Todas las vidas hasta ti 25
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Tolemia: locura.

Me costaba entenderlo. Seguía pensando que todo podía ser una gran alucinación, pero la intuición me hacía inclinarme hacia una realidad evidente.

Surrealista, prácticamente imposible y, aun así, real.

Poco a poco, las piezas comenzaban a encajar.

Mi aparición en el pasado, mis sueños, Sabela... , todo estaba conectado.

Empecé a sospechar que muchas de mis dualidades, cambios de humor y pensamientos divididos los provocaba esto y no solo el estrés y la ansiedad, que seguro tampoco ayudaban.

Había escuchado hablar de las reencarnaciones.

Era una de las posibilidades que más ilusión me hacía, aunque nunca había creído en ella.

Por mucho que me pesara, para mí después de la muerte había oscuridad y un silencio absoluto por toda la eternidad.

Aterrador, sí, pero lo más plausible para mi ausencia de fe.

Creía en ciertas energías, cosas que van más allá de nuestra comprensión, y por ello lo limitaba a una esfera pequeña de mi vida, al igual que la astrología. No tenía el valor de depositar todas mis creencias en una quimera, en un «y si», en algo intangible y poco probable.

Nunca habría imaginado que, en tan solo unos días, unos instantes, todo el esquema de lo que creía verdad se desmoronaría por completo.

Incluso sabiendo que hacía menos de una hora esa mujer era una desconocida para mí.

Y ahí, devolviéndome la mirada con calidez, estaba convencida de que era mi abuela.

Realmente, la abuela de Sabela, pero a su vez...

¿ahora también era la mía? Era confuso y reconfortante a la vez.

Supuse que no sería fácil asimilar algo así.

—¿Sabela? —dijo Alma, levantándose con los ojos brillosos.

—¿Abuela? ¿Sabela? ¿Qué clase de broma es esta? —preguntó Clara, y no por falta de motivos.

La miré y me encogí de hombros con la intención de que entendiera que, aunque había una explicación, no la creería, ni yo sabría explicársela.

Al menos, no todavía. Ni yo misma terminaba de entender lo que estaba ocurriendo.

Como parte de una fuerza que nacía de mi interior, me abalancé sobre Clara primero y sobre Alma después.

Con Alma fue mucho más fácil, pero con Clara me costaba definirlo.

Era como si la hubiera conocido en dos ocasiones distintas y en ese momento estuviera abrazando al mismo tiempo a Clara, mi buena amiga y persona de confianza en aquel extraño viaje, y a Clara,

una persona muy importante para mí en otra vida y que se me hacía difícil de diferenciar de la que había conocido en esta.

Existía una fina y difusa línea entre mis sentimientos, mis recuerdos y lo que empezaba a manifestarse en mi memoria, los adquiridos y ajenos a mí, pero, al mismo tiempo, dispuestos a catapultar lo que creía cierto. Lo que creía mío.

Todavía quedaban muchos huecos pendientes de rellenar. Mi llegada a este tiempo, si bien podría ser por casualidad, no podía carecer de motivo. Y estaba dispuesta a averiguarlo.

—Me encantaría poder explicarlo. Te lo prometo. Aunque hay algo que... no te he contado.

Pensé que con toda la verdad por delante sería más fácil encontrar respuestas.

—¿Hay más? —exclamó Clara.

—Nunca tuve amnesia. Me lo inventé. No sabía cómo... cómo explicar que no tenía ni idea de cómo había llegado aquí.

Ya no había vuelta atrás, y si la había, requeriría métodos que no estaba dispuesta a averiguar.

Tanto Alma como Clara me miraron confundidas.

—¿Amnesia? —preguntó Alma, extrañada.

No me acostumbraba a esta nueva sensación.

—Nunca perdí la memoria. Fingí que había olvidado toda mi vida... por seguridad.

Ya llegaba.

—No sé cómo ni por qué ni si es posible. Aún pienso a veces que esto es todo un producto de mi imaginación, pero...

Tragué saliva.

—No pertenezco a este sitio.

—¿De dónde eres, entonces? —preguntó Clara.

