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Teima: obsesión o fijación por algo.
No había sido una pesadilla.
No había sido una alucinación. Ya tenía claro que lo que veía eran recuerdos, con todo lujo de detalles, y volví a verlos, a experimentarlos, segundo por segundo, palabra por palabra, y con detalles que no había visto la primera vez.
Con más rabia, miedo y dolor. Me entraron ganas de vomitar al volver en mí.
Los ojos llorosos y la garganta irritada.
Temía que pudiera haber hablado de más. Porque no podía, no todavía, no sería capaz de contarlo.
No por vergüenza, sino por miedo. Miedo a desilusionar a Clara si me creía, o a enfadarla si, por el contrario, pensaba que me lo estaba inventando o que no podía ser verdad.
No podía hacerle eso. Ni arriesgarme a perder a mi principal apoyo.
Además... Sabela no me había dejado verlo todo. Era lo suficiente para sentir un malestar físico y mental inexplicable. Algo le había sucedido y, si bien quería entenderlo y descubrir lo que todavía me ocultaba, me aterrorizaba conocer la verdad.
De nuevo, en casa de Alma, después de tomar su misterioso brebaje, sentí lo mismo que vi en aquel sueño.
Alma estaba frente a mí, agarrando mis manos para transmitirme tranquilidad, para recordarme que estaba a salvo.
La miré agradecida, había encontrado en ella una nueva persona en la que confiar en ese lugar y quería descubrir todo lo que fuera capaz de enseñarme.
Parpadeé varias veces para acostumbrarme a esa penumbra.
Alma tenía las contraventanas cerradas para que ningún curioso pudiera ver lo que ocurría en el interior de su casa a altas horas de la madrugada; por eso aquella sala estaba a oscuras, a excepción de las pequeñas velas que nos rodeaban.
Al menos, esta vez, el espacio me pareció más acogedor.
No pude evitar preguntarme la cantidad de recuerdos que Sabela tendría de aquella casa, seguro que muchos más de los que podría dejarme ver.
En comparación con la casa de Clara, que era mucho más práctica y ordenada, la de Alma contaba con multitud de detalles, pequeñas figuras de madera, estanterías llenas de tarros y telas de colores decorando las paredes.
Todo ello le daba una personalidad única.
Después de beberme de un trago el contenido del vaso, había cerrado los ojos y seguido la voz de Alma.
Me transportó de nuevo a aquella noche de verbena y baile.
El mismo forcejeo, la lascivia y esos ojos llenos de brutalidad de Kael.
Lo mismo que había visto en mi sueño y que habría deseado que hubiera sido solo una pesadilla.
Pero cuando pensaba que despertaría, por desgracia, la visión continuó.
Las imágenes y voces se mostraban distorsionadas, pero el tacto, las sensaciones y el...
dolor eran nítidos. La respiración acelerada, el corazón que me iba a salir del pecho y la mente nublada por el miedo eran sensaciones y recuerdos reales.
De repente, abrí los ojos. Sentí cómo las lágrimas humedecían mis mejillas.
Una sensación me embriagó, me estaba arrepintiendo de querer recordar por si no podía enfrentarme a la verdad.
Clara y Alma me miraban intrigadas, preguntándose qué era lo que había visto.
No encontraba la voz, y, sin embargo, necesitaba hablar, contar algo que fuera real, que pudiera apartar esas sensaciones de mi cuerpo.
Pensé en la visión, en Clara bailando con ese chico.
—Clara, ¿Roi fue... es...?
Abrió los ojos como platos y se puso colorada.
No me había atrevido a sacar el tema antes; esperaba que algún día saliera de ella o se me diera la oportunidad de preguntarle sin sonar demasiado impertinente.
Clara nunca me había hablado de ello y yo tampoco me había atrevido a preguntar.
Ero mencionó un abandono, pero no sabía nada más.
Por eso, aunque no podía olvidar lo que acababa de sentir y mi cuerpo no paraba de temblar, extraje de ese recuerdo lo único bonito que pude: Clara bailando feliz con un hombre que supe que se llamaba Roi.
Su mirada de sorpresa y vergüenza se llenó de un brillo triste. Sus ojos se enrojecieron y noté cómo se formaba una capa acuosa sobre ellos.
—No fue fácil—. Le temblaba la voz al hablar.
Me dolió haber tenido que recurrir a preguntarle sobre ese tema tan privado como excusa para evitar hablar de lo importante, lo que realmente había visto y que, si no cambiaba todo, al menos amenazaba con hacerlo.
—Éramos unos niños. Pero nos queríamos, al menos yo le quería con locura, y cometimos una estupidez.
Cuando tuve el retraso, solo se lo conté a él.
Me prometió que nos casaríamos. —Me miró con esos ojos tristes que tanto odiaba ver en ella—.
Nadie más lo supo, porque no tenía a nadie más a quien confiarle mi secreto.
Sabela... ya no estaba y no sabía qué otra cosa hacer.
Me di cuenta de que Clara llevaba mucho tiempo sin tener a nadie con quien compartir las preocupaciones de su vida. Me alegré de que viera en mí a una confidente, aunque me entristeció que Sabela no hubiera podido estar a su lado.
—Todo fue muy rápido. Vino a mi casa a pedir mi mano a mi padre.
Insistimos en que queríamos que fuera lo antes posible para evitar explicar el verdadero motivo.
Estaba entusiasmada, Estela. Llevaba meses de luto, de dolor tras la pérdida de Sabela, tu pérdida.
