17
Carraxe: rabia, cólera, enfado extremo producido ante una injusticia.
El dolor reapareció. Me ardían las muñecas, pero mi cuerpo estaba helado; busqué la manta para arroparme de nuevo, entumecida por el frío. Incapaz de dar con ella abrí los ojos y el mundo se me vino encima. No estaba en la cama, ni siquiera estaba en la habitación.
Volvía a estar en aquel lugar oscuro, húmedo y maloliente.
Si había regresado la última vez, lo haría de nuevo.
Una certeza que, en lugar de tranquilizarme, me impacientó.
Me pellizqué la piel, las piernas, las mejillas y cualquier parte del cuerpo que me alcanzaba, a pesar de los grilletes y las cadenas que limitaban mis movimientos.
Un ruido me alertó y me hizo parar en seco.
Una estrecha verja de barrotes que no había visto la última vez dejó pasar una luz titilante que se hizo más brillante al mismo ritmo que se aproximaban unos pasos arrastrados.
Lo que pasó a partir de ese punto dejó de pertenecerme.
Mi cuerpo pasó a un estado ausente y solo pude observar y escuchar.
Mis extremidades no me respondieron y me desapareció la voz.
Sin pensarlo, me tumbé en el suelo y entrecerré los ojos, dejando una apenas perceptible rendija por la que ver.
Alguien se acercó.
No alcanzaba a verle el rostro y el leve fulgor del candelabro solo me permitió ver las prendas de ropa.
Una larga túnica de tonalidades apagadas tapaba lo demás.
Solo aprecié un calzado de los mismos tonos, aunque perfectamente pulidos.
Entonces, la persona se agachó y noté cómo su fría y áspera mano me rozaba la cara.
Vi algo brillar; unos anillos singulares adornaban sus dedos gruesos, algunos con gemas de colores y grabados detallados.
Murmuraba palabras que no entendía. E, igual que vino, se marchó.
Presa del pánico, en un cuerpo que no sentía mío, deseé muy fuerte regresar.
El golpe de la verja encerrándome de nuevo me hizo volver en mí.
Pude moverme de nuevo. El frío había desaparecido y estaba de nuevo en la habitación. Tardé unos minutos en recuperar la tranquilidad. Algo en esos sueños, si podía seguir llamándolos así, me perturbaba. Yo no era una persona muy espiritual, pero con la racha que llevaba ya dudaba de todo.
Pensé en lo que diría mi avoa, en sus cuentos, leyendas y supersticiones.
Ella lo llamaría visiones.
¿Sería eso? ¿Algún tipo de premonición? Qué locura. Pero ya nada podía sorprenderme en esas circunstancias. Igualmente, por nada del mundo querría que algo así llegase a ocurrir y, con suerte, podrían ayudarme para regresar.
Decidida, me preparé para salir de casa. Estaba vacía, por lo que no tuve que dar ninguna explicación.
Fui directa.
Lo tenía claro.
No podía haber cambiado tanto en todos esos años. Me adentré en el bosque y, cuando estaba a punto de darme por vencida, lo oí.
El río. Como si mis pasos reconocieran el camino, paseé por la orilla hasta que volví a adentrarme en la maleza por un pequeño sendero que daba a un claro con un gran árbol en el centro.
No era posible. Pero ¿podría ser? Sin embargo, tras acercarme no tuve dudas: ese tejo era el mismo en el que había pasado todo.
El último lugar donde vi a Sara por última vez. El motivo por el que aparecí aquí.
Ese lugar parecía ajeno al tiempo, como si fuera una instantánea. De cierta manera, desentonaba con el resto del bosque. Sus colores, olores y sonidos se sentían más vívidos, más reales. Me hacía sentir a salvo. De hecho, si me abstraía lo suficiente, podía sentirme de nuevo de vuelta.
Pensé que el lugar que desencadenó todo tendría la solución.
Recé. Pero no a Dios; le recé al bosque para que me llevara a casa.
Nunca creí en esos cuentos, pero la desesperación me convirtió en la más devota de la madre naturaleza.
Y si realmente el bosque cumplía deseos, no perdería la oportunidad de que escuchara los míos.
Me tumbé en la hierba. Rodeé el tejo, abracé el tronco, volví al río, metí los pies en el agua, restregué las manos por la tierra y piedras de las orillas, me senté mirando el agua, intentando sentir algo, lo que fuera.
Algo que me hiciera entender cómo había llegado allí y, por supuesto, que me ayudara a regresar.
No pasó nada.
Rendida, volví al claro. Me tumbé mirando al cielo, esperando quizá que, ya que el bosque no me ayudaba, el sol tal vez lo hiciera.
Entonces, las imágenes de la prisión se arremolinaron en mi mente.
Intenté encontrar elementos que me ofrecieran más pistas.
Temía ir olvidando los detalles cuando, de pronto, se me ocurrió una idea.
No entendía cómo no había caído antes. Con un poco de suerte, sería mucho más útil que esperar a que el bosque me respondiera.
La casa seguía vacía. Me aseguré bien de revisar todas las habitaciones antes de entrar en el dormitorio de Kael.
Recordaba haber visto algún que otro libro religioso y, dada su responsabilidad como teniente, seguro que encontraría lo que buscaba.
