18 #2
—Supongo que soy alegre, cariñosa, algo miedosa. Creo que me agobio con facilidad. Bueno, y soy muy dormilona, por lo visto.
—No está nada mal para no saber quién eres. Nada mal, Estela. Y, por cierto, ¿qué significa tu nombre? Quizá tampoco lo recuerdes, pero nunca lo había escuchado.
—¿Mi nombre? Mmm, ¡mira!
Si un ser superior existía, se esforzó en hacerse notar.
Señalé con mi mano hacia arriba.
—¿Qué tengo que ver?
—Mira atento al cielo. Espera.
Solo unos segundos después ahí estaba. Una de las estrellas fugaces más brillantes que había visto nunca.
—¿Ese presagio?
—Ese rastro que deja mientras avanza, el que dura solo unos instantes. Eso es una estela. De ahí viene mi nombre.
Tardó unos segundos en responder.
—Te sienta bien. Sin duda, estás dejando huella por Luarela.
—¡Oye! —Le golpeé a ciegas.
—Que es algo bueno. De verdad. Clara te ha cogido cariño en solo unos días y los niños te adoran. Sinceramente, creo que les caes mejor que Kael.
Nos reímos.
—¿Y tu nombre?
—¿Ero?
—Sí, tampoco lo había oído antes.
—Mis padres son comerciantes. Durante la mayor parte de su vida han estado viajando por muchos países y han conocido a multitud de personas.
Me contaron que pasaron un tiempo con un buen amigo que se llamaba Eros.
Decidieron hacerle un homenaje, pero eliminando la letra del final.
¿Cuál es su significado? No lo sé. Sé que viene de las leyendas de los griegos, pero nada más.
—Hizo una pausa—. La verdad es que, como todos me conocen desde que era niño, ¡no recuerdo la última vez que lo expliqué!
Se rio y yo no pude evitar sonreír al escuchar el sonido de su risa.
—Es muy bonito, ¡y original! Creo que te va muy bien. Me suena parecido a héroe... Seguro que tiene algo que ver. Lo cual me recuerda que me salvaste en el río. Nunca te lo he agradecido lo suficiente. Gracias.
—Fue un placer.
—También quería preguntarte si..., bueno, no es nada.
Llevaba todo el día con intriga y curiosidad. No había tenido oportunidad de preguntarle a Clara, pero necesitaba saber, entender. Quizá me ayudaría a darle un sentido a cómo me estaba sintiendo.
—¿Qué quieres saber?
Noté que se había incorporado, y le imité. Estaba sentado con las piernas cruzadas frente a mí. Ya me había acostumbrado a la penumbra.
—¿Sabes algo... de la chica?
—¿Qué chica?
—La hermana de Uxía, la que se llevaron presa ayer. Está bien, ¿verdad?
Su silencio duró más de lo necesario, dándome todas las respuestas que buscaba.
—Sigue retenida, pero todo irá bien. Lo más probable es que fuera un malentendido. No te preocupes por eso.
Aquello no era lo que buscaba, pero supuse que no serviría de nada insistir. Quizá, él tampoco pudiese explicarme más.
—Y una cosa más... El padre Mendoza..., la gente... —Me trabé, atragantándome con mis palabras mientras intentaba formular mi pregunta. Volví a empezar—. Necesito saberlo, ¿qué pasó la primera vez que os visitó el padre Mendoza?
Los ojos de Ero se oscurecieron y volvió a tomarse su tiempo antes de hablar.
—¿Por qué... quieres saber eso? —dijo de forma entrecortada—. Ya te dijo Clara que...
—Cuando llegó y subió al altar, el ambiente se volvió... diferente. Noté que la gente mantenía la respiración o cuchicheaba. No me puedes engañar. Quiero saber qué pasó.
—Mendoza es un inquisidor. Viene de la capital. Su función es visitar aquellos pueblos o zonas donde se han recibido avisos de... herejía, blasfemia o brujería. Todo aquello que no mantenga la ortodoxia que proclama la Iglesia. Y respondiendo a tu pregunta..., hizo muchas cosas. Y ninguna buena.
Silencio.
—Pensé que esto había terminado ya. Como si no hubiera hecho ya suficiente, maldijo para sí mismo—.
Hace casi cinco años vino por primera vez, por el mismo motivo.
Observar y destapar a los herejes encubiertos.
A conversos, locos y brujas. —Escupió la palabra como si le doliese—.
Los llevó a juicio. Aunque llamarlo juicio es como llamar cordero a un lobo.
Ya se había dictado sentencia antes de comenzar.
Notaba la dureza en sus palabras. El rencor, la rabia y... el dolor.
—Estuvo apenas unos meses, pero el daño que causó perdura hasta hoy. Cuando ya parecía que Luarela lo había empezado a superar, vuelve.
Sentí que había abierto la caja de Pandora y ya era demasiado tarde para volverla a cerrar.
—Esa fue la razón por la que me uní a la guardia, ¿entiendes? No podía soportar que se siguieran permitiendo esas injusticias. Siempre he intentado que no carguen justos por pecadores. Pensar que todo haya sido inútil y la historia se repita... No puedo soportarlo.
Ero ya no me estaba hablando a mí. Estaba hablando consigo mismo, con su sufrimiento, con el pasado. No sabía si ayudaría, si lo haría más fácil, pero lo hice. Le agarré la mano, intentando mantenerme serena para calmarle, aunque sus emociones estuvieran calando en mí.
El simple contacto de su piel hizo que algo se removiera dentro de mí. Me estremecí y sentí mi corazón acelerarse. Reprimí el instinto de apartar la mano por la sorpresa.
Esperaba que fuera él quien la apartara o que se quedara quieto, pero no lo que hizo. Al notar cómo le apretaba dejó de hablar. Su mirada se detuvo en mi agarre antes de clavar sus ojos en los míos. Entonces me devolvió el apretón mientras los cerraba.
Una lágrima cayó por su mejilla.