Todas las vidas hasta ti 36 #2
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36 #2

Me tomé esta segunda interrupción como una señal. Me recoloqué la ropa, me peiné el pelo con los dedos y me di pequeños golpecitos en las mejillas para recuperar un poco el control sobre mí. Sentía que estaba ardiendo. Cogí la jarra de agua y, sin decir nada, fui a llenarla al pozo.

De cuclillas me mojé la cara y la nuca. Durante unos segundos, pensé en lo que acababa de ocurrir.

Mi cuerpo se inundó de vergüenza y no me atreví a entrar de nuevo.

Inspiré y expiré varias veces hasta que encontré el valor suficiente para mirarle a la cara.

Ero estaba sentado, mirándose la pierna, ahora notablemente hinchada.

Levantó la cabeza y, aunque lo intentó, no pudo ocultar el mismo sentimiento de vergüenza.

—Creo que no deberías moverla más. —Me arrodillé en el suelo para verla más de cerca. Deshice el vendaje para examinar el daño—. Tienes que descansar y dejarla inmóvil el máximo tiempo posible. O de lo contrario...

—La lesión podría ser irreversible. Ya lo sé. Está bien —continuó—, tampoco me lo pusiste fácil.

Me reí por dentro, evitando que se me notara. No le dejé volver a levantarse. Pero yo no podía quedarme ahí, tenía la necesidad de hacer algo, de distraerme. Salí a ver a Luz y la llevé de nuevo a su caseta, asegurándome de que la puerta quedaba bien cerrada. Después regresé para informar a Ero.

—Le puse comida y agua. Cerré la puerta de nuevo. No sé cómo consiguió abrirla, pero con suerte no volverá a hacerlo. ¿De verdad necesita estar ahí encerrada? Me da pena...

—¿No recuerdas la última vez que se quedó libre? —Alzó una ceja.

Como para olvidarlo.

—Ese día se asustó, ¡pero al final regresó!

Ero bajó la mirada.

—No quiero arriesgarme a que vuelva a ocurrir algo parecido —respondió con tono triste—. Además, significa mucho para mí. No puedo perderla a ella también.

Asentí. Se me encogió el pecho al escucharlo hablar así de Luz. Tenía razón, aunque eso no evitaba que me entristeciera que pasara el tiempo sola ahí dentro mientras Ero se recuperaba de la lesión.

—Puedo pasearla yo. Creo que podría sacarla por aquí cerca, hasta que mejores...

—¡No!

Debió notar mi expresión de tristeza.

—No es por ti. Perdona. Ya lo hablé con Gon. Luz no puede estar más de dos días sin caminar, así que la sacará en días alternos. Se lo he pedido a él porque ya la conoce.

Me alivió saberlo. Lo cierto es que me daba miedo montar en ella yo sola, pero lo haría si hiciera falta.

—Gracias por cuidarla—dijo mirándome a los ojos.

—No es nada, de verdad, solo hice lo que cualquiera habría hecho.

Hizo amago de levantarse de la silla.

—¿Puedes...? ¿Te importaría acercarte tú? Por favor.

Le hice caso.

—En realidad, no solo quiero agradecerte eso. Gracias por todo.

Me cogió de una mano y sentí que el estómago se me revolvía.

—Lo de antes...

Iba a hablar de lo de antes. Me había divertido, me había encantado, pero la lista de motivos por los que aquello estaba mal se repetía en mi cabeza.

Le estaba engañando a él y me estaba engañando a mí misma.

Y no era tan fácil como contarle la verdad, porque si ni siquiera yo tenía forma de demostrarlo, sería imposible que él me creyera.

Me tomaría por loca o, peor, pensaría que me estaba riendo de él con su mayor debilidad.

Nunca se me había dado bien disimular y esta no era una ocasión diferente.

Debía de estar colorada. Había comenzado a sudar por culpa de los nervios.

—Creo que tengo hambre —soltó de pronto.

Fruncí el ceño e incliné la cabeza, confundida.

—Sí, tengo hambre. ¿Qué tenemos hoy para comer? —preguntó.

Me miraba. Me había soltado la mano y parecía una persona diferente a la de hacía unos instantes.

—Esto..., no lo he mirado. Ya voy.

