24
Pasamiento: el momento exacto del tránsito entre la vida y la muerte.
Me quedé helada. Comencé a sudar, nerviosa, y aparté las manos para secármelas en el regazo.
Con un gesto me apremió a volver a dárselas.
¿Cómo sabía eso? ¿Habría dicho su nombre en sueños?
¿Habría sido Ero? Sí, seguramente sería eso.
Él me contó que me había escuchado llamarla cuando me rescató en el río.
—No lo sé —me atreví a responder.
—Muy bien —suspiró.
Se quedó pensativa, preparando sus siguientes palabras.
—Si lo prefieres, podemos pedirle a Clara que nos espere fuera.
Miré con pánico a Clara. No quería que me dejara sola por nada del mundo.
Negué, convencida.
—¿De qué huyes?
No tenía forma de contestar a eso.
—Mi intuición me dice que tienes miedo de algo. Que estás perdida, pero también veo más cosas. Cosas que no me estás contando. El nombre de Sabela, ¿qué significa para ti?
Le dediqué una mirada de reojo a Clara antes de confesar:
—Lo escuché en una especie de sueño.
—¿Especie de?
De nuevo, me preparé para sonar como una loca.
—Era similar a uno, pero no estaba dormida cuando ocurrió.
Alma se levantó. De espaldas a nosotras cogió diferentes frascos de las estanterías y hurgó entre sus cajones.
Prendió una vela más grande sobre la que sostuvo un recipiente mediano durante unos segundos.
No me gustó nada que encendiera más llamas.
El malestar que me generaba ver esas sombras ondulantes por la pared me revolvía por dentro.
Vertió un líquido oscuro acompañado de otros ingredientes que no alcancé a identificar.
Lo agitó entre sus manos y se lo acercó a la nariz.
—Perfecto. Tómatelo. Todo.
Me ofreció un vaso con la misteriosa pócima humeante.
Lo acerqué para olerlo y su intenso aroma me hizo toser.
Parecía un tipo de alcohol especiado. Tanto la mujer como yo estábamos totalmente a merced de la confianza que nos profesaba Clara y, aunque estaba decidida a hacerlo, solo después de ver su sonrisa me lo bebí de un trago.
Me gustaría decir que había tomado cosas más fuertes en el pasado, pero mentiría.
Noté el brebaje ardiente deslizarse por mi garganta.
Tosí de nuevo y me aguanté la arcada que me sobrevino.
Parpadeé un par de veces, pensando que algo se me había metido en los ojos, pero enseguida me di cuenta de que la vista se me ponía borrosa. Sentí que me mareaba.
—Cierra los ojos si lo necesitas. Y, por favor, dame las manos de nuevo.
Eso hice a la vez que me acomodaba en la silla.
—Necesito que pienses en esa especie de sueño que comentabas. Céntrate en lo que sentías. Si hacía calor o frío, el olor, el ruido. Todo lo que puedas recordar servirá.
Quería entender, quería..., necesitaba respuestas.
Sentía la cabeza pesada, embotada. Apreté los párpados con fuerza.
Pensé en el aroma del vino, en la temperatura templada de las noches de verano.
Abrí los ojos y poco a poco las imágenes comenzaron a materializarse.
La luz de unas velas generaba sombras que se tambaleaban sobre el suelo de la calle.
El cielo, negro, estaba iluminado por las estrellas y una luna casi llena.
La voz de la mujer se fue haciendo cada vez más lejana y la habitación desapareció por completo.
Volvía a estar en el banco junto a la taberna.
Pero había algo extraño. Ahora podía moverme a placer.
Estaba en el mismo lugar, pero de forma diferente. Miré a mi derecha. Ahí estaba Kael.
—¿Hola?
No respondió ni se movió. Agité la mano delante de su cara.
Nada. Era como si alguien hubiera dado al botón de pausa y solo yo fuera libre.
Me levanté y me asomé por la ventana de la taberna.
Me impactó comprobarlo. Toda la gente, incluida Clara, se había quedado paralizada.
Unos permanecían inmóviles en mitad de un baile; otros, de una conversación; algunos incluso sujetaban una jarra a medio camino de los labios.
Todos paralizados. Solo el fuego seguía oscilando, hipnotizándome.
No me inquietaba ni me asustaba. Al contrario, me daba... paz.
Entré. Rodeé a la gente. Era extraño, un ambiente tan repleto de gente en completo silencio. De nuevo, solo escuchaba el sonido chisporroteante de las llamas de la chimenea. Me acerqué a Clara, más joven, más niña. Sus ojos brillaban con una inocencia que no había visto antes.
Di un rodeo y caminé de vuelta hacia la salida.
Me pareció ver a alguien caminando por la calle y me apresuré a asomarme a la ventana.
Primero pensé que la persona se había parado también para mirarme desde el exterior.
No entendí lo que estaba viendo. Luego, comprendí que esa persona era mi reflejo, pero uno que no reconocía.
