Todas las vidas hasta ti 36
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Caxata: bastón, palo o vara de madera larga y delgada.

Quería pegarme cabezazos contra la pared. No dejaba de pensar en las decenas de reacciones o mejores respuestas que podría haberle dado a Ero el día anterior. Todas las combinaciones de frases y gestos que habrían sido mucho más amables y comprensivas que mi reacción.

Me moría de vergüenza al pensar en verlo de nuevo, en tener que mirarle a la cara después de lo que pasó, lo que casi pasó, pero ya llegaba la hora de ir a la taberna a por su comida y repetir la misma rutina.

Tomé aire para calmarme. Tenía que disculparme, no me quedaba otra.

Pero ¿cómo lo haría? ¿Cuál era la forma correcta de pedirle perdón?

Aplasté la cara contra el almohadón y, después de gritar, salí sin mirar atrás. Si lo pensaba demasiado, daría media vuelta y me metería en la cama con intención de no salir en diez años.

Hasta ese momento me había sentido segura de contarle todo lo relacionado con Ero a Clara, pero no tuve valor de confesarle lo ocurrido.

No me atrevía, me sentía tan confundida y arrepentida que todavía no quería enfrentarme a ello.

Por lo que, mientras Clara me daba algunas pautas e instrucciones relacionadas con el contenido de la cesta, yo me limité a asentir y a seguir dándole vueltas al tema que no me había dejado dormir esa noche.

Me despedí y caminé hacia casa de Ero. Fui despacio, tratando de retrasar al máximo nuestro encuentro, porque el estómago se me agitaba de pensar en verlo frente a frente. Ya veía el porche y...

Genial.

Ero estaba sentado junto a la puerta en una silla de madera, con la pierna estirada en una banqueta.

¿Qué parte de reposo absoluto no había entendido?

Al acercarme, me fijé en que llevaba el vendaje mucho mejor puesto.

Al menos tomó nota de eso. Repasé mentalmente el discurso que había estado repitiendo en bucle todo el camino para intentar pasar el mal trago lo antes posible.

Cuando ya apenas nos separaban unos pocos pasos, él se levantó con ayuda de un gran palo de madera que le servía de muleta.

—Por favor, olvida lo que pasó ayer. No me porté como un caballero y me avergüenzo por ello. Espero que puedas perdonarme.

Me miraba pidiendo clemencia. Se acercó hacia la puerta para abrirla y dejarme pasar primero. Me siguió, cerró detrás de él y echó el cerrojo.

Abrí la boca antes de que él pudiera pensar que no le perdonaba.

—Y yo me comporté como una niña pequeña y no debí hacerlo. No debí marcharme así. Somos adultos y podemos hablar las cosas.

No esperaba ni buscaba una disculpa suya. Si hubiese sabido el motivo detrás de mi reacción..., pero no podía. ¿Cómo podría contárselo?

Cogió la cesta de mis manos y la colocó sobre la mesa. Su rostro seguía serio; ni siquiera tenía claro que estuviera escuchando lo que le estaba diciendo. Sus ojos se clavaban en mi rostro, con esa intensidad que me atrapaba.

—Solo me sorprendió y... —balbuceé.

Lo siguiente que hizo sí que me pilló por sorpresa.

Seguía manteniéndose en pie, apoyado en el bastón improvisado, cuando me apartó el pelo de la cara y me lo colocó detrás de la oreja.

Dejó su mano ahí, sujetándome, manteniéndome cerca.

Me miraba y, en sus ojos, podía ver un mar de pensamientos, revelaciones y deseos desbordándose.

Descendió la vista hasta mis labios y tragó saliva.

Apretaba la mandíbula como intentando frenar una tempestad incontrolable. Sin preguntas, sin dudas, sin esperas.

—Al diablo —susurró, casi para sí mismo.

Y me besó.

Me besó.

Un beso breve. Inocente. Casto.

El contacto de sus labios despertó algo en mí. De inmediato, llegaron a mi mente flashes intermitentes. Imágenes de él que pasaron demasiado rápido.

Se separó para observarme. Apenas concebía el gesto que me devolvía. De pronto, todas las dudas desaparecieron.

Le acaricié las mejillas y lo acerqué de nuevo a mí.

Esta vez tomé el control y el beso que le devolví no fue breve, ni inocente, ni casto.

Lo besé como si hubiera estado anhelando esos labios durante años, muchos años.

Rodeé su cuello con mis brazos y sentí cómo el calor se extendía por todo mi cuerpo.

Ero me sujetó de la cintura, me sentó en la mesa por comodidad y para acercar aún más nuestros labios.

Muchos primeros besos son raros e incómodos, el resultado de dos personas conociéndose, degustándose por primera vez, pero este beso no fue uno de esos. Fue un beso cómplice, coreografiado, de esos que se perfeccionan con el tiempo y son fruto de la rutina, la compenetración y el amor.

Si cerraba los ojos y los apretaba fuerte, conseguía que las imágenes volvieran, demostrándome que, si no lo había adivinado aún, ese no era nuestro primer beso.

Mi primer impulso fue sentir rechazo, celos, envidia, pero después conseguí dejar de lado esos pensamientos.

Yo era yo cuando soñaba con sus ojos, yo era yo cuando lo conocí y yo seguía siendo yo en ese momento, mientras me besaba.

