Todas las vidas hasta ti 37
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Bico: beso.

—¿Y bien? —pregunté cuando terminé de hablar.

Clara me miraba impasible. Le había contado con el mayor detalle posible la noche que pasé con Ero y todo lo que sucedió ese mismo día. Las confesiones, las disculpas y, por supuesto, los límites que habíamos cruzado.

—Pues quizá, después de todo, sí que la ha encontrado... —susurró para sí.

—¿Encontrar? ¿A quién? ¿Acaso me estabas escuchando? ¿Qué piensas de lo que...?

—A ella, Estela. Ero y Sabela estaban perdidamente enamorados —me interrumpió—.

Como creo que ya sabías. Les gustaba bromear con lo que haría cada uno sin el otro.

Y Sabela, bueno... ¿Quizá lo has recordado ya?

—Noté nerviosismo en su voz—. Disculpa si me tomo demasiadas confianzas, pero no puedo evitar verla en ti.

Me pilló desprevenida. Que me viera como Sabela me enternecía. Era su forma de decir que confiaba en mí y me creía sin reservas, pero no quería sentir que remplazaba a su amiga, porque no era así. Supuse que, igual que para mí, para ella también debía ser complicada aquella situación.

—Gracias, de verdad. Sé que debe ser extraño para ti, te lo aseguro. Sigue siéndolo para mí. No querrías estar en mi cabeza ahora mismo. Pero no quiero apropiarme de su vida, aunque sus recuerdos vivan en mí. No me pertenece.

Asintió con una sonrisa. Me acarició el hombro antes de continuar. Todavía no me había dado su opinión sobre lo que había pasado, pero no parecía enfadada, ni triste, ni se había marchado, así que no podía ser mala.

—Sabela siempre decía que sin Ero no sobreviviría, que en ese caso sería como un cuerpo sin alma, sin felicidad y esperanza.

Y que, por supuesto, no se casaría con nadie.

Para Ero, no existía la posibilidad de separarse de ella.

Siempre, y repito, siempre, respondía convencido que la encontraría.

Allá donde se fuera, la encontraría y volverían a estar juntos.

—Los ojos de Clara se humedecieron—. Nos hacía gracia, pues era una respuesta irreal, de fantasía, pero al mismo tiempo a Sabela le encantaba escucharle decirlo.

Era un romántico y no podía ocultarlo. Así que sí, quizá esa fantasía se hizo realidad.

No me di cuenta de cuándo comencé a llorar. Mis ojos se habían llenado de lágrimas y, al parpadear, se derramaron todas.

—Pero, Estela. —Me miró fijamente—. ¿Qué vas a hacer ahora? Igual que llegaste, quizá mañana o cuando menos te lo esperes regreses de vuelta a tu vida. A tu tiempo. Aunque no lo entienda todavía, tarde o temprano ocurrirá. Es lo que estás tratando de averiguar, ¿verdad?

Me quedé callada.

—Porque quieres regresar, ¿no? —insistió.

Me sorprendió no saber qué responder. Me aparté las lágrimas del rostro.

Estaba confusa; mi estómago se retorció nervioso al pensar en la respuesta.

Pensé en mi madre y en mis amigos, a los que echaba de menos, pero también pensé en el trabajo de fin de grado que tenía pendiente de entregar, en el futuro laboral precario que me esperaba en Madrid y en la vida que quería y que no sabía si podría tener algún día.

Tenía muchos sueños pendientes y personas importantes que no vería de nuevo si me quedaba aquí.

No quería dejarlo todo atrás, pero aun con lo malo, tampoco quería abandonar esta nueva vida.

Tener que despedirme de Clara y Alma sonaba demasiado doloroso.

Había encontrado un hogar en Luarela y sentía que aquello me acercaba todavía más a mi avoa y a su amor por este pueblo.

Pero, por encima de todo, no quería separarme de Ero.

Volver implicaría tener que renunciar a la conexión más fuerte que había sentido nunca por nadie.

A que sus ojos o la sensación de sus manos al tocarme se convirtieran tan solo en un recuerdo.

Sentí que mi cuerpo comenzaba a temblar. Todo era casi tan confuso para mí como lo estaba siendo para ella. ¿Quería regresar? ¿Acaso podía decidir?

—Quizá para ti esto sea solo un entretenimiento, un juego mientras estés aquí. Pero para nosotros, para Ero, para Alma, para mí, no lo es... Sobre todo, para Ero, que ha sufrido mucho. Demasiado. Y te quiero, pero no sería una buena amiga si ignorara la posibilidad de que vuelva a sufrir de nuevo.

Hice un amago de decir algo, pero ella siguió hablando.

—Aunque también es cierto que no le había visto así de feliz en años.

Cerré la boca. Noté su dualidad de pensamientos. Comenzó a dar vueltas sobre la habitación y se sentó en la cama apoyando su cara entre sus brazos.

—Tienes que contárselo.

Tragué saliva al escucharla. ¿Qué?

—Tiene derecho a saberlo. Y que pueda actuar en consecuencia.

—Pero él no me... —murmuré.

—Tienes razón, no te creería —me interrumpió—. Ahora no. Es imposible. ¿Cómo podría creerte? Y sería arriesgado para ti. Uf.

Se pasó las manos por el pelo tratando de pensar.

