30
Treboada: tormenta con truenos y relámpagos.
Ero
Tenía la mente nublada. Lo único que sabía es que nos habíamos caído de Luz.
Y, por lo que comprobé, había huido. Silbé y la llamé, pero no regresó.
Estaba preocupado, pero sabía que volvería; siempre lo hacía.
Recordaba ver a un animal que se cruzó en nuestro camino.
Miré hacia los lados por puro reflejo. Si mi memoria no fallaba, era un lobo. No estaría solo. Volvería acompañado.
Miré a Estela, preocupado.
Se había desplomado en el suelo, pero ya había recuperado la consciencia y la ayudé a sentarse, apoyándola en un árbol.
Insistía en que estaba bien, que no era grave.
Sin embargo, respiraba de forma agitada y la frente le brillaba de sudor.
Había visto cómo se ponía blanca como la leche antes de caer. Me sentí culpable.
Sería eso... lo que ella llama..., ¿cómo era?
—Es solo ansiedad —me confirmó—. Estaré bien en un momento.
La ayudé a aflojar los cordones que apretaban su corpiño para que no se sofocara, deteniéndome más tiempo del decoroso en hacerlo. Ella no pareció notarlo.
Tenía una piel perfecta, tersa, sin manchas provocadas por el sol.
Me fijé en esa cadena plateada que siempre llevaba puesta, con una piedra, un cristal que reflejaba la luz que lo atravesaba.
Fuera el que fuera el lugar de donde venía, no provenía de una mala familia.
Esa piel, esas... manos no habían trabajado en el campo ni en el mar ni en el río en su vida.
Aunque su ímpetu, su valentía y su humor no parecían los de una joven doncella que no sale de su casa, mantiene la cabeza gacha y dice que sí a todo.
Traté de levantarme para ir al río, que lo escuchaba cerca, a por agua.
Al hacerlo, noté una punzada de dolor. Mi tobillo izquierdo, observé, estaba considerablemente hinchado.
Me molestaba la cabeza de nuevo y me toqué donde había sentido el golpe, pero, por fortuna, no encontré sangre.
Había visto los arañazos de los brazos y notado los de la cara, pero el sobresalto había ocultado la hinchazón de mi pie.
No parecía roto, pues había visto huesos rotos antes y ese no parecía uno de ellos, así que intenté levantarme otra vez. Estela me tiró del antebrazo.
—¿Te has hecho daño?
Sonaba asustada, sus ojos comenzaron a enrojecerse, parecía que iba a llorar. Me puse de pie sin que se notara la cojera.
—¿Ves? Estoy bien.
Caminé un par de pasos para que lo comprobara.
—¿Puedes saltar? —preguntó. Parecía que lo había conseguido, había frenado las lágrimas.
—Claro, mira.
Salté sobre mi pierna izquierda.
—Ahora con el derecho.
«Maldita sea», pensé, resignado. No se le escapaba una.
—Me has pillado. He debido caer mal y me duele un poco. Pero estoy bien, de verdad. No está roto.
—¿Cómo lo sabes?
—Si lo estuviera, no podría caminar. Aunque igual sí me vendría bien ponerlo en agua fría.
Di un paso hacia la orilla. Estela volvió a tirar de mí, dejándome en el suelo.
—No te muevas —me ordenó—. Déjame a mí...
Insistí, tratando de justificarme que me dejara continuar. La agarré ahora yo a ella para que no se alejara de mí.
—Aquí. Con tenerte aquí es suficiente.
Poco a poco, su respiración volvió a la normalidad y sus mejillas recuperaron su color rosado habitual.
La tranquilidad me inundó a medida que la tensión abandonaba mi cuerpo.
Entonces, la broma de ponerme de pie perdió la gracia.
El dolor se acentuó. Era agudo y se extendía hasta la rodilla y no pude ocultarlo.
Sentí cientos de agujas clavándose en mi pierna.
Apreté los ojos y me sujeté el tobillo tratando de aliviarme.
—Déjame ver.
Se levantó con rapidez y se colocó frente a mí. Observó la hinchazón de mi pie y luego, sin pedir permiso, trató de subir la tela del pantalón. Al ver que no cedía, me miró y, sin mediar palabra, la rasgó. Me fue tocando en diferentes puntos.
—¿Aquí te duele?
Negué con la cabeza.
—¿Y aquí?
—Sí, ahí sí.
—Vale... Mmm. ¿Y aquí?
—¡Has tocado en el mismo sitio!
—Tenía que confirmarlo.
Lo siguiente fue un punto en el que vi las estrellas. Me quejé del dolor y, por puro reflejo, aparté la pierna.
—Quédate quieto.
—No me voy a ninguna parte, Estela.
La pillé con la guardia baja. Su rostro tenso y asustado se puso colorado y agitó la cabeza para recuperar la concentración. Me examinaba, preocupada. No tenía muy buena pinta, pero al menos no se había roto.
