31
Sentidiño: actuar con cabeza.
La cabeza me iba a explotar. Pocas veces había deseado tanto tener un ibuprofeno con el que calmar el dolor. Era tarde, la ropa seguía húmeda y solo deseaba ponerme algo seco y acostarme.
—Deberías dormir. Te ayudaré a llegar a tu cuarto —susurré.
Él también necesitaba reposo. Ero aceptó sin excusas y lo acompañé. Parecía muy débil. Dejó caer más peso sobre mí del que había notado en el camino de regreso. No podía seguir disimulando.
—¿Necesitas... que te ayude a cambiarte?
Tardó en responder. Estaba sentado en el borde de la cama con la cabeza apoyada sobre las manos.
—Eh... no, estoy bien. Gracias, puedo solo. En ese armario hay ropa limpia, coge lo que quieras para cambiarte. Por la mañana lo tuyo ya se habrá secado.
Lo abrí. No había muchas opciones, así que cogí la primera camisa que vi. Parecían todas iguales.
—¿Tienes alguna manta o similar para poner sobre el suelo?
Me miró confundido.
—¿Cómo? No te voy a dejar dormir en el suelo.
Temblé.
¿Quería que durmiese en su cama? ¿Con él? ¿A su lado?
—Al otro lado del pasillo hay otra habitación. La uso de trastero, pero hay una cama que será mucho más cómoda que el suelo. Eso te lo aseguro.
Se quitó la ropa y, como no quise parecer descarada, me dirigí a la puerta con rapidez para que no malinterpretara mis intenciones.
Se tumbó del todo y se arropó con las sábanas.
—Buenas noches. Si necesitas algo, llámame. Es lo mínimo que puedo hacer si voy a pasar la noche aquí.
—Gracias, buenas noches. Descansa tranquila. Ya has hecho demasiado por mí.
Me giré, dándole la espalda.
—Espera.
La miré.
—Lo siento. Ojalá puedas perdonarme.
No me salieron las palabras. Hice un leve gesto con la cabeza y salí, cerrando tras de mí. Entré en la habitación que me había indicado y me apoyé en la madera. Sentí que respiraba de nuevo.
Me di cuenta de que lo había perdonado en el mismo momento en que había visto la desesperación en sus ojos cuando Mendoza me llevó a hablar con él. La forma en la que se disculpó no me hizo perdonarle por haberme ignorado los últimos días.
No.
Con sus ojos suplicantes había conseguido que le perdonase cualquier pecado que estuviera dispuesto a cometer, en esta o cualquier otra vida. Me aterrorizó tenerlo tan claro, pero así era.
Agité la cabeza, tratando de alejar ese pensamiento.
Miré a mi alrededor. Había alguna caja y objetos varios, además de la cama, pequeña y pegada a la pared.
Me cambié y me puse la camisa seca. Dejé mi ropa empapada en una silla que había en la esquina y me metí bajo las sábanas.
Apreté los párpados con fuerza intentando atraer al sueño, buscando algún alivio al dolor que me apretaba las sienes.
Me costó conciliar el sueño. No encontraba la postura ideal, daba vueltas, con calores y escalofríos irregulares que hacían que me arropase y destapase todo el rato.
Al final, sin esperarlo, me dormí. Tuve claro que estaba soñando, pero esta vez fue diferente.
Veía flashes, escenas, caras inconexas. Algunas las reconocía.
Vi a Clara peinándome entre risas, recogiendo mi pelo en una trenza.
De repente, la escena cambió, ahora estaba con Alma, sentadas, comiendo a solas.
Supe que eran recuerdos, recuerdos de Sabela, pero los sentí como míos.
Recordaba los olores, las sensaciones, incluso las conversaciones como si fueran pequeñas ventanas de mi memoria que se iban desbloqueando, volviéndose más y más nítidas.
Alma removiendo una olla grande. Ero caminando por el bosque.
Todo iba demasiado rápido, y entonces, la imagen volvió a cambiar.
Frío, oscuridad. Cadenas. Volvía a estar atada.
Con lo que había empezado a recordar y lo que había ido descubriendo, sabía dónde estaba.
Los calabozos donde llevaban a los acusados...
y a los condenados. Aunque no era real, hice esfuerzos por soltarme.
Mi cuerpo volvía a pertenecerme, porque, en realidad, siempre había sido así, solo que ahora, por primera vez, lo entendía.
Escuché unos pasos y después vi cómo la reja se abría.
Alguien se aproximaba. Ya estaba preparada para lanzar mi mirada de desprecio, pero la sustituyó una mueca de confusión porque aquel hombre no era Mendoza.
No distinguía su rostro, pero la persona que entró no vestía con las prendas del inquisidor.
Los anillos ya no estaban. Era un hombre, pero no lo distinguía.
Se acercó a mí; llevaba algo en las manos.
¿Un plato? ¿Una bandeja? Comenzó a hablar, pero no entendí lo que decía.
Eran palabras sin sentido que se distorsionaban.
Todo pasó a estar oscuro y, entonces, llegó el calor y el dolor y un ruido; un estruendo indescriptible.
Entendí que estaba oscuro porque no podía abrir los ojos, los apretaba con fuerza, y el dolor siguió y aumentó hasta que era absolutamente insoportable, hasta que paró y llegó la calma producto de la ausencia de cualquier otra sensación, que rápidamente se transformó en una neblina borrosa.
Me desperté agitada. Me faltaba el aire y estaba cubierta de sudor.
Me toqué la frente, alarmada. No, no tenía fiebre y el dolor de cabeza había desaparecido.
Miré por la ventana. Todavía quedaban horas para el amanecer.
