás, para los hombres funciona de forma diferente.

A pesar de que tenemos la misma edad... él no tiene la obligación de darse prisa.

Diría que, hasta ahora, ha tenido otras prioridades.

Yo sería la primera encantada de que formase una familia.

—Se encogió de hombros y bajó la voz—. Pero, a veces...

, me preocupa que eso no ocurra por mi culpa.

—¿Cómo va a ser por tu culpa?

Clara suspiró.

—Siempre ha sido muy protector conmigo y creo que piensa que, con los niños, no podría valerme por mí misma. Sé que por eso no se ha casado todavía.

Deseaba ser un apoyo, pero me daba cuenta de que mi punto de vista era bastante sesgado, y que no podía opinar o ayudar como quizá ella esperaba de mí. No había nacido en esa época y había muchas costumbres o convencionalismos que se me escapaban. Aun así, quise intentarlo.

—Eso es solo su problema y su decisión —comencé diciendo—.

Entiendo cómo te sientes. Pero si yo, en solo unas semanas, he podido comprobar que eres capaz de valerte por ti misma, él también debería ser capaz de verlo.

Y si a pesar de todo no cambia, es algo que depende de él.

Solo de él. No deberías sentirte culpable o responsable de las decisiones de otro adulto.

—Gracias.

Definitivamente era un tema sensible y decidí no insistir más en él. Pensé que mis palabras habían calado en Clara, porque pasó de verse triste a mostrarse más optimista.

Después de un rato nos acercamos a las demás mujeres.

Estábamos hablando, sentadas en corro, separando las uvas por colores y tamaños y desechando las que no estaban en buen estado.

Pero la animada conversación de las mujeres frenó en seco cuando Uxía y su madre se acercaron despacio, con la cabeza baja.

Vestían prendas muy oscuras, de luto. Al notar el silencio, ni siquiera hicieron amago de sentarse en nuestro círculo; se quedaron apartadas a un lado.

Las acompañaba una tercera mujer. Era la madre de las últimas hermanas detenidas.

Hacía falta valor para exponerse así ante el pueblo que les estaba dando la espalda.

Sentí una punzada de culpa y quise levantarme para acercarme a ellas, pero Clara tiró de mi brazo para sentarme de nuevo, sin apartar la vista de las uvas. Notaba el remordimiento en su expresión.

—No podemos arriesgarnos, Estela. No con Mendoza todavía en el pueblo —susurró.

Quería mostrar mi apoyo, pero ni siquiera Clara quería exponerse al riesgo que podría suponer estar junto a ellas.

Asentí con el pecho encogido y comencé a imitar sus gestos.

Aquello era una labor mecánica, pero entretenida.

Al resto de mujeres las había visto antes, bien en el lavadero, bien en misa o en la taberna.

Sin embargo, a pesar de lo cotillas que eran, ellas nunca habían querido mantener una conversación conmigo.

Supuse que con Mendoza merodeando en Luarela, las circunstancias no eran las más propicias para querer confiar en una desconocida.

Poco después, la conversación y el barullo regresaron a nuestro círculo. Escuché cómo comenzaban a cantar. No estaba muy atenta a la letra hasta que una frase me llamó la atención.

—... y por eso no busques hierbas extrañas, ni remedios de ultramar... —cantó una de las mujeres.

—... que el guardia que tienes cerca, ¡con mirarte sanará! —siguió otra acompañada de unas risas que se multiplicaron.

Noté todos sus ojos clavados en mí. Sin saber qué hacer, miré desconcertada a Clara.

Ella negó con la cabeza, con un gesto de desaprobación.

No dijimos nada y continuamos en silencio, por suerte siguieron cantando sobre otras personas y temas que no terminaba de entender.

Sabía que era parte de la comidilla del pueblo, pero nunca habían sido tan descaradas.

Pasado un rato, busqué a Ero con la mirada. Estaba sentado, apoyado en uno de los postes de piedra, hablando con Gonzalo. Nunca me había fijado demasiado en él, pero era un hombre alto y fuerte, con unos ojos amables y una sonrisa preciosa.

—Clara, ¿no te parece que está de buen ver? —señalé con la cara tratando de no ser demasiado evidente.

Siguió mi mirada para saber a quién me refería.

—¡Ay, calla! Qué bobadas dices. Gonzalo es un amigo de toda la vida y jugábamos juntos de pequeños. ¡Nunca lo he visto así! —Se sonrojó—. Pero es cierto que es un hombre de bien. Es amable, respetuoso, divertido y... guapo.

Me dio un manotazo.

—Mira lo que me has hecho decir. No me mires así. No, Estela. Ni pensarlo.

Me reí y dejé el tema a un lado. Aunque estaba bromeando con Clara, lo cierto era que Gonzalo me parecía una persona genial.

Buena, buena de verdad. Y Clara no se merecería a nadie que fuera menos que eso.

Él y Ero se reían como auténticos amigos, y no pude evitar preguntarme de qué estarían hablando.

Seguí mirándolos. Mirando a Ero. Quizá durante más tiempo del decoroso y con demasiada atención, pero había una necesidad, una fuerza que tiraba de mí y me impedía apartar la vista.

Gonzalo le ofreció una bota de vino para que bebiera.

Me alegré de verlo así, volviendo poco a poco a su vida normal.

De pronto se giró y nuestras miradas se encontraron.

Aparté la mirada de inmediato, nerviosa. Me había pillado observándole.

Al cabo de unos segundos volví a mirar. Su vista seguía fija en mí y Gonzalo continuaba hablándole como si no se hubiera dado cuenta.

Ero cogió de nuevo la bota y, sin dejar de mirarme, apuntó el chorro de vino hacia su boca.

Algunas gotas le resbalaron por la barbilla y se las limpió con el dorso de la mano. Tragué saliva sin poder evitarlo.

—¿Has escuchado lo que te he dicho? —Clara me estaba hablando.

—Claro, sí —mentí.

—Entonces, ¿cuál? —insistió.

—Esto...

Pillada.

—Blanco o tinto —añadió, poniendo los ojos en blanco—. Te preguntaba cuál prefieres.

—Blanco, definitivamente blanco.

Aunque, después de ver las gotas rosadas recorriendo la barbilla de Ero, me parecía que el tinto era el vino más apetecible.

—Toda una señorita, por lo que veo. Aquí ese vino se reserva para las personas que lo pueden pagar. Pero conozco a alguien que nos puede dar acceso a un vino blanco exquisito.

Me guiñó un ojo y yo me reí. Esa conocida era ella misma, por supuesto.

—Ahora mismo vuelvo —dijo antes de ponerse en pie y alejarse.

Asentí.

Desde la celebración de San Lorenzo, cuando bebí sin medida, no había vuelto a probar ni gota.

Me asustaba lo que pudiera decir a la persona equivocada.

Aun así, aquella tarde sentía que lo necesitaba.

Quería dejar a un lado los recuerdos de Sabela, a los que no accedía, y, durante una tarde, quería dejar de pensar y permitirme sentir.

Porque, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, tenía una certeza de la que ya no podía seguir huyendo.

Miré a Ero.

Me moría de ganas de besarlo de nuevo.