31 #2
unos doce años. Aunque es un pueblo bastante grande, todo el mundo se conocía y me costó hacer amigos.
Me pasaba casi todo el tiempo ayudando a mis padres con la mercancía, principalmente telas, botones y productos así.
Veía por el pueblo a otros niños de mi edad, pero nunca me atrevía a hablar con ellos.
Sonaba triste, nostálgico. Como si aquel discurso hubiera dado muchas vueltas por su cabeza y por fin estuviera preparado para decirlo en alto.
—Sabela fue la primera en acercarse y nunca volvimos a separarnos.
Con el paso del tiempo nos convertimos en algo más que amigos.
Era un secreto a voces, aunque nunca lo hicimos oficial.
Le hablaba de los lugares que había visitado con mis padres antes de asentarnos en Luarela, pues era la primera vez que nos quedábamos tanto tiempo en un mismo sitio.
Como yo ya era mayor, podían hacer viajes largos sabiendo que me valía por mí mismo y que podía encargarme de la casa y del negocio.
Sabela y yo hablábamos de que en el futuro visitaríamos esos lugares juntos.
Que nos casaríamos, tendríamos hijos..., que formaríamos una familia —suspiró—.
Pero supongo que la vida es caprichosa y no siempre nos permite tener lo que queremos.
No sabía muy bien adónde quería llegar con todo eso.
Sentía que llevaba tiempo guardándoselo.
El pecho me latía a toda velocidad, una mezcla de ganas y miedo de saber lo que iba a decir.
Me entristecía, pero él confiaba en mí para contarlo y me aferré a eso.
Notaba el dolor en sus palabras y solo deseaba hacerlo desaparecer.
—Me la arrebataron. No pude hacer nada por salvarla.
Cada día me castigo por ello. No creo que pueda perdonármelo nunca.
Me prometí que jamás estaría con otra mujer.
—Se frotó la barba, inquieto—. Estaba convencido de que no encontraría a nadie igual, a nadie como ella.
Pero un día apareciste en mi vida. —Me miró y noté el esfuerzo que estaba haciendo para sincerarse—.
Comencé a pasar tiempo contigo y una noche, al ir a dormir, me di cuenta.
Por primera vez en años había pasado un día sin pensar en ella.
Una explosión estalló dentro de mí. La tensión, la inseguridad y la incertidumbre se evaporaban, haciéndose más y más pequeñas. Y, como fuegos artificiales, la euforia arrasó cada célula de mi ser.
Le temblaba la voz al hablar.
—Aunque fuera por un día, me hiciste olvidar mi tristeza y mi dolor. Recordé lo que era reírse y disfrutar de la compañía de otra persona. De otra... mujer.
Su sinceridad me asustó y enterneció a partes iguales. Triste y pletórica al mismo tiempo. Ero no me odiaba, sino todo lo contrario. Me sentí halagada.
—Y me arrepentí profundamente. —Bajó la voz.
Sus palabras me alarmaron.
—Sentía que la estaba traicionando. Que no estaba siendo capaz de cumplir la única promesa que me había hecho tras su muerte.
—¿Crees que eso es lo que le habría gustado a ella? —solté sin pensar.
Quizá podía sonar egoísta, pero no era justo que sintiera esa culpa por un motivo así.
No le di tiempo a responder.
Me dolió que pensara de esa forma. Sentí el impulso de bajarme de la cama y ponerme a su lado. Me había acostumbrado a la oscuridad y veía lo suficiente como para poder clavar la mirada en la suya. Sentía que lo que iba a decirle era importante, de esas cosas que se necesitan decir a la cara.
—¿De verdad piensas que ella desearía que pasaras el resto de tu vida así? ¿Solo? ¿Perdiendo la oportunidad de rehacer tu vida y ser... feliz?
Suspiró.
—No... no lo entenderías —respondió, apartando la mirada.
Se sorprendería de las cosas que empezaba a comprender. De hecho, pensé que el que no las estaba asimilando era él.
—Inténtalo —insistí de todos modos—. Si te importo, demuéstramelo.
Ero me miró y, en aquella penumbra, pude ver una sombra de duda en sus ojos. Suspiró de nuevo.
—Pasado un tiempo desde que sucedió todo, Clara comenzó a insistir en que buscase a otra mujer.
