Todas las vidas hasta ti 39
60%

39

Lúa: luna.

A pesar de estar perdiendo las esperanzas, volví a ver a Alma, tal y como le había prometido. Hacía días que no tenía ninguna visión reveladora, como si mi mente hubiera decidido ocultarme información, pero, por fin, ese día sentí que hubo un pequeño avance.

—Es bonito, ¿verdad?

Era de noche y olía a humedad. Estaba recostada sobre el césped y sentía la hierba fresca bajo mi cuerpo.

Me giré hacia la voz que me hablaba y que habría reconocido en cualquier lugar.

Ero estaba a mi lado, señalando algo en el cielo.

Le miré con atención porque, aunque ya sabía cómo era y conocía cada detalle, cada marca y cada lunar de su rostro, volvía a verlo borroso, como antes de conocerlo.

Salvo por sus ojos. Esos ojos que siempre había visto con claridad.

Seguí la dirección de su mirada. El cielo estrellado estaba precioso. Unas palabras salieron de mis labios, pero tampoco entendía nada de lo que yo estaba diciéndole. Poco a poco nuestras voces fueron desapareciendo al mismo tiempo que el paisaje. Todo se volvió oscuro y silencioso.

Cuando abrí los ojos, regresé a la habitación con Alma.

—Por fin —solté ilusionada.

—¿Funcionó esta vez?

Asentí.

—No le pude ver la cara, pero era él. Estábamos hablando, pero tampoco pude escuchar la conversación.

—Es un avance. Pasar tiempo con él está ayudando a que los recuerdos se manifiesten.

Lo que hacemos aquí es solo un canal para que puedas visualizarlos, pero el trabajo y los recuerdos los tienes ahí desde que naciste.

—Señaló mi cabeza con su dedo índice—. Es bueno lo que le pasó a su pierna.

De lo contrario, este proceso habría requerido mucho más tiempo.

—Muchísimas gracias, de verdad. —La abracé con fuerza—. No sé cómo podré pagarte todo lo que estás haciendo por mí.

—Ya lo hiciste. —Me devolvió el abrazo—. De alguna forma me has devuelto a mi nieta y haría todo lo que estuviera en mi mano por ella. Y por ti, Estela. —Con una palmada a la espalda me apartó de ella—. ¡Ala! Con Dios, que se hace tarde.

—¡Adiós!

Estaba contenta; por fin podía decirlo convencida a pesar de las circunstancias. Al haber ayudado a Ero a recuperarse, había podido recuperar algunos de los recuerdos que más ansiaba. Si las cosas seguían así, pronto podría recordarlo todo...

Me paré en medio de la calle.

Si Ero ya no me necesitaba, yo no tendría motivos para ir a su casa y pasar más tiempo con él.

Al menos, no a solas. La gente ya había estado murmurando sobre nosotros, pero, debido a su situación personal y al hecho de que fuera él quien me rescató del río, entendieron que yo me encargase de cuidarle durante su recuperación.

Después de los primeros días, ya no se habló más del tema.

Estaba amaneciendo cuando entré por la puerta de la casa de Ero.

Como si fuera mi propia casa, cogí un vaso y eché la mezcla que me había dado Alma para calmar el dolor de su esguince y vertí un poco de agua para diluirla.

Me iba a matar por obligarle a beber ese líquido asqueroso nada más despertarlo.

Suponía que seguiría dormido; nunca había ido tan pronto y estaba segura de que él se despertaba cerca del mediodía al no tener obligaciones, pero hoy sí que teníamos algo que hacer.

Sin pensarlo demasiado, entré a su habitación.

Estaba oscuro; solo unas finas líneas de luz atravesaban las contraventanas a esas horas.

Ero respiraba profundamente, parecía no haberme escuchado entrar.

Tenía que despertarle, pero no quería asustarle, así que me acerqué despacio y le di un toquecito en el hombro.

Como no respondía, dejé el vaso sobre la mesilla de madera y me acerqué más a él.