Ella no estaba, no tenía a nadie y él fue mi único apoyo.
Todavía no sabía cómo me hacía sentir que Clara se dirigiera a mí como una mezcla de Sabela y yo misma.
Resultaba natural, pero al mismo tiempo me creía una impostora, un fraude.
Los recuerdos estaban ahí, y los sentía muy de cerca, reales, aunque no dejaban de ser los recuerdos de otra persona.
Pero la forma en la que me miraba y se dirigía a mí hizo que no quisiera corregirla.
Si ella veía en mí a su amiga, a su hermana, yo lo sería por ella.
—Y por fin vi un rayo de luz, de esperanza.
Y en una semana nos casamos. Fue algo íntimo, con nuestros padres y hermanos.
Ni en mis mejores sueños. Pasamos la noche de bodas juntos, felices, queriéndonos, hablando del futuro que nos deparaba y, sencillamente, a la mañana siguiente, él...
desapareció. Se esfumó. Huyó del pueblo.
Ni siquiera su familia volvió a saber de él.
Mi padre hizo que le buscaran, argumentando que era cuestión de honor, aunque por entonces aún no sabían que estaba en cinta, por eso contárselo sabiendo que Roi no iba a volver fue todavía más duro y vergonzoso.
Pero, por suerte, me apoyaron en cada decisión.
Alma y Ero también estuvieron ahí todo el tiempo, cuidándome.
Sin darme cuenta, noté cómo unas lágrimas me caían por las mejillas. Nos fundimos en un abrazo lleno de cariño. Alma se levantó de su silla y nos acompañó. Me siguió hablando de su embarazo, del parto, de los niños y de cómo fue criarlos sola. Aunque nunca se sintió sola del todo.
—Tanto mi familia como el pueblo se volcaron conmigo para cuidarlos y criarlos. Siempre estaré agradecida por eso. Por supuesto que había personas que me miraban mal. ¡Como si fuera mi culpa! Como si yo hubiese hecho algo malo...
Sentí lástima, de alguna manera sentí no haber estado allí. Me hubiera gustado ayudarla, acompañarla, ser el apoyo que seguro había sido Sabela para ella.
Perdimos la noción del tiempo hablando, y cuando vimos que ya entraba algo de luz por las rendijas de las contraventanas, nos despedimos y caminamos deprisa de vuelta a casa. No nos quitamos la capucha hasta cruzar el umbral de la puerta, asegurándonos de que nadie nos hubiera visto.
Desayunamos algo rápido y pronto Clara se marchó a la taberna con los pequeños, invitándome a ir a verla más tarde. Acepté sin dudar.
Me quedé sola en la casa y volví a mi habitación.
Me sentía agotada. Antes los sueños comenzaban a perder detalle según iba pasando el tiempo, y muchas veces, si no los apuntaba, al cabo de unas horas eran casi un espejismo.
Pero eso no era lo que pasaba con los recuerdos recuperados.
Seguía con las imágenes, sensaciones, sonidos y olores clavados tras los párpados, impidiendo que me relajara y que me durmiera de nuevo.
Rendida, me levanté. Quería ver a Ero, estar con él, preguntarle cómo se encontraba.
Era angustioso no poder contactar con él sin tener que vernos en persona.
Y no quería arriesgarme a volver a salir sin avisar a nadie, no quería levantar más sospechas o comentarios.
Salí de la habitación. La casa no era pequeña, pero ya me conocía cada esquina, cada pequeño mueble, cada piedra, todo.
Me costaba enfrentarme a la soledad, al aburrimiento.
Un golpe sordo me sacó de mi ensimismamiento.
—Veo que ya estás recuperada —afirmó Kael con tranquilidad.
Las náuseas volvieron y la vista se me nubló; sentía que podía desmayarme ahí mismo. Tenía que disimular. Me apoyé sobre una pared como pude. Agarré mi colgante, cerré y abrí los ojos rápidamente y respiré profundo.
—Me siento un poco débil aún. —Mi voz sonaba muy floja, casi sin fuerza.
Necesitaba salir de allí, sentía que me faltaba el aire, pero tampoco podía desaparecer sin más.
—Iba a ver a Clara, si no hay... si no hay ningún problema. Creo que tomar el aire me vendrá bien.
Me miró con preocupación. Seguía viendo parte del Kael en el que llegué a confiar, y eso incluso me hizo dudar de lo que sentía, pero no contrarrestaba el miedo e inseguridad que me infundía en ese momento. «Quizá se arrepintiera», «quizá había cambiado», pensaba.
Tenía sentimientos encontrados. Siguió mirándome y comenzó a aproximarse a mí. Yo seguía apoyada en la pared y no tenía más espacio para alejarme. Me apartó el pelo de la cara y lo colocó detrás de la oreja.
Cómo un mismo gesto podía sentirse tan diferente en otras manos.
Sentí su aliento caliente contra mi oreja cuando habló.
—Todavía tenemos una cena pendiente.
Me desinflé cuando se hizo a un lado, noté toda mi piel erizada. Me intimidaba y pensaba que sería imposible que no lo hubiese notado.
—Corre, adelante —añadió.
Quería moverme, pero mis piernas no respondían.
—¿No querías salir a la calle? Corre a ver a Clara. Pero trata de no desviarte por el camino. —Su voz sonó como una advertencia—. Creo que me entiendes.
Y caminó hacia su habitación.
Conseguí moverme y salí de la casa antes de que pudiera cruzarme con él de nuevo.