Todas las vidas hasta ti 19 #2
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Incluso entre las familias. Las denuncias anónimas se multiplicaron.

Muchas personas fueron llevadas a hablar con el inquisidor y volvían días después ensangrentadas, con moratones o heridas... Algunos incluso sin alguna extremidad.

Se me revolvió la tripa de imaginármelo.

—Por desgracia, esos eran los finales más felices... Una docena de personas no volvió nunca a casa. La mitad de ellos no soportaron las torturas y murieron en los calabozos. Pero la otra mitad... —Le costaba hablar—. Los demás fueron ejecutados. Públicamente.

Se me heló la piel. No me gustaba el camino que estaba tomando esa historia.

—Cinco de ellos confesaron. Dicho de otra forma: dijeron lo que el tribunal quería que dijeran.

Estela, tienes que entender que igual no eran unos santos, pero todos ellos eran inocentes.

Los juicios fueron un sin sentido. Las únicas pruebas eran acusaciones anónimas que, casualmente, procedían de enemigos, envidiosos o gente fuera de sus cabales.

Los que confesaban recibían un beneficio.

La horca. Una muerte rápida y con suerte indolora si se te partía el cuello al quitar el cajón.

Quería vomitar.

—Solo quedó una persona que se negó a claudicar. Nunca se doblegó y defendió su inocencia hasta el último suspiro.

Hizo una pausa.

—Y pasados unos días... —murmuró con un sollozo.

Continuó hablando acongojada.

—Normalmente, tras los juicios había un acto público durante el día en el que se leía la sentencia definitiva y se compartía la conclusión de la condena.

Después, los condenados desfilaban en procesión por todo el pueblo.

Una humillación pública que hacía que, si alguien no se había enterado todavía, lo hiciese entonces.

Luego, en la plaza, se leían las confesiones y, si las había, se daba una oportunidad de arrepentimiento.

Y ya después... venía el castigo. Esos desgraciados convirtieron los asesinatos en actos públicos, y muchos acudían como si de un espectáculo se tratase.

Pocas veces había deseado conocer el final y no conocerlo a partes iguales.

—¿Qué pasó con esa persona? —pregunté, alentándola cuando se quedó en silencio.

—Sa... —Se interrumpió de golpe y se pasó las manos por la frente, tratando de ordenar sus pensamientos—. Sab... Ella llevaba varios días encerrada. —Bajó la mirada con culpa—. Decir su nombre todavía duele. Y acabo de darme cuenta de que no lo pronuncio en voz alta desde... desde hace mucho.

Ella. Una chica. Temía conocer el desenlace. Le agarré la mano para que supiera que estaba ahí para ella.

—Nadie sabía lo que estaba ocurriendo. El séptimo día les dieron permiso a algunos familiares y amigos para verla solo durante unos minutos.

Salieron bastante alentados: ella les aseguró que todo estaría bien, que pronto la liberarían y que en realidad todo era un error.

—Clara tomó aire para respirar. Contarme aquello debía de estar destrozándola por dentro.

Quise pararla, pero ella siguió hablando—.

Esa misma noche, que la recuerdo como si fuera ayer, nos despertaron unos gritos desgarradores acompañados de unos tambores.

Los guardias comenzaron a golpear todas las puertas para que la gente saliese.

En medio de la oscuridad, un gran fuego proveniente de la plaza iluminaba el centro del pueblo.

Todos salimos asustados y corrimos a ver qué ocurría.

Nos temíamos lo peor. Y así fue. Había una enorme hoguera de paja y trozos de madera con un gran tronco enorme en el que estaba atada una persona. Era ella, Estela.

Ya no se preocupaba de disimular sus ojos vidriosos y dejó que las lágrimas corrieran libres por sus mejillas.

—No nos habían avisado. No avisaron a nadie.

No quisieron que nadie tratara de impedirlo: lo maquinaron todo en plena madrugada mientras dormíamos.

