29
Desabafo: quitarse un peso de encima.
Aquello no era lo que esperaba. Después del baño en el río, la manera en que me miraba...
, me costaba entender que hubiera otra mujer en su vida.
Sentí..., no podían ser celos, ¿verdad? Igual sí.
Me podía acostumbrar a la atención de Ero; no quería que desapareciese.
Recogí mi ropa, ya casi seca, para ponerme la falda y el corpiño y sentirme menos desnuda.
Esta vez Ero caminaba varios pasos por delante de mí.
Se giraba constantemente para comprobar que le seguía.
Sabía que todavía no me había dado las explicaciones que le había pedido, así que me dio espacio.
Quizá quería que fuera Luz quien respondiera por él, lo que me parecería muy cobarde por su parte.
Como no quise adelantar acontecimientos, continué en silencio.
Regresamos a su casa, pero nadie nos recibió esta vez. Y antes tampoco había visto a nadie...
—Ven, por aquí —me indicó.
Rodeamos la casa. En la parte trasera había una pequeña caseta de madera. Se metió en ella. Supuse que entraría a coger algo, así que lo esperé a una distancia prudencial.
Ero se asomó.
—Venga, ven —dijo, invitándome con un gesto.
Escuché un relincho.
—¿Un caballo?
Dudosa, me acerqué.
Un precioso caballo blanco, con la crin rubia, agitó su cabeza al verme.
No habría imaginado que Ero tuviera el suyo propio.
Aunque no había visto dónde los guardaban, imaginaba que los guardias usarían las caballerizas del cuartel.
Pero Ero tenía aquella caseta que era un híbrido entre cuadra y taller.
—No sabía que tenías uno. ¿Lo necesitamos para ver a Luz?
Él se rio.
Analicé mis palabras, buscando la broma. No entendía dónde estaba la gracia.
Me tomó la muñeca para que me acercara más.
Colocó mi mano sobre la crin del animal y me la movió, indicándome cómo debía acariciarlo.
Me soltó y seguí haciéndolo. Recordaba haber acariciado uno antes en una excursión del colegio a una hípica.
Me parecían preciosos y, sobre todo, imponentes.
Parecía que le gustaban mis caricias, pues cuando me detenía, movía el cuello de un lado a otro para que continuara.
—Estela, te presento a Luz, mi yegua.
Le miré.
—¿Esta es Luz?
—¿Quién pensabas que sería?
—La verdad es que no lo sé. Pero por la forma en que hablabas de ella... no me imaginaba a un animal.
Si lo pensaba bien... no había visto a Ero con ninguna mujer. No había salido en ningún otro tema de conversación. Entonces, el hecho de que Luz fuera un animal era lo que más sentido tenía.
Qué vergüenza.
—Quizá sea porque Luz es mucho mejor que la mayoría de personas que conozco.
No quería darle la razón, pero con ese argumento no podía más que estar de acuerdo.
Me sentí estúpida por pensar que Luz sería una mujer especial en su vida..., aunque, técnicamente, en realidad sí que lo era.
Cogió la silla que estaba colgada en la pared y la colocó sobre su lomo.
—¿Te gustaría dar una vuelta? —me preguntó.
—Yo... no... no sé —respondí gesticulando mi rechazo.
Solo había montado aquella vez en la hípica, con un casco y en un poni, que era la mitad de grande que Luz. Me daba miedo. Las caídas de caballo podían ser mortales.
—Una pena..., porque solo había preguntado por educación.
Me sujetó por la cintura y, sin esfuerzo, me subió sobre la silla, dejando sus manos un instante más del que parecía necesario y con el que noté su fuerza a través de la tela.
De un salto, se subió detrás de mí. Entonces, entendí que acariciarla había sido su distracción para que él pudiera soltarla sin que me diera cuenta.
—No te preocupes. Será solo un paseo, no correremos. Desde que llegaste no has visitado la zona, ¿verdad?
Me giré con expresión de enfado e indignación.
—Me parece que las cosas no han estado para hacer excursiones, precisamente —dejé caer.
—Pues ya es momento de ponerle remedio —respondió con un golpe seco a las riendas de Luz. Me agarré a su crin asustada. Ero lo notó y se apretó más a mí.
Agradecí la naturalidad con la que hablaba y se comportaba, como si todo estuviera bien, como si viviéramos en una normalidad ajena a todo lo demás.
Nos adentramos en el bosque siguiendo un camino de tierra bastante marcado, pero pronto nos alejamos tanto que no reconocí lo que me rodeaba.
Enseguida entendí por qué Ero quería dar esa vuelta.
Me estaba enseñando lo importante que era para él y lo feliz que le hacía.