Me toqué el pelo, una melena larga, muy larga, de color oscuro y ondulada.
Unos ojos también oscuros y grandes, con una nariz más grande que la mía, pero que en ese rostro encajaba a la perfección.
Miré mis manos. Finas cicatrices decoraban unos dedos largos y delgados.
Volví a acariciarme la cara. Era guapa. Una belleza natural, diferente a lo que estaba acostumbrada a ver.
La ropa se asemejaba a la que Clara me había prestado.
Salí de la taberna. Al cruzar el umbral, todo cambió.
La luz me deslumbró. Me tapé los ojos con el brazo hasta que se me acostumbró la vista.
Estaba en un espacio blanco cuyo final no llegaba a ver.
Sin límite, sin techo ni paredes. Solo una blancura infinita.
Mis manos... volvían a ser las mías, mi pelo, todo.
—¿Estela?
Me giré.
La persona que instantes antes me devolvía el reflejo en la ventana estaba ahora de pie frente a mí.
—Pero... ¿cómo? —inquirí de forma entrecortada.
—Puedes hacer preguntas. Aunque yo tampoco sé muchas respuestas —añadió con una media sonrisa.
Se acercó a mí.
—¿Sabela?
Asintió.
—¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?
Se encogió de hombros.
—Eso... no sé si puedo responderlo. No de una manera que llegues a entender.
Miró alrededor con un gesto de negativa.
—Esto... no es un lugar, es un estado. Aquí no existe el tiempo. Cómo decirlo...
—¿Es real? ¿O está ocurriendo en mi cabeza?
Sonrió.
—Estela, claro que está ocurriendo en tu cabeza, pero eso no significa que no sea real.
Estaba a unos pasos de mí y, aun así, su voz sonaba lejana, como un eco.
—Sé que has estado teniendo sueños extraños.
Asentí, dudosa.
—No son sueños, Estela: son recuerdos. Mis recuerdos. Bueno, nuestros. Ahora te pertenecen a ti también.
Nuestros recuerdos.
—Respóndeme una cosa, Estela. Tienes miedo al fuego y no sabes explicar por qué, ¿verdad?
—Sí, pero hace poco recordé que fue por un incendio que provoqué de pequeña...
—Ahí empezó todo. Ese incendio desbloqueó el trauma pasado. Fue demasiado para una niña pequeña, así que lo bloqueaste de nuevo. Pero a partir de ahí, desde ese día, comenzaste a recordar. Solo que lo que recordabas tú lo llamabas...
—Sueños —completé.
No era fácil de asimilar, pero la mirada tranquila y paciente de Sabela lo hizo más sencillo de digerir. Se me acumulaban las preguntas, pero acabé lanzando la que consideraba más importante.
—Sabes... ¿Sabes quién fue? ¿Quién dijo tu nombre?
Agachó la mirada.
—Hay mucho que no puedo contar, demasiado que no sé, y otras cosas que deberás descubrir por ti misma. Sigue tu instinto, pero ten cuidado. No todo es lo que parece.
Terminó la frase en un tono que me hacía pensar que sabía más de lo que me estaba dejando ver.
—Pero...
—Yo también soy primeriza y no sé cómo funciona, aunque parece magia, ¿verdad? Espero que tengas más suerte de la que tuve yo. Siento que nos tenemos que despedir ya.
Noté cómo su voz sonaba más y más apagada.
—¡Espera! No puedes marcharte todavía. Hay mucho que desconozco. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en tu época? ¿Cómo puedo volver a mi tiempo?
—No será fácil asimilar dos vidas..., aunque, si te consuela, al menos la mía fue muy corta. Demasiado. Date tiempo.
—Pero... todavía no lo tengo todo, solo pequeños fragmentos...
—Por favor, cuídalos. Cuídate. Protégete.
Y ojalá regreses a casa. Sobre cómo hacerlo...
, eso ya no lo sé. Pero, si todo esto está ocurriendo, es por algún motivo.
Y cuando lo encuentres, hallarás las respuestas que te faltan.
Seguir recordando te ayudará, pero debes hacerlo tú sola.
Yo seguiré aquí. —Señaló su corazón al decirlo—. Nos convertiremos en una sola. Tú.
Y, sin más, se dio la vuelta y comenzó a alejarse de mí hasta desaparecer en la blancura. No quería que me abandonara, todavía tenía muchas dudas. Una punzada de dolor en la cabeza me atravesó. Me arrodillé, apretándome la frente.
—Que pare. Que pare. Por favor —gruñí mientras me golpeaba las sienes, al borde del llanto.
—Vuelve.
—Estela, vuelve.
Presté atención a la voz. Intenté seguirla.
Abrí los ojos de nuevo. Clara, mi amiga. Vi algo diferente en ella. Sentí que la conocía. De verdad. Miré a Alma, que seguía sujetándome las manos. Mi pulso se disparó. Aún no entendía cómo, pero sentí un destello de lucidez. Mis lágrimas estaban a punto de desbordarse.
—¿Eres su abuela?