—Despierta —susurré. Pero al ver que no se inmutaba, subí la voz—. ¡Buenos días!

En cuestión de un segundo me había agarrado de un brazo y tumbado sobre la cama. Ahogué un grito, asustada, mientras me inmovilizaba, poniéndose sobre mí. Tardó unos instantes de más en darse cuenta de que era yo quien estaba bajo su cuerpo. Se apartó, avergonzado.

—¡Qué susto! Pensaba que eras un ladrón o algo así.

—Pensaba que no había criminales en este pueblo, ¿no? —dije poniendo los ojos en blanco mientras me recomponía.

Me miró intentando parecer enfadado. Era tierno ver lo mucho que le costaba fruncir el ceño y ocultar la sonrisa de sus labios.

—¿Qué haces aquí ya? Todavía no es de día.

—¿Te has olvidado ya? Ayer parecías entusiasmado. Hoy empieza la vendimia, y tú y yo vamos a ayudar, como buenos vecinos.

—Creo que he cambiado de opinión...

—¿Ha empeorado el dolor? —exclamé preocupada.

—No, no es eso, pero...

—¿Pero?

—Quiero dormir más.

—Ni hablar —respondí.

Tiré de la sábana con la que se tapaba. Él tiró de nuevo, escondiéndose hasta ocultar su cara.

Había sido él quien había insistido en acompañarme, y me había convencido lo suficiente como para que invirtiéramos los papeles. Ahora no se iba a librar.

Le alcancé el vaso con el remedio de Alma.

—¿Otra vez?

—Viendo que te hizo efecto ayer, sí.

Se apartó la sábana y se incorporó. Resignado, cogió el vaso y dudó antes de bebérselo. Aunque esta vez no le pillaba por sorpresa, no pudo disimular una pequeña arcada.

Desaparecí un momento de la habitación y rebusqué en el armario algo del pan o del embutido que había sobrado de días anteriores. Llené otro vaso con agua.

—Toma, come algo de esto, así te quitará el mal sabor. Y aquí tienes un poco de agua.

Ero aceptó, todavía con una expresión de desagrado en la cara.

Abrí las ventanas para ventilar el ambiente y dejar entrar los primeros rayos de sol.

—Avísame si necesitas que te ayude a vestirte. Estaré con Luz mientras tanto.

Me dirigí a la caseta. Luz me recibió relinchando y me acercó su cara para que la acariciara.

Parecía alegre. Le acaricié la crin y se la cepillé.

Ero me había contado que Luz era hija de una yegua que sus padres habían comprado hacía unos años para ayudarlos en sus viajes.

Poco después de comprarla, se enteraron de que estaba embarazada y se la regalaron a Ero.

Normalmente, solo la gente de alto rango o con poder tenía un caballo propio.

Los demás los compartían entre varias familias y, en el caso de los guardias, muchos procuraban montar siempre el mismo.

Se respetaban los lazos que se establecían entre caballo y jinete.

Debido a su rango, Ero era una de las excepciones.

Tener un caballo propio le daba la ventaja de ser uno de los guardias que siempre salían de expedición.

Además, aparte de a él, Luz solo toleraba a Gonzalo.

Era tan testaruda que no se dejaba montar por nadie más, lo que hacía de ella un animal poco útil para cualquiera que no fuera uno de ellos.

Escuché unos pasos lentos aproximarse por detrás.

Me giré hacia Ero y me quedé sin habla. Habían pasado muchos días desde la última vez que lo vi con su uniforme, y no me atrevería a confesar lo que me hacía sentir verlo así.

La forma en la que se ajustaba a su cuerpo y dibujaba sus músculos hacía imposible apartar la vista de él.

Había recuperado el bastón de madera. Caminaba con más soltura y me relajé. Me enrojecí al pensar en el día que me lo arrancó de las manos.

—Estoy listo. Como lo que me has dado no me haga efecto, te vas a enterar. Te lo aseguro.

—Confía en mí.