34 #2
Le llené el bebedero para que pudiera beber.
No quise ni imaginar cuánto tiempo llevaría vacío.
También encontré el heno y lo puse a su alcance.
Fue entonces cuando escuché un fuerte golpe.
—¿Estela?
Escuché que gritaba mi nombre cuando ya estaba cruzando el umbral de la puerta. Encontré a Ero en el suelo. El cubo tumbado y toda el agua derramada.
Asustada, me agaché a ayudarlo.
—¿Cómo...? ¿Qué has hecho? ¿Qué ha pasado?
Se agarró a mí y, con ayuda de su pierna buena, conseguí levantarlo para que se sentara al borde de la cama.
—Este estúpido paño —dijo mientras agitaba en su mano la tela—. Se me cayó al suelo y estaba seguro de que llegaría a recogerlo. Como has podido ver, me equivoqué y, al intentarlo, me caí al suelo y volqué el cubo.
Le arranqué el paño de la mano y me quedé de brazos cruzados, mirándolo.
—¿Sigues creyendo que puedes tú solo?
La cama estaba empapada, y la pastilla de jabón encima de las sábanas. Sí, quizá podía hacerlo solo, pero a qué precio.
—Tú ganas. —Se encogió de hombros—. Pero no quería que tuvieras que ayudarme en esto también.
—Tampoco querías que Luz tuviera comida y agua, ¿verdad?
Se quedó pálido con mis palabras.
—Esto...
Agité la cabeza con una falsa decepción para que se sintiera un poco culpable.
—Vamos a hacerlo a mi manera.
Le senté en la banqueta de madera. El suelo lo tendría que limpiar, en cualquier caso, así que no me importaba que se mojara más.
Coloqué otro taburete para que mantuviera estirada la pierna.
Volví a llenar el cubo y llevé un cuenco más pequeño, donde metí el jabón y el paño.
Por suerte, él no había llegado a quitarse toda la ropa.
Llevaba un pantalón corto interior que tapaba lo... suficiente.
—¿Así está bien?
—Está perfecto.
Cogí el paño y lo sumergí en el cubo con agua caliente.
El jabón era muy diferente a lo que conocía: era parecido al que usé con Clara cuando la ayudé a lavar su ropa, pero más tosco, aunque olía mejor.
Coloqué el trapo húmedo en su nuca y noté cómo se relajaba y dejaba caer los hombros hacia delante.
Empecé a frotar con movimientos lentos. Su piel estaba curtida, era algo áspera y firme.
Al bajar, me fijé en unas cicatrices alargadas en el centro de su espalda; eran líneas irregulares en diferentes direcciones.
Parecían curadas de hace mucho tiempo y no pude evitar pasar mis dedos por encima.
Noté que tembló un poco bajo mi roce, pero no dijo nada ni se apartó.
Me asustó pensar cómo se las habría hecho.
Seguí por sus brazos. Se dejaba hacer sin ningún reproche, resignado quizá.
Cuando pasé a la parte delantera y mis manos acariciaron su torso, noté que me faltaba la respiración.
Me miraba con atención mientras pasaba el paño por su cuerpo.
—¿Seguro que no quieres seguir tú?
—Sí, seguro —contestó con una sonrisa traviesa.
Noté incluso sus ojos clavados en mí cuando me giré a mojar el paño.
Continué por el pecho, el abdomen y las piernas.
Quité de nuevo el vendaje, le escuché gruñir cuando pasé por la hinchazón, pero no se movió.
No dejé ningún hueco sin lavar, al menos no de los que estaban libres de tela.
Escurrí el paño y lo dejé colgado para que se secara.
—Terminado. ¿Cómo te encuentras?
—Te has dejado una parte.
—¿Cuál? —pregunté. Él se señaló la cabeza con una mano—. ¿El pelo? ¿También quieres que te lave el pelo?
Asintió.
Me reí por dentro. Sentía que lavar el pelo a alguien era algo muy íntimo, algo que solo personas de mucha confianza hacían.
Me acordé de mi avoa. Esos recuerdos de cuando era pequeña, de cuando me lavaba el pelo en la bañera, mientras me explicaba lo que había hecho durante el día, o me contaba alguna historia de las suyas, que, reales o no, siempre me encantaba escuchar.
Me coloqué detrás de él de nuevo y fui dejando caer el agua sobre su cabeza, evitando que le entrara en los ojos, que mantenía cerrados.
Froté el jabón entre mis manos y pasé a enredar mis dedos en su pelo, masajeándolo.
Observé que había mechones más largos que otros, intuía que no de forma intencional, aunque nunca me había parecido que llevase un mal corte.
Tan solo pensé que aquello era un corte de la época, al que no estaba tan acostumbrada, pues ahora todos los chicos llevan el mismo peinado estándar con degradado.
Su pelo era grueso y le caía en pequeñas ondulaciones sobre la frente. Suponía que sería él mismo quien se lo cortaba, y que, con práctica y con lo que su padre le había enseñado, había aprendido a hacerlo. Al igual que afeitarse, pues él siempre llevaba la barba corta y muy cuidada.
