21
Orballo: lluvia fina pero que cala hasta los huesos.
Nunca había deseado con tantas ganas poder parar el tiempo. Quería salir corriendo, pero sabía que eso no era una opción. Mis visiones se iban a cumplir y no había podido hacer nada para evitarlo.
Estúpida, estúpida, estúpida.
—Será mucho más fácil si no opones resistencia —dijo el guardia que no conocía, dando un paso hacia mí.
Miré alrededor en busca de Clara o incluso de Kael. Alguien que pudiera ayudarme y sacarme de allí, pero con el ajetreo a nuestro alrededor resultaba imposible.
—De acuerdo.
Me concedieron el honor de no esposarme ni maniatarme. Gonzalo comenzó a caminar por delante de mí y el otro guardia me siguió por detrás. Rodeada. No tuvimos que caminar mucho, pues entramos en uno de los edificios de la propia plaza.
—Espera aquí —dijo Gonzalo en un tono suave.
Cerraron de un golpe el portón de madera, dejándome sola. Me quedé de pie en medio de la sala. Parecía un despacho. El olor a cuero, libros y cera de velas inundaba el ambiente. Adornando el centro de la pared había un imponente crucifijo dorado.
¿Volvería a ver la luz del sol? ¿Me encerrarían? ¿Qué pensaría Clara cuando se enterara? ¿Y Ero?
Mi cabeza no paraba de pensar, dar vueltas y buscar alguna forma de escapar.
Me había quedado petrificada; el miedo me bloqueaba y me costaba pensar con orden.
Me tiré de la cadena hasta arañarme la nuca.
Había un gran ventanal. Habíamos cruzado pasillos, pero sin subir ningún piso.
Podría saltar y salir corriendo, pero ¿a dónde iría?
Me encontrarían y, si ya estaba en el punto de mira, no tendrían ningún reparo en aprovechar la plataforma de la plaza y usarla conmigo.
Tragué saliva y me acaricié el cuello como si pudiera notar la cuerda áspera rodeándolo.
Cada minuto que pasaba me parecía una eternidad.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Los nervios, la impaciencia y el terror me inundaban.
No debí mostrarme impaciente por descubrir lo que me deparaba el destino, pues, tras abrirse el portón a mi espalda, una voz salida de mis peores pesadillas me soltó:
—Gracias por aceptar mi invitación, Estela.
Se me erizó el vello de la nuca mientras me giraba.
Se confirmaron mis sospechas. Era el padre Mendoza, pero no llegaba solo. Iba acompañado de otro hombre que, a diferencia del primero, vestía ropas mucho más modestas y se mantenía en un segundo plano, tratando de no destacar.
—Espera fuera, quiero hablar a solas con ella —le ordenó.
—Pero... es necesario que anote todo lo que...
—Esto es solo una conversación informal. No será necesario.
—Por supuesto, eminencia. Lo que necesite —respondió, retirándose sin dar la espalda hasta cerrar la puerta.
En cuanto nos quedamos los dos solos, se acercó a un pequeño mueble del que sacó una botella de cristal que contenía un líquido oscuro y dos vasos. Los colocó sobre la mesa mientras se sentaba en el sillón que coronaba el enorme escritorio de madera.
—Toma asiento, por favor —dijo con un tono calmado, pero intimidante.
Señaló con los ojos una de las sillas libres.
No me moví.
—¿Un poco de vino? Este es uno de mis favoritos.
Sirvió un poco en cada vaso y empujó uno de ellos hacia mí. Traté de disimular el miedo. No quería que percibiera mi vulnerabilidad.
—Tranquila, este no está santificado.
Comenzó a reírse él solo de forma bastante compulsiva hasta parar de golpe.
Negué con la cabeza.
Se levantó, rodeó el mueble y se colocó frente a mí.
No era muy alto, lo justo para mantener su mirada un poco por encima, elevando el mentón.
Tragué saliva. Agarré mi colgante intentando sujetarme a algo que me ayudara a no perder el sentido.
Trataba de mostrarme entera, a pesar de estar deshecha por dentro. Creía que iba a desvanecerme.
—Un momento. ¿Te han asustado? Mira que les tengo dicho que sean amables con mis invitados.
¿Invitados?
—Me gusta conocer a los vecinos del pueblo y he oído hablar de ti.
Me causaste... curiosidad. Sí, curiosidad es lo que estaba pensando.
Y lo que has visto ahí fuera..., no soy más que un siervo de Dios actuando en su nombre.
No podemos permitir que pecadores, herejes y personas que hacen tratos con el diablo sigan caminando libremente entre nosotros. Lo comprendes, ¿verdad?
No me había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta que exhalé todo el aire que contenían mis pulmones.
Todavía no me sentía del todo a salvo, pero pude relajarme.
La tensión acumulada se liberó y mis rodillas se aflojaron, haciéndome tomar asiento. Mendoza volvió a su sillón.
—Así que... ¿no recuerdas nada?
—Solo mi nombre, señor. Señor inquisidor.
—Interesante. Escuché que salvaste al pequeño Leo de ahogarse y que ese pudo ser el motivo de tu pérdida de memoria. Una desgracia, mas eso te honra. Jesús entregó su vida por nosotros. Así que nosotros también debemos entregar la vida por nuestros hermanos.
