Todas las vidas hasta ti 27
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Cousa do demo: cosa del demonio.

Me quedé en mi habitación haciendo lo único que podía hacer: seguir dibujando, hurgando en mi mente, tratando de arañar los recuerdos que pudiera encontrar.

No me quedaba mucho espacio y comenzaba a dibujar más y más pequeño para aprovechar hasta el más mínimo hueco.

Entraba el sol por la ventana y me calentaba la espalda.

La noche pasada y el madrugón comenzaban a pasarme factura.

Traté de batallar contra mis párpados que no dejaban de cerrarse, pero finalmente me rendí casi sin darme cuenta.

No supe que me había dormido hasta que abrí los ojos. Todavía era de día. Había babeado y, avergonzada, me limpié la cara con la manga. Estaba todo desperdigado entre la cama y el suelo. Lo organicé todo de nuevo, pero había algo que no encontraba...

—¿Buscabas esto?

Me giré. ¿Tendría algún día una interacción normal con él?

—Kael.

—Bien, veo que al menos eso no lo olvidas.

De entre todos los papeles había tenido que coger justo ese.

—No mentías cuando dijiste que sabías dibujar. Muy bonito.

Habló mientras lo observaba, fijándose en cada detalle.

Se quedó un tiempo de más mirando una esquina en particular.

Sabía lo que estaba viendo y me estremecí, esperando algún comentario, cualquier cosa al respecto.

Sin embargo, no lo hizo. Giró la hoja de nuevo, echándole un último vistazo, asintió y me lo devolvió.

Salió de la habitación y volvió con más papel.

Siguió en silencio. Luego, se acercó al otro extremo del cuarto y agarró la silla de madera donde solía colocar mi ropa por la noche.

La giró y se sentó en ella con el respaldo por delante, cruzando los brazos por el borde.

—¿A esta distancia es suficiente? ¿Necesitas más luz?

No entendí a qué se refería.

Se peinó el pelo con las manos, se atusó la barba incipiente y se pasó la lengua por los dientes lanzándome una sonrisa.

—¿Luz? ¿Para qué?

—Venga. Si dibujas así de bien, seguro que eres lo bastante inteligente para saberlo. Quiero ver cómo dibujas. A mí, para ser exactos.

Mi corazón se aceleró. Una parte de mí quiso salir corriendo de ahí mientras la otra estaba demasiado asustada para hacerlo. No era una propuesta intimidante, no me estaba amenazando, pero esa forma de hablar, de pedírmelo...

—No sé si puedo dibujar así.

—¿Así? ¿Así cómo?

—Siempre hago paisajes o dibujo cosas de memoria...

Frunció el entrecejo y traté de explicarme mejor para disuadirle.

—Nunca he dibujado a nadie en su presencia.

Era mentira. En la facultad hicimos muchas clases de posados al natural, pero no me gustaban demasiado.

No era mi forma favorita de dibujar; de hecho, tras aprobar la asignatura, no lo había vuelto a practicar.

Solo utilizaba fotos o, bueno..., en realidad alguna vez sí que lo había hecho, pero sin que la persona lo supiera.

En alguna cafetería o en el transporte público, en ocasiones, dibujaba a la gente que veía.

Amigos y familiares me habían pedido retratos, pero siempre me había negado.

No lo hacía porque, a pesar de haberme esforzado mucho en cambiarlo, tanto por mi cuenta como con mi psicóloga, odiaba enseñar mis cuadros.

La sensación de ser juzgada, criticada, era superior a mí.

Un miedo que me había hecho salir corriendo en la defensa de mi trabajo de fin de grado.

No pude ponerme delante del tribunal para mostrar mi colección.

Habían pasado dos años ya y no había sido capaz de matricularme de nuevo.

Los únicos créditos que me faltaban para obtener el título y graduarme.

Temía el fracaso, el hecho de que mi pasión, esa por la que llevaba tantos años esforzándome y trabajando para que pudiera darme sustento en un futuro, fuera una equivocación.

Irónicamente, me aterrorizaba hacer lo único que me haría ganar dinero en el arte: mostrarlo.

Si nadie lo veía, nadie lo compraría ni me haría encargos.

Un asunto que debía solucionar. Pero, si me quedaba atrapada en ese tiempo... , ¿de qué me serviría?

—Nunca... que tú recuerdes. Es hora de comprobarlo.

No podía negarme. Busqué los carboncillos.

Elegí el que estaba más afilado y, apenas lo sujeté, salió despedido hacia el suelo.

Me sujeté la mano. Me temblaba demasiado.

No sabía si sería capaz de trazar una línea sin torcerme.

Me agaché a cogerlo del suelo, pero Kael fue más rápido.

Nuestros dedos se rozaron. Me aparté con rapidez, como si hubiera tocado una llama encendida por despiste.

La sensación que despertó ese roce me hizo sentir embotada, ausente. El ruido a mi alrededor sonaba lejano.

Me lo quedé mirando mientras me lo devolvía. Tardé unos segundos de más en entender lo que tenía que hacer. Asentí y lo tomé de su palma abierta.

Inspiré para tratar de relajarme. Algo más segura, miré de nuevo a Kael, después al papel y por último al carboncillo antes de hacer el primer trazo.

Iba bien, sin temblores, no me torcía, logré hacer el óvalo del rostro por el que solía empezar...

Lo siguiente que vi fue mi mano trazando un rayón justo en medio cuando me arrancó la hoja.

—¿Cómo es posible...? —exclamó Kael.

Me sujetó la mano mirando ambas cosas, desconcertado.

Todo mi cuerpo se estremeció ante su contacto. Sentía su mano cálida, áspera, curtida y grande. Me rodeaba toda la muñeca. Odié que me hiciera sentir así cuando debería sentirme enfadada, confusa y ofendida.