—Dijiste que todavía no tienes ningún recuerdo de tu pasado con él, ¿verdad?

Asentí. Se levantó a mirar por la ventana.

—De esa forma es posible que... No lo sé, en realidad, está sucediendo todo de forma natural.

Giró la cabeza para mirarme.

—Pero si quieres seguir con esto, deberás ser consecuente. Y tendrás que contárselo, como sea. Podría ayudarte si fuera necesario. Pero tendrás que hacerlo.

Vino hacia mí y me sujetó una mano. Casi veía todos sus pensamientos revolotear por su cabeza antes de hablar.

—En cuanto a Ero, él también está en una situación complicada. Sabe que tú eres una chica perdida sin memoria, bien podrías estar casada con alguien y recuperar tus recuerdos y marcharte mañana a tu vida. Y eso él lo tiene claro. Si es que sois tal para cual.

Terminó la frase negando con la cabeza y levantando las cejas con cierta resignación. Yo encontré graciosa su reacción.

Ambas nos sobresaltamos al escuchar un ruido que provenía de la puerta de entrada de la casa.

Kael.

Nos miramos asustadas, como dos niñas pequeñas que estaban cometiendo una travesura y estaban a punto de ser pilladas. Como si hubiéramos leído la mente de la otra, comenzamos a conversar en voz alta. Con rapidez, me levanté y me acerqué a una de las ventanas.

—Ay, gracias, no era capaz de abrirla. No sabía que tenía truco —empecé diciendo.

Clara se acercó a mí, veloz.

—Ya ves, es que a veces se atasca y tienes que empujar y tirar, ¿sabes? —añadió, entendiendo lo que pretendía.

Kael llamó a la puerta y abrió.

—Veo que estáis aquí.

Di un paso hacia atrás chocando con la pared sin darme cuenta. Algo en mí se encogió al verlo tan cerca. Me imponía, pero no como a quien respetas, sino como a quien te intimida.

Clara se puso a mi lado, agarré su mano y ella me dio un apretón de vuelta. Me miró confundida antes de responder a su hermano.

—Estela estaba teniendo problemas para abrir la ventana y le estaba echando una mano.

Él hizo un barrido por completo a la habitación y se detuvo en mí.

Traté de no apartar la mirada, pero rápido perdí la batalla y agaché la cabeza.

Me sentía culpable, como en un control de seguridad en el aeropuerto, cuando sabes que no has hecho nada, pero de pronto crees que van a encontrar droga al revisar tu equipaje.

—Ramón me vino con quejas diciendo que hoy cerraste pronto, ¿todo bien?

Ambas cruzamos miradas.

—Estaba casi vacío. Además, estando yo sola, acabo agotada, ya lo sabes. Por cierto, ¿madre está mejor? Quiero ir a verla mañana.

Él asintió.

—Está mejor, pero tanto padre como yo pensamos que debe quedarse en cama unos días más. Si necesitas ayuda, seguro que Estela estará encantada de ayudarte. Parece que ha caído en gracia a los vecinos...

Volvió a clavar su mirada en mí, pero esta vez no se la devolví. Seguí con los ojos fijos en mi amiga.

—Sabes que está ocupándose de Ero. No puede moverse, su pierna está muy mal.

—¿Y no hay nadie más que pueda ocuparse de él?

—No.

Carraspeó para aclararse la garganta.

—Está bien. Pero si necesitas cerrar la taberna, hazlo sin problema. Los vecinos se enfadarán, pero lo entenderán. Tendrán que hacerlo.

—No, te ayudaré —declaré.

—¿¡Estela?! —me cuestionó Clara—. No es necesario, de verdad...

—El día es largo, puedo hacer las dos cosas. Al menos mientras vuestra madre se recupera, hasta que pueda volver a trabajar.

—Muy bien, ganándose el pan.

—¡¿Kael?! —exclamó Clara.

—Estoy de broma —se rio—. Estela sabe que estamos encantados de tenerla con nosotros. ¿Verdad?

Comenzó a acercarse a mí. Me quedé quieta. Según se acercaba, empecé a ponerme nerviosa. Caminaba recto en mi dirección. Y cuando estaba a punto de llegar a mí, cerré los ojos.

Nada.

Escuché un crujido detrás de mí.

—Veo que no habíais conseguido abrir la ventana después de todo. Bien. Pues me voy a acostar. Hasta mañana.

Nos quedamos las dos en silencio mientras él salía y cerraba la puerta detrás.

—Eso ha sido... —susurré.

—Raro, sí.

—Iba a decir incómodo, pero raro también.

—Yo creo que no ha escuchado nada de nuestra conversación. Estoy segura de eso. Así que podemos estar tranquilas. —Clara me miró preocupada—. ¿Estás bien? Te noto nerviosa.

Lo estaba, y mucho. Todo en Kael era una incógnita. A pesar de que parecía mostrarse como un libro abierto, para mí era un enigma sin descifrar.

—Sí, sí, todo bien. Temía que hubiera escuchado algo, pero todo bien. Gracias, de verdad.

—Mañana seguimos hablando, que dejamos la conversación a medias. Ahora descansa.

Me quedé sola en la habitación. No podía dejar de pensar en todo. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas y, como sospechaba, no pegué ojo en toda la noche imaginando una y otra vez cómo Ero me llenaba de besos.