Seguíamos muy dolidos, no me malinterpretes, el luto no se pasa nunca, pero entendía su motivación.
No sé cómo será en el lugar del que vienes, pero aquí cuando pasas cierta edad es prácticamente obligatorio casarte y tener hijos.
De lo contrario, la gente empieza a hablar y puede crearte una mala reputación.
—Sonaba decidido. Como si hubiese estado mucho tiempo esperando a desahogarse—.
Llegamos hasta a bromear con casarnos entre nosotros.
Ella y los mellizos tendrían la estabilidad que el malnacido que les abandonó no quiso asumir y yo me libraría de rumores.
Pero yo no la privaría jamás de encontrar un hombre que la quisiera de verdad.
A diferencia de la mayoría de las familias, la suya era, bueno...
, es muy romántica para esos temas, así que no tienen problema en mantenerla hasta que ocurra.
—Y tú también eres un romántico, ¿verdad? —intervine.
Soltó una pequeña risa por la nariz, dándome la razón.
—No podía imaginarme una vida con otra mujer. Yo..., nosotros estábamos convencidos de que estábamos destinados a estar juntos, que jamás nos separaríamos. No lo dudé ni un segundo, solo... lo sabíamos. Nos juramos amor eterno. Y desde entonces, desde que se fue, nunca he dudado de mi promesa.
Hasta ese momento no se había movido. Permanecía tumbado, con un brazo detrás de la nuca, la cabeza ligeramente elevada y la vista fija en la pared de enfrente. Entonces se giró para seguir hablando y clavó sus ojos en mí.
—No hasta que te conocí. No hasta que te tuve entre mis brazos en la orilla del río.
Su voz sonaba ronca; su tono, más serio, profundo y directo.
No parecía anecdótico como lo anterior. En el pasado, por menos, mucho menos, me habría lanzado a los brazos de cualquier hombre que me hablara así.
Sin embargo, con él me quedé petrificada.
Sus palabras calaron en mí, derritiéndome, convirtiéndome poco a poco en una masa gelatinosa.
Pero seguía ahí, sentada, mirando a un hombre que me confesaba no haber sentido nada por nadie más que por su novia muerta hasta que me conoció.
No era cualquier confesión. Debía medir muy bien qué decir a continuación.
Me habría encantado consolarle reconociéndole que en parte no estaba faltando a su promesa.
Sabela y yo éramos una, aunque todavía me costaba procesarlo y no pensar en ello como un síntoma de que estaba perdiendo la cabeza.
La culpabilidad me aprisionaba. Mientras él me abría su corazón, yo ocultaba mi verdad.
Una verdad que cambiaría por completo la imagen que él se había formado de mí.
Me sujeté el collar tratando de encontrar una respuesta, una reacción que no le ofendiera.
Seguí en silencio. No sabía qué responder. Ero no dejaba de mirarme. Al cambiar su postura para sentarse se quejó de dolor, pero consiguió moverse para acercarse un poco más a mí.
El tiempo se paró. Tenía el pulso disparado; nuestros rostros estaban cerca, muy cerca. Nunca habíamos estado tan cerca. No así. No solo eran nuestros cuerpos, podía sentir que algo más, algo etéreo, se materializaba en el poco espacio que nos separaba.
Mis ojos fueron directos a sus labios. Deseé que me besara.
Había escondido la culpa y la vergüenza en un rincón oculto.
No importaba nada más. No había dudas, no había sufrimiento, no había dolor.
Solo él y yo y el sonido de nuestras respiraciones aceleradas.
Dentro de una burbuja donde nada podría hacernos daño.
Levantó una mano y la acercó a mi cara. Su piel áspera me acarició la mejilla y cerré los ojos al sentirla. Luego, rozó mi mentón y pasó el pulgar por encima de mis labios. Cohibida, no pude seguir mirándolo a los ojos.
Volvió a acariciar mi mejilla y, con suavidad, sujetó un mechón de pelo entre sus dedos.
Estuvo a punto de colocarlo detrás de mi oreja, pero, para mi sorpresa, se lo llevó a la nariz, aspirando mi aroma.
Tragué saliva y él devolvió su mano a mi barbilla, haciéndome levantarla para que le devolviera la mirada.
—Quizá tengas razón —susurró.
Y volvió a su lugar, se tumbó, se puso la manta por encima y cerró los ojos.
¿Razón?
¿En qué?