¿Había cambiado de conversación por casualidad?

¿Lo había hecho porque había notado que no quería hablar del tema?

Fuera cual fuera el motivo, estaba desconcertada.

No sabía si sentirme agradecida porque hubiera sabido leerme tan fácilmente o si sentirme triste por haberle dado a entender que no quería hablar de lo que había pasado, o incluso que me arrepentía.

Porque no me arrepentía, en absoluto, pero...

Comimos y después me aseguré de que su vendaje estaba bien puesto y que tenía el agua, la comida y su licor antidolor, como él llamaba al aguardiente, a su alcance para evitar que moviera la pierna lo máximo posible.

Adopté el rol de enfermera de la forma más profesional que supe.

No soportaba el ambiente que se había creado entre nosotros, aunque tanto él como yo nos esforzábamos en no hacerlo más incómodo.

Me marché poniendo la excusa de que Clara necesitaba ayuda en la taberna; no quería que supiera que mi secreto me estaba ahogando ahí dentro.

—Hasta mañana, procura descansar.

—Gracias.

Había pasado inviernos menos fríos que esa despedida.

En el corto camino de vuelta, no paré de revivir lo que había pasado, lo que habíamos hecho.

Habían sido solo besos, pero sabía que en el fondo había significado mucho más.

En mi vida normal me habría quedado en su casa durante días sin salir, pero aquella no era mi vida normal y no podía hacer cosas normales.

Nada era normal y, si no estaba loca ya, me quedaba poco para estarlo.

Entré en la taberna. Clara trabajaba sola y veía en su cara el agotamiento, así que no lo dudé. Como no me sentía ni cerca de estar cansada y necesitaba algo que ocupara mi mente, dejé la cesta y me metí detrás de la barra para ayudarla.

—¿Por dónde empiezo, señora?

—¿Estela? ¿Cuándo has llegado? —me respondió llevando dos platos en las manos.

Se sorprendía porque había regresado antes de lo esperado.

—Es temprano aún y veo que no te vendría nada mal una mano extra.

Dudó antes de darme los platos e indicarme dónde tenía que llevarlos.

Poco después ya habíamos servido todas las comandas. Fue duro e intenso, pero con mi ayuda terminamos deprisa. Estaba a punto de sentarme a descansar cuando Clara tiró de mí y me llevó a un lado apartado.

—¿Me vas a decir qué ha pasado hoy? —exclamó—. Puedes intentar engañarme, pero tu mirada no miente.

Empezaba a entender por qué se me daba mal el póker. Inventarme cualquier excusa no serviría de nada, pues Clara sabría que mentía y me lo sonsacaría de todas formas.

—¿Acaso ha hecho algo que te ha molestado? Dímelo sin reparos, que si hace falta iré a hablar con él ahora mismo.

—¡No, no! —negué con los brazos—. No ha sido eso.

Algo de daño sí me había hecho, pero no el que ella pensaba. Me odié por pensar eso en ese momento. No pude sostenerle la mirada, sintiéndome analizada e interpretable como un libro abierto. Mi silencio comenzaba a delatarme. Clara se llevó las manos a la boca.

—No me digas que...

Le puse las manos encima de las suyas, tapándole la boca por completo.

—No termines esa frase —le pedí—. Y no es lo que piensas. Por favor, te lo cuento luego en casa.

Aparté las manos despacio y ella me siguió. Sus ojos seguían abiertos de par en par, pero se mantuvo en silencio. Asintió. Una media sonrisa asomaba por su comisura y se alejó de mí para seguir atendiendo.

El resto de la tarde pasó volando; incluso juraría que Clara cerró más temprano que otros días, haciendo salir a varios vecinos antes de que terminaran sus platos. Ramón y Pedro balbucearon quejas gesticulando con los brazos.

Llegamos a casa y revisó todas las habitaciones para comprobar que estábamos solas con los niños. Los acostó y luego se metió conmigo en mi dormitorio.

—¿Crees que ahora podrás contármelo? —me preguntó, cruzándose de brazos y elevando las cejas con impaciencia.

Miré a mi alrededor, no tenía escapatoria. Tomé aire, buscando el valor que no tenía, para contarle todo.

—Pues te vas a reír...