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Groliño: una cantidad pequeña de un líquido o bebida que se bebe de una vez, algo así como un trago.
Una mañana, mientras me aseaba, empecé a pensar en qué podía trabajar para dejar de ser un lastre en casa de Clara.
Había seguido echando una mano en la taberna mientras su madre mejoraba.
Ya había vuelto a ir, pero le costaba permanecer de pie, así que solo iba pocas horas y algunos días, por lo que Clara seguía necesitando mi ayuda.
Quizá podría aprender a cocinar y así seguir haciendo de mesera en la taberna de forma permanente, dando un descanso de verdad a su madre.
Me sorprendí al darme cuenta de que estaba haciendo planes de futuro, a largo plazo, y lo más fuerte: no me disgustaba la idea.
Sin darme cuenta, había perdido el objetivo de encontrar la forma de volver.
Las repetidas sesiones con Alma, si bien me estaban permitiendo conocer más a la abuela de Sabela y disfrutar de su compañía, no me estaban sirviendo para recuperar más recuerdos ni para ayudarme a regresar a mi tiempo.
Clara había dejado de acompañarme. Era mucho más sencillo así y no nos arriesgábamos a levantar sospechas.
—Otra vez. Todavía tenemos tiempo. Dame otro vaso.
—Estela, cielo, está a punto de amanecer. Mañana lo intentaremos de nuevo. No puedes abusar de esto —respondió Alma, agitando la botella con el brebaje que había creado.
—Es que... no entiendo por qué no consigo averiguar más cosas. Está todo borroso, y lo poco que puedo ver no me ayuda.
—Recuperar recuerdos, y más si son los de una vida pasada, no es un proceso sencillo, ni mucho menos rápido. Deberías estar orgullosa de todo lo que has descubierto hasta ahora.
Aunque no muy útiles, sí que había seguido teniendo sueños o visiones de Sabela que ya había terminado por llamar recuerdos, pero eran fragmentos que no me ayudaban. Recuerdos de la infancia, con la familia, comiendo..., pero nada clave, nada que me ayudara a saber cómo continuar.
Por otro lado, cada vez conocía más a Ero.
Ocupaba el centro de mis pensamientos, pero todo lo que sabía de él era por mí misma, Estela.
Sabela seguía manteniendo a Ero como una incógnita y me enfurecía al mismo tiempo que me aliviaba.
Hacía que mi mentira fuera más sostenible.
Como si, de alguna manera, fuera Sabela para todo y todos...
menos para él. Para él solo era Estela, una chica en apuros que llegó a su vida por pura casualidad.
Clara comprendía mi situación y, aunque le ponía al día de todas las cosas que iba descubriendo, había empezado a preguntarme cada vez más sobre mí y mi vida. Parecía muy interesada en conocer detalles de cómo era el futuro.
También evitaba quedarme a solas con Kael.
Su personalidad cambiante me inquietaba.
Casi siempre me trataba bien y solía tener una sonrisa para mí, pero había visto su carácter, la forma en la que me...
miraba. Por suerte, no había tenido que poner mucho esfuerzo de mi parte, pues él había estado muy ocupado fuera de casa y del pueblo.
No le hacía mucha gracia que fuera tanto a cuidar de Ero, pero al final lo aceptó, aunque a regañadientes.
Clara todavía no sabía cómo me sentía respecto a su hermano; no quería que me malinterpretara.
Ella era la primera que se mostraba crítica con él, pero no dejaba de verlo con respeto y admiración.
Temía que hablarle de mi incomodidad pudiera estropear lo que teníamos.
Estaba siendo un verdadero apoyo para mí, y todavía me costaba creer que me creyera en todo.
Eso hacía que mi mentira sobre cómo me sentía cerca de su hermano o, mejor dicho, mi omisión de la verdad fuera todavía más difícil de sostener.
Mendoza todavía no se había marchado y, desde sus últimas acusaciones, el ambiente estaba muy tenso.
Cada vez que lo veía se me erizaba la piel, pero había aprendido a tolerar su presencia. Por supervivencia más que por valentía. Se dirigía a mí con cordialidad, como hacía con todos los vecinos. Aun así, no éramos capaces de disimular el miedo a ser los siguientes a quienes llamaran a interrogar.
Dos hermanas habían sido apresadas en la última misa.
Todavía no entendía cómo el pueblo había sido capaz de mantener la calma, cómo lo hicieron ellas.
Sin elevar la voz, sin resistirse. Caminaron solas hacia los calabozos, casi como si fueran culpables y no tuvieran ningún reparo en aceptar su condena.
Habían pasado varios días y no habíamos vuelto a saber nada de ellas.
En ese punto era igual de bueno que de malo no tener novedades.
El peligro no había pasado. Y la gente lo sabía.
En el ambiente se podía respirar el miedo.
Se medía cada palabra, cada gesto o mirada.
El único lugar que parecía libre de esa tensión era la taberna.
Mendoza y el padre Lucas rara vez acudían, por lo que la gente del pueblo actuaba con normalidad.
Allí me sentía como en casa; los clientes ya me llamaban por mi nombre y trataban de poner a prueba mi amnesia haciéndome preguntas personales.
Había aprendido a responder sin meter la pata y ya nadie dudaba de mi pérdida de memoria.
