28 #2
Al principio pensaba que me lo estaba imaginando, que era cosa mía y que tenías trabajo.
Y ese día en la taberna por un instante pensé que me equivocaba.
Pero Clara confirmó mis sospechas. Me estás evitando.
Y el día que ejecutaron a la pobre chica...
, sí, viniste a buscarme. Quizá tratando de redimirte.
Pero parece que tampoco. Pasé mucho miedo.
Kael quiere protegerme y no me deja salir de casa sin él.
Llevo días sola, aburrida, desconcertada.
Yo solo quiero regresar a casa. Y no me apetece tener que estar dándole vueltas a si he hecho algo mal que te haya hecho enfadar. No es justo para mí.
Pausé por un segundo. Quizá él quisiera añadir algo. Sin embargo, se mantuvo en silencio. Parecía arrepentido, pero no dijo nada. Se apretó la frente. Seguro que el dolor de cabeza no le había abandonado.
No respondía y las preguntas solo se me acumulaban.
—¿Pensabas siquiera en volver a dirigirme la palabra?
¿Qué esperabas que ocurriera? ¿Que recuperase la memoria y me marchase?
¿O quizá que alguien viniese reclamándome y así te quitara un estorbo del medio?
Lo que sucediese antes, ¿no? Porque por más que lo intento, no consigo entenderlo.
Debo agradecer que esta vez al menos no hayas salido corriendo.
¿Te das cuenta de lo estúpida que me siento por alegrarme de que esta vez, al menos, no lo hagas?
Siempre había sido una persona muy complaciente, conformista, con tendencia a agradar a los demás. Era difícil que algo me enfadase lo suficiente como para tener una reacción como esa y aun así no podía contener la rabia. Me desconocía.
Sin mediar palabra, se levantó.
¿Quizá me equivocaba y se iba a escaquear después de todo?
Se quitó la ropa y se metió en el río. No me dio tiempo ni a apartar la vista, y una parte de mí tampoco quiso hacerlo. Me había dejado con la palabra en la boca y todavía esperaba una respuesta, una justificación, cualquier excusa. Algo.
Desde el agua, me lanzó una mirada insinuante, como esperando que le siguiera.
Me crucé de brazos y negué con la cabeza, confiando en que entendiera que no iba a convencerme.
Me estaba poniendo a prueba. No pensé que creyera que fuera a meterme ahí con él, pero...
¿tenía la osadía siquiera de insinuarlo?
Era un día bastante caluroso para esa época del año.
Sin embargo, no tenía intención de meterme, no con mi indignación y él desnudo.
Me puse nerviosa solo de pensarlo. Esa parte parecía tranquila y no muy profunda, pues Ero hacía pie.
Aunque fuera sin jabón, ese baño era mejor que nada, y con lo fría que debía estar, dejaría atrás cualquier rastro de jaqueca.
Pasado un rato, regresó a la orilla y esta vez sí aparté los ojos.
De espaldas tenía un pase, pero no era tan descarada como para quedarme a mirarle de frente.
No sé si pretendía distraerme o hacerme olvidar la conversación que había dejado a medias.
—Ya puedes mirar. Si quieres, claro.
Al girarme, seguía semidesnudo, pero al menos llevaba una especie de pantalones cortos de tejido fino que supuse que sería ropa interior. No siguió vistiéndose. Supuse que quería secarse al sol antes de hacerlo.
—Si quieres, puedo enseñarte a nadar algún día —dijo.
Saltaba a la pata coja con la cabeza inclinada. Me pareció cómico pensar que tantos años de distancia se borraban con gestos tan humanos, tan naturales como tratar de sacar el agua de los oídos.
—Sé nadar —respondí con sequedad.
—¿Entonces por qué tuve que rescatarte?
—La corriente era más fuerte de lo que esperaba.
—Eso no te lo voy a negar, pero quizá la próxima vez mejor no te creas una heroína. Piensa en el peligro que corres tú primero. Después preocúpate por los demás, no antes. ¿Te gustaría ponerte a prueba?
—¿El qué...?
No pude terminar la pregunta. Me levantó, me colocó en su espalda y caminó hacia el río. Me zarandeé tratando de soltarme y le golpeé, pero algo de esa situación me provocó una risa floja y perdí todas las fuerzas. Como un saco, me metió con él.
El primer contacto con el agua me cortó la respiración y me nubló la mente.
Estaba incluso más fría de lo que esperaba, pero el cuerpo de Ero seguía caliente y, por puro instinto, me aferré a él.
