Todas las vidas hasta ti 26
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Aperta: abrazo.

Esa fue la conversación más surrealista de toda mi vida. Aunque muchas de las preguntas no supe responderlas.

—Primero pensé que todo eran imaginaciones mías, invenciones de los sueños que he tenido durante toda mi vida. Después pasaron a camuflarse en la vigilia. No estaba dormida mientras veía esas imágenes y lo último..., en el último sueño ya no era yo, vi a...

No quería contarle todo lo que había visto y sentido. No estaba segura, y podía equivocarme. Muchas de las visiones eran confusas, fragmentadas, incompletas. No podía dejarme llevar por simples pálpitos. Si lo que quería era ganarme su confianza, tendría que medir mis palabras.

—... vi la taberna, a ti, a Kael. Os dirigíais a mí por el nombre de Sabela. Hace un rato, con Alma, la vi. Me habló.

—¿Quieres decir que Sabela... está ahí de verdad?

Noté cómo se aguantaba las ganas de llorar. Al menos ya no estaba a la defensiva.

—No exactamente... No es que tenga una voz en mi cabeza que me hable, es...

como si ahora fuéramos solo una. Hay muchas cosas que todavía no me ha dejado ver.

Son como sensaciones. Como descubrir por primera vez algo que siempre has sabido.

No sé explicarlo de otra manera. Me advirtió que estuviera atenta y que no me fiase de cualquiera.

No sé a qué se podía referir. Insistió en que tenía que averiguarlo por mí misma.

—Seguro que Alma sabe cómo ayudarnos. De hecho, ya lo ha hecho.

Su nombre ahora tenía un significado diferente. Todavía me sentía una intrusa apropiándose de esta vida que desconocía.

—Volveremos mañana y al día siguiente y al otro hasta que lo recuerdes todo. Tendremos que ser cautas. Quizá habrá que dejar algún día de por medio y evitar ir los domingos a toda costa.

Sonaba decidida. Dispuesta a ayudarme. Eso me emocionó.

—Todavía me cuesta creer lo que ha pasado, pero después de verlo en primera persona... Estela, eso no se puede fingir.

—¿De verdad... me crees?

Lo que más temía era su reacción. Que pensase que me burlaba de ella, que estaba loca y que se pusiera en mi contra, acusándome de ser bruja. Aunque después de conocer a Alma... no consideré que eso pudiera ser un problema.

—Existen tantas cosas que no entendemos y aun así las creemos de forma incondicional... Eso me pasa a mí ahora. Tengo muchas dudas y muchos motivos para no creerte, pero no sé. Llámalo intuición, llámalo instinto. Pero sé que no mientes. Ahora lo sé.

Sin previo aviso, me abrazó. Un abrazo lleno de nostalgia, añoranza y amor.

—Desde el día que te conocí supe que tenías algo especial. Y no me equivocaba.

Me colocó un mechón detrás de la oreja y me pasó la mano por la mejilla. Me sentí en casa.

—Pero ahora el otro tema importante. ¿Qué es eso de que vienes del... futuro?

—Es tan increíble como suena, pero así es. Estaba con mi amiga Sara, en Luarela, nuestro Luarela. Estaba intentando ayudarme a desbloquear unos recuerdos de mi infancia cuando... cuando me desperté en medio del bosque, sola, y oí unos gritos desde el río. El resto ya lo conoces. Vengo del dos mil...

—¿Dos? ¿Dos mil? ¿Empieza por dos?

Hizo un gesto como si se fuera a desmayar y justo después soltó una suave carcajada.

—Eso son más de quinientos años, Estela. Estás segura de que no me estás tomando el pelo, ¿verdad? ¿Es muy diferente? ¿Y podría ir yo a tu época?

—Es muy diferente. Tanto que no te lo podrías imaginar, Clara. Y ojalá pudieras. Si supiera la forma de regresar, te llevaría conmigo para que lo conocieras. Tiene que haber un motivo por el que estoy aquí, pero no lo he conseguido descifrar todavía. Básicamente, estoy... atrapada.

Clara se quedó pensativa.

—Mmm... No creo que sea coincidencia que justo hayas llegado a la vez que Mendoza. Su pasado con Sabela. Y quizá también...

Dudó antes de terminar la frase.

—Desde que llegaste, Ero está diferente. Aunque... no, empiezo a ver a Ero como lo recordaba antes de perderla. No sabía qué más hacer por él. Estaba perdido.

Su rostro cambió y se puso seria.

—Estela, es muy importante que esto no salga de aquí. Que no hables con nadie de nuestra visita a Alma ni de esto. A nadie, ¿me entiendes?

—¿Ni a tu hermano?

—Especialmente a él. Su sentido del deber es superior a todo lo demás. Siempre lo ha dado todo por protegerme y no me ha dado motivos para dejar de creerlo, pero respecto a cualquier otra persona... no quiero descubrir lo que sería capaz de hacer si se enterara de lo que hablamos.

Pensé en Ero. Mi reciente revelación no había cambiado nada. Seguía sabiendo lo mismo de él, lo que había conocido como Estela. No pensaba contarle nada, pero, de todas formas, ¿cómo iba a creerme?

—Sé lo que se te está pasando por la cabeza.

Y no. Ero tampoco puede saber nada. Sus motivos ni se acercan a los de Kael.

Pero no puedes. No podemos. Al menos no por ahora.

Puedes preguntarme lo que quieras de cualquier otra cosa.

¿Por dónde te gustaría empezar? No tengo mucho tiempo ahora, pero si quieres...

—No..., mejor que no. Siento que si no he podido ver más recuerdos es por alguna razón. Me encantaría rellenar los huecos..., pero Sabela me lo dejó claro: es un proceso que necesito recorrer sola, a mi propio ritmo. Y también pienso que es lo mejor por ahora.

A pesar de que eso me frustraba, sabía que era lo correcto. De lo contrario, lo más probable es que llegase un punto donde no supiera diferenciarme a mí misma de lo que no me pertenecía. O de lo que esos recuerdos me decían que había sido.

—Aunque hay una cosa que querría preguntarte. No podré descubrirlo de otra manera.

—Lo que necesites.

—Clara, estuve en el calabozo, lo vi, lo sentí. Pensé que no saldría de allí. Pasé mucho miedo. Sentí lo que debió de sentir ella y tuvo que ser horrible... ¿Tienes idea...? ¿Sabes quién lo hizo? ¿Quién reveló su nombre?

Negó con la cabeza.

—Te mentiría si te dijera que esa misma pregunta no me ha atormentado.

Pasé semanas hablando y preguntando a los vecinos sin temor a lo que pudiera pasarme.

Estaba enfadada, triste, rabiosa. Necesitaba encontrar al responsable.

Ni siquiera Kael o mi padre pudieron averiguarlo.

Por lo visto, debió de venir de una confesión directa a Mendoza.

Y por mucho que me pese, ese sacramento es sagrado.

Clara se marchó. El sol ya estaba alto cuando terminamos la conversación. Le costó dejarme sola después de todo, pero no podía volver a ausentarse de la taberna. De lo contrario, generaría dudas. O peor, sospechas. Además, su madre la necesitaba.

Deseaba con todas mis fuerzas regresar a la casa de Alma, a preguntarle, a hablar con ella e intentar averiguar más cosas.

Si no sabía cómo devolverme a mi época, al menos me ayudaría a resolver mis incógnitas con Sabela.