Rebusqué entre un par de cajones y... ¡bingo!
Salí de inmediato y fui a mis aposentos.
Sentía el corazón acelerado, una adrenalina similar a la que sientes cuando te vas sin pagar de un restaurante o te saltas el torno del metro.
Con la diferencia de que ahora no había hecho nada malo, ¿no?
Coloqué todo sobre el suelo y, sin tener mucha idea de por dónde empezar, me lancé.
Pasado un rato, observé el resultado y me impactó ver dibujado aquello que me había atormentado.
Mi mano se había llenado de tinta por todas partes, pero los dibujos eran bastante claros y nítidos.
Los grilletes que me sujetaban las manos, la pequeña rendija de barrotes que dejaba entrar algo de luz y lo que creía que me sería más útil.
La mano grande y gruesa con esos anillos.
Me sentía como un detective intentando unir las piezas del puzle; solo me faltaban chinchetas e hilos para unirlo todo.
Aunque aquellas eran inútiles. Un fuerte rugido de tripas me hizo caer en la cuenta de que no había desayunado y que ya sería cerca de la hora de comer.
Recogí todo y lo escondí debajo de la cama.
Ajena a la vergüenza, ansiedad y miedo que pudiera haber tenido días atrás, fui directa a la taberna a encontrarme con Clara.
—Ya te echábamos de menos. La mejor mesera del pueblo.
Me asustó la voz grave y ronca que se dirigió a mí. Después me reí. Ramón ya estaba sentado junto a Pedro en su mesa habitual. Sonaba a que no era el primer vino del día.
—¿La mejor? A ver si tendré que dejar de guardaros ese sitio de ahora en adelante.
Clara se había acercado a recoger las jarras vacías que acumulaban.
—Siempre serás la mejor, de eso no tengo ninguna duda —la animé—. Me muero de hambre, por cierto.
—Por supuesto. Ahora me pongo a ello. ¡Qué bien verte aquí!
Me rodeó por los hombros y caminamos hasta la barra.
—Y no vuelvas a decir eso o mi madre te escuchará y tendrás que acabar con toda la despensa —añadió en voz más baja. Nos reímos—. Ponte cómoda, enseguida te traigo algo con lo que te chuparás los dedos.
Me senté en un taburete alto para no interrumpir el paso.
No quería ocupar una mesa para mí sola y, además, así podía seguir charlando con Clara.
No mintió y enseguida me sirvió la comida.
Un guiso similar a los que había probado antes, pero diferente.
Parecía un plato típico de la zona: carne o pescado con verduras en un caldo ardiente.
Demasiado caliente. Tuve que soplar la cuchara después de quemarme la lengua.
—Qué buena pinta. Es de mis favoritos —dijo alguien a mis espaldas.
Casi lo escupí todo del susto. Ero, sin preguntar, se tomó la libertad de sentarse a mi lado.
—¿Ya has librado al pueblo del mal por hoy? —bromeé.
—Eso jamás —contestó con seriedad.
Arqueé una ceja.
—La gente más mala no roba ni pelea ni agrede. Así que, respondiendo a tu pregunta, no. Hoy solo trasladamos a unos presos a la capital.
—¿Crees que algún día aprenderás a cocinar? Me encanta verte por aquí, no me malinterpretes, pero quizá ya es hora de que te lo plantees. ¿Te pongo lo mismo de siempre? —preguntó Clara mientras me llenaba el vaso de agua y se colocaba a mi lado.
—La duda ofende. Sabes que me encanta tu comida. ¿Para qué quiero aprender a cocinar si puedes cocinarme tú? Y, sí, sea lo que sea lo que tengas preparado, estará estupendo.
—Marchando. Y vigila que Estela no deje ni los restos. Que necesita llenar esos huesos.
Aproveché para llevarme dos cucharadas grandes a la boca mientras asentía.
Clara volvió a desaparecer tras la cocina. Ero se acomodó, quitándose un cinturón que parecía portar varios cuchillos y una espada que me pareció imponente.
—¿Te gustan las espadas?
—Nunca había visto una tan de cerca. Bueno, no lo recuerdo. Al menos no una real, casi seguro.
—¿Real? ¿Acaso existen las de mentira? —Se rio.
Estaba tan inmersa en la conversación que no noté cómo el resto de la taberna se sumía en el silencio.
Atenta a la sonrisa de Ero mientras me contaba lo que había hecho durante la mañana, el mundo pareció reducirse a nosotros dos.
Hipnotizada por sus ojos, no vi a las dos personas que se sentaron a nuestro lado.
No fui consciente de su presencia hasta que vi una mano, llena de anillos brillantes y ostentosos, señalar una jarra que había tras la barra.
Sentí un escalofrío al reconocerlos.
Presa de un pánico que sentía que no me pertenecía, tiré el plato y todo el contenido se desparramó por el suelo. Me levanté de un impulso de la silla. Me faltaba el aire. El corazón se me iba a salir de lo rápido que latía.
Me agarré del colgante, buscando algo que me anclara y me devolviera algo de tranquilidad. No funcionó. Necesitaba salir de allí. Antes de siquiera mover un pie, noté cómo me agarraban de la mano y tiraban de mí. Ero intentaba contenerme. Me zafé de él y, sin pensar, salí corriendo.