33 #2
Agradecí el aire fresco. Sentí que volvía a respirar a una velocidad normal. La tormenta que nos pilló en el bosque parecía que también se había llevado el verano con ella.
Recordé que mi avoa siempre decía que a finales de agosto llegaba una tormenta que hacía que el verano terminase. Ya después de eso los días no volvían a ser iguales. Y ese parecía ser el caso.
Realmente no me sentía tan débil, no tanto como le había hecho creer a Kael.
Aunque me molestara, pensaba que con él no funcionaría una Estela rebelde y fuerte.
Prefería que me tomara por una joven doncella en apuros, débil y sumisa.
Me avergoncé por pensar así, sentía que iba en contra de todo lo que creía, pero, en ese momento, el miedo era mucho más fuerte.
—Parece que me has leído la mente. Gracias por venir tan pronto. Necesito un favor.
Ni siquiera había cruzado el segundo pie por la puerta de la taberna y ya tenía a Clara abalanzándose sobre mí. No esperaba ver tanta gente a esas horas, y mucho menos a una Clara tan activa después de lo que habíamos pasado esa madrugada.
—Cla... claro. Lo que necesites —respondí sorprendida.
—Vino antes Gon, Gonzalo. El amigo de Ero. ¿Lo recuerdas?
—Sí, sí. ¿Ha ocurrido algo? —soné preocupada. Lo estaba.
—Algo así.
Mierda.
—Pero está bien. Más o menos.
Suspiré algo aliviada, pero no podía evitar sentirme preocupada.
—Es su pierna. Está peor de lo que esperaban. Le han dicho que mejorará en unos días, pero necesita reposo. Reposo total. Si no, irá a peor y podría tener daños permanentes.
Asentí con preocupación.
—Necesito que le lleves esto. He preparado un cesto con un poco de comida. Ya veré cómo lo haremos los próximos días. Pensaba ir yo, pero mi madre se ha levantado algo enferma y no ha podido venir. Así que estoy sola en la taberna, y ya ves cómo estamos. No te importa, ¿verdad?
Me guiñó un ojo. Asustada, comprobé que nadie más la había visto hacerlo.
—Y si vuelves a irte del pueblo... avisa antes para que no nos preocupemos, ¿vale?
Dejó el cesto en mis manos.
—Pero Kael... dijo que...
—Estará demasiado ocupado hoy. Con un guardia menos no tendrán tiempo que perder y, si se entera..., asumiré la culpa. Así que márchate, y no hables con desconocidos.
—Sí, mamá —respondí con sorna.
Me miró ofendida, pero me giré y salí rápido para no escuchar la respuesta que quisiera darme.
Me acordé de Clara y varios de sus antepasados al cargar con el cesto. Era pesado, incómodo de llevar y encima tenía que ir con cuidado, pues me había advertido de que llevaba líquido y que podría derramarse. Genial.
El recorrido hasta su casa era corto, y esta vez ni me molesté en llamar a la puerta al llegar.
—¡Hola! Soy Estela. Entro.
Empujé la puerta con la cadera para entrar.
Afortunadamente, no la había cerrado por dentro.
Dejé el cesto en la mesa. Me acerqué a su habitación.
Tenía la puerta cerrada. Al poner mi mano sobre el pomo, mi corazón comenzó a latir de forma acelerada, me toqué el pecho.
Quería verle, había venido a verle y estaba a punto de verle, pero de pronto me entró miedo.
¿Y si volvía a estar raro? ¿Y si se había arrepentido de haberse sincerado conmigo?
¿Y si me culpaba por tener la pierna así y estar postrado en la cama?
Tampoco tuve mucho tiempo para pensar en ello, pues la puerta se abrió delante de mis narices.
—¿Estela? —Se sorprendió—. He oído a alguien entrar.
Me miró con los ojos muy abiertos. Estaba desnudo de cintura para arriba; comenzó a moverse por la habitación nervioso, cojeando. Cambiando cosas de lugar, como si intentara ordenar lo que ya estaba ordenado.
—Estaba... estaba esperando a Clara. Pensaba que eras ella.
Era ya cerca de la hora de comer y parecía que se acababa de despertar.
—Lamento decepcionarte —respondí con pena.
Retrocedí un par de pasos, alejándome, dándole la espalda. Tenía razón. Me odiaba, no quería verme.
—En realidad, es de las pocas veces que me alegra equivocarme —respondió con la voz ronca y una mirada para nada decepcionada.
Giré la cara al instante. ¿Qué? ¿Había escuchado bien? ¿Se alegraba de que fuera yo? Decidí disimular mi nerviosismo, aunque una sonrisa involuntaria me delató. Él me devolvió una parecida.
—No deberías levantarte. Tienes que hacer reposo. Ya me ha contado Clara que tu pierna tiene mala pinta.
Bajé la mirada. No había podido apartar mis ojos de su torso desnudo, del que él evidentemente no se avergonzaba, y con motivo.
Llevaba unos pantalones largos de un tejido fino, y su pierna izquierda estaba remangada, revelando una especie de vendaje horriblemente hecho.
No era experta, pero había tenido un par de esguinces en mi vida y sabía que, para que sirvieran de algo, los vendajes tenían que apretar lo suficiente.
No puso ninguna objeción y se giró para volver a la cama. Vi que era complicado para él, así que, sin decir nada, le agarré del brazo para que se apoyara en mí y ayudarle a recorrer los escasos cinco pasos que separaban la puerta de la cama.
—¿Me traerías el odre que está en la cocina? Colgado en una silla, si no recuerdo mal.
¿El qué? No debía ser algo muy raro, pues lo dijo con total naturalidad.
Salí a mirar totalmente confundida. Aliviada, vi algo colgado de una de las sillas.
Tenía el aspecto de lo que la gente llamaba bota, de esas que sirven para llevar el vino y beber en alto.
Recordaba habérsela visto a gente en el pueblo cuando era pequeña.
Di por hecho que se refería a eso y se lo llevé.
Acerté. Me lo arrancó de las manos y dio un trago a ese líquido transparente. Agua, pensé. Apretó los párpados antes de recuperar el aliento con un soplido fuerte. El olor me llegó de inmediato. No era agua en absoluto. Era un licor muy fuerte. Elevé las cejas, algo crítica.
—¿Incluso así no puedes dejar de beber?
—Me entristece que esa sea la imagen que tienes de mí.
Para tu información, solo bebo en tres ocasiones.
—Levantó la mano con el puño cerrado y comenzó a levantar los dedos según numeraba—.
Cuando mis compañeros me fuerzan y no me queda otra que seguirles el ritmo.
También para calmar el dolor. Para mí, y diría que para cualquiera, es un imprescindible cuando tienes un dolor insoportable —dijo señalando su pierna con la mano que ocupaba el odre—.
Y, por último, cuando quiero olvidar y no pensar, y no tengo otra opción a mi alcance.