Además, tenía la suerte, la fortuna de haber encontrado a la persona que, en algún momento, en una vida pasada, me había hecho sentir lo mismo, haciéndome entender que lo que había sentido todo ese tiempo no era incertidumbre, no eran dudas.

Era anhelo.

Anhelo de algo que esperaba, buscaba y no sabía que había hallado hasta que me atravesó por completo.

Sus manos me acariciaban la espalda, me sujetaban la nuca y la cabeza para acercarme a él.

Sus dedos se enredaron en mi pelo. Nunca unos gestos habían despertado tanto deseo, tanta necesidad.

Y yo me deshice por completo. No era consciente de lo mucho que había estado anhelando ese beso, y no era consciente de que estuviera pasando de verdad.

Me aparté con suavidad, separándome de sus labios. Su expresión de decepción me enterneció.

—¿Es real? —pregunté—. ¿Está pasando de verdad?

Me asustaba pensar que esa fuera una más de las imágenes de mi cabeza. Que, quizá, todo fuera una ilusión, un sueño y se esfumase sin avisar.

Ero se mordió el labio y me miró con una sonrisa lasciva, ladeando la cabeza.

—Eso espero. Porque de lo contrario no voy a querer regresar a la realidad nunca más.

Entonces fue él quien me sujetó la cara y la acercó a la suya para retomar el beso. Comenzó suave, como si quisiera recuperar poco a poco la intensidad perdida. Parecía que el tiempo había decidido pararse y ninguno de los dos quería ser el primero en ponerlo en marcha de nuevo.

Pero el relinchar de Luz nos trajo de vuelta a la realidad.

Nos miramos, jadeantes, con la piel ardiente y una mirada llena de fuego para pasar a reírnos por la situación. Él estaba apoyado de una forma algo ridícula sobre la mesa, y yo... me sentía fuera de mí, desinhibida como no recordaba haberlo estado antes, recuperando la respiración.

Antes ninguno quería romper el beso y, después, parecía que ninguno quería ser el primero en hablar.

Nos miramos a los ojos con la respiración entrecortada. Al cabo de unos segundos, Ero se atrevió a romper aquel silencio lleno de deseo.

—Acepto tus disculpas —empezó solemne.

—¿Disculpas?

—¿No venías a eso?

Se pasó el pulgar por los labios y lo acompañó de una sonrisa sibilina.

Estaba tan aturdida que hasta me costaba recordar mi propio nombre. Pero me recompuse y, al sentirme desafiada, le golpeé el hombro y me bajé de la mesa de un salto, agarrando el bastón y alejándome de él.

—Igual me arrepiento de hacerlo. Quizá tengo que reflexionar un poco más.

La intensidad del momento me nublaba el juicio; eso lo sabía. Sin embargo, no me importaba. Estaba convencida de lo que quería hacer.

Me apoyé contra la pared sujetando el bastón, dándome pequeños golpes en la mano con él. Él se pasó la mano por la boca y, al paso que le permitía su tobillo, se acercó a mí.

No tendría que estar ni siquiera de pie, pero el deseo de aquel juego era superior.

Yo no tenía ninguna intención de huir, y me deleité con su lenta pasarela.

No podía ni imaginarme el dolor que estaría sintiendo, pero él mismo parecía ignorarlo, así que no hice nada al respecto, solo esperé a que me alcanzara.

Cuando llegó a mi altura, sin dejar de mirarme en ningún momento, me arrancó el bastón de las manos y lo lanzó lejos.

Se pegó a mí, me sujetó por el corpiño sin apartar los ojos de mí y me levantó.

Luego, me rodeó con el otro brazo la cintura y deslizó la mano hasta mi cadera.

Me alzaba como si no pesara nada. Me sostuvo, apoyada contra la pared, mientras me volvía a besar con necesidad.

Después abandonó mis labios para descender hasta mi cuello.

—¡Ay!

Mordiscos. No me lo esperaba, y dolían, sí, pero me gustaban mucho más.

—Si no me pides que pare, no creo que pueda controlarme —dijo con la voz ronca—. Te necesito.

Su brazo comenzó a levantarme la falda. Sentí sus manos acariciando mi muslo, recorriendo cada centímetro con una suavidad que no se correspondía con la fiereza de sus besos. Avanzaba despacio, con cautela. Levantó la mirada buscando mi permiso, una confirmación que le permitiera seguir avanzando.

Se me ocurrían mil motivos por los que detenerlo y parar aquello, pero las ganas de continuar eran más fuertes.

Asentí desesperada y en un rápido movimiento me devolvió al suelo y me giró de cara a la pared, colocándose pegado a mi espalda.

Sus manos ya traspasaban los límites de lo decente.

Podía frenarlo, podía pararlo si quería.

No era consciente de las consecuencias que pudiera tener aquello que estaba a punto de pasar entre nosotros, pero...

¡al diablo las consecuencias! Me apreté más contra él y escuché cómo dejaba escapar un gruñido seguido de una risa mientras seguía besándome el cuello y apartaba la tela de mis hombros para seguir su recorrido.

—Estela, ¿qué me has hecho...? —dijo de forma entrecortada.

No respondí. Porque podría hacerle la misma pregunta a él y tampoco sabría responderme.

Un fuerte ruido me sacó del trance. Asustada, me giré a mirar a Ero. Su cara de desconcierto no me dejó tranquila. Confundidos, miramos por la ventana para encontrarnos de frente con Luz. Había empujado la puerta de su caseta. Seguía atada, pero nos miraba con impaciencia. Sin parar de relinchar.