—Podría haber sido peor —dije para intentar tranquilizarla.
El pelo, alborotado, le tapaba la cara y apenas podía verla. Tomé un mechón y se lo coloqué detrás de la oreja. Era ondulado, estaba enredado y sucio, y, aun así, era precioso. El sol se colaba entre las copas de los árboles y me fascinaba cómo se reflejaba en él, haciéndolo parecer cobre.
—Podrías haber muerto —respondió, clavando sus ojos en los míos, indignada, amenazante. Parecía ofendida por que me hubiera lastimado.
—Pero no lo he hecho. Sigo aquí.
Volvió a posar la mirada en mi pierna, negando con la cabeza.
—Necesitas ponerla en frío ya. Ahí.
Señaló el río.
—¿Me ayudas? —pregunté en un tono más bajo, avergonzado.
—¿Cómo? No te he escuchado bien.
Maldita. Hasta en mi estado más vulnerable aprovechaba para reírse de mí.
—¿Me ayudarías a llegar hasta allí, por favor?
Con ayuda, pude incorporarme y logramos llegar al río, yo con el brazo apoyado en sus hombros. Temía que le pesara demasiado o le hiciera daño, pero no hizo ningún gesto que lo indicara. Me senté en la orilla. El agua helada me proporcionó un alivio instantáneo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó, preocupada. Se sentó a mi lado abrazando sus rodillas.
Miré hacia arriba. El viento y el olor en el aire no dejaban dudas.
Todavía no era tarde, pero había comenzado a nublarse, con unas nubes negras que tenían muy mala pinta.
Además, en el interior del bosque siempre oscurecía antes, pues los árboles tapaban la luz.
Los animales nocturnos no tardarían en salir.
Antes de responder, vi un relámpago en el cielo seguido de un fuerte estruendo.
—Si salimos ahora, llegaremos antes de que sea noche cerrada y, con suerte, antes de que la tormenta nos alcance.
—Pero, con el pie así, ¿cómo vas a caminar? No debes moverlo.
Estaba ya pensando en las explicaciones que tendríamos...
que tendría que dar a Clara. No estaba en mis planes que este paseo se convirtiera en una aventura tan larga.
Odiaba la expresión de decepción con la que me miraba Estela.
Todo era culpa mía. Y todo por ser un cobarde y no ser capaz de sincerarme con ella como una persona adulta.
Negué con la cabeza.
—Si nos quedamos aquí, se hará de noche cerrada, y sin nada que nos alumbre, con la lluvia y todo lo que podamos encontrarnos por el camino, correremos peligro. Mucho más pasar la noche. Lo siento.
Saqué el pie del agua y me volví a poner los zapatos. Me levanté con ayuda de Estela.
Mi paso nos ralentizó bastante. A pesar de que mantuvimos un ritmo constante y ella me ayudaba, no quería cargarla con mi peso, por lo que forcé mi pierna herida.
La lluvia, aunque nos empapó igual, nos dio tregua: la intensidad con la que caía se veía frenada por los árboles que nos cubrían.
Sin embargo, embarró el camino y nos hizo caminar aún más despacio.
No era la primera vez que recorría el bosque durante la noche, o lloviendo, pero nunca dejaba de sorprenderme lo vivo que parecía todo.
Era como si la maleza cambiase a placer, haciendo que el paisaje nocturno fuera diferente y creando rutas nuevas cada vez que lo recorrías.
Se notaba que los días empezaban a ser cada vez más cortos, pues la noche nos alcanzó antes de lo previsto.
Afortunadamente, no tardamos en ver pequeñas luces a lo lejos.
Nos indicaban que estábamos cerca, lo que volvió el resto del camino mucho más sencillo.
—Por fin —soltó Estela, aliviada.
No habíamos intercambiado palabra en todo el trayecto. El sonido de la lluvia lo llenaba todo, pero me alegró escucharla de nuevo. Rodeamos el pueblo evitando las calles principales.
—¿Has oído eso? —preguntó.
Presté atención. Más allá del torrente de agua, no advertí nada más. Contuve el aliento y, entonces, lo escuché. Era un relincho. Miré a Estela esperanzado.
—¿Será...? —empezó.
No me molesté en responder. Tiré de ella, acelerando el paso y obviando el dolor que sentía al caminar.
Llegamos a mi casa, la rodeamos hasta llegar a la parte trasera y, efectivamente, encontramos a Luz.
Me sentí muy feliz de verla. Esta había sido la primera vez que se escapaba y, si bien era muy inteligente y obediente, había tenido miedo de que no supiera regresar sola.
Acaricié su crin y la acompañé a su caseta.
No le guardaba ningún tipo de rencor, pues no dejaba de ser un animal con instintos incontrolables.
