19
Rexoubeiro: cotilla, entrometido.
Desperté sobresaltada. Rodeada de sudor, intentaba recordar el sueño que me había llevado a sentirme así. Pero no podía recordarlo. Cuanto más intentaba pensar en ello, más se alejaba y se difuminaban los detalles. Sentía calor, dolor, angustia. Nada nuevo. Pero eso no lo hacía más sencillo.
Siempre lo recordaba todo. No tenía ni que esforzarme; las imágenes aparecían nítidas al despertarme. Eché en falta la libreta en la que dibujaba mis sueños; aquello ya se había convertido en costumbre, aunque empezase como necesidad. Me sentí frustrada por no tenerla a mano.
A no ser...
De repente lo recordé. Me puse bocabajo, rebuscando bajo la cama. Rescaté el papel y las tintas robadas. ¿Cómo no había pensado en ello antes? Traté de garabatear lo que pude, lo que quedase. Dolor, angustia. Necesitaba colores, veía rojo, naranja, amarillo... y un negro profundo, azabache...
Incapaz de plasmar en formas y colores lo que pasaba por mi mente, escribí.
Pensando en qué añadir, me vino de golpe la noche anterior.
La conversación había cambiado mi percepción sobre Ero una vez más.
Su pasado y el pasado de Luarela. Me di cuenta de lo poco que sabía del lugar donde había pasado gran parte de mi infancia.
¿Sabría avoa todo aquello? ¿Me lo habría contado cuando era pequeña y lo había olvidado?
Después de ese momento que fue entre incómodo e íntimo, nos quedamos un rato en silencio mirando el cielo antes de volver a casa. Sobraron las palabras y, al llegar, nos despedimos con un mero «buenas noches».
Me aseé como pude con un recipiente de agua preparado la tarde anterior y me volví a poner la misma falda, pero con una blusa diferente, de color más oscuro.
Pensé que ya era hora de lavarla. Había supuesto que regresaría antes de que tuviera que plantearme siquiera ese problema, pero parecía que mi estancia allí iba a ser más larga de lo que pensaba y quizá debía pensar... a largo plazo.
Salí de la habitación creyendo que estaba sola. Sin embargo, me encontré a Clara sentada en la sala.
—Hola. ¿Cómo te encuentras?
Su tono fue suave y tranquilo, pero consternado. Se acercó a mí, me agarró de la mano y me invitó a sentarme a su lado.
—¿No deberías estar trabajando?
—Eso no es lo importante ahora. Ayer nos quedamos todos muy preocupados. Debiste de esconderte bien con lo que tardasteis en regresar. Ni siquiera os oí volver. Menos mal que Ero te encontró. Le dije que no se atreviera a volver sin ti.
—Cumplió su palabra.
—La próxima vez que necesites escapar un rato, avísame al menos.
O llévame contigo. Seguro que no me vendrá mal despejarme un poco de todo...
esto. —Hizo un gesto con los brazos señalando a su alrededor—.
Se siente bien tener a una mujer joven con la que poder hablar y hacer algo diferente a cocinar o jugar con los niños.
Paso la mayoría de los días en la taberna hablando con borrachos o señores mayores que no tienen otra cosa mejor que hacer.
Y, cuando vuelvo a casa, me toca pasar tiempo con los pequeños.
Y no me malinterpretes. Los quiero con todo mi corazón, son una bendición.
Pero no ha sido fácil criarlos sola, y sigue sin serlo.
Le sostuve una mano con un suave apretón. No me había hablado antes de nada relativo a sus hijos o al paradero de su padre. Me intrigaba y preocupaba a partes iguales, pero si no me lo contaba ella antes, esperaría la oportunidad adecuada para preguntarle.
—Eres una cocinera estupenda y una madre aún mejor, pero estaré encantada de que conmigo seas solo una estupenda Clara. ¿Te parece bien?
Asintió con un brillo en los ojos.
—¿Qué haces con ese montón de ropa? —preguntó, señalando el bulto que había apoyado en mi regazo.
—Esto... Te quería preguntar. ¿Dónde puedo lavarla?
—Ay, perdona. Pensaba que te serviría para más días. Lo lamento. No te preocupes, déjamelo a mí, yo me encargo.
Me aferré a él antes de que ella pudiera cogerlo.
—De eso nada. Deja que lo haga yo. Me sirve con que me digas dónde y cómo. De verdad. Quiero encargarme al menos de lo mío.
Noté la derrota en su cara, pero sonrió.
—Está bien. Acompáñame.
—¿Ahora? ¿Y la taberna?
—Sí, ahora. La taberna está bien regentada por mi madre. Podrá aguantar sin mí.
Clara cogió una cesta de mimbre con varias prendas que debían pertenecer a toda la familia, pues era de un tamaño considerable. Caminando por las calles, Clara parecía ser el centro de atención, en el buen sentido de la palabra. Todo el mundo la saludaba con ánimo.
Laurela se había llenado de pequeños tenderetes de comida, como carne y pescado, y alguno que otro de telas.
La combinación de olores era abrumadora, pero ya se me había acostumbrado el olfato y se me hizo sencillo.
Pensé en el puesto de fruta. Vi alguno, pero en ninguno estaba Uxía.
Sentí de nuevo el mal cuerpo que me dejó lo ocurrido durante la misa.
Se me debió notar, pues Clara me apretó el brazo con suavidad.
Siguiendo un sendero del bosque, llegamos a una zona del río que no había visto antes, con una superficie pedregosa perfectamente preparada para la tarea. Había cinco mujeres de diferentes edades frotando las prendas entre las piedras.
