28
Bolboreta: mariposa.
Me despertaron unos golpes en la puerta.
—¡Buenos días! Toca prepararse. Es domingo.
La energía matutina de Clara no dejaba de sorprenderme.
Me estremecí al pensar en lo que había ocurrido el día anterior. Temía que se repitieran los mismos hechos con nuevos arrestos. Alejé el pensamiento de mi cabeza. Era experta en agobiarme por lo que todavía no había pasado. Ansiedad anticipatoria lo llamaban.
Me vestí, me recogí el pelo atándolo con un pañuelo y, antes de salir, volví atrás.
Cogí la hoja donde había dibujado el día anterior.
Se me aceleró el corazón al observar el rostro de Ero.
Habían pasado días desde la última vez que le había visto.
Desde antes de descubrir mis... novedades.
Y tampoco había sido un encuentro muy afortunado, prácticamente me había ignorado.
Quería verle, lo tenía claro. Pero a la vez seguía indignada y confundida.
Había venido a por mí, a sacarme del extraño interrogatorio al que me había sometido Mendoza, sí, pero después de días evitándome.
Justo después de la noche en la que pensé que habíamos conectado.
Dudaba qué parte me pertenecía a mí, Estela, y cuál a Sabela, haciéndose hueco. Concluí que no podría saberlo con certeza. Sin embargo, hasta ese momento todo lo que conocía de Ero lo había descubierto siendo yo misma, por primera vez. Y empezaba a exasperarme.
Los días de aislamiento me habían hecho olvidar la delicada situación que sufría el pueblo.
La gente apenas hablaba ni se agrupaba. Solo las familias caminaban juntas, en silencio y sin siquiera mirarse, con la vista clavada en el suelo.
El miedo a las acusaciones vecinales era notable y cualquier encontronazo, mala mirada o desacuerdo podía ser la excusa perfecta para deshacerse de algún enemigo.
Todo siguió igual al entrar a la iglesia. Abarrotada, pero si cerraba los ojos parecía vacía. No se escuchaba ni una respiración y cada mínimo sonido reverberaba entre las paredes.
Una vez tomamos asiento, casi de forma automática hice un barrido, buscándolo.
Encontré a Kael, de pie junto al altar con la misma postura vigilante de siempre, también a Gonzalo, que parecía inquieto, y a un par de compañeros que se situaban a ambos lados, y cuando pensaba que no lo vería, ahí estaba.
Ero. Con la mirada vacía, perdida en la nada.
Sin cambiar o relajar la posición. Llegué hasta dudar de si parpadeaba. Había perdido todo el color.
La misa transcurrió con sorprendente normalidad.
El padre Mendoza se mantuvo al margen, sentado detrás del altar en un sillón preferente, pero sin intervenir en la eucaristía.
Me abstraje una vez más y, cuando quise darme cuenta, habíamos terminado.
Al volver a buscar a Ero este ya había desaparecido.
Me giré tratando de encontrarlo a mi alrededor. Ni rastro. Se había esfumado.
Los niños de Clara no me soltaban. Tenía uno a cada lado y me apretaban las manos con fuerza.
Me halagaba que me hubieran cogido cariño, pero me sentía atrapada.
Una vez en las puertas de la iglesia, Clara se paró a hablar con una de las mujeres que vimos en el lavadero.
Intenté formar parte de la conversación, pero mi mente se marchaba a otro lugar.
Perdí el hilo. Mi pie izquierdo no paraba de repiquetear contra la piedra.
Comenzaba a impacientarme. Aproveché la distracción y solté a los pequeños, colocando sus manitas en las de Clara.
—¿Dónde vive Ero?
—¿Cómo?
—¿Dónde vive...?
—Sí, te he oído. Pero... Kael dijo..., no deberías ir sola. Déjame acompañar a los niños a casa y después...
—Si estoy con él, no estaré sola —la interrumpí—. No quiero molestarte. ¿Dónde vive? —insistí.
No dejé que terminara las indicaciones. Me dirigí a la calle que señalaba y después continué sola.
Mi cuerpo reconoció el camino y en pocos minutos me paré frente a la entrada.
Sabía que quería entrar, pero palidecí. No sabía qué hacer.
Había llegado corriendo, subiendo una empinada cuesta, y me faltaba el aire.
Rodeé la casa, pues era independiente y no tenía ninguna otra a su alrededor.
Traté de mirar por las ventanas a ver si veía algo, pero fue en vano.
Volví a la puerta principal y la golpeé dos veces. Con el segundo golpe, hubo un pequeño crujido y se abrió.
«Cuánta seguridad», pensé con ironía.
Terminé de empujarla y asomé la cabeza.
—¿Hola?
Nada.
—Soy Estela. Voy a entrar.
No vi a nadie ni oí nada. Crucé y cerré tras de mí, colocando bien el cerrojo.
Si no hubiera sido por el pequeño fuego de la chimenea, habría pensado que ahí no vivía nadie.
Los escasos muebles estaban impolutos, sin ningún objeto a la vista.
Continué caminando. Encontré ropa tirada por el suelo, como cuando tienes prisa por quitártela y no te importa dónde dejarla.
Vi dos puertas. Una de ellas estaba abierta.
Nadie. Apoyé la oreja sobre la otra, tratando de distinguir algo en su interior.
La golpeé con suavidad. Nada. Con una mezcla de miedo y preocupación, la abrí despacio.
La habitación estaba en penumbra y tardé en adaptarme.
Sin embargo, mi olfato no necesitó tiempo para captar un olor repulsivo.
