Todas las vidas hasta ti 22
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Reviravolta: un giro de los acontecimientos.

El viejo dicho «del dicho al hecho hay un trecho» no se equivocaba.

Fruto de la rabia e impotencia, me creí la más valiente, rebelde y atrevida, pero una vez me calmé y me tumbé en la cama, me di cuenta de que tampoco tenía muchas opciones.

No me quedaría quieta esperando, pero tampoco sería una inconsciente.

Me arriesgaría cuando tuviera sentido y, en ese momento, sabría con cuánto cuidado debía actuar.

Kael parecía contar con la confianza de Mendoza y, aun así, había notado el miedo que le infundía. No podía sacarme el sonido que hizo el cuello al romperse. Y pocas cosas más que esa eran suficientes para hacerme entender la dimensión del peligro.

Los días siguientes pasaron sin novedad. Tanto para lo bueno como para lo malo. No hubo más detenciones; el ambiente general recuperó un poco el color que había perdido.

La presencia de Mendoza seguía intimidando, pero el pueblo no se amedrentó.

La mayoría de los días solo veía y hablaba con Clara.

Kael llegaba cuando yo ya estaba acostada y se marchaba antes de que me hubiera levantado.

Yo pasaba el tiempo ayudando con las labores domésticas, en la taberna o entreteniendo a los pequeños en los pocos ratos que parecían aburrirse y demandaban atención.

Esa mañana estaba sola en la casa. Los últimos sueños habían sido de poca ayuda.

Naturaleza, verde o las mismas cuatro estampas que ya me había hartado de dibujar en cada hueco del papel que quedaba libre.

Aun así, seguía haciéndolo, convencida de que ahí encontraría la clave para regresar.

Mi otra opción era hacer preguntas, pero serían demasiado extrañas como para no generar sospechas, así que, aunque me moría de ganas de indagar, no podía hacerlo.

No sabía cómo. En un par de ocasiones a solas con Clara había sentido el impulso de contarle la verdad.

No solo para que pudiera ayudarme, sino también para librarme del peso de aquellos secretos.

Me levanté del suelo con un objetivo claro.

Salí del dormitorio y me colé una vez más en la habitación de Kael.

Abrí el cajón de la última vez y saqué varias hojas más, las últimas que usaría para que no notase que le habían desaparecido.

Antes de cerrarlo, una pequeña caja de madera tallada me llamó la atención.

Yo tenía una parecida de pequeña, pero para la época y lugar debía tratarse de un objeto de mucho valor.

La abrí y, entre todo el contenido, algo sobresalió sobre el resto.

Lo sujeté entre las manos y, al hacerlo, el aire se volvió más denso.

Todo cambió.

Fue rápido. Como un abrir y cerrar de ojos en el sentido más literal. El silencio fue sustituido por música y voces. La caja había desaparecido. Y ya no estaba en esa habitación. El olor a madera y vino me mareó por un instante.

—¿Me acompañas fuera un rato?

Parpadeé un par de veces para confirmar lo que estaba viendo. Miré la mano que me invitaba a salir y, sin pensarlo mucho, acepté. Miré también a mi alrededor. Estaba en la taberna de siempre, pero era diferente: la gente, la decoración...

Busqué a Clara tras la barra, pero, en cambio, la encontré bailando con un joven apuesto que no supe identificar. Parecían íntimos. La mano que me sujetaba tiró de mí hasta llegar al banco de la calle contigua. Ese sí lo reconocía: me había sentado allí el día que ayudé a Clara en la taberna.

—Hacía calor ahí dentro, ¿verdad?

Kael, sin uniforme y con la espalda apoyada en la pared le daba vueltas entre las manos a un pequeño cuchillo. No solo su atuendo era diferente. Tenía la barba afeitada y el pelo mucho más corto. Seguía siendo apuesto, pero se veía más... joven.

—Y tanto, también necesitaba tomar el aire.

Respondí sin desearlo. Sabía lo que iba a decir antes de hacerlo, pero no fui yo quien eligió las palabras.

—Tu hermana estaba pasándoselo muy bien ahí dentro, ¿no crees?

—No me fío ni un poco de Roi.

Se sentó a mi lado.

—Parece buen chico, deberías darle una oportunidad —soltaron mis labios.

—Lo conozco desde hace una eternidad, Sabela. Creo que lo tengo calado.

¿Sabela? ¿Quién era Sabela?

—Precisamente por eso, amigo. No se atrevería a hacer nada indecente conociéndoos desde hace tantos años.

—¿Soy tu amigo de verdad?

—¿En serio lo preguntas?

