Todas las vidas hasta ti 20
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Mágoa: pena, sufrimiento.

Habían pasado tres días.

Tres días desde que había visto a Ero por última vez.

En un pueblo me parecía imposible no haberme encontrado con él.

Tenía la impresión de que me evitaba. Mis días se habían limitado a volver al río y al bosque repetidas veces con la esperanza de que, quizá, tocando la piedra adecuada o pisando el trozo de suelo correcto, lograría regresar a mi tiempo, a mi vida.

También daba paseos por el pueblo y me presentaban al resto de vecinos.

En más de una ocasión recorrí el mercado intentando encontrarme con Uxía, sin éxito.

Y seguí dibujando los fragmentos de sueños que aún recordaba.

Tuve que empezar a aprovechar los huecos del papel, pues empezaba a quedarme sin espacio.

No había vuelto a tener una «visión». Así había decidido llamarlas.

Y, aunque me alegraba, me impacientaba no saber cuándo regresaría el único hilo que intuía que podría ayudarme.

La única pista que tenía era el padre Mendoza, pero era demasiado arriesgado, además de que no quería acercarme a él por nada del mundo.

Cada vez estaba más habituada a mi nueva, y esperaba que temporal, vida medieval.

Soportaba los olores desagradables; la falta de electricidad y agua corriente se convirtió en un problema menor y me adapté cada vez mejor a las costumbres y forma de hablar de la gente.

Tampoco me había encontrado con Kael. Me inquietaba descubrir qué ánimo tendría la próxima vez que lo viese.

Clara me sugirió que mantuviera un perfil bajo.

El ambiente estaba bastante tenso y, después de su confesión de hacía unos días, no necesitaba más explicaciones para hacerle caso.

En cualquier caso, me negaba a quedarme en casa un día más, así que me vestí como Clara me había enseñado y salí.

La gente continuaba trabajando en el campo, en sus talleres, en el mercado.

La vida seguía y yo me moría de aburrimiento, pensando que jamás saldría de allí y que esa sería mi vida para siempre.

Ya había memorizado el camino a la taberna, así que lo hice en piloto automático mientras prestaba atención a todo.

Los colores y sonidos eran más vibrantes e intensos y, una vez más, tuve la sensación de estar experimentando mi propia vida desde fuera, como si se tratara de una película y no de mi realidad.

A esas horas, a pesar de que todo el pueblo se había puesto en marcha, la taberna estaba tranquila.

En el interior estaban los habituales: señores mayores que ya no trabajaban o, al menos, no tanto como los jóvenes.

En realidad, ninguno pasaría de los cincuenta años, pero, como la mayoría de la gente allí, aparentaban mucha más edad de la que tenían.

Comparado con la gente del presente, por supuesto.

Comenzar a trabajar pronto en el campo, bajo el sol, curtía las pieles dejando manchas y arrugas que eran la mayor prueba del esfuerzo y del paso del tiempo.

Las mujeres, aunque pasaban mucho más tiempo en casa, tampoco se libraban.

Además de ayudar en épocas de cosecha o vendimia, también eran las responsables de criar a los hijos y cuidar del hogar.

Sin los conocimientos de la actualidad, y mucho menos cosméticos, no eran conscientes del daño que hacía la exposición prolongada al sol a largo plazo y de los efectos que podían tener la mala alimentación y el consumo excesivo del alcohol.

Todo eso convertía lo que para ellos era su forma de vida en un combinado perfecto de envejecimiento prematuro.

—¡Cielo! ¿Cómo estás hoy? —me saludó Clara.

Estaba limpiando una mesa cuando me vio. Siguió haciéndolo de forma mecánica mientras me hablaba.

—¡Hola! —respondí, camuflando mi apatía con amabilidad. Clara no se merecía conocer esa versión de mí, sobre todo cuando no sería capaz de entender los motivos.

—¿Estás bien? Tienes mala cara.

Quizá mis habilidades de camuflaje no eran tan buenas como pensaba.

—Bueno, estoy perfectamente para lo que he venido. ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Qué necesitas que haga por aquí?

—Pues...

Miró hacia los lados y, con un encogimiento de hombros, me lo dijo todo.

—La verdad es que estos días está muy tranquilo, y más allá de los habituales... no hay muchos clientes. Muchísimas gracias por ofrecerte, pero no es necesario.

—¿Y los pequeños? ¿Están solos? ¿Necesitas que les eche un ojo?

—Estela, está todo bien. No tienes que sentirte en deuda ni nada parecido.