Sabía que había sido un accidente y, además, el cariño que sentía por ella era más poderoso que la rabia.
—¿Sabías que regresaría?
—No las tenía todas conmigo, pero es un alivio que esté aquí y sin ningún daño. Ya es más de lo que puedo decir de mí.
Entramos rápido al interior. No podíamos estar más mojados de lo que ya estábamos, pero igualmente los dos ansiábamos resguardarnos bajo un techo.
Encendí varias velas para iluminar la sala y noté cómo ella se alejaba a la pared contraria.
Luego, saqué varias toallas limpias y le di una a Estela para secarse.
Yo hice lo mismo. El cansancio y el agua me hicieron temblar y toda la energía que me quedaba se desvaneció.
Me senté en una silla. Estela me ayudó a mantener la pierna herida estirada y en alto sobre un taburete.
—Necesitas que alguien te la vea. No me gusta su aspecto.
Tenía razón. Aunque no estuviera rota, había otras cosas igual de peligrosas que podrían pasarme si no me la curaba.
—Hoy ya no. Imposible.
Apreté los dientes. Me llegaban ráfagas de dolor como latigazos. Me toqué la frente. Estaba empapada y no era por la lluvia.
Estela se acercó y me imitó.
—Estás ardiendo —señaló, y se levantó a coger la jarra que había sobre la mesa. Humedeció un pañuelo que sacó del bolsillo y me lo colocó en la frente.
—Sujétalo —ordenó.
Obedecí. Era bastante agradable. Sudores provocados por el dolor me recorrían la espalda y la nuca, pero al mismo tiempo sentía frío por todo el cuerpo.
—Muchas gracias. No deberías tardar en irte. Ya es muy tarde y seguro que Clara está preocupada.
Se giró sin responder. La noté nerviosa. Se colocó las manos en la cintura y miró hacia arriba.
—¿Cómo me voy a ir? —Se giró a mirarme—. Tienes una lesión con no muy buena pinta que, además, has forzado cuando no deberías. Está claro que necesitas ayuda.
Hablaba con total seriedad. Y la verdad era que deseaba que se quedase conmigo.
Me sentía demasiado débil y estaba empezando a preocuparme.
Pero... ¿qué diría la gente? Una joven pasando la noche en casa de un hombre, a solas...
A mí cada vez me importaba menos lo que pensara el resto, pero a ella...
, no sabía cómo podría afectarle a ella.
Aunque tenía claro que haría todo lo que estuviera en mi mano para acallar cualquier rumor.
Quería hacerme el duro. Decirle que no necesitaba que nadie me cuidase, pero decidí tragarme el orgullo.
—Gracias. Mañana, en cuanto amanezca, sin falta te acompañaré de vuelta a casa y daré las explicaciones necesarias. No tienes que preocuparte por nada.
—Yo..., no es nada. Cualquiera con un mínimo de empatía haría lo mismo.
—¿Empatía?
No reconocía esa palabra.
—Compasión. Quería decir compasión.
En cualquier otra ocasión me habría sentido avergonzado, pero bastante lamentable debía ser mi estado como para intentar aparentar lo contrario. Sorprendentemente, no me sentía incómodo con que ella me viera así. Me alegraba y asustaba a partes iguales.
—¿Tienes hambre? Puedo intentar preparar algo si encuentro comida.
Estaba rebuscando en los armarios. No guardaba nada fresco porque sabía que se me echaría a perder. No cocinaba nunca, pero solía tener algo de embutido.
—Lo cierto es que sí. Lo que haya será perfecto.
No tardó en encontrarlo. Cogió un cuchillo, partió varias lonchas y guardó de nuevo lo sobrante. Me lo alcanzó en un plato. Hice un amago de comenzar a comer, pero según me llegó el olor, lo aparté hacia ella.
—No me encuentro demasiado bien, se me ha quitado el apetito. Lo siento.
—¿De verdad? Me gustaría poder preparar otra cosa, pero no tienes nada más aquí.
—No te preocupes. Puedes comértelo tú, que seguro que estarás hambrienta.
En ningún momento sentí hambre; de hecho, me dieron náuseas al pensar en comer algo. Sin embargo, intuí que, si le decía que no quería nada, ella también negaría tenerla. Así que aquella era la única forma de conseguir que comiese algo. Aunque fuera poco y pobre.
Pareció reacia, pero al final se comió todo lo que había.
La miraba y no podía evitar pensar si estaba haciendo lo correcto. No entendía lo que me estaba pasando. Una dualidad fuerte como una tempestad reinaba en mi cabeza. Intentaba negar lo evidente. Rechazar lo que no había elegido y que, sin embargo, no mostraba intenciones de desaparecer.
Sin contar a Clara, por supuesto, Estela era la primera mujer después de Sabela que cruzaba esas puertas.
Y tuve miedo. Porque no sabía si solo habría cruzado las de mi casa.