Cerré los ojos con intención de volver a dormirme, pero de pronto percibí las paredes y el techo demasiado cerca.
La habitación se volvió muy pequeña de repente y necesité salir de allí.
Traté de no hacer mucho ruido al salir por la puerta.
Busqué la jarra para servirme un vaso de agua.
Me encontraba mejor, y al regresar al dormitorio me inundó un pensamiento.
Me quedé mirando la puerta de Ero y entré.
Abrí con cuidado. Me tranquilizó ver que dormía, pero, al observarlo con atención, noté que respiraba de forma acelerada y balbuceaba frases ininteligibles.
Me asustaba despertarlo, pero más me preocupaba verlo así.
Me senté en el borde de la cama y le moví un poco el hombro.
—¿Ero? Estoy aquí. Estás bien, no pasa nada —susurré.
No pareció funcionar. Le sujeté la cara con suavidad.
—¿Me escuchas? Está todo bien, no te...
Seguía dormido, estaba convencida. Mantenía los ojos cerrados con fuerza, pero, en un movimiento rápido, tiró de mí y me encerró entre sus brazos.
Pareció tranquilizarse al instante. Dejó de hablar y su respiración volvió a la normalidad.
Pero ahora yo estaba atrapada y no me atrevía a moverme ni un milímetro.
Aflojó un poco el agarre y pude girarme, quedándome de frente a él.
Su expresión se había suavizado y parecía relajado.
Verlo así me daba paz. Sin saberlo, estar así también me ayudó, pues empecé a sentir cómo el sueño volvía a mí.
Mis párpados pesaban. Un cambio en su respiración me hizo abrir los ojos de nuevo, y los otros ojos que tenía delante me miraban confundidos.
Se me subió el estómago a la garganta.
—¿Estela? ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo...?
El frío llegó a las zonas donde Ero me rodeaba antes de separarse. Después de frotarse los ojos, me miró de arriba abajo para asegurarse de que, efectivamente, estaba ahí. A su lado. Se incorporó, apoyándose sobre un codo, pero sin llegar a separarse.
Me aparté avergonzada.
—No podía dormir y vine a ver cómo estabas.
—¿Y decidiste tumbarte en la cama conmigo?
Quería sonar indignado, pero no pudo ocultar una sonrisa sugerente mientras hablaba.
—¿No era cómoda la tuya? ¿Querías asustarme?
—Perdón, esto... —comencé diciendo, pero... ¿por qué me disculpaba? Yo no había hecho nada—. ¡Has sido tú! Hablabas en sueños, parecía que lo estabas pasando mal y traté de despertarte y tú tiraste de mí. No he podido moverme hasta ahora.
Se tocó la frente y me alarmé.
—¿Te duele? ¿Te encuentras bien? —Acerqué mi mano para comprobarlo y me la apartó, agarrándome la muñeca.
—Estaba haciendo memoria sobre eso que dices y no recuerdo haber hecho tal cosa. ¿Hablar dormido? No sé yo. Creo que solo te estabas aprovechando de un pobre enfermo y herido.
Me indigné. Había bajado la guardia y él lo usaba para reírse de mí.
—Bueno, entonces no sé qué hago aquí todavía. Ya me marcho.
Me levanté para irme, pero algo me retuvo. La mano de Ero seguía sujetando mi muñeca.
—Disculpa. No quería pasarme de gracioso. Es posible que ocurriera. Estaba teniendo un mal sueño que no me dejaba descansar... y luego paró. —No me soltó—. Quédate, por favor. Solo esta vez.
Debió de notar mi expresión de vergüenza porque añadió:
—Puedes traer tu colchón, me tumbaré yo ahí. Me vale con que te quedes aquí, en la habitación.
Me quedé pensativa. Realmente no me importaba dormir allí si era en camas diferentes. Lo de antes había sido algo incontrolable, pero dormir juntos de forma voluntaria..., eso era otra historia. Sin embargo, no quería que pensase que era fácil de convencer.
—Con una condición.
No parecía que la fiebre hubiese vuelto o empeorado. Seguía herido, pero podía hablar.
—Lo que sea.
—Antes de que pasara todo esto dejamos una conversación pendiente. Desearía continuarla.
—De acuerdo.
Sin más palabras, me soltó la mano. Fui al dormitorio y saqué a rastras el colchón.
Ero ya me esperaba para hacer el intercambio.
No me importaba dormir en el suelo, pero le permití aquel pequeño acto de caballerosidad.
No le perjudicaría la pierna y él estaría convencido de que hacía lo mejor por mí.
Le ayudé a tumbarse y después lo hice yo. Me inundó su aroma por todas partes.
—Lo siento.
Me pilló de improviso que comenzara tan rápido.
—Por mi culpa estamos así, por mi culpa nos pilló la tormenta y tuvimos que caminar bajo la lluvia. Y por mi culpa viniste a buscarme. Si no hubiera sido tan estúpido...
—Ey, ey. Basta. No sirve de nada martirizarse. Acepto tus disculpas. Solo cuéntame por qué te comportaste así.
Tragó saliva. Tardó en comenzar a hablar.
—¿Sabes...? ¿Te ha contado Clara quién es Sabela?
Quién es, no quién era. Se me puso la piel de gallina. Me arrepentí de haberle pedido explicaciones, pues no sabía si estaba preparada para esa conversación.
—No pasa nada. Seguro que has oído hablar de ella. Es inevitable. No tienes que sentirte mal.
—Clara me habló de ella. Pero muy poco, lo... básico.
¿Lo básico? ¿Qué era lo básico? ¿Que la asesinaron? Qué estúpida debí sonar.
—Mis padres y yo llegamos a Luarela cuando yo tenía...