Todas las vidas hasta ti 35
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Recuncho: lugar, rincón especial para uno.

Ero

El árbol del claro del bosque era un sitio especial. Nuestro sitio especial. Donde el tiempo se paraba, el dolor menguaba y nada malo podía suceder. Ese espacio seguro al que íbamos, donde podíamos ser nosotros. Juntos.

Sin embargo, mi lugar favorito se convirtió en un infierno.

Durante mucho tiempo no pude sentarme bajo su sombra, caminar a su alrededor o siquiera a verlo en la distancia.

Sin ella, vivir era una experiencia dolorosa, pero todavía lo era más regresar a aquel árbol que sentíamos como nuestro.

Seguía convencido de que ese lugar tenía algo mágico y único, como de otro mundo.

Pero se trataba de una magia que solo se manifestaba cuando estábamos los dos juntos.

Poco después de su muerte, los sueños comenzaron.

Como una forma del universo de decirme que, si yo no volvía al bosque, el bosque volvería a mí.

Esos sueños, que eran una bendición y una maldición, hacían que me despertara bañado en lágrimas buscando el próximo momento para dormir y poder verla de nuevo.

No siempre eran sueños nítidos que pudiera recordar a la perfección, pero no me importaba porque la había visto, había estado con ella y no hacía falta nada más.

Solían ser recuerdos. Siempre bajo el árbol, de día o de noche.

Sin embargo, en ocasiones teníamos conversaciones que nunca habían sucedido en las que ella me aseguraba que todo estaba bien.

No era suficiente. De ser recuerdos, no podía intervenir, pero si no lo eran y podía preguntarle, ella no me respondía.

Solo me miraba, sonreía y asentía. Y no era suficiente.

Hasta que pararon. Y de pronto me arrepentí de desear más cuando me bastaba con mucho menos. Verla de nuevo era todo lo que anhelaba. Y había desaparecido. La había perdido otra vez.

Volví al claro, pero no fue sencillo. Volver a respirar ese aire, pisar ese suelo y sentir ese césped bajo mis pies hacía que mi corazón latiera con desesperación, que mi visión se pusiera borrosa y que un dolor físico e inexplicable me apretara el pecho.

Pero esperaba que eso lograse que los sueños volviesen, que ella regresase. Tenía que volver a encontrarla.

El tiempo pasó. Y volver ahí se convirtió en una rutina soportable. Cada rato libre. Cada día. Lloviese o hiciese frío. Noches enteras. Y nada. El tiempo siguió pasando y con él la esperanza fue desapareciendo.

Mis nuevas responsabilidades como guardia hicieron que tuviera menos tiempo para ir al claro.

Mis compañeros comenzaron a casarse, formar familias y tener hijos, pero yo había dejado de tener esos deseos.

No sentía nada, ni esperanza ni optimismo.

Solo aquella rutina. Sin motivación, solo la melancolía y la tristeza llenaban mi vida.

Hasta que aquel día en el río algo cambió y me obligó a salir de ese bucle.

Primero pensé que me sentía mejor porque había hecho una buena acción. Una que habría hecho cualquiera en mi posición. Una víctima más entre tantas otras a las que me enorgullecía haber salvado de accidentes o criminales. No debería tener más importancia.

Pero había algo más, algo diferente. El aire traía de nuevo el aroma del bosque, los colores recuperaron su intensidad, el sol calentaba de nuevo e incluso la comida recobró su increíble sabor.

Y cuando regresé a mi espacio, a nuestro espacio, juré verla.

¿Sabela había regresado de entre los muertos?

Ahí estaba, tumbada en su rincón como tantas otras veces había estado.

Mi corazón volvió a latir con intensidad, la esperanza y el optimismo volvieron a asomar y me sentía vivo de nuevo.

Lo más sorprendente no fue comprobar que no era ella, pues ¿cómo iba a serlo si no se trataba de un sueño?

No. Lo sorprendente fue descubrir que esa chica era Estela y no Sabela y, aun así, eso no hizo que las cosas que había vuelto a sentir desapareciesen.

Cada vez que la veía a ella, notaba una agitación en el pecho y molestas mariposas en el estómago.

Una realidad que intenté rechazar en múltiples ocasiones, porque no estaba bien.

No quería traicionarla. Mi corazón le pertenecería a una única mujer, y esa era Sabela.

O al menos eso era lo que me repetía por las noches cuando los ojos y la sonrisa de esa recién llegada, que me dejaba sin aliento, aparecían en mi mente antes de dormir.