Se le veía tranquilo, relajado, despreocupado de los dramas y problemas reales que, si bien no habían desaparecido, en ese momento parecían lejanos, muy lejanos.
Cuando pensé que era suficiente, se lo aclaré poco a poco, dejando arrastrar todo el jabón.
Agarré la tela más grande que había usado para secar su cuerpo y se la coloqué en la cabeza para que dejara de gotear.
Me agaché a recoger el cubo y los paños que había utilizado.
Iba a llevarlo al interior de la casa cuando me agarró de la mano antes de que me alejase más.
—Muchas gracias, de verdad. No pensaba que lo harías. Y mucho menos tan bien.
El tacto de su mano me provocó un hormigueo instantáneo. Me sujetaba con suavidad y delicadeza. Su pulgar acariciando el dorso de mi mano no pasaba desapercibido y sentía que me iba a deshacer ahí en medio. Nunca un gesto tan pequeño me había hecho sentir tanto.
La culpabilidad llegó rápido. Ero se había abierto conmigo, confesándome que era la primera mujer por la que sentía algo desde que perdió a Sabela, y yo estaba ocultándole que conocía a Sabela de una forma inimaginable.
No podía visualizar un escenario en el que me creyera, no como lo hacía Clara.
Pero, de todas formas, me hacía sentir una mentirosa.
Y, aunque no lo quisiera admitir, me asustaba pensar que solo se sentía así porque de alguna manera veía en mí a su amor perdido.
Pero ¿acaso era algo malo? Quizá si supiera que Sabela vivía en mí de alguna forma, no se sentiría tan culpable, y dejaría de pensar que había roto su promesa. Quizá...
—Voy a guardar esto —solté de repente.
Y me separé de él para ir a la sala principal.
Dejé las cosas en el suelo y apoyé mis manos en la mesa.
Los pensamientos venían a mi cabeza como una bandada de pájaros.
No. Quería creer. Necesitaba creer que fuera lo que fuera lo que estaba pasando entre nosotros no era solo fruto de mi imaginación o de su amor por Sabela.
Necesitaba que fuera real. Y necesitaba que fuera por mí, y solo por mí.
—¿Todo bien?
Ero había llegado cojeando hasta la puerta donde se sujetaba cómo podía. Me acerqué corriendo, culpable por haberle dejado en la silla, ahí plantado. No esperaba que se levantase por sí mismo.
—Ay, perdón. ¿¡Qué haces de pie!? Voy a pensar que, después de todo, no me necesitas...
Le agarré para aguantar su peso, pero se dejó caer sobre mi hombro con más fuerza de la que esperaba y me desequilibré.
Me sujetó por la cintura mientras apoyaba mi espalda en el marco de la puerta contrario.
Ero seguía con un brazo sobre mis hombros y el otro sobre mi cadera; me miraba desde arriba, directamente a los ojos.
Vi cómo se humedeció los labios y no pude evitar posar mi mirada en ellos. Vi que él hizo lo mismo.
Mi cuerpo se paralizó por el deseo, fruto de una tensión acumulada que ninguno nos habíamos atrevido a romper todavía.
Mis pensamientos se acallaron de golpe, silenciados por el hambre que habitaba en el hombre frente a mí.
Me apretaba con su cuerpo y era incapaz de moverme, aunque tampoco quería separarme de él.
Noté cómo comenzaba a aproximar su rostro al mío.
Lo iba a hacer, iba a pasar. Y yo estaba dispuesta, entregada.
La distancia que nos separaba era mínima; notaba su aliento en mi nariz y, cuando parecía que no era posible, que me había rendido a mi deseo, lo empujé y alejé de mí.
—Lo siento... pero no puedo —murmuré.
¿De verdad no podía? Mi instinto fue apartarme. No podía evitar pensar que no era a mí a quien buscaba, a quien deseaba, y que yo me estaba aprovechando de una atracción que no me pertenecía.
Me eché hacia atrás, alejándome unos pasos de la puerta. Nos quedamos unos instantes mirándonos sin saber qué decir.
—Estela, perdona. Pensaba...
—Te ayudaré a volver a la cama —lo interrumpí—. Necesitas reposar y dejar de mover la pierna. Además, yo tendría que marcharme ya.
Asintió y dejó que le ayudara a volver de nuevo a la cama.
No volvió a decir nada. Notaba su mirada confundida y algo dolida.
Me sentía fatal, horrible. Porque ni siquiera le había enviado señales confusas, sino bastante obvias y evidentes, y él no se había equivocado, estaba en lo cierto.
Fue algo dentro de mí lo que me hizo querer frenarlo. No quería, no podía dejarme llevar.
—Adiós —dije aun sabiendo que cometía un error.
Cobarde. Egoísta. Mal educada. Eso era lo único que podía pensar de mí después de comportarme así de la nada.
—Adiós —respondió la persona que por un milisegundo me hizo querer quedarme con él, en esa época, y no regresar a casa nunca más.