23
Albiscar: percibir algo a lo lejos sin distinguirlo con total claridad.
—¿¡Estela!? Por favor, responde.
Abrí los ojos. Me picaba la garganta. Notaba toda la espalda y el cuello húmedos. Clara, Kael y los niños, de pie un poco más atrás, estaban en mi habitación. Todavía era de noche, solo una vela iluminaba la sala. Vi sus rostros preocupados.
—¿Qué pasa?
Me incorporé en la cama.
—Estela, cielo —comenzó Clara. Sonaba aliviada.
—¿Qué... qué ha pasado?
—Estabas gritando, decías palabras y frases inconexas, te agitabas, no sabíamos qué hacer. Pensábamos que te estaba dando un ataque.
Me constaba que en el pasado me había despertado gritando, llorando o similar.
Pero siempre, hasta donde recordaba, estaba asociado a una pesadilla.
Aquellas ocasiones en que lo vivía todo tan intensamente, tan real, que traspasaba la frontera onírica y se representaba en la realidad.
Pero esta vez... nada. Me sentía como si me hubiera despertado el sonido de la alarma.
Cansada, pero ajena a lo que me estaban contando.
Me puse la mano en el pecho. Me sentía tranquila, pero mi corazón no opinaba lo mismo. Latía a toda velocidad.
—Estoy... estoy bien. Debe de haber sido un mal sueño.
Clara me tocó la frente. Insistió en que estaba muy caliente, así que trajo un paño húmedo.
—Estaría más tranquila si me quedase contigo esta noche, por si volviera a ocurrir. ¿Te importa?
¿Tanto había gritado como para asustarlos así? Eso me inquietaba, pero me preocupaba más otra cosa. El motivo por el que no lo recordaba.
—Claro, por supuesto, pero de verdad que estoy bien. No es necesario...
—Decidido, entonces.
Tras decirlo, se sentó de un impulso en la cama vacía junto a la mía.
—Bueno, parece que por aquí sobramos. Nos volvemos a dormir. Si necesitas algo, grita. Descuida, que se te oye bien —dijo Kael antes de marcharse con los niños.
—No dudes en despertarme con cualquier cosa.
—Está bien, gracias. Y perdona.
No respondió, pero tampoco hizo falta. Con un gesto de la mano y su expresión, me indicó que no le costaba nada y que estaba encantada de cuidarme. Apagó la vela de un soplido, dejándonos a oscuras.
—Buenas noches —me deseó en un susurro.
—Buenas noches.
No sabía si se trataba de la intimidad de la noche, la confianza que me generaba Clara, la situación que acababa de vivir o una mezcla de todo, pero sin pensarlo mucho... lo solté.
—Tu amiga... se llamaba Sabela, ¿no?
Silencio.
—¿Estás dormida? Perdona, me callo.
¿Por qué me disculpaba si no podía oírme? Apenas habían pasado unos minutos, pero podía ser.
—¿Quién te ha dicho ese nombre? —me preguntó con cierta dureza.
—Nadie.
—¿Nadie? ¿Lo has escuchado en la taberna o a algún vecino?
—A nadie, Clara.
Ya está, iba a quedar como una loca, pero qué más daba ya.
—En un sueño.
Silencio de nuevo.
—No sé explicarlo, pero desde que llegué aquí mis sueños..., creo que no son solo sueños...
Silencio una vez más.
Ya lo había dicho. Expresarlo en voz alta hizo que lo que me estaba pasando, lo que estaba viviendo, se materializara, que se hiciera real y no fuera algo que solo vivía en mi cabeza. El miedo y los nervios se mezclaron con una sensación de alivio y liberación con la que no contaba.
No respondía, ansiaba saber qué contestaría. Sabía que podía abrirme con ella, pero su silencio no calmaba mi ansiedad.
Mi vista ya se había acostumbrado a la oscuridad.
Solo la luz del cielo nocturno me permitía identificar las siluetas y algunos detalles de mi alrededor.
Vi a Clara con los brazos cruzados y los ojos abiertos, que brillaron cuando se cruzaron con los míos.
Sin pensarlo más, me levanté y me arrodillé al borde de su cama.