—No es de dónde, Clara... —Tragué saliva—, sino de cuándo —terminé en un susurro. Decirlo en voz alta sonaba todavía mucho más absurdo que en mi cabeza—. Yo... vengo de otra época. No sé cómo, pero el día que me encontrasteis fue cuando llegué aquí.

—¿Cómo que de otra época? ¿Qué locura es esa? —soltó Clara, anonadada.

¿Cómo explicarlo para que me entendieran y no sonase demente?

—Vengo de un tiempo que aún no ha sucedido. Hablo de cientos de años en el futuro.

Paré para ver su expresión. No vi nada. Nada en absoluto. Una mirada perdida, como si no pudiera asimilarlo.

—Llevas razón: es una locura. Y tampoco tengo forma de demostrártelo. Por eso mentí. Porque la mentira era mucho más fácil de creer que la verdad. ¿O crees que, si el día que te conocí te lo hubiera contado, estaríamos hoy así? ¿Aquí? Estaría encarcelada o, peor aún, muerta.

Aunque Alma escuchaba, atenta, solo miraba a Clara, que me devolvía la mirada con un gesto de confusión. Necesitaba que dijera algo, cualquier cosa. Una mínima pista que me hiciera saber que seguía ahí, que me creía y apoyaba.

Clara cerró los ojos y se puso las manos en la frente. Luego, se las pasó por el pelo de forma más decidida.

—Está amaneciendo, deberíamos volver.

Todo sucedió muy deprisa. Clara me agarró del brazo y tiró de mí hacia la puerta.

—No hables de esto con nadie. Absolutamente con nadie —susurró con seriedad.

—Soy la más interesada en que no salga nunca de aquí —respondí, indignada.

Caminamos con rapidez, encapuchadas de nuevo por las calles.

Las primeras personas comenzaban su rutina.

Las esquivamos, ocultas entre los rincones que todavía permanecían oscuros.

En unos minutos estábamos de nuevo en casa.

Pasé primero y Clara cerró al entrar. Apoyó la espalda en la madera, como si tratara de evitar que alguien más entrase después de nosotras.

—¿Me prometes que vas a ser sincera a partir de ahora?

Le temblaba la voz. Vi vulnerabilidad y también miedo.

Asentí, avergonzada.

—¿Quién eres?

Esperé unos segundos antes de hablar. Me di cuenta de que no había ninguna forma sencilla de responder a esa pregunta, así que empecé por lo más fácil.

—Me llamo Estela. En eso no os mentí.

—Gracias, supongo.

Sonaba indignada, pero dispuesta a escucharme.

—Tengo veintitrés años y soy de Madrid, aunque durante mi infancia pasé muchos veranos en Luarela. Mi avoa vivía aquí. Bueno, vivirá en un futuro, claro.

Soltó una carcajada seca y ácida.

—¿Qué parte es graciosa de todo eso? —pregunté.

—Si esto es una broma, te pido que termines con ella. Ya hemos pasado por bastante como para que ahora una impostora se ría de nosotros.

El dolor hablaba por ella. No podía ni imaginarme lo difícil que debía resultarle todo esto.

—Veintitrés es la edad que cumpliría... Sabela este año.

Sea quien sea el que esté detrás de esto, se las va a ver conmigo.

Deberías tener mucho cuidado con lo que dices y a quién se lo dices.

Tienes que entender que ya hemos sufrido suficiente.

¿Quién fue? Haré que asuma la responsabilidad por los dos.

Había ensayado esta conversación en mi cabeza, pero todas las palabras se habían esfumado y no sabía cómo seguir, cómo recuperar su confianza en mí y que me creyera.

No me servía lo practicado, tenía que buscar en mis descubrimientos, en las pequeñas ventanas abiertas a mis recuerdos, en los de Sabela. Respiré hondo antes de empezar.

—No pasa nada.

—¿De qué...?

Igual sería demasiado, pero tenía la esperanza de que con eso no dudase más de mí.

—Te dolió no poder decir adiós a Sabela y te culpabilizas por ello —interrumpí—. Pero tienes que saber que no pasa nada. Al contrario. Sé que prefirió que vuestro último abrazo fuera en un mejor momento.

Vi cómo su expresión se reblandecía y sus ojos brillaban.

—Si me dejas, conseguiré que me creas. O, al menos, lo intentaré.