18
Luscofusco: momento del día entre el día y la noche en el que la luz se vuelve tenue, el cielo se tiñe de tonos rojizos y solo se distinguen las sombras.
Me escabullí entre las calles. Me daba igual chocarme con la gente, con una pared o tropezarme. Solo quería escapar. Arrastrada por una fuerza desconocida, cuando me di cuenta, había llegado al bosque de nuevo. Me faltaba el aire, pero eso no me impidió seguir avanzando hasta alcanzar el claro.
Allí respiré de nuevo y me tiré al suelo.
Había corrido por encima de mis posibilidades y, a pesar del miedo que me había inundado el cuerpo, trataba de buscar una explicación.
El tejo, que ya parecía testigo de mis momentos menos lúcidos, me dio sombra y cobijo y, durante un segundo fugaz, pensé que quizá podría quedarme allí para siempre y nadie me echaría en falta. Me quedé un tiempo indefinido.
Si cerraba los ojos, sentía que estaba de nuevo en casa, que todo volvía a la normalidad. Mis problemas ya no eran tan grandes y mis preocupaciones, mundanas e irrelevantes. En medio de esa tranquilidad prestada, escuché un ruido. Me tensé, alerta.
Una vez más, aquellos ojos grises que tanto conocía me miraban, pero esta vez pertenecían a un rostro y a un cuerpo definido.
Ya no eran tan misteriosos y desconocidos al formar parte de una persona real.
Porque, a diferencia de mis sueños, en aquel momento no solo me observaron. De nuevo, se salieron del guion.
—¿Estás bien? —preguntó Ero, arrodillándose a mi lado.
Parpadeé dos veces y me enderecé. Aquello era real. Debían de haber pasado varias horas, pues el sol estaba bajo y el cielo comenzaba a adoptar tonos anaranjados.
—¿Cómo me has encontrado? ¿Me has seguido hasta aquí?
Me levanté y me sacudí el polvo de la falda sin dejar de mirarle, esperando una respuesta.
—Eh, no —agitó las manos en señal de negación, mientras se ponía de pie y daba un paso hacia atrás—. No es lo que parece. Bueno, al principio sí, pero luego no.
—¿Cómo que al principio sí y luego no? Elabora —dije mientras me cruzaba de brazos.
Me consideraba una chica muy tranquila que evitaba el conflicto, pero dadas mis circunstancias no podía permitirme bajar la guardia. Era mi mecanismo de defensa. Lo único que podía hacer que estuviera bajo mi control.
—Estábamos hablando y, antes de que pudiera detenerte, te esfumaste. Pocas veces he visto fugitivos correr más deprisa que tú.
Era algo más alto que yo. No por mucho. Pero definitivamente era más grande que yo, y con mejor forma física.
Y, por algún motivo, mientras hablaba tranquilo y relajado, no me miraba.
Eran detalles muy sutiles, pero no se me escaparon.
Hombros caídos, manos inquietas rascándose la cabeza o en los bolsillos; sus ojos, que siempre me habían transmitido curiosidad y respeto, ahora parecían incapaces de mantener contacto visual con los míos.
Se movía de un lado a otro con nerviosismo.
Quería saber todo de él. Entender qué había detrás de esa coraza, la que él seguro pensaba que no tenía ninguna fisura.
—¿Cómo me has encontrado? No me digas que por casualidad. Seguro que tienes muchas cosas más importantes que hacer, como encarcelar infieles. Cualquier cosa antes que perseguirme.
—Pero lo ha sido. No sabía dónde buscar. No te encontré en casa de Clara. Me he recorrido el pueblo entero y, al no verte por ningún lado, me rendí. Asumí que no querías que te encontraran y que volverías cuando lo creyeras oportuno.
Paró para tragar saliva.
—Lo cierto es que siempre que puedo vengo aquí. Me gusta este lugar. Siempre ha sido nuestro... mi sitio. Así que sí. Salí a buscarte. De nuevo. Suelo venir solo. Aunque bueno, supongo que podemos disfrutarlo los dos.
Agitó la cabeza, confundido.
—La que debería estar respondiendo las preguntas eres tú.
Parecía enfadado.
—Estela, ¿qué fue eso? ¿Qué te ocurrió ahí dentro? —preguntó con una dureza inesperada.
—¿Cómo...?
—Te quedaste blanca y dejaste de hablar.
Me avergonzaba que mi reacción hubiera sido tan... dramática.
—Necesitaba salir de ahí. Es todo lo que sé.
—¿Te dan miedo los curas?
—¿Qué? ¡No!
No me daban miedo, ¿verdad?
—Ah, en ese caso, ¿son los inquisidores los que te aterrorizan? Lo entendería. A todo el pueblo le da pavor Mendoza.
¿Cómo se suponía que iba a explicarle que había tenido una visión en la que Mendoza me encerraba? ¡Ah! Y que llevaba soñando con sus ojos desde que tenía uso de razón. Y, claro, todo sin que él sea el primero en encerrarme por bruja después de contárselo.
Ero me notó dudar.
—Fue solo un ataque de ansiedad —solté.
—¿Un ataque de qué?
Mierda.
—¿No lo llamáis así aquí? —disimulé.
Él negó con la cabeza.
—Cuando algo te abruma y sientes que no puedes respirar. Que no puedes más y parece que...
—¿Qué?
—Que... te mueres.
Me miró con preocupación. No supe descifrar si aquella reacción nacía de la comprensión o de todo lo contrario. En cualquier caso, tenía la sensación de estar sonando como una desquiciada.
—Pero estás viva.
—Sí.
—No te has muerto.
—Ya... lo veo. No te sigo.