Estaba calada hasta los huesos, ropa incluida.
Podría haber salido directamente, pero ya no me importaba.
Ero me soltó y el frío me recorrió las zonas que antes cubría él.
Recuperé la indignación y comencé a salpicarle.
Pronto se convirtió en una competición de quién podía empapar más al otro.
Olvidé el frío y el enfado: solo éramos un chico y una chica divirtiéndonos, lanzándonos agua y haciéndonos aguadillas.
Más bien recibiendo aguadillas, pues yo era incapaz de sumergirle.
Comprobó que sí sabía nadar y le frustró ver que era más rápida que él.
—No se me dan tan mal después de todo, ¿verdad?
—Habría que verte de nuevo cuando esto esté menos tranquilo.
—¿Eso es que quieres volver a rescatarme?
Para mí era obvio que estábamos de broma, pero su mirada se ensombreció por unos instantes antes de recomponerse. Igual fue fruto de mi imaginación, pero no solía equivocarme en esas cosas.
—No sé si tendrás tanta suerte de pillarme cerca —dije con sarcasmo esperando recuperar la conexión.
—Ahora... no te podría tener más cerca.
Era cierto. Nos separaban escasos centímetros y, aunque él con más holgura, ambos hacíamos pie. Movíamos los brazos por la superficie del agua en círculos. Tampoco nos salpicábamos, pero era divertido jugar con el agua.
Su mano rozó la mía una vez, y otra. Y otra vez más.
A la tercera se detuvo y, de forma nada casual, la acarició antes de cerrar la mano sobre la mía e imitar mis movimientos.
Lo hizo de una manera que parecía inintencionada, inocente, improvisada.
Mientras, yo no podía apartar los ojos de los suyos.
Mis dedos seguían acariciando la superficie del agua casi por inercia, pero por dentro me había quedado petrificada.
Sentir su mano rodeando la mía fue mucho más que un simple roce.
Tuve sensaciones que no supe explicar, como si mi piel tuviera recuerdos que mi mente no era capaz de asimilar, de entender.
Si el agua hubiera estado en calma, se habrían visto hondas alrededor de mi pecho de la velocidad con la que me latía el corazón.
No debimos estar así más de un minuto, aunque a mí se me hizo mucho más largo. Luego, me soltó y salió del agua.
Volvió el Ero esquivo. Afortunadamente, supongo, no se marchó.
Trataba de secarse apartando las gotas de agua de su cuerpo y sacudiéndose el pelo.
Me dio la espalda, se quitó la ropa interior y se puso el pantalón, dejando el pecho al descubierto, y se sentó en la orilla.
Que no se hubiera ido era buena señal, pero no entendí ese cambio repentino de humor.
Tampoco me había dado explicaciones todavía y temí que no tuviera intención de hacerlo.
Salí del agua con la ropa empapada y me senté a su lado.
—Toma —dijo mientras me ofrecía su camisa—, puedes usarla hasta que se seque lo tuyo. Al final ha sido mi culpa que se mojara.
Asentí y me puse de pie para cambiarme. No apartaba la vista de mí. No tenía motivos para estar enfadado conmigo y, sin embargo, sentí que tenía que pedirle perdón por la forma en la que no me quitaba el ojo.
—¿Te importa...?
Ero se dio la vuelta. Quizá él no tenía pudor, pero yo sí, y no quería desnudarme delante de él.
Con cuidado escurrí y coloqué mi falda y mi corpiño al sol, extendidos en un par de ramas de un árbol cercano.
Con suerte, no tardaría demasiado en secarse.
La camisa me llegaba por encima de las rodillas y era lo suficientemente amplia para camuflar mi silueta, pero dejaba pasar la luz y se podía entrever lo que ocultaba.
Me senté de nuevo junto a Ero, a una distancia prudencial, abrazando mis piernas.
Volvió el silencio. Había sido divertido; quizá quería pillarme con la guardia baja, distraerme o tratar por cualquier medio de que lo dejara pasar.
No iba a ocurrir. Me giré para mirarle y aparté la poca vergüenza que me quedaba.
—¿Has tenido tiempo suficiente para pensar? Porque agradecería que respondieras. Y mirándome a la cara, si puede ser.
Se frotó la cabeza. No se giró. Era como si estuviera tratando de cuidar mucho cómo hacerlo.
Necesitaba que dijera algo, lo que fuera. Se volvió hacia mí con gesto decidido.
—Vamos. Tengo que presentarte a Luz.