Me estaba aseando para ir a visitar a Ero de nuevo. Verle se había convertido en mi mayor motivación, más incluso que intentar recuperar los recuerdos y averiguar cómo regresar. Cada vez estaba más convencida de que fue cuestión de azar y sería imposible regresar.
Su pierna mejoraba muy despacio. Lo cual era bueno y malo a partes iguales. Por un lado, me daba la excusa perfecta para seguir viéndolo a diario sin levantar sospechas, sin dar explicaciones, pero por el otro me preocupaba que no pudiera recuperar su vida con normalidad.
Repetía el mismo itinerario todos los días.
Pasaba por la taberna a recoger la cesta llena de comida que le devolvía a Clara vacía por las tardes antes de ayudarla con el servicio de la noche.
Saludaba a la gente y después iba directamente a casa de Ero.
Llamaba y entraba porque, salvo aquel día, nunca cerraba por dentro.
Después, dejaba la cesta sobre la mesa y salía a rellenar la jarra con agua fresca del pozo.
Le cambiaba el vendaje de la pierna y le daba mi opinión sobre la evolución de su esguince antes de comer.
—Quizá deberían venir a verte la pierna. No es normal que después de tantos días te siga doliendo.
—No creo que puedan decirme nada que no sepamos ya. Además de las señoras viudas que ayudan en los partos, el resto lo sobrellevamos con remedios de toda la vida. Pero está mejor que el primer día, ¿verdad? —preguntó, esperando mi respuesta.
En eso tenía razón. El color y tamaño habían vuelto a la normalidad. Me preocupaba que el dolor viniera de algo que no viéramos a simple vista y pudiera ser peligroso.
Le devolví una mirada alegre. Ni yo misma me la creía.
—Además de las plantas, el tiempo, la suerte y rezar son los remedios más populares por la zona. Aunque ya sabes que esto último no es mi opción preferida —añadió con tono travieso y esa sonrisa que me obsesionaba.
No insistí. No tenía sentido. Me preocupaba por él, pero no podía hacer nada más por ayudarlo si no me dejaba.
Había pasado más de una semana desde lo que...
pasó. No habíamos vuelto a hablar del tema y, por supuesto, no se repitió.
Pero no por falta de ganas. Cualquier mirada, roce o frase con doble sentido encendía una chispa que ambos decidíamos apagar antes de que se extendiera.
Aunque fuese por motivos distintos, los dos nos habíamos dado cuenta de que debíamos hacer las cosas de otra manera.
Sin embargo, nuestra relación era mejor que nunca.
Sabía más de su vida, de su familia, de su trabajo, de su infancia y de sus gustos.
Y también... de Sabela. Mi curiosidad ansiaba conocer esa información, pues era la única que no podía obtener de otra manera.
Pero cuando comenzaba a hablar de ella, el sentimiento de culpabilidad aparecía y ganaba a la curiosidad, y siempre buscaba la manera de cambiar de tema.
Casi siempre hablaba él y yo le preguntaba u opinaba, pero no podía hablar de nada.
Me reconcomía por dentro fingir, pero la amnesia era la única coartada que me protegía allí.
Con Ero siempre me sentía relajada y segura, lo que implicaba que, en algunas ocasiones, bajara la guardia, provocando un par de errores que más o menos pude disimular. Lo justificaba como sueños o leves recuerdos que intentaban aflorar y hasta el momento había sido suficiente.
—Me ha contado Clara que mañana comienza la vendimia. Dice que todo el pueblo se paraliza para dedicarse a eso durante unas semanas y que el primer día es una auténtica fiesta y celebración.
Me miraba sin entender a dónde quería ir a parar.
—Le dije que iría con ella a ayudar. Dijo que es cansado, pero también divertido. Así que mañana igual tienes que apañártelas sin mí...
—Iré contigo —exclamó firme.
—No. Tu pierna, el dolor... Sabes que puede ser peligroso forzarla.
—Pero, como tú misma has dicho, tiene mejor pinta. Sí, el dolor sigue ahí. Pero es mucho más llevadero. —Parecía entusiasmado con la idea—. Llevo semanas hablando solo contigo y con una yegua. Creo que me vendrá bien. No creo que el reposo haga más de lo que ha hecho ya.
—Pero... ¿estás seguro?
—Del todo. Sé que, además de recoger la uva, es importante seleccionar las mejores, y eso lo puedo hacer sentado. Y si no seguro que necesitan a alguien que vigile que nadie se lleve racimos a su casa. Cualquier mano de más será bienvenida.
No estaba convencida. Me preocupaba que un motivo así pudiera estropearlo todo.
Entonces, de repente, me acordé. Cómo lo había podido olvidar. Saqué el pequeño frasco que Alma me había dado para él.
—Toma.
Se lo entregué.
—¿Y esto?
—Me lo dio Alma para ti. Dijo que te ayudaría a recuperarte. Dejaré que vengas si no dejas ni una gota.
Lo cogió de mi mano y, sin ningún miramiento, se lo bebió de un trago. No lo había probado, pero sí olido, así que sentí lástima por él, porque sabía que estaba evitando poner gestos de desagrado. Le miré con ternura.
—Será divertido. Decidido. Mañana te espero aquí a primera hora para ir juntos. Necesitaré tu ayuda.
Me guiñó un ojo y no pude ocultar la sonrisa que se dibujó en mis labios.