—¿De dónde has salido?

¿Qué había hecho? No lo entendía.

Miré mi mano, pero no vi nada raro. Me fijé en la derecha para comprobar que todo estaba en orden..., hasta que caí.

Antes de poder preguntar o defenderme, Kael confirmó mis sospechas.

—¿Cómo puedes dibujar con esa mano? ¿Dónde has aprendido a escribir? ¿Quién te ha enseñado? ¿El mismo Satanás?

Estaba asustada, pero en cuanto entendí el motivo de su sorpresa, no pude evitar reírme. Me salió natural. Sin embargo, cuando vi que a él no le hacía ninguna gracia, volví a poner el rostro serio, intentando dar lástima.

—¿Cuál es el problema? Sabes que no puedo recordar nada de lo que me has preguntado. Tampoco veo ningún inconveniente en usar mi mano izquierda. De hecho, ya has visto lo bien que dibuja, ¿no?

Señalé el papel. Sus ojos se fueron directos al dibujo, a comprobar lo que había dicho.

—¿Qué misterio ocultas? No sé en el lugar del que vienes, pero aquí todo niño que comienza a utilizar esa mano es corregido. Es símbolo de mal augurio, de corrupción, de pecado y, lo peor de todo, del diablo.

—¿Has terminado? —me atreví a responder.

—¿Perdón?

—Sí, si has terminado con el sermón, puedo seguir, salvo que hayas cambiado de opinión. Porque en ese caso...

Acerqué mi mano derecha a la suya, que sostenía el papel, y levanté las cejas. Él repitió el mismo gesto, liberándome con resignación. Recuperé el boceto.

Pensé que después de eso estaría mucho más nerviosa, pero me sorprendí al notar que no. Casi lo contrario. De alguna manera me había desahogado con mi pequeño discurso y ahora me sentía suelta. A pesar de que pensaba que no sería capaz de dibujar en su presencia, me sorprendí a mí misma.

El carboncillo se movía deprisa, mis ojos se turnaban entre el papel y Kael con una coordinación aprendida con los años en los que dibujaba sin necesidad de mirar constantemente el lienzo.

Lo que solo eran líneas y trazos difusos comenzó a tomar forma.

La mandíbula angulosa, la barba incipiente de pocos días e irregular, la mirada, antes fiera, ahora en su estado más natural, con la guardia baja, algo incómoda ante una situación sin duda nueva para ambos.

Notaba su impaciencia y, aunque odiaba trabajar bajo presión, traté de terminarlo lo más rápido que pude, sacrificando los detalles menos importantes y que, con suerte, no notaría.

A veces echaba de menos cómo era antes de estudiar arte.

Solía disfrutar los museos; me encantaban.

Después nunca fue igual. Cada cuadro se convertía en un examen privado donde analizaba cada detalle, cada minúscula intención, buscando una técnica en particular, un periodo histórico o incluso errores.

Errores. Me creía con la potestad de llamar así a elementos de pinturas expuestas en importantes galerías cuando yo era... ¿Quién era yo? Nadie.

Y lo peor de todo, que tras de años de universidad, lápices, rotuladores, témperas, lienzos y cuadernos gastados, sentía que dibujaba mucho peor que cuando empecé.

En el instituto me creía lo más, llenaba todo mi cuarto de dibujos.

Mi madre incluso consiguió que le dejase enmarcar un par de ellos para colocarlos en el salón.

Luego nunca más. Proyectos de semanas, incluso meses de trabajo, habían terminado en la basura, no sin antes recibir una puñalada con el cuchillo del pan, de la rabia que me producía verlos.

En ningún momento mencioné que no pudiéramos hablar, pero tanto él como yo nos quedamos en silencio.

Solo se escuchaba el sonido de nuestras respiraciones, algún que otro carraspeo y el carboncillo recorriendo el papel.

Hasta que lo tuve ahí de frente, quieto, tranquilo, no me había parado a analizarlo.

Ya me pareció atractivo la primera vez que lo vi, pero ahora era diferente.

Sentía que le conocía, que le conocía de verdad, aunque al mismo tiempo no supiera nada de él.

No me quitaba la vista de encima mientras mis ojos pasaban de su rostro a la hoja.

Me quedé unos segundos de más fijándome en el color de su iris, aunque no lo necesitase para seguir dibujando, pues obviamente era en blanco y negro, pero no pude evitarlo.

Paré de dibujar.

—¿Te gusta lo que ves?

Me había pillado. Noté cómo se me calentaban las mejillas. Me enderecé, agité los hombros y me centré de nuevo en el retrato.

Di los últimos trazos, acentuando alguna que otra sombra para que pareciera más elaborado y, sin decir nada, se lo entregué. Me miró con el ceño fruncido.

—¿Ya...?

Asentí.

Sufría un leve temblor, pero por primera vez en mucho tiempo no tuve tanto miedo a la crítica.

Quise una reacción, una opinión, algo. Sin embargo, después de analizarlo mientras se frotaba el mentón, se levantó, dejó el dibujo sobre la cama y, cuando parecía que se iba a marchar, se apoyó en el marco y se giró.

—Mañana. La cena. No lo olvides.

Y salió de la habitación cerrando la puerta y dejándome con la palabra en la boca.

«¿No le ha gustado?». Eliminé ese pensamiento.

Había jurado que no me importaría lo que opinase y así seguiría siendo.

Aun así, sujeté la hoja, buscando algún motivo, algún fallo que hubiera provocado su comportamiento.

Su rostro, inmaculado, con una mirada que, si bien te atravesaba el alma, lo hacía de una forma muy diferente al otro retrato que ocupaba la otra cara del papel.

El que Kael se había quedado mirando con atención.

Aquel cuyos ojos ya dibujaba de memoria y que él también conocía.