Sonreí de forma incómoda. Tierra, trágame.
—Ya me informaron de que difundieron una misiva con tu descripción a todos los pueblos y ciudades cercanas. Recemos por que pronto puedas volver...
Un golpe lo interrumpió. Alguien entró empujando la puerta.
—Señor, ¡ha cometido un error!
Era Kael. El alivio me inundó.
Una mezcla de enfado y preocupación brillaba en sus ojos. Parecía enfurecido. Una mueca de confusión le brotó al verme sentada. Su mirada pasó de Mendoza a mí y de mí a Mendoza.
—¿Estás... estás bien?
—¿Qué está ocurriendo aquí? —Ahora se dirigía directamente a Mendoza.
—Joven amigo. Solo estábamos conociéndonos, ¿verdad, Estela?
Asentí. Clavé los ojos en Kael, esperando que entendiera que le estaba pidiendo auxilio con la mirada.
—Como sabrá, Estela está bajo mi protección. Hasta que recupere los recuerdos o vengan a buscarla, soy el responsable de que no le pase nada malo. Así que ya no le molestamos más.
Me ofreció la mano para ayudarme a levantarme. No dudé y la tomé.
—Perdón por las molestias causadas. Ya nos vamos.
Kael me aproximó a él, sujetándome con cierta posesión.
—Nos marchamos, pues. Cuídese —se despidió Kael. Sujetándome con más fuerza aún, tiró de mí para abandonar la estancia, pasando justo al lado de Gonzalo, a quien le devolví la misma mirada de confusión que él me lanzaba a mí.
Caminamos por el pasillo en silencio. Me sentía aliviada, pero hasta que no saliera de ese edificio no me relajaría por completo. Al acercarnos a la puerta que daba a la calle, empecé a escuchar una discusión.
—¡¿Estela?!
No distinguí la conversación, pero sí mi nombre. Alguien lo había gritado al otro lado. Me adelanté a Kael para abrirla primero.
—Estela.
Ero.
Rojo de furia, se quedó pálido al verme. Estaba discutiendo con uno de los guardias que vigilaban la entrada.
—¿Estás bien?
Parecía confundido, sorprendido al decirlo, pero, sobre todo, aliviado.
—Yo me encargo, tus servicios no son necesarios esta vez.
Cualquiera habría notado la sorna y altivez con la que Kael se dirigió a Ero mientras le adelantábamos.
Volví la mirada atrás. Ero se había quedado petrificado.
De alguna manera sentí que lo traicionaba, pero...
¿qué narices? No era él quien había temido por su vida minutos antes.
Y, en segundo lugar, aunque menos importante, yo no era quien había estado evitando al otro de forma descarada durante días.
Caminamos de vuelta sin decir una palabra. Kael no me soltó ni un segundo y, una vez cruzamos el umbral de la casa, cambió el semblante serio por uno de preocupación. Me soltó el brazo y me agarró ambos hombros para hablarme a escasos centímetros de la cara.
—Estela. Es muy importante. Repito, muy importante que me cuentes exactamente todo lo que ha ocurrido ahí dentro antes de que llegara. ¿Qué te ha preguntado? ¿Qué le has respondido? ¿Qué gestos ponía? Cuéntamelo todo.
Había visto a un Kael borracho, engreído e indiferente, pero ahora estaba viendo a un Kael asustado. Notaba sus intentos de mostrar calma, pero las cejas arqueadas, la frente húmeda de sudor y el rápido movimiento de los ojos le delataban.
—Esto...
—Todo, Estela.
Di un respingo cuando golpeó la mesa que tenía a su lado.
—No... no ha llegado a preguntarme nada. Nada que no supiera ya. Supongo que quería confirmar los rumores que corren sobre mí.
—¿Seguro que eso es todo?
Clavó sus ojos en mí sin parpadear.
Asentí, apartando la vista.
Suspiró aliviado mientras buscaba una silla donde sentarse. Se reclinó, apoyando la cabeza entre las manos, antes de volver a levantarse.
—Mira, a partir de ahora las normas son las siguientes —comenzó.
¿Normas?
—Solo saldrás de casa acompañada. Con Clara, avisándome a mí antes, o conmigo, por supuesto. Como habrás visto, ambos pasamos mucho tiempo fuera de casa trabajando. Podrás estar en la taberna, pero, como comprenderás, no puedo llevarte conmigo a las guardias o salidas fuera del pueblo.
Me estaba encerrando. Hasta los mellizos tenían más libertad que yo.
—¿Alguna duda?
—Pues... —comencé a decir.
—Estupendo. Me tengo que ir.
Y se fue.
Seguía todavía con el miedo en el cuerpo del interrogatorio.
Estaba asustada. Quería huir o esconderme bajo la cama y no salir nunca.
Quizá lo segundo. Pero el mero hecho de hacerlo por imposición de otro no me creaba más que ganas de salir a la calle, aunque fuera en contra de mis propios intereses.
Aunque pusiera mi vida en riesgo, aunque retrasara mi vuelta a casa.
A mi vida.