Se acercó un poco más a mí y me llegó un fuerte olor a alcohol. Nuestras rodillas se tocaron. Me sentí nerviosa, incómoda, pero mi cuerpo no reflejó ninguna de esas sensaciones. Fue como si cuerpo y mente se hubieran desligado por completo y una vez más fuera una simple espectadora.

—¿Nunca has pensado en mí... como en algo más?

Me reí. ¿Por qué me reía?

—Nos conocemos desde antes de que aprendiéramos a andar. Eres mucho más que eso.

Sus ojos se agrandaron y sonrió. Acercó poco a poco su cara a la mía.

—Eres como un hermano para mí.

Roto. Igual que un espejo al caerse se rompe en mil pedazos, su rostro se desfiguró. Pena, rabia, indignación, despecho y... deseo. Noté cómo sus ojos se llenaban de fuego.

—Eso lo dices porque no me has dado una oportunidad.

Me rodeó el cuello con la mano y me besó. Un beso duro, agresivo, desesperado. De un impulso, me aparté de él después de morderle el labio como acto reflejo, me levanté y me puse a cierta distancia.

—No... no puedo. Perdona si te he dado alguna señal confusa o si has malinterpretado mi comportamiento. No era mi intención. Te quiero mucho, pero... no así. Lo siento.

Se levantó y con el dedo pulgar se frotó la herida. Comprobar que le había hecho sangre le hizo saltar.

—Es por Ero, ¿verdad? Él no te conoce tanto como yo. Te aseguro que con una noche te haré cambiar de opinión. Quiero hacerte mía.

Me acorraló contra la pared. Intenté apartarme de él, pero era más grande y más fuerte. Comenzó a besarme, luego descendió por el cuello, las clavículas y llegó hasta mi pecho. El miedo me paralizaba.

Grité, pero la música y el bullicio de la taberna producían más ruido.

Levantó la cabeza de mis senos y me obligó a alzar la cara, tirando del pañuelo que me cubría la garganta.

Me hacía daño y lo agarré para que no me quemase la piel.

Sin saber cómo, desencajé la pierna que tenía bloqueada y le di una patada.

Conseguí separarme de él, pero, aún encogido por el golpe, seguía aferrando la prenda.

Me lo desaté y hui. Corrí sin mirar atrás.

Una bocanada de aire me trajo de vuelta.

Parpadeé de nuevo. Miré a mi alrededor. Estaba en casa de nuevo.

Aliviada, me agarré la cadena. El dolor había desaparecido, pero las sensaciones seguían recorriéndome el cuerpo.

El olor del alcohol y la humedad de los besos estaban ahí.

Entonces me fijé en él. En el pañuelo que tenía delante de mis ojos. El mismo que llevaba en el sueño.

Lo guardé de nuevo, cerré la caja y la volví a colocar en su sitio. Luego, cogí el papel y salí de la habitación. Cerré la puerta detrás de mí y me apoyé en ella de espaldas con los ojos cerrados.

Kael parecía intenso y temperamental, pero no le veía capaz de hacer algo así.

Esos ojos llenos de oscuridad y lujuria que había visto no se parecían a los que había conocido.

Y ese nombre... Sabela. Sería... En la visión no la había visto, sino que lo había experimentado como si fuera ella.

Mi teoría de que fueran premoniciones se desmoronó.

Aun así, tampoco podían ser sueños, pues me ocurrían en estado de vigilia. Tenía que salir de dudas.

—¿Todo bien?

Abrí los ojos. Kael, de brazos cruzados, se apoyaba en la pared en el fondo del pasillo.

Alarmada, traté de esconder el papel detrás de mí tan disimuladamente como pude. Con suerte, no me habría visto salir de su cuarto.

—¿Qué haces aquí?

—¿Acaso no es esta mi casa? —Señaló a su alrededor—. Creo que no tendría que dar explicaciones. Aunque si la señorita insiste..., venía a cambiarme de ropa. Mi caballo tuvo ha tenido la genial idea de dejarme caer en una montaña de...

Susurró la última palabra. No escuché bien.

—¿Montaña de...?

—Abono.

Lo miré de arriba abajo. Efectivamente, estaba lleno de estiércol. Hasta ese momento no había sido consciente, pero en cuanto avancé unos pasos hacia él me llegó la peste. Me tapé la nariz con la mano libre. La tensión que había estado acumulando se liberó en forma de carcajada.

—¿Te parece divertido? Una caída del caballo puede ser mortal. ¿Lo sabías?

Sus mejillas se tornaron rosas y su excesiva gesticulación excusándose de lo ocurrido no podía ocultar lo avergonzado que se sentía.

