32
Tarde piaches: llegas tarde.
Mi mente no paraba de repetir en bucle lo que acababa de pasar.
La ventana estaba ligeramente abierta y dejaba entrar una suave brisa.
Efectivamente, el calor que sentía tenía un origen muy diferente.
No era capaz de relajarme ni conciliar el sueño después de esa conversación, después de ese momento tan...
especial. Para él no debió de suponer ningún problema, pues enseguida comenzó a respirar con profundidad, señal de que se había dormido, así que yo subí a la cama de nuevo.
Habría jurado que no había dormido en toda la noche, como cuando eres consciente de haber mirado todas las horas del reloj de madrugada, sin embargo, el fuerte golpe a la puerta me despertó asustada.
Y no solo a mí, Ero estaba tratando de levantarse a duras penas del suelo.
Me fijé en que su pierna estaba hinchada.
—Quieto ahí. ¡Ya voy!
No le iba a dejar levantarse, no en ese estado.
Corrí hacia la puerta y, antes de llegar, vi cómo alguien la abría desde fuera.
—¡Voy a entrar! —dijo una voz femenina con urgencia.
Me tranquilizó ver que Clara era quien estaba al otro lado.
—¿Estela?
No me dio tiempo a reaccionar, saltó a rodearme con los brazos en un fuerte abrazo.
—¿Cuándo...? ¿Cómo...? —Las preguntas se ahogaban en su voz llena de nerviosismo—. ¿Por qué...?
Me miraba ahora confundida, alterada, con evidentes preguntas que querían brotar de su boca. Me sujetaba por los hombros incrédula, parecía no esperar verme allí. No comprendía por qué parecía tan sorprendida.
—¿Has pasado la noche aquí?
De golpe, entendí que no le preocupaba solo que hubiera «dormido» allí.
—No..., no es lo que parece —me excusé.
—¿Has o no has pasado la noche en esta casa?
—Esto... —balbuceé.
—Puedo explicarlo —dijo una voz a mis espaldas.
Sin saber cómo, Ero se había levantado y estaba apoyado en la pared detrás de mí. Su aspecto era bastante lamentable y sentía mucha pena por él.
Clara me rodeó y se aproximó hacia Ero.
—Madre mía, estás hecho un estropicio, ¿acaso fuisteis a un campo de batalla y no me he enterado?
Ero llegó cojeando a sentarse en la silla más cercana y comenzó a hablar.
Omitió algunas partes, como mi desmayo o que habíamos dormido en la misma habitación.
Quizá exageró un poco su estado para justificar la necesidad de que yo hubiera pasado la noche ahí.
Insistió en que fue él quien me pidió que me quedara, asumiendo toda la responsabilidad de lo ocurrido.
El rostro de Clara era todo un poema. Su vista iba de mí a Ero y de Ero a mí continuamente, con expresiones variadas que me costaba interpretar. No le interrumpió y, cuando terminó, no hizo ni una sola pregunta.
—Gracias por contármelo. Sabéis que yo no tengo ningún problema en creeros, confío totalmente en vuestra palabra...
—¿Pero? —inquirió Ero.
—Kael. Estaba hecho una furia. Parecía más preocupado por lo que la gente pudiera pensar al saber que había perdido a su acogida que por su acogida en sí. No sé si será tan comprensivo.
—Tendrá que escucharnos —afirmó Ero, tratando de levantarse.
—Será mejor que no vengas. Apenas puedes caminar y, sabiendo lo ocurrido, puedo tratar de hablar yo con él. ¿Necesitas recoger algo? —me preguntó Clara directamente.
Negué con la cabeza, estaba muy nerviosa por la reacción de Kael. Traté de calmarme al notar la mirada de Ero llena de preocupación.
—Deberíamos volver ya. Todavía no habrá salido de casa.
Clara me agarró de la mano y tiró de mí hacia la puerta.
—Estela —escuché la voz de Ero, baja, grave.
Me giré. Me estaba mirando con esa intensidad que me dejaba sin aliento.
—Gracias.
Sonreí y asentí, esperando que mi expresión dijera lo que no podía pronunciar en voz alta: ojalá no vuelvas a alejarte de mí.
Salimos rápidamente.
Fue raro después de la conversación que habíamos tenido por la noche, pero al menos sentía que lo habíamos solucionado.
Que ya no volvería a evitarme, o si lo hacía, podría llegar a entender sus motivos.
Aunque de verdad esperaba que no lo hiciese de nuevo, me había dejado acercarme a él y sabía que no quería volver a sentir que me evitaba.
No quería volver a sentirme lejos de él.