Más bien al contrario: soy yo la que jamás podrá devolverte lo que hiciste por Leo.

Los mellizos se las apañan bien y todo el pueblo los cuida.

Así que aprovecha para pasear, descansar, dormir...

Y, por mi parte, estaré encantada si quieres quedarte a hablar conmigo.

No hay mucha gente en este pueblo con tiempo libre y con la que poder mantener una conversación interesante.

Me senté en una silla alta y me limité a observar mientras Clara limpiaba y atendía.

Entonces, escuché la puerta abrirse. Me giré y ahí estaba él.

Ero vestía su uniforme, la única ropa con la que lo había visto.

Le sentaba impecable. Se apreciaba que no era nueva: tenía algún remiendo y se notaba el desgaste en las botas o en el cinturón, pero parecía hecha y creada para él.

Le marcaba cada músculo y era... Agité la cabeza para alejar ese pensamiento de mi cabeza.

Noté cómo se me calentaban las mejillas y se me secaba la boca.

Ero no me vio al principio. O fingió no hacerlo. Se acercó a la barra para pedirle algo a Clara. Estaba muy cerca y, aunque el corazón me había empezado a latir acelerado, pensé en acercarme a saludar. Aunque no hizo falta. Nuestras miradas se cruzaron. Algo que no parecía entrar en sus planes.

—Luego te veo, Clara.

Apartó los ojos de mí y, con una palmada en la barra, se giró y se fue por donde había venido.

—¿Y a este qué le pasa? —preguntó Clara, confundida.

Me encogí de hombros. Me reconfortó saber que no era solo mi impresión.

Sí, me estaba evitando. Pensaba que los días sin verlo habrían sido por culpa de su trabajo.

Motivos ajenos a él que le habían impedido pasarse antes.

Desconocía qué había hecho para enfadarlo, pero si él quería actuar como un niño pequeño, le demostraría que yo podía hacerlo aún más.

Conseguí convencer a Clara para que me dejara echarle una mano, limpiando lo que ya estaba limpio, ordenando lo que ya estaba colocado y lo que se le iba ocurriendo sobre la marcha, pero al menos me mantuve ocupada y pude dejar de pensar por unos instantes.

Un bullicio procedente de la calle nos interrumpió.

Nos asomamos por las pequeñas ventanas a ver lo que ocurría.

Un montón de gente estaba apelotonada, pero alcancé a ver a dos guardias.

No reconocí a ninguno. Parecía que llevaban casi a rastras a una persona que no logré ver, pues una especie de saco le tapaba la cabeza.

Me temí lo peor.

La puerta de la taberna se abrió de un golpe.

—Todos fuera. ¡Ahora! Ya sabéis lo que toca. A la plaza. ¡Vamos!

Kael se dirigía a los pocos vecinos que quedaban dentro.

Todos obedecieron sin rechistar y salieron en fila.

Yo me quedé petrificada, sin saber qué hacer.

Vi que él apretaba un papel enrollado en la mano.

Se acercó a Clara pasando delante de mí, ignorándome.

Le habló en voz baja y tranquila, nada que ver con la que acababa de usar para dirigirse a los otros. No logré escuchar lo que decía.

—¡¿Qué?! ¿Hoy...? ¿Ahora? No puede ser. Tan rápido... No han avisado.

Me miró preocupada.

Él añadió algo más que, de nuevo, no entendí. Luego, se separó de ella. Esta vez pasó delante de mí sin quitarme los ojos de encima hasta que se giró y salió cerrando con fuerza.

Clara se desató el delantal, dejándolo encima de la mesa, y se acercó a mí.

—Me encantaría que no tuvieras que ver esto. Me encantaría que esto no estuviera ocurriendo. Pero tenemos que ir. No te soltaré. ¿De acuerdo?

Clara creía que yo tenía alguna idea de lo que hablaba, de lo que estaba pasando.

—Clara, ¿ver qué? ¿Qué es toda esta gente? ¿Qué está pasando?

—Han anunciado una ejecución pública. Ahora, en la plaza del pueblo. Y todos los vecinos tienen que ir a verlo o habrá consecuencias para los que falten.

Tragué saliva. Sabía la respuesta, pero aun así pregunté.

—Es la niña del...

Asintió con la mirada triste. No podía creerlo. Estaba pasando de verdad.

—Yo... no sé si..., no puedo..., no quiero —dije entrecortadamente.

Sentía que me mareaba. Clara me agarró del mentón y lo alzó.