Principalmente alcohol, pero no del que se derrama de una botella. Olía al tipo que se suda. Y se vomita.
El resto del uniforme estaba desperdigado por todas partes. Lo que significaba que... entre cintura y rodillas solo llevaba una pequeña prenda interior. Solté el aire que había estado aguantando sin querer. Ero estaba tumbado de lado, dándome la espalda, algo encogido sobre sí mismo.
¿Estaría enfermo? Durante la misa me pareció verle algo extraño, pero estaba entero, o al menos esa fue mi impresión; me habría equivocado.
No me había escuchado aún. Me fijé en que apoyada en el cabecero de madera estaba el arma que solía llevar.
Aunque en esas circunstancias de poco le serviría si yo fuera un ladrón o asesino que quisiera atacarle.
Supuse que dormía, pero no respiraba con profundidad.
No podía ver su rostro; estaba impaciente y nerviosa al mismo tiempo.
¿Volvería a alejarse de mí? Estaba ansiosa por comprobarlo. Y de saber si al hablar con él de nuevo se despertarían más recuerdos.
Me quedé unos instantes, observándole. Se le marcaban los músculos de la espalda, los brazos, los hombros... Vi cómo pequeñas gotitas de sudor hacían brillar su piel. Y lejos de desagradarme, despertó algo nuevo en mí. Algo... primitivo.
Sin previo aviso, se incorporó. Me avergoncé como si hubiesen sido mis pensamientos los que le habían despertado. Como si eso fuera posible.
Se sentó en el borde de la cama, apoyando la cabeza sobre las manos. Gruñó. Me quedé petrificada, pensando que si no me movía sería invisible.
Necesitaba hacer algo, así que, sin darle más vueltas, carraspeé. Cualquier otra opción me parecía igual de horrible.
Se giró y levantó la mirada con terror, que pasó a sorpresa y vergüenza muy rápido. Sus ojos pasaron de mí a la cama, a su propio cuerpo y de nuevo a mí. Sujetó la sábana para taparse.
—¿Qué...? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo...?
—Estaré fuera —dije, tajante y avergonzada.
Salí de la habitación y esperé. Quizá no debería haber entrado, sino haber sido más insistente llamando a la puerta y haber esperado.
Ya era tarde para eso. Escuché movimiento en el interior.
Pasos, la ventana abriéndose con un chirrido; unos minutos después salió, ahora vestido.
Llevaba su uniforme incompleto, combinado con prendas más informales.
Como si no supiera vestirse de otra manera.
—Eso... eso no es lo que parece.
—¿Me estás diciendo que no te encuentras mal y que no es por culpa del alcohol?
Dudó antes de responder.
—Quizá sí es lo que parece.
Sonreí. Aunque siguiera rencorosa por el vacío que me había hecho. Quería preguntarle por eso, pero dada su precaria situación pensé que no era el momento indicado.
—Pero no del todo. Es verdad que bebí anoche. Nada descabellado. Una jarra. Una sola es lo que suelo tomar. Me ayuda a conciliar el sueño. Eso es todo. No sé si fue la comida, pero no he podido pegar ojo. Mi cabeza..., siento que va a explotar, y en la misa no aguantaba más.
Me sonaba a migraña, jaqueca, intoxicación alimenticia o un conjunto de todo. Recordaba que me explicaron que el vino tinto y los quesos curados eran desencadenantes de crisis de migrañas. Y, por lo que sabía, eso formaba parte de su dieta diaria.
—¿Cuándo fue la última vez que bebiste agua? Seguro que te haría sentir mejor. Y asearte también sería... recomendable.
Obedeciéndome, se sirvió un vaso de agua y se lo bebió de un trago. Lo dejó de nuevo en la mesa con un golpe firme y se acercó a la puerta principal. Parecía que iba a marcharse y dejarme ahí, pero se giró antes de salir.
—¿Te vas a quedar ahí todo el día?
Le seguí. Me agarró de la muñeca.
—¿Adónde...?
—No seas impaciente.
Caminamos hacia el bosque siguiendo un pequeño camino de tierra que nos llevó al río.
Se sentó sobre el césped y tiró de mí para sentarme a su lado.
Nos quedamos un rato sin hablar, mirando la corriente.
Yo no podía sacarme la idea de la cabeza, quería preguntarle, romper ese silencio incómodo, esa dinámica extraña que traíamos.
Era la única forma que tenía de saber más de él y, con suerte, averiguar más de mí, de Sabela.
Sin querer nos pusimos de acuerdo para iniciar la conversación:
—Quería preguntarte sobre...
—Debería haberlo hecho antes, pero... —empezó él.
Nos callamos a la vez, como si hubiéramos dicho algo equivocado. Él me miró, sorprendido, y yo comencé a sentir calor en mis mejillas. Me arrepentí de haber empezado a hablar, pero ya no podía dar marcha atrás.
—Disculpa —murmuró—. No quería interrumpirte.
—No... no importa, puedes seguir.
Si hablaba él primero tendría más tiempo para aclarar mis ideas.
—Por favor, has empezado tú —instó.
—De verdad que no... —traté de convencerle.
—Insisto —añadió tajante.
Tragué saliva. Volvía a tener los ojos clavados en mí. Crucé los brazos por encima del pecho. Me hacía sentir demasiado expuesta. Vulnerable.
—¿He hecho algo malo? ¿Te he ofendido de alguna manera?
—Si lo dices por lo de antes...
—Déjame seguir —le corté—. Lo de antes, sí, me disculpo por ello.
Me propasé. Pero no es por eso. ¿Los últimos días?