Al entrar por la puerta, Kael estaba atándose una de sus botas.
—He conseguido que los guardias vecinos se sumen a la búsqueda, así podremos abarcar más territorio y encontrarla cuanto ant...
Levantó la cabeza y se sorprendió al encontrarme al lado de Clara.
No era una expresión alegre la que cruzó su rostro.
Soltó un suspiro que sonaba más a indignación que a alivio.
Se levantó y se acercó a mí. Me agarró la cara y me la levantó sujetándome de la barbilla, haciéndome girar la cabeza.
Después me cogió primero del brazo izquierdo y luego del derecho, inspeccionando mis manos.
—¿Me va a decir alguien qué ha pasado o me lo tengo que imaginar?
—Quizá deberías volverte a sentar —empezó Clara—. Pero lo importante es que Estela está bien y ha sido solo un contratiempo. Estela, cielo, puedes ir a descansar, seguro que estás agotada.
—No, que se quede. Quiero escuchárselo decir a ella.
No entendía por qué contar algo que era bastante normal e inofensivo, si bien accidentado, me hacía sentir tan nerviosa y...
culpable. Quizá era la forma en la que Kael me miraba.
Me juzgaba, aunque no fuera consciente de ello, con los brazos cruzados y su gesto serio e impasible, con ese toque de superioridad que solía mostrar.
Parecía molesto, más que de costumbre. Entonces comprendí de inmediato el motivo de su reacción.
La cena.
Kael me había invitado a cenar con sus padres. Una presentación más formal después de todo ese tiempo. Y yo no solo había desaparecido, sino que además aparecía al día siguiente después de esfumarme sin dar explicaciones.
Y con Ero.
Comencé las explicaciones basándome en lo mismo que había dicho Ero, suavizando algunas partes para que su notable enfado no fuera a más.
Al terminar, se quedó pensativo unos instantes mirando al suelo con los brazos apoyados en las rodillas. Parecía convencido, pero no satisfecho. Se levantó y caminó hacia la puerta y, sin girarse a mirarnos, habló por fin.
—Alguien tiene que decir a los hombres que dejen de buscar. Y no les hará ninguna gracia que todo su esfuerzo haya sido para nada —reprochó.
Nos quedamos las dos plantadas mirando cómo cerraba la puerta con un golpe brusco. Había sido incómodo, desagradable y, sin duda, había molestado a Kael, aunque parecía haberlo entendido.
Después de todo, no pudimos evitarlo y soltamos la tensión acumulada con risas seguidas de un silencio más relajado.
Me sentía agotada, física y mentalmente.
Clara me sirvió algo de comer, no me importó que fuera temprano, estaba hambrienta y me habría comido cualquier cosa.
Sentí que, de forma paulatina, la energía volvía a mi cuerpo.
Ella se sentó delante de mí, mirándome mientras me terminaba el plato.
En silencio. El silencio en Clara nunca era casual.
—Así que pasaste la noche fuera, con Ero... —empezó.
La cadencia con la que terminó esa frase me puso nerviosa. Evidentemente, había muchos detalles que le había ocultado, aunque suponía que no por mucho más tiempo. Pero no había pasado nada que no pudiera contar. ¿No?
—Ya he escuchado la historia caballeresca que contó Ero. Confío en que haya sido suficiente para convencer a Kael, pero a mí no puedes engañarme. —Sonrió, divertida—. Sé que hay mucho más detrás de lo que nos habéis contado. Puedo verlo en tus ojos.
No podía negar que Clara era una de las personas más espabiladas que había conocido.
Ella sabía mis secretos y no había dudado de mí en ningún momento.
Le debía sinceridad, aunque ella esperaba una historia mucho más interesante que la auténtica.
Quizá lo que había pasado era mucho más patético, ridículo y vergonzoso que la historia que ella quería escuchar de mí.
Suspiré, preparada para hablar.
—Me habló de una promesa. Una que sentía que estaba rompiendo. Por eso comenzó a mostrarse distante conmigo.
Seguía confundida y muy, muy perdida, pero exteriorizar mis pensamientos siempre me había ayudado a aclarar mi mente o, al menos, a ver las cosas con algo de perspectiva.
—Contigo, Clara, es como si te conociese de toda la vida. En parte resulta que es así. ¿No?
Reí.
—Pero con Ero... A pesar de ser la única persona que reconocí al principio, es como un papel en blanco para mí.
Cada palabra, cada frase, cada pregunta, cada roce...
es como una prueba, una prueba que siento que no voy a poder superar.