—Quieres decir que eso solo está en tu cabeza. No es real.
—Aaajááá —asentí—. Más o menos. ¿Supongo?
Soltó un suspiro de alivio.
—No me asustes así de nuevo, te lo pido por favor.
Me dio la espalda y se acuclilló, apoyando los codos en sus rodillas y sujetándose la cabeza entre las manos.
—Tranquilo, si me pasa de nuevo te avisaré para que no te preocupes.
—No.
—¿No?
Se levantó y sus ojos volvieron a estar por encima de los míos.
—No hará falta. No sabía que tenías un ataque de...
—Ansiedad —apunté.
—Sí, de esos. Pero habría que ser tonto para no ver que estabas mal. Y que fuera cual fuese el motivo necesitabas salir de allí. Como guardia sé identificar el peligro y en ti lo vi muy claramente.
Y, sin más, me reí.
Una persona que ni sabía lo que eran había entendido en tan solo unos instantes lo que mi madre, amigos y profesores no habían conseguido entender en años.
Por absurdo que pareciera. Me sentí validada, comprendida y...
protegida. Todo el estrés y el agobio se liberaron y Ero, a pesar de mirarme extrañado, me acompañó.
Dos adultos tronchándose en medio del bosque.
—Bueno, ¿sigues con hambre?
Me puse las manos sobre la tripa. Lo cierto es que había estado ignorando los ruidos que emitía mi estómago, esperando que él no los hubiera escuchado. No había comido nada en todo el día.
—¿En serio...?
No podía ser verdad. Ero levantó el brazo, enseñándome un pequeño bulto rodeado de una tela.
—He pensado que, ya que tiraste por los aires todo tu almuerzo, seguirías hambrienta. A mí tampoco me dejaste comer siquiera una segunda cucharada. No sabía si te encontraría, pero nunca se sabe.
Me quedé mirándolo, atónita.
—No me importa lo que digas. No pienso irme de aquí hasta que te lo termines todo. —Sonrió con la mano libre rascándose la nuca—. No pude traer el mismo guiso que probaste antes, pero esto seguro que te quitará el apetito.
—No te rendiste entonces. ¿Eh? —le provoqué.
—Tienes razón. Cuando me propongo algo, no me rindo con facilidad.
Me sentí halagada y agradecida con la solemnidad de su respuesta y le devolví una sonrisa.
Con nuestras espaldas apoyadas en el tronco, cada uno mirando hacia un lado mientras nos terminábamos la comida, hablando de todo y de nada a la vez, perdí la noción del tiempo; cuando volvía mirar el sol estaba ya bajo.
Resultaba agotador mantener una conversación cuando, por un lado, tenía que fingir que habías perdido la memoria y, por otro, omitir ese pequeño detalle sin importancia de que venía del futuro.
—¿Crees que puedes tener un marido ahí fuera buscándote?
Su pregunta me pilló desprevenida. Me resultó violenta e invasiva.
—¿Y qué si lo hubiera?
—Pues que no sería muy apropiado por mi parte estar a solas contigo. Sería indecoroso. Y para ti... peligroso. Quizá deberíamos regresar antes de que anochezca.
—Para —lo frené, girándome para mirarle—. Es cierto que no lo recuerdo. Pero estoy segura de que, si hubiera un marido ahí fuera, lo sabría. Y ya debería haberme encontrado a estas alturas, ¿no crees?
Ese argumento no tenía ni pies ni cabeza, pero pareció convencerle.
—Pero no quiero que te metas en problemas por mi culpa. Si quieres, nos volvemos ya —dije, levantándome para mostrarle mi predisposición.
Todavía me costaba habituarme a las costumbres de la época. Para mí nunca habría sido extraño ni escandaloso pasar tiempo a solas con un hombre.
—No.
Me agarró la muñeca para soltarla un instante después.
—Lo... lo siento. No pasa nada, está bien. Además, estarán buscándome por no haber aparecido a la guardia de la tarde y no tengo ninguna gana de enfrentarme a eso ahora. Preferiría quedarme aquí. Pero eres libre de marcharte si quieres.
Veía la dualidad en sus ojos. La indecisión e inseguridad que tanto se esforzaba en ocultar bajo esa fachada de hombre duro.
—Me quedo. También me apetece quedarme un rato más. El cielo está despejado y hace mucho que no veo las estrellas.
Esta vez cambiamos de posición. Nos tumbamos en el suelo, cabeza con cabeza, cerca del árbol, pero más alejados, para que su copa no nos tapara las vistas.
Había algo especial y diferente en hablar sin mirarse.
Como más íntimo, como si el no sentir unos ojos mirándote borrase toda la vergüenza.
Parecido a cuando hablaba conmigo misma en voz alta antes de tomar alguna decisión importante, o ensayaba frente al espejo lo que le iba a decir a mi madre cuando tenía miedo de cuál podría ser su reacción.
Nunca antes había visto una noche tan brillante. Las luces de la calle, de Luarela e incluso de pueblos cercanos opacaban el cielo. Y, aunque recordaba haber visto constelaciones, nada se le podía comparar a eso.
—¿Y cómo es? —me preguntó.
—¿Cómo es el qué?
—No recordar nada.
No respondí de inmediato.
—Bueno, nada, nada... Sí que recuerdo mi nombre. —Sabía que esa no era la respuesta que esperaba, pero me había pillado desprevenida—. Es como estar perdido. Atrapado en un lugar que no conoces, con extraños, y lo peor de todo, sin saber quién eres.
—¿Y quién crees que eres?
—Ya te lo dije. Estela.
—Pero eso es solo un nombre. ¿Quién crees que eres?