—¡Buenos días! —saludó Clara.
—Esta es la chiquilla que encontraron, ¿verdad? —preguntó una de las más mayores.
—Escuchamos que salvaste al hijo de Clara —añadió otra.
Me limité a sonreír, responder con monosílabos y asentir.
—Y que casi te costó la vida —puntualizó la que estaba a mi lado.
—Al menos solo me ha costado la memoria —respondí sin pensar, creyendo que aliviaría un poco la seriedad del tema y que se reirían. Me equivocaba. Las mujeres pararon de hacer lo que estaban haciendo y se me acercaron.
—¿Pero no recuerdas nada, nada?
Negué. Todas me rodearon y me miraron con lástima, intentando consolarme acariciándome la espalda y los brazos.
—Bueno, al menos recuerdo mi nombre, Estela. Soy Estela. Pero no os preocupéis, ya me han dicho que es consecuencia del accidente y que la recuperaré pronto. Gracias, pero no quiero ser una molestia.
—Gracias a ti, que ya hacía falta un soplo de aire fresco por aquí. Algo nuevo de lo que hablar que no sea trágico e infeliz después de todo lo que hemos vivido. Y además de alguien que no esté contaminado con el pasado de este lugar —se quejó una señora que podía tener la edad de mi madre.
—Y gracias por conseguir sacar a Clara de la taberna. Es una verdadera proeza. Casi nunca te dejas ver por aquí, al menos no cuando estamos nosotras —añadió otra más joven.
Ahora se dirigían a Clara directamente.
—Bueno, basta de charla. No querréis aburrir a mi invitada.
—Escuchamos que fue Ero quien os sacó del río, ¿es verdad? —preguntó la primera mujer.
—Sí...
Comencé a imitar los pasos de Clara. Humedeciendo la ropa, frotando con lo que parecía una pastilla de jabón y después entre las prendas. De forma continuada, una tras otra. No sé cómo lo hacía; después de un par de movimientos ya me había cansado.
—Pobre, creo que no lo ha superado.
—No creo que lo haga nunca —añadió la más joven.
—Basta —cortó Clara, alzando la voz—. ¡Ya basta! —La expresión en su rostro se endureció.
Vi a una Clara que no había visto antes. Vi pena y rabia en sus ojos. ¿Qué querían decir con eso? Entrecerré los ojos intentando entender. Por la forma en la que hablaban, debían pensar que lo sabía, pero al ver mi cara de confusión, y haciendo caso a la petición de Clara, se retractaron.
—Eh, bueno, sí. Todos sufrimos mucho. ¿No es así?
Se miraron entre ellas.
—Sí, sí. Todos —asintieron las mujeres a la vez.
—¿A qué os referís? ¿Qué es lo que no va a superar nunca?
Lancé la pregunta a todas, pero mirando a Clara.
—No es nada, cielo. Cosas del pasado —intentó convencerme mientras seguía frotando la falda contra las piedras.
Había algo más que no me estaban contando. Sí, la Inquisición había hecho mucho daño al pueblo. Pero el Ero que conocí anoche no era solo el Ero comprometido con la justicia, defensor de Luarela. Ese Ero estaba afectado y enfadado. Y con esa mención tan directa me ponían en bandeja preguntar.
Escuché unos pasos aproximarse. Todas nos giramos.
Uxía se acercaba cargando un cesto con su madre.
No sé si me vio, pero traté de enviarle un mensaje de apoyo con la mirada.
Al vernos, se quedaron inmóviles. Las demás mujeres volvieron a clavar la vista en su tarea y siguieron frotando sin decir nada.
Madre e hija no se acercaron más y comenzaron su labor en la distancia.
Me asustó ver esos gestos de desdén tan descarados. Hasta Clara, que parecía dividida, había decidido imitar el comportamiento de las demás mujeres. Aunque me dolía, no podía juzgarlas.
Después de eso, el ambiente se volvió tenso. Uxía y su madre no tardaron en marcharse. Más tarde lo hicieron el resto de mujeres hasta que nos quedamos solas Clara y yo.
Ya había cogido el tranquillo a la técnica y había comenzado a ayudarla con la ropa de los niños. Era más pequeña y manejable.
—Clara, siento lo de antes. No pretendía meterme donde no me llaman, solo me preocupé y creo que me pudo la curiosidad. No volverá a pasar.
Dejó de hacer lo que estaba haciendo, puso la prenda en el cesto y se volvió hacia mí.
—Perdóname a mí. No quise parecer maleducada. Es un tema delicado y no quería que lo escucharas por nadie que no fuera Ero o yo...
Se quedó pensativa unos instantes antes de continuar.
—Ocurrió hace ya casi cinco años, cuando vino el padre Mendoza por primera vez.
Me lo iba a contar. Sin saber bien por qué me puse nerviosa. Fuera lo que fuese lo que ocurriese a continuación, sabía que sería importante, privado y muy, muy personal. Me sentí responsable de que se hubiera sentido obligada a contarlo, pero... no iba a detenerla.
—Fue llamado desde la capital porque había sospechas de herejía y... brujería. Este siempre había sido un pueblo muy tranquilo. Siempre había algún loco o alguna mala persona, pero eran casos aislados y rara vez había que lamentar daños materiales o personales de gravedad.
Le costó continuar.
—Pero desde que llegó, el ambiente cambió.
La gente empezó a perder la confianza en sus vecinos y amigos.