Sé que Sabela está ahí, que es el motivo por el que yo he llegado aquí y, con total seguridad, será la clave para regresar, pero, aunque pueda sonar egoísta, me asusta.
—Mi voz tembló al atreverme a decir aquella verdad—.
Me asusta porque me hace sentir una intrusa en mi propio cuerpo, me hace dudar de mis pensamientos; ya no sé si son míos o suyos. No sé si mis sentimientos son reales.
—¿Sentimientos? —preguntó.
Siempre me costaba hablar de lo que sentía, pero con Clara era tan fácil. Ni siquiera yo misma tenía muy claro a qué me refería, pero seguí hablando para ordenar mis ideas.
—Quizá no los veía o quería fingir que no existían.
Pero han estado siempre delante, desde la primera vez que sentí que a su lado el tiempo volaba.
—Me sorprendió admitirlo—. Siempre han estado ahí.
Cuando me entristeció que se hubiera alejado de mí.
Cuando fui enfadada hasta su casa en busca de explicaciones. Cuando quiso sincerarse.
«Cuando entré en su habitación para sacarlo de una pesadilla. Cuando me pidió que me quedara a su lado para pasar la noche. Cuando deseé que me besara». Tragué saliva al recordarlo y bajé la mirada.
Vi de reojo cómo se formaba una sonrisa en el rostro de Clara.
—Ero me confesó el motivo por el que había estado distante, el porqué de no poder estar cerca de mí. Me dijo que prometió amor eterno a Sabela y que se había prometido a sí mismo no volver a estar con una mujer. Se alejó de mí porque creyó que estaba incumpliendo esa promesa.
—¿Y tú qué sientes?
¿Qué sentía? Sentía que toda mi vida había estado buscando algo, aunque no sabía muy bien el qué, y que, cuando llegué aquí, cuando lo conocí aquel día en la taberna, lo encontré de golpe. Algo en mí se encendió, porque fue entonces, frente a Clara, cuando me di cuenta.
Pensé de nuevo en la noche anterior. Los nervios, la impaciencia, el miedo a dar un paso en falso.
La forma en que poco a poco la tensión fue desapareciendo al sentir su piel sobre la mía.
Recordé sus manos acariciando mi mejilla.
De manera inconsciente, me vi tocándome justo donde me había tocado él.
—Da igual lo que crea que sienta. Si no sé diferenciarlo de lo que siente o sentía Sabela, no me sirve de nada.
—¿Y cuál es la diferencia?
—¿Cómo?
—Aunque parezca una locura, si Sabela vive en ti, muy probablemente todos seamos el eco de alguien del pasado.
Con la única diferencia de que tú has tenido la fortuna de saberlo.
—Clara me agarró las manos con fuerza—. ¿Quiere decir eso que mis sentimientos, o los sentimientos de todo el mundo, son falsos? Yo diría que no.
Paró y soltó una risa aspirada.
—No me creo que esté diciendo esto. Porque, si es verdad, va en contra de lo que creía hasta ahora. Espero que Dios no me lo tenga en cuenta, porque esto es mucho más real que la misma Biblia.
Se santiguó.
Quizá tenía razón. Era cierto que al pensar en mi infancia me venían recuerdos solapados, recuerdos que, aunque eran de Sabela, los sentía como míos.
Tampoco notaba que mi personalidad hubiera cambiado.
Quizá lo que había cambiado era que ahora podía ponerle nombre o darle sentido a presentimientos o intuiciones que antes no entendía.
Clara siempre me había transmitido una confianza brutal y, en ese momento, supe que quizá el motivo era mucho más trascendental que una simple coincidencia.
—No te imaginas lo complicado que es estar en mi cabeza ahora mismo. Estoy tan perdida. Me da miedo lo que pueda recordar.
Porque, ¿y si recordar toda una vida me superase? ¿Y si recordar toda una vida me hiciera no querer regresar a la mía? Tomé aire.
—Y, a pesar de eso, quiero saber más de ella, rellenar los huecos que me faltan para entenderla y poder saber mejor lo que pasó.
Vi cómo Clara asentía varias veces con la cabeza mirando a un punto fijo. Estaba pensando.
—Creo... —comenzó a decir, pero paró de golpe y miró a su alrededor, como si temiese que alguien pudiera oírnos—. Te necesito hoy en la taberna. Adelantaremos trabajo para poder regresar más temprano a casa y acostarnos pronto.
—¿Por qué? —pregunté confusa por aquel cambio repentino en la conversación.
Clara parecía nerviosa, pero la noté convencida.
—Toca que repitamos una visita muy especial en la madrugada.