—Estaré a tu lado todo el rato. No tenemos alternativa.

No estaba en absoluto convencida, pero entendí que no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Ya llamaba demasiado la atención; no necesitaba otro motivo para que siguieran prestándomela.

Salimos agarradas del brazo y nos mimetizamos con la gente, que caminaba en procesión al mismo destino.

Me aterrorizó ver a niños muy pequeños, más pequeños que los mellizos, correteando como si eso fuera una celebración.

Y no solo ellos: algunos adultos parecían deseosos de presenciar ese acto tan atroz. Eso sí que era terrorífico.

En mitad del trayecto, una señora con unos niños pequeños paró a Clara.

Me sorprendió la tranquilidad con la que hablaba, como si se hubieran encontrado en cualquier otra circunstancia que no fuera de camino a una ejecución.

Me quedé a su lado en silencio, sin soltarme de Clara.

Pensaba que, si lo hacía, me desmayaría.

Miraba a mi alrededor cuando algo me llamó la atención.

A través de la ventana de una casa, alguien se asomaba entre las cortinas, pero cuando quise enfocar la vista, la cortina se movió y la sombra desapareció.

Seguí observando el mismo punto, hipnotizada, tratando de ignorar la conversación o, más bien, el monólogo que le estaba soltando esa señora a Clara sobre un primo soltero que tenía en el pueblo vecino.

Entonces, entre el tumulto, vi de refilón una silueta.

Mis ojos fueron a parar a la puerta, pero no salió nadie.

Sin embargo, al volverme hacia la ventana, una persona estaba parada justo delante.

Alma. Me miraba fijamente, parada en medio de la calle.

Intimidada, me giré un instante, pero pronto volví a mirarla.

Ya no estaba. No la vi más y justo entonces Clara tiró de mí para continuar el camino.

Llegamos a la plaza. Los tambores repetían un ritmo constante e indicaban a dónde debíamos ir. El montón de gente apelotonada los rodeaba. Clara me guio haciéndose hueco entre la gente.

—Kael me ha pedido que nos pongamos delante. —Se acercó a mi oreja—. Lo siento, buscaré alguna forma de compensártelo.

Dejó de caminar y me rodeó con los brazos, manteniéndome a su lado.

Aunque no me atrevía, terminé levantando la mirada.

Una plataforma de madera rudimentaria se erigía en el centro.

En lo alto, Mendoza, acompañado de un hombre fornido con el torso descubierto y rostro serio, sujetaba a una persona maniatada.

Era ella. Una parte de mí deseaba huir, pero no podía levantar los pies del suelo.

Vi a Kael, firme, bajo la plataforma, unos pasos por delante de la gente, que ya había organizado un círculo alrededor.

Tenía los ojos perdidos en el infinito, impasible.

Le acompañaba un odre de vino al que no dudó en dar un trago mientras el resto de los presentes mantenían la misma postura rígida.

Escuché un llanto que sonaba por encima del resto. Uxía, junto a sus padres, había envejecido décadas en apenas unos días. Estaban en primera fila. El resto de los vecinos guardaban una distancia prudencial de ellos. Y dudaba que fuera por respeto.

Mendoza desenrolló un papel como el que le había visto antes a Kael y comenzó a leer en voz alta.

Al principio me costó entender los tecnicismos y seguir el ritmo, pero comprendí que, tras unas exhaustivas investigaciones y un juicio privado, se había dictaminado la culpabilidad por brujería tras la confesión de la acusada y que, por ello, sería condenada a morir.

En la horca. De forma inmediata.

Todo pasó demasiado rápido. Gritos, lloros, aplausos, risas, vítores. Kael dejando que el líquido rojo se le derramara por la boca. Unos guardias que no reconocí tratando de detener a los familiares de la pobre chica.

Y lo peor de todo.

El crujido.

Supe que jamás olvidaría el sonido que hace un cuello al romperse.

La gente comenzó a dispersarse. Sin pensar, me solté de Clara y me aparté a una esquina para vomitar. Quería desaparecer, desvanecerme, escapar de allí. Apreté la cabeza contra la pared hasta hacerme daño. No funcionó. Seguía allí.

Me tocaron un hombro. Me giré a la defensiva. Eran dos guardias. Me paralizó el miedo. Uno era Gonzalo. Mostraba un rostro serio, con las cejas caídas. Parecía triste.

—Eres Estela, ¿verdad? —preguntó el otro guardia.

Asentí, dudosa.

—Acompáñanos.