Todas las vidas hasta ti 33 #3
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33 #3

Esto juraré no haberlo dicho nunca. Aunque, si te soy sincero, prefiero otros métodos antes que caer tan bajo.

Así que ojalá no tuviera que beber este asqueroso líquido.

Sus palabras me hicieron pensar en Kael, en aquel día que casi no podía mantenerse en pie por culpa del alcohol. No pude evitar sentir que aquellas palabras eran, de alguna forma, un reproche por su comportamiento.

—¿Y qué es lo que quieres olvidar?

Me miró incrédulo, como si fuera obvio, antes de soltar una carcajada seguida de un quejido.

—No estaría mal olvidarme de muchas cosas. Pero el dolor de esta pierna no mengua en absoluto y ya estoy desesperado.

Me senté en el borde de la cama.

—¿Puedo?

Acerqué mis manos a su pierna sin llegar a tocarla. Él asintió algo dudoso y comencé a deshacer el intento de vendaje. Soltó un gruñido cuando le levanté la pierna para seguir desenrollando la venda.

Estaba peor, mucho peor de lo que recordaba haber visto el día anterior. Tenía un tono rojo-violáceo con muy mala pinta. Y parecía mucho más hinchado.

—¿Se...seguro que no está roto?

Negó.

—Seguro. Pero me han dicho que debí forzarlo demasiado después de torcerse y por eso está así. Me han prohibido moverme durante unos días y limitar el movimiento varias semanas. No sé cómo voy a soportarlo.

Asentí, pensativa.

—¿Tienes algo frío?

—¿Frío? En verano, lo más frío que hay es la noche y el agua del río. Bueno, el agua del pozo también.

—Me servirá. ¿Dónde está? —pregunté poniéndome en pie.

Me miró sin entender.

—Está ahí detrás.

Salí y lo encontré rápido. Lancé el cubo que había atado a la cuerda al hueco. Era profundo, pero no tanto como para no ver el final de la cuerda. Cuando noté que pesaba, comencé a tirar tratando de no derramar nada y entré con él en la casa. Llené una jarra de esa agua, que estaba helada.

—Es recomendable ponerle frío. Deberías ponerte estos trapos con agua un rato antes de volverte a vendar la pierna. Y, sobre el vendaje...

—¿Qué pasa con el vendaje?

—Para que cumpla su función debe estar apretado. De lo contrario, no sirve de nada.

Cuando los trapos se templaron, los retiré. Sequé con otro trapo seco para que no quedase humedad y comencé a vendar desde el pie hasta justo debajo de la rodilla.

Notaba que no apartaba la vista de mí. No dijo nada más mientras yo estiraba las tiras de tela alrededor de su pierna.

Escuchaba leves quejidos, pero no me importaba; sabía que el vendaje tenía que ir apretado, aunque quizá apreté un poco de más antes de aflojarlo de nuevo como una pequeña venganza por los días que me tuvo en vilo mientras pensaba que me odiaba.

Pero le haría bien. Me preocupaba por él.

Giré el último trozo de tela y lo até con un nudo lo más firme que pude.

Una vez hube terminado, me levanté y caminé hacia la puerta.

—Estela —me llamó.

Dicho por él, mi nombre cobraba un significado diferente y deseaba que lo repitiera una y otra vez.

Me di la vuelta para mirarle. Seguía en la misma postura.

Tumbado con la pierna sana medio flexionada.

No tenía mala cara, pero había tenido mejores días.

Se notaba que no lo estaba pasando nada bien, que se sentía ahogado ahí encerrado y muy aburrido.

¿Cómo vas a pasar el tiempo tumbado en una cama sin nada que hacer ni nadie con quien hablar?

—Gracias.

—No es nada. Seguro que Clara sabrá cuidarte mucho mejor que yo. Si su madre se recupera, mañana la verás.

—¿Y tú?

—¿Y yo?

—¿No puedes venir tú? —preguntó en un susurro grave.

¿Así que, no solo ya no se sentía incómodo a mi lado, sino que quería que fuera yo la que lo cuidara?

Sus palabras me pillaron desprevenida. Aunque ya me había dado las explicaciones necesarias, no pensé que hubiera cambiado de opinión tan rápido.

Pero lo cierto es que una parte de mí se sintió eufórica porque me lo pidiese.

Mi expresión de sorpresa no debió darle la respuesta que él deseaba.

—Clara ya tiene mucho con la taberna, su propia casa, los niños —insistió—. No querría cargarla con una responsabilidad extra, y como tú no tienes nada...

Dudó.

—Dilo, venga, dilo. Nada que hacer, ¿no?

Me crucé de brazos.

—Pero no miento tampoco, ¿verdad?

—No... —refunfuñé.

Ero sonrió.

—Será solo un rato. Apenas ha pasado un día y ya no aguanto más estar postrado en esta cama. No quiero imaginarme cómo será si no me recupero bien o si fuerzo el tobillo al intentar levantarme. Si me ayudas, seguro que mejoraré antes, y quizá... pueda llevarte de nuevo a lomos de Luz.

—¡Ni hablar! Yo no me subo ahí nunca más.

Nos reímos los dos.

—Está bien. Pero como seas un mal enfermo, te aseguro que me marcho y no vuelvo por esa puerta —afirmé haciéndome la difícil mientras que por dentro chillaba de ilusión.

Una parte de mí se sentía ridícula al sentir esa euforia provocada por el interés de un hombre en mí.

Solía ser más práctica, menos intensa, fría quizá.

Pero ese hombre era Ero y este viaje, además de enseñarme sobre una época anterior, también me estaba mostrando a una Estela que no conocía o quizá una que siempre había estado ahí pero nunca había tenido espacio para dejarse ver.

—¿Me lo prometes? —dijo alzando su mano hacia mí.

La estreché con fuerza.

—Tienes mi palabra —aseguré.