—Disculpa, no quería reírme. No he podido evitarlo.

Quería escaquearme, volver a mi habitación, pero era demasiado complicado sin darle la espalda. Opté por seguir recto hacia la puerta de casa.

—Bueno, yo... me marchaba ya.

Pasé a su lado evitando el contacto visual o vería mis ojos de culpable a la fuga.

—Una cosa más.

Me agarró del hombro y me frenó. Me puse más nerviosa aún.

Estaba muy cerca. Casi lo había conseguido. Me giré de nuevo, ocultando las pruebas de mi delito, aunque sabía que sería inútil.

—El domingo.

—¿El domingo? —repetí, intrigada.

Igual sí me había librado.

—Me gustaría que cenaras conmigo —masculló.

No me esperaba esa propuesta.

—Y con mi familia, claro. Mi padre me lo ha sugerido esta mañana; les gustaría conocerte en un ambiente más distendido.

Pensaban que te marcharías en cuestión de días, como todos, así que no vieron necesario abrumarte.

Pero ya llevas un tiempo aquí y, aunque sigamos preguntando por todas partes, parece que todavía te quedarás aquí un poco más.

Balbuceando, inquieto, cambiando el peso de sus pies compulsivamente y, por encima de todo, lleno de estiércol.

Era imposible que el Kael que había visto en mi mente fuera el mismo que pataleaba nervioso delante de mí.

Mi imaginación me había jugado una mala pasada.

Necesitaba seguir investigando, pero no podía ser.

—Claro, por supuesto que iré.

¿Tenía alguna alternativa?

—Bien —dijo él.

—Bien —repetí.

Se quedó quieto, mirándome en silencio. Como si se hubiera dejado algo pendiente de comentar.

—Pues ya me voy —añadí.

Vino hacia mí y acercó su mano a mi rostro. Cuando estaba a punto de tocarme, cerré los ojos. Pero no llegó nunca. Tomó lo que llevaba entre las manos.

—Antes me gustaría que me explicaras qué hacías en mi habitación y para qué quieres esto.

Lo sabía desde el principio, y me había hecho fingir como una estúpida. Lo odié por ello.

—¿Papel? —preguntó—. Por la forma en que lo ocultabas, estaba convencido de que sería algo más importante. Había notado que me faltaba una pluma y que tenía menos hojas de las que recordaba, pero pensaba que habían sido los niños...

Tenía la mirada pensativa; casi podía ver las piezas del puzle formándose en su mente después de entender dónde habían ido a parar sus cosas. Me las tendió para que las recuperara. Acerqué la mano y, antes de siquiera tocarlas, las apartó de nuevo.

—Espera, ¿para qué lo quieres?

—Para dibujar.

—¿Dibujar?

Asentí.

—Estaba aburrida y pensé que podría dibujar.

—Si querías eso, me lo podías haber pedido. Espera aquí.

Se marchó a su habitación y volvió al minuto. Llevaba algo en la mano.

—Toma, ¿te sirve esto?

Me ofreció un par de carboncillos alargados de bordes irregulares.

La verdad es que los prefería a la tinta, la cual, afortunadamente, no pidió de regreso.

La devolvería a su lugar cuando no me vieran.

No confesaría tenerla o podría obligarme a enseñarle lo que ya había bocetado, y no tenía forma de explicarlos sin que me tachase de loca.

—Gracias. Es perfecto.

—Lo compré para que los niños no me robasen la pluma e hicieran un destrozo por ahí con la tinta. Con lo cara que es, además. —Se rascó la cabeza buscando qué decir—. Bueno, voy a... —empezó señalándose todo el cuerpo.

—Sí, sí. Adelante. Gracias de nuevo.

Asintió y volvió a desaparecer por el pasillo.

Caminé hacia la puerta de la casa y, antes de salir, me di cuenta de que ya no necesitaba escabullirme, así que retrocedí y me metí en mi cuarto.

Mis dibujos ya no eran un secreto y temí que, descubierto mi pasatiempo, él o cualquiera quisiera verlos.

Me reservé un par de hojas para seguir anotando mis visiones.

En las demás dibujaría algo menos... sospechoso.

Acabé el día con las manos y el rostro manchados de negro.

Me pasé el resto de la mañana y la tarde dibujando diferentes rincones de la casa y de todo lo que alcanzaba a ver por la ventana.

Después de que me pillara in fraganti, no quería arriesgarme.

No quería tener que sufrir más regañinas o castigos.

Al menos no ese día. Había tenido suficiente.