Sin embargo, nos obligaron a verlo. No pudimos despedirnos de ella y eso me atormenta.

Habíamos sido inseparables desde que nos conocimos y no estuve ahí para ella en el peor momento de su vida.

Clara paró para sorberse la nariz y respirar profundamente.

—De verdad que pensaba que saldría pronto, que todo habría sido un malentendido y que con el tiempo nos reiríamos de lo ocurrido.

Si hubiera tenido la ligera sospecha de que ese iba a ser su final...

no la habría dejado sola. Y, por desgracia, cuando llegamos...

—Se le quebró la voz—. Cuando llegamos, no gritaba ni lloraba, estaba seria con los ojos abiertos hasta que los cerró, con la cabeza a un lado, ya muerta, mientras el fuego aún la devoraba.

A una distancia peligrosa, adelantado a todos, estaba Ero.

Con un semblante como nunca antes había visto en una persona; no viva, al menos.

Supimos de inmediato que el grito que habíamos escuchado era suyo.

No se separó de ella hasta que la última llama se consumió.

Cuando terminó de hablar, vi manchas oscuras que unas lágrimas habían dejado sobre mi falda. Yo estaba llorando. Me enjuagué los ojos y, sin pensarlo, me abracé a ella, que me devolvió el abrazo sin dudar.

Sin necesidad de que lo dijera, sabía que había sido alguien muy especial para ella también.

—Ella murió esa noche. Y con ella, la mitad de Ero.

Las mujeres que has conocido antes conocen la historia, pero no nos conocen a nosotros.

Él no volvió a ser el mismo. ¿Cómo podría?

No se puede volver a ser uno mismo cuando te arrancan el corazón de una forma tan vil y cruel.

Y tal vez suene egoísta, pero le envidio por haber tenido la oportunidad de despedirse.

Hay tantas cosas que le habría dicho si hubiera sabido que era la última vez que la veía...

Sacó un pañuelo de su bolsillo para secarse las mejillas y sonarse la nariz.

—A día de hoy todavía no sabemos quién pudo acusarla. Te prometo que no tenían ningún motivo para hacer lo que hicieron. Desde entonces, me cuesta confiar.

Me temblaba todo el cuerpo, sentía que esa información era demasiado... privada. Empecé a replantearme todas mis interacciones con Ero, arrepintiéndome de haber sido quizá demasiado bruta, borde o insensible con él.

—Gracias por contármelo. Lo siento si te has sentido obligada de alguna manera, no era mi intención.

—Olvídalo. Tarde o temprano acabarías escuchándolo por ahí y prefiero que lo sepas de primera mano. Además, te merecías saber los antecedentes del padre Mendoza en este pueblo y por qué no es bienvenido aquí.

—Siento mucho lo que os pasó. Que tuvierais que vivir algo así...

Aunque había tratado de disimular lo que sentía, la forma en la que hablaba de ella mostraba mucho dolor.

—Ese día Ero perdió a su alma gemela, Estela.

Pero yo perdí a mi mejor amiga. Era como una hermana para mí, igual que lo es él.

Y como prácticamente hermana de Ero, te agradecería que no le saques el tema.

No puede escapar de lo que ocurrió, pero no me gustaría que sufriera más de lo que debe estar sufriendo ya con el regreso del inquisidor.

—Seré discreta.

—Gracias.

Apretó mi mano y, en un acuerdo tácito, seguimos frotando la ropa contra las rocas en silencio hasta terminar.

Mis manos entumecidas y rojas por el agua helada deberían dolerme, arder, pero no sentían nada.

Mi mente no podía dejar de pensar en cómo estaría Ero, en si una pequeña parte de él lo habría superado.

¿Seguiría pensando en ella? ¿Pensaría en que no pudo salvarla? ¿Que no pudo salvar al amor de su vida mientras que sí pudo salvar a una desconocida de ahogarse?

A mí.

¿Pensaría en mí?