Y no solo me lo enseñaba, quería compartirlo conmigo.
Seguía bien agarrada. Esperaba no hacerle daño a Luz con mis zapatos, apretando para mantenerme erguida, pero había perdido parte del miedo, así que tampoco iba agarrotada.
Agradecí que Ero estuviera a mi espalda. Me imaginé que no sería la forma más cómoda de montar, pero colocarme detrás me habría hecho sentir mucho más desprotegida. Sentir su contacto, su calor, lo hacía más fácil. Y agradable, para qué mentir.
El sol de finales de agosto se colaba, ya bajo, entre las copas de los árboles, creando sombras espectaculares. Disfruté del paisaje, del sonido del río, de los insectos, de la naturaleza y del golpe rítmico de los cascos de Luz.
—Estela, lo siento.
Me giré a mirarlo. Ero sujetaba las riendas y no quería distraerle, pero sus disculpas me pillaron desprevenida. Llevábamos un buen rato en silencio.
—Siento haberme comportado así. Tú no tienes la culpa, no hiciste nada malo.
Todo lo contrario. No ha estado bien. Me avergüenzo de ello.
Quería disculparme antes, pero no me atreví.
Por eso te traje a conocer a Luz. Pasear con ella me aclara las ideas y me vuelve más valiente.
Reconozco que puede ser también que, al no verte la cara, me siento menos intimidado.
¿Intimidado? ¿Por mí? Noté cómo me crecía el ego. Agradecí que se disculpara, que se abriera en parte y admitiera su error. Sin embargo, no me estaba contando lo más importante.
El motivo. La razón que le hizo actuar así. Eso era lo que de verdad necesitaba saber y lo que me mantenía más inquieta.
—¿Por qué? —pregunté.
—¿Por qué...? —repitió como si no entendiera.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te comportaste así? Si no fue por mí, ¿por qué fue?
Tardó en responder. Vi cómo sus manos se cerraban en un puño alrededor de las riendas.
—Dije que no tenías la culpa, no que no fuera por ti.
Esas fueron las últimas palabras antes de que pasara todo.
Un animal se cruzó en el camino. Me pareció un lobo, pero pasó tan rápido que no lo diferencié.
Luz se asustó, comenzó a relinchar y trató de espantarlo, alzándose sobre sus dos patas traseras y haciéndonos caer.
El lobo salió corriendo y, despavorida, también Luz.
Me cubrí la cara con las manos. Sentí un golpe seco en la espalda que me dejó sin aire, un tirón en el cuello y un calambre que me recorrió toda la columna.
Tuve miedo de moverme. Temí haber caído mal y haberme roto algún hueso o, peor, la columna.
Me tranquilizó comprobar que las manos y los pies me respondían.
Me di cuenta de que Ero me rodeaba por completo.
Él había amortiguado la caída de los dos.
Me levanté despacio. Tenía algunos arañazos en los brazos, pero nada demasiado importante.
—¿Estás bien...?
Ero permanecía inmóvil. Sentí como el pánico comenzaba a paralizarme y traté de evitarlo con inspiraciones profundas.
Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras revisaba su pulso y respiración, derramándolas todas al comprobar que estaba bien.
Bueno, todo no. Seguía inconsciente. Quise comprobar que no sangraba, pero me aterrorizaba moverlo.
No sabía por qué, pero tenía entendido que, si una persona perdía el conocimiento, era mejor no moverla.
Aunque ¿qué otra cosa podía hacer? No tenía móvil ni había ambulancias o coches que pudieran socorrernos. Estábamos vendidos.
—¡Ayuda! —grité esperando que alguien me escuchara—. ¿Ero? Ero, por favor, responde. ¡Despierta!
Desesperanzada, también llamé a Luz. Aún quedaba día, pero pronto se haría de noche.
En la oscuridad, podría volver el lobo, acompañado esta vez.
No tenía muy claro cómo regresar, y menos si anochecía.
No me atrevía a levantar a Ero, pero tampoco podía dejarlo solo.
Mi corazón latía desbocado. No me dejaba pensar.
La situación me superaba y, aunque había tratado de evitarlo, me dejé llevar por el pánico.
Caí de rodillas y lloré sin medida. Esa no era la solución, mi ansiedad no ayudaba, pero necesitaba aliviar la tensión de alguna manera.
—¡Socorro! —volví a gritar.
—Bueno, ¿a qué viene este escándalo?
Me giré a mirarlo. Había abierto los ojos y se estaba incorporando.
—Ero —exhalé. Le sujeté la cara con las manos y lo miré a los ojos—. Estás bien —dije, aliviada.
La vista se me puso borrosa.
Me iba a desmayar.
Y todo se volvió negro.