—Sé que suena raro y difícil de entender, pero no podía guardármelo más, Clara. Necesito averiguar cómo volver a casa. Y aunque nunca he creído en el destino, estoy convencida de que conocerte no ha sido casualidad.
Se incorporó y me sujetó las manos. Habría jurado que se aguantaba el llanto.
—Al principio pensaba que todo eran locuras.
Fruto de mi imaginación o coincidencias.
Primero fueron paisajes, calles, casas, personas desconocidas...
, eran imágenes que podrían ser de cualquier otro lugar...
, hasta que las reconocí en la vida real, al pasear por Luarela.
Después, algunos se volvieron más específicos. Salas, personas, voces..., nombres.
No había marcha atrás. La suerte estaba echada y no tenía más remedio que confiar en ella.
—Y había un rostro. Una cara. Una persona que siempre se mostraba clara y nítida. La recuerdo desde bien pequeña y...
—Espera. ¿Qué has dicho?
—Que hay una persona que...
—No, antes de eso.
Me había lanzado al vacío y ahora no tenía forma de retroceder.
—Pues... —empecé diciendo.
—Calla. Basta —me interrumpió—. He cambiado de opinión. No sigas.
—Pe... perdona, yo...
—No ahora. Las paredes tienen oídos —siguió—. Buenas noches. Por favor, intenta dormir. Lo necesitas.
Entendí que no me iba a dejar seguir hablando.
No era la ocasión, pero me alegré de que no hubiera salido huyendo, corriendo a contárselo a Kael o incluso a Mendoza.
Me sentía eufórica por la confesión. Todavía me guardaba cosas, pero era algo.
Y seguía viva. Contarlo no me había matado, como llevaba pensando todo ese tiempo que pasaría.
No me atreví a añadir nada más. Sabía que no era buena idea insistir. Volví a mi cama. Cerré los ojos, aunque no paraba de pensar y dar vueltas a lo mismo. ¿Quién podría dormir después de haber confesado uno de sus mayores secretos?
Un susurro me asustó.
—Despierta.
Era Clara.
—¿Qué pasa? ¿Estaba gritando otra vez?
—Shhh, baja la voz.
Miré por la ventana. Todavía no había amanecido. Habrían pasado solo unas pocas horas. Quizá después de todo sí había logrado dormir. Aun así, dudaba que hubiesen sido más de cinco minutos de sueño profundo.
—Ponte esto. Rápido, y procura no hacer ruido.
Al percibir su urgencia, obedecí. Confiaba en ella ciegamente, así que no dudé ni un segundo. Ella ya estaba vestida y rebuscaba en un cajón. Me terminé de calzar y me puse de pie.
—Bien..., ahora toma esto. Haz como yo.
Me ofreció un pañuelo negro y vi cómo se lo colocaba alrededor de la cabeza, tapándole prácticamente todo el rostro. La imité lo mejor que pude.
Abrió la puerta de la habitación con cuidado.
Después, la de casa con la misma delicadeza.
Salimos. Algunas chimeneas comenzaban a echar humo.
La mitad del cielo seguía oscura y la otra dejaba entrever un ligero tono azulado, anunciando el amanecer.
Clara me tomó del brazo y, de nuevo, sin preguntar, la seguí.
—Kael se marchó hace un rato. Los niños seguirán durmiendo varias horas más. Tenía que ser ahora. Disculpa las prisas. Lo entenderás.
Atravesamos varias calles. A esa velocidad no podía más que mirar al suelo para tratar de no tropezarme. El pueblo estaba desierto. Imaginaba que Clara no quería cruzarse con nadie.
—Ya hemos llegado.
Levanté la mirada. Con sorpresa, reconocí la casa que me había llamado la atención días antes y me imaginé a quién íbamos a visitar.
—¿Aquí?
Llamó con cuatro toques en una cadencia particular.
Pasaron unos instantes antes de que escuchase el cerrojo y se abriera una pequeña oquedad.
Clara se acercó y, a través del umbral, susurró algo.
Entonces, la puerta se abrió por completo.
Clara me tomó de la mano y me condujo al interior.
Al cruzar, me inundó un olor intenso y familiar.
Una mezcla de especias, incienso, cera y humo.
—Seguidme.
La tenue luz que emitía el candelabro y las oscuras prendas que le cubrían hacían muy difícil distinguir al ocupante.
Nos guio por un pasillo oscuro hasta llegar a una sala.
Ayudándose de la vela, encendió otras repartidas por el espacio.
Mi miedo se incrementaba cada vez que encendía una más.
Aun así, la iluminación me permitió ver con más detalle el entorno.
La habitación era pequeña. Tenía una mesa redonda con varias sillas a su alrededor y las paredes estaban cubiertas de baldas y estanterías repletas de recipientes de diferentes tamaños, macetas y utensilios que no supe identificar.
Se sentó y señaló las dos sillas que quedaban libres.
—Acomodaos, por favor.
Eso hicimos.
—Clara me ha dicho que confía en ti. Y si ella confía, yo también.
Alma hablaba con una tranquilidad que me resultó contagiosa.
—Es muy importante que me escuches. Corren tiempos peligrosos y necesito que todo lo que veas, oigas o sientas se quede aquí. Por la seguridad de todas, ¿entendido?
Prendió la mecha de las velas de la mesa, que iluminaron su rostro y me permitieron apreciarlo con mayor detalle.
No podía alejarme más de lo que ya estaba de las llamas, así que fijé mi atención en ella.
En su cabello largo y cubierto de canas.
Era inconfundible. No había visto a nadie que pareciera tan mayor como ella en todo el pueblo.
Tenía la piel cubierta de arrugas. No me lo había planteado antes, pero supuse que sería raro llegar a una edad tan avanzada en aquella época.
A pesar de eso, no parecía que tuviera mala salud.
Se movía con facilidad, hablaba sin dificultad y solo los surcos de su piel, la melena blanca y su voz cascada delataban su vejez.
—¿Entendido? —repitió con severidad.
Asentí varias veces. La solemnidad de sus palabras y el ambiente que había creado me generó mucho respeto. Me sentía tranquila porque estaba con Clara, que me sujetaba la mano bajo el mantel.
—Clara me ha dicho que has estado teniendo unos sueños peculiares que no entiendes muy bien y está preocupada por ti.
Miré a mi amiga con sorpresa y lástima. De verdad temía por mí.
—No me conoces. Pero yo a ti sí. Estaba deseando hablar contigo.
Alma apoyó las manos en la madera, invitándome a darle las mías. Clara asintió a mi lado. Así que eso hice. Tomé sus manos, secas y llenas de pliegues, pero también cálidas y acogedoras. Me inundó una sensación de paz.
—Curioso. Curiosísimo —añadió—. Repasemos todo lo que recuerdas, ¿te parece?
Asentí. Nada me impedía hablar, pero me sentía intimidada y cohibida.
—Por favor, comienza.
Seguía sosteniéndome las manos, sin apretar, pero con firmeza. Su dedo pulgar se movía en círculos acariciándome, supongo que para calmarme. Funcionaba.
—Lo último que recuerdo fue escuchar unos gritos provenientes del río. Vi a un niño y me lancé a por él. Después desperté en casa de Clara y hasta ahora...
—¿Estás segura de que eso es todo?
Me observaba con intensidad. ¿Qué más quería que dijera? Sus ojos clavados en los míos parecían ver más allá. Cerré los ojos unos segundos, pretendiendo hacer memoria.
—Para poder ayudarte necesito que seas sincera. De lo contrario, esto no funcionará.
—Sí, eso es todo lo que recuerdo. He tenido sueños extraños que pensaba que podrían ser recuerdos, pero creo que son algo más.
Se quedó pensativa unos instantes. Miró a Clara antes de volverse hacia mí de nuevo.
No contestó. Se limitó a mirarme atentamente, esperando que fuera yo quien añadiera o rectificara mi respuesta.
En su expresión vi el rastro de algo que me hizo estremecer: sabía que le estaba mintiendo.
Tragué saliva pensando en qué podría decir para disimular y que no me descubriera.
Entonces la anciana alzó una ceja y se inclinó hacia mí sobre la mesa.
—¿Quién es Sara, Estela?