Todas las vidas hasta ti 34
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Lareira: chimenea, cocina, símbolo de hogar.

Después del apretón de manos, empecé a preparar la comida.

Saqué las cosas, aunque en la cesta había queso, pan y algunos embutidos, también había un plato principal que parecía que había que calentar.

Me quedé unos instantes observando la chimenea apagada y la pequeña vela que tendría que ayudarme a prender el fuego en el que calentaría la comida.

Solo de pensar en las llamas, sentía que se me encogía el estómago.

—¿Ero? —le llamé alzando la voz.

—¿Todo bien? ¿Necesitas que vaya?

Escuché cómo hacía movimientos para levantarse.

—¡NO! ¿No? Era por si...

«Si te importa comer el plato frío». Pensé y cerré los ojos al pensar en lo absurdo que sonaba.

—Necesito... —Me avergonzaba tener que pedírselo. Ero estaba herido, débil... Pero yo no podía, no me veía capaz de prender ese fuego—. Necesito que enciendas el fuego por mí. Te ayudaré a venir hasta aquí, pero te necesito.

Escuché movimiento en la habitación de nuevo y esta vez fui corriendo. Le ayudé a llegar hasta la chimenea y fingí prestar atención a la explicación desde una distancia prudencial. Enseguida encendió el fuego.

Tragué saliva al ver las llamas. Le ayudaría en todo lo demás, pero en eso podía irse olvidando.

—Una cosa más...

Me miró expectante.

—¿Podrías...? ¿Podrías colocar la olla también?

Ero me miró con curiosidad.

—Claro...

Me alejé un poco mientras lo colgaba del gancho.

—No tengo problema en ayudarte, pero... ¿Estás bien?

—Me da pánico el fuego —confesé—. Desde pequeña. No puedo evitarlo. Lo siento.

La comida olía espectacular y Clara no había mentido: había de sobra, así que no perdí la oportunidad de servirme yo también un plato. Ayudé a Ero a sentarse en la mesa para que no estuviera todo el tiempo tumbado y coloqué una banqueta a su lado para que pudiera mantener la pierna recta.

—Pensaba que la comida era para mí —soltó para después coger la primera cucharada y soplar sin mirarme.

—Y yo pensaba que notarías el sabor a tierra que tiene tu plato.

Escupió lo que tenía en la boca y me miró. Me reí, y puso cara de ofendido.

—Así que esas tenemos...

Continuamos comiendo sin meternos el uno con el otro.

Me contó que no recibió ningún castigo, físico al menos, por ausentarse el domingo, ya que la lesión de su tobillo era más que evidente.

Me alegró, aunque por poco tiempo, pues resultaba que tendría que doblar varios turnos cuando su pierna mejorase para compensar.

Me entró mal cuerpo al imaginarlo recibiendo latigazos o similar.

Una persona que solo transmitía bondad, con un sentido de la justicia admirable.

Al cabo de un rato le pregunté algo que llevaba tiempo en mi cabeza.

—¿Crees que Mendoza se quedará mucho tiempo más?

Ero comenzó a toser, atragantándose con la comida.

—Parece que el ambiente se ha calmado. ¿Crees que quizá solo vino por las sospechas sobre aquella pobre chica, la hermana de Uxía, que ese fue el único motivo...? — insistí, desalentada.

—Tal vez. Ojalá tengas razón.

Su tono de voz me insinuaba que no pensaba así. Habría deseado poder bajar la guardia y dejar de preocuparme por eso. Levanté las cejas y lo miré con atención para que dijera lo que de verdad quería decir.

—Nunca te puedes fiar. Probablemente, si no se ha marchado, es porque todavía tiene un motivo de peso.

Puede que incluso ese motivo solo sea generar más miedo, y si por el camino les dan alguna excusa, les evitan el esfuerzo de buscar.

Aunque sea el mismo azar el que se convierta en verdugo y elija a la siguiente víctima.

—Me miró consternado—. Cuando mandan a alguien de la capital a que investigue, comienza un proceso muy largo, y deben tener indicios suficientes para autorizarlo.

—La religión es absurda a veces —añadí sin pensar.

De inmediato me tapé la boca con las manos pensando que había metido la pata. La religión era un tema muy serio en aquella época. Y por decir cosas así, también te podías meter en un buen lío.

Ero me miró sorprendido, pero enseguida sonrió. Sentí que había encontrado en mí una aliada y pude respirar de nuevo.

—Solo un consejo: ni se te ocurra decir esto en alto, y menos en público. Pero, entre tú y yo, me alegra que pienses así, aunque te equivoques.

—¿Y en qué me equivoco según tú?

—Esto no es un tema de ser cristiano ni de la religión.

El problema son los hombres, los hombres sin juicio, sin sentido común.

Si esas personas, esos hombres fueran verdaderamente cristianos, no harían nada de eso.

Se preocuparían de que nadie tuviera que dormir en la calle ni pasar hambre.

Tampoco se negarían a bautizar a los hijos de una mujer cuyo marido huyó.

Abrí los ojos y lo miré. Me respondió asintiendo.

—¿El padre Lucas...?

—No —me corrigió—. Gracias a influencias de Kael y su padre, consiguieron que ese innombrable se marchara a otra parroquia.

Por eso llegó el padre Lucas. Tampoco es santo de mi devoción, pero se mostró mucho más comprensivo.

Al igual que Kael. Para cualquier otra cosa estaría en el bando de los sin juicio, pero en todo lo relacionado con su familia, su criterio parece cambiar.

Y aunque no justifica su comportamiento el resto de ocasiones... , lo que hizo me parece respetable.

Se me humedecieron los ojos. Por Clara, por saber que tuvo que pasar por eso después de lo duro que debió de ser de por sí, esa vergüenza y falta de respeto por parte de gente que no entiende de humanidad.

Ahí lo importante no era el bautismo, sino el significado que le daban al ritual.

Imaginaba que, para ella, para la gente religiosa, un acto así es crucial y muy significativo, y que se lo negaran debió de ser muy doloroso.

—La gente es absurda. No. Estúpida. Horrible, mejor dicho —me corregí.

—Ahí sí tengo que darte la razón. Aunque tú te libras.

—Lo mismo digo.

Terminamos la comida en silencio; no podía parar de pensar en Clara y en sus hijos.

Comencé a recoger lo que habíamos usado, lo lavé y guardé.

Saqué la comida que quedaba y dejé preparado el cesto para llevárselo a Clara de nuevo.

Me había pedido que me quedara para ayudarle, pero todo parecía limpio y ordenado y no sabía muy bien qué más podía hacer por él.

Me mordí el labio, pues no quería preguntarle y que interpretara que quería irme ya.

Porque no quería marcharme, no todavía.

Me acerqué de nuevo a Ero con intención de ayudarle a volver al dormitorio.

Lo entendió y pasó su brazo por encima de mis hombros.

Noté que comenzaba a jugar con mi pelo, mi corazón palpitó acelerado, pero intenté que no se me notara, porque me encantaba que lo hiciera y no quería que apartara su mano.

Al dejarlo en la cama, seguía sujetando el mechón, evitando que me alejara.

Mi mente viajó a la noche del accidente y supe que ya no podía seguir fingiendo y, por la forma en la que me miraba, él lo sabía.

No habíamos hablado del tema antes, lo que hacía que me sintiera aún más confusa.

—¿Qué más puedo hacer por ti?

Me dio un repaso completo de arriba abajo, pensativo.

—Pues lo cierto es que...

—¿Sí?

—¿Podrías traerme algo de agua? Me gustaría asearme un poco. Si vas a estar aquí, me gustaría no oler como un cerdo y, desde que volvimos, no he tenido ocasión ni a nadie a quien pedírselo.

Le costó decir esas últimas palabras. Ero me parecía una persona muy independiente y tener que pedir ayuda para algo así no debía de ser fácil para él.

No me importaba ayudarle, en absoluto. Más bien al contrario, estaba contenta de que su humor no hubiera cambiado y de que quisiera apartarme de su lado de nuevo.

—Claro. ¿Necesitas que... la caliente? —pregunté, preocupada por lo que eso implicaba.

—Sí, un poco templada será sufi... —Guardó silencio—. Eh, no. No he dicho nada.

Se dio cuenta de lo que me había pedido y se rio.

—Además, ya hace bastante calor aquí, ¿no crees? Yo, por lo menos, estoy ardiendo.

No me pasó desapercibido que terminara esa frase mirando descaradamente mis labios.

En todo ese rato no me había soltado el pelo, seguía con la mano cerca de mi cuello y me hacía cosquillas en la oreja.

Entendí el calor al que se refería. Estaba poniéndome a prueba, y no tenía ni la más remota idea de si debía seguirle el juego o resistirme.

Cuando me iba a apartar otro mechón, entrelacé mis dedos con los suyos, bajé su mano con suavidad y guie su palma hacia mi mejilla; él curvó los dedos y dejé que me acariciase por unos instantes mientras cerraba los ojos, dejándome llevar.

Al abrirlos, su mirada me atravesó. Estaba llena de fuego, pero del que no tenía ningún miedo de tocar.

Escuchaba su respiración profunda. Estaba serio, expectante, como un depredador al acecho de su presa, esperando para atacar.

Me levanté sin decir nada. Quería que supiera que a mí también me gustaba jugar.

Rebusqué hasta dar con el jabón y lo llevé con un recipiente con agua y varios paños para que se secase.

Lo dejé todo a su alcance. Me quedé pendiente de que me dijera cómo ayudarle. De que me lo pidiera.

—¿Quieres verme desnudo? Pensaba que era demasiado pronto, pero si insistes...

Comenzó a levantarse la camisa.

—Eh... No. ¡No! —Sentí que mis mejillas se encendían—. Pensaba que querías que te ayudara...

—Ya lo has hecho. Gracias, ahora puedo continuar solo, pero si quieres quedarte, eres libre de hacerlo. No tengo ningún problema.

Sostuvo mi mirada mientras se humedecía los labios. Tragué saliva sintiendo la boca seca.

—No, esperaré fuera. Grita si me necesitas.

No solo salí de la habitación, salí también de la casa, y me fui a la parte trasera.

Tampoco era muy grande y, si de verdad me necesitaba, le escucharía.

Qué vergüenza, sentía que el calor me había subido de nuevo a la cara.

Qué estúpido. ¿Pensaba que solo quería quedarme para verlo cómo se desnudaba?

Me acerqué despacio a la caseta de madera.

Ahí estaba Luz, que relinchó cuando entré.

Quise pensar que se acordaba de mí y por eso se emocionó al verme.

Le acaricié la crin con cuidado de que no se asustara.

No quería que me cogiera manía o algo por el estilo.

Vi su recipiente de agua vacío y me sentí fatal por ello.

Si Ero me había pedido que le ayudase porque no podía cuidar de sí mismo, por supuesto